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La verdad sea dicha, el estímulo para comenzar hoy las pastillas socialistas  es exclusiva culpa de esas maravillosas “frases PROtudas de la semana” de la no menos excelsa columna Macrilandia. Como nos decía un compañero de trabajo: “leyendo esas barbaridades voy teniendo la dimensión de lo reaccionario que es el gobierno de Cambiemos”.

La idea es conocer o revisitar otro tipo de citas y expresiones. El socialismo revolucionario se nutre de una gran tradición (que entre otros aspectos es el de dar cuenta de la historia del movimiento obrero y sus enseñanzas universales) fundamentalmente desde Marx hasta nuestros días. El objetivo es que las pastillas, expresadas a través de fragmentos, nos acerquen parte de ese acervo teórico y práctico. Corremos más de un riesgo que intentaremos evitar: el de descontextualizar dichos fragmentos y el no menos dañino de que en el afán por su divulgación, no incurramos en la vulgarización de dicha obra.

El propósito central también es vincular ese acervo con la actualidad. Como diversos lugares comunes, frases hechas, aseveraciones sin fundamento científico, etc.; pueden ser perfectamente rebatidas desde la tradición socialista revolucionaria, lo que a la vez, confirma su vigencia.

En esta primera pastilla, debatiremos con una aseveración, un juicio que pretende ser categórico, no ya en estos días, sino desde el fracaso de los denominados “socialismos reales” a fines del siglo pasado y con un auge (por suerte hoy en descenso) del movimientismo y la peregrina idea de “cambiar el mundo sin tomar el poder” a comienzos del siglo XXI. Principalmente, lo que critican ácidamente esas visiones son la necesidad de la organización bajo la forma partido y cómo ésta ahoga la creatividad y deviene inevitablemente burocrática, etc. En un artículo muy pequeño, redactado para un periódico socialista (organismo al que pertenecía) en febrero 1917 por el marxista italiano Antonio Gramsci y cuyo título es “Disciplina y libertad”, se afirma lo contrario con un énfasis marcado hacia la juventud. Veamos:

Adherirse a un movimiento quiere decir asumir una parte de la responsabilidad de los acontecimientos que se preparan, convertirse en artífices directos de esos acontecimientos mismos. Un joven que se inscribe en el movimiento socialista juvenil realiza un acto de independencia y de liberación. Disciplinarse es hacerse independiente y libre. El agua es agua pura y libre cuando fluye entre las dos orillas de un arroyo o de un río, no cuando está caóticamente dispersa por el suelo ni cuando se difunde enrarecida por la atmósfera. Así, el que no sigue una disciplina política es materia en estado gaseoso o ensuciada por elementos extraños: por tanto inútil y dañosa. La disciplina política hace que precipiten esas impurezas y da al espíritu su metal mejor, una finalidad a la vida, sin la cual no valdría la pena vivirla. Todo joven proletario que sienta lo que pesa el fardo de su esclavitud de clase debe realizar el acto inicial de su liberación, inscribiéndose en la agrupación juvenil socialista que esté más cerca de su casa.

Naturalmente somos conscientes que el “mundo” en el que el marxista italiano escribió esta nota, es otro “mundo” comparado con el actual. Los trabajadores en general y los europeos en particular, abrazaban y depositaban esperanzas en el ideario socialista (algo que se reafirmará aún más cuando ese mismo año triunfe la revolución en Rusia), pero de todas maneras el anarquismo, por ejemplo, contaba con mucha influencia en las masas y sus críticas a la “disciplina partidaria” eran moneda corriente. Hoy lamentablemente, partimos de más atrás en el terreno de la conciencia y la comprensión del socialismo entre los trabajadores. Gramsci tomaba nota de la tensión existente entre individualidad y organización colectiva. Dio batallas en cuanto a ese tema dentro del propio PS italiano. Pero pensaba (conocedor de la Comuna de París, de la revolución rusa de 1905 y de la propia historia del movimiento obrero fundamentalmente turinés) que la historia lamentablemente por la negativa, había fallado a favor de la eficiencia de la organización partidaria para que la revolución llegue a buen puerto (en sus escritos posteriores, denominó “Príncipe Moderno” a aquélla). Y como señala muy pedagógicamente el artículo, la individualidad se potencia en lo colectivo, “un yo que es un nosotros” como escribía el filósofo alemán Hegel. Que experiencias en sentido contrario hay a montones (organizaciones burocráticas en donde la discusión y el estudio de la realidad sobre la que hay que actuar están vedados, sin olvidar de aquéllas que incluso llegaron a tomar el poder) no invalida, sino que por el contrario reafirma la necesidad del partido con un régimen sano para que la emancipación de los trabajadores deje de ser una utopía. Como dice el refrán popular, no sea cosa que tiremos al bebé con el agua sucia de la bañera. Seguramente volveremos en más de una ocasión sobre esta problemática.

 

Guillermo Pessoa

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