Por Ale Kur



 

Luego de acaparar la atención mundial durante el año 2015, el terrible drama de los migrantes en Europa no solo no terminó, sino que se volvió cada vez más agudo en los últimos meses.

En primer lugar, la oleada migratoria sigue su curso con plena intensidad. Durante 2015 un millón de refugiados hizo su ingreso al Viejo Continente. En Turquía, según informa el propio gobierno turco, se amontonan dos millones y medio de refugiados, muchos de los cuales buscan su camino hacia Europa. La principal fuente individual de migrantes sigue siendo Siria, donde la guerra civil y las intervenciones internacionales continúan devastando al país y destruyendo su economía. Lo mismo ocurre, en menor medida, en Irak, Afganistán y otros países.

Las condiciones de esta migración son absolutamente precarias, como el mundo pudo comprobar el año pasado. El viaje es enormemente riesgoso: las frágiles embarcaciones muchas veces naufragan, provocando muertes con gran frecuencia. Las autoridades locales, en vez de ayudar a los tripulantes a llegar sanos y salvos, prohíben a sus ciudadanos que lo hagan por su cuenta, bajo la acusación de “tráfico de personas”.

La élite de burócratas de la Unión Europea (representantes políticos del gran capital europeo), ante este panorama fue virando cada vez más hacia una política de “fronteras cerradas” o de “fortaleza-Europa” (alambres de púas y muros mediante). En un primer momento parecieron dominar las tendencias hacia la apertura (con Alemania tratando de mostrar al mundo una cara progresista), en un clima político en el que inclusive estaban presentes fuertes dosis de solidaridad popular. Pero esto fue cambiando en la medida en que la propia situación política giró a la derecha (impulsada muchas veces por la misma dirigencia de la U.E. y de sus países miembros).

Los atentados terroristas y otras situaciones conflictivas (como la oleada de violaciones en Colonia, Alemania) fueron instrumentalizadas en una campaña de demonización del conjunto de los inmigrantes. Así se logró instalar un clima político mayormente reaccionario –si bien no cesaron en ningún momento los elementos solidarios y de autoorganización para ayudar a los refugiados por parte de sectores minoritarios pero muy amplios de los pueblos europeos–. Este clima reaccionario tiene como síntoma, y a la vez como factor agravante, el crecimiento de la derecha xenófoba en todo el continente (es especialmente el caso del Front National de Marine Le Pen en Francia).

En este contexto es que en los últimos meses el problema de los migrantes pegó un salto cualitativo: los países balcánicos cerraron completamente sus fronteras impidiendo el paso hacia Europa de los migrantes (cuya enorme mayoría sigue la ruta Turquía-Grecia-Balcanes-Europa occidental). Decenas de miles de migrantes comenzaron a amontonarse en Grecia sin poder cruzar al resto de Europa –en un país que ya de por sí está devastado por su propia crisis económica y social–.

Al mismo tiempo, los burócratas de la U.E. lanzaron una política más ofensiva contra los migrantes. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, les pidió directamente a los migrantes económicos que “no vengan a Europa”, quitándose todo posible manto progresista y mostrando la verdadera cara brutal de la clase dominante europea (la misma que, en definitiva, provocó dos guerras mundiales durante el siglo XX).

El gobierno francés no se quedó atrás, y comenzó hace pocas semanas a desalojar la famosa “Jungla de Calais”, un campamento en el que viven hacinados más de cinco mil refugiados que intentan cruzar el Canal de la Mancha hacia el Reino Unido. Supuestamente el objetivo es “relocalizarlos” en otros campamentos “más humanitarios”, pero esto todavía está lejos de haberse comprobado.

 

Un acuerdo reaccionario entre la Unión Europea y Turquía

 

En este clima es que, finalmente, los burócratas de la U.E. encontraron una “salida” al problema de la migración. Consiste en pactar con Turquía la posibilidad de deportar a todos los migrantes ilegales hacia suelo turco, desde el cual podrían solicitar “asilo político” en la U.E. Los mismos burócratas entonces asignarían una cierta cuota de “permisos legales”, que sería distribuida por ellos entre los diversos países miembros.

Además del desastre que implica expulsar a familias que ya están instaladas en suelo europeo, y devolver a los que llegan luego de larguísimas y muy riesgosas travesías, no queda nada claro qué proporción de los migrantes (antiguos y nuevos) van a ser “legalmente admitidos” en la U.E. Los propios migrantes no podrían elegir a qué país les toca ir, y sus condiciones de existencia quedarían subordinadas a los gobiernos a los que sean asignados (problema especialmente grave en caso de gobiernos xenófobos).

A cambio de este plan, la Unión Europea entregaría 6 mil millones de euros a Turquía, además de darles facilidades a los ciudadanos turcos para el ingreso a la U.E. y de avanzar en las discusiones para la integración de dicho país al bloque. Todo parece indicar que el acuerdo implica convertir a Turquía en un gran gendarme de fronteras de la Unión Europea, cuya función consista en frenar a la enorme mayoría de quienes busquen refugio en el Viejo Continente.

Por si todo esto no fuera ya lo suficientemente reaccionario, tiene todavía varios aspectos más. Implica, por ejemplo, un gran soborno a Europa para que calle sobre las atrocidades cometidas por el gobierno turco. En este momento Erdogan viene de masacrar varias ciudades kurdas de Turquía, con métodos de terrorismo de Estado y de guerra civil. Al mismo tiempo, interviene los medios de comunicación opositores para imponer una especie de “sultanato” indiscutido.

También implica una enorme hipocresía por parte de la U.E. Se le da a Turquía la llave para manejar el flujo de los refugiados a Europa, pero no se dice una palabra de las responsabilidades de Turquía al generar ese mismo flujo de migrantes. No se dice que fue el propio gobierno de Erdogan el que armó y dio vía libre a los jihadistas de todo tipo para destruir Siria. No se dice nada de los bombardeos de Turquía a las poblaciones kurdas del norte sirio. No se dice nada del rol del gobierno “islámico moderado” turco en ayudar al I.S.I.S. a asediar Kobane y otras regiones.

En definitiva, el acuerdo es un engendro cínico y reaccionario, mediante el cual los burócratas de la U.E. y el “califa” Erdogan se asocian para lograr cada cual sus propios fines antipopulares, totalmente contrarios a los derechos humanos y a cualquier perspectiva mínimamente democrática. La clase dominante europea (y el gobierno turco) deben ser derrotados con la movilización de los pueblos, para abrir un verdadero camino de progreso para las mayorías explotadas y oprimidas.

 

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