Por Elías Saadi


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El domingo pasado, las elecciones parlamentarias en Turquía dieron un resultado que ninguna encuesta había previsto. Se impuso el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) del reaccionario (y sanguinario) presidente Recep Tayyip Erdoğan, arañando casi el 50% de los votos emitidos.

 

Efectivamente, las encuestas pronosticaban un resultado más o menos similar al de las anteriores elecciones del pasado 7 de junio, en que el AKP había perdido la mayoría en el parlamento, bajando a algo más del 40% de los votos aproximadamente.

 

Además, en esa votación de junio, el partido de izquierda y pro-kurdo, el HDP (Partido Democrático del Pueblo), había llegado a un 13%, con unos seis millones de votos, ubicándose como el cuarto partido de Turquía. Ahora, el HDP bajó a poco más de 10%, que es límite que impone la reaccionaria legislación electoral de Turquía para tener diputados.

 

Ante esa situación, Erdogan hubiera podido en julio negociar un gobierno de coalición con otras fuerzas. Pero rechazó esa alternativa. Optó por alentar una atmósfera de terror y enfrentamientos, que justificase dar un sangriento giro a la derecha. Este giro incluye desde la ruptura de las negociaciones de paz y la reanudación de la guerra contra el pueblo kurdo, hasta un salto en la represión que golpea en primer lugar a la izquierda pero también a sectores de derecha que no se le someten.

 

En ese clima de miedo (potenciado además por la crisis económica) y de aliento al patrioterismo gran-turco (que incluye delirios como la restauración del Imperio Otomano), Erdogan se presenta como el salvador, el hombre providencial que con puño de hierro puede imponer paz, orden y “desarrollo”.

 

En la campaña desatada por Erdogan, se destacan los terribles atentados perpetrados por los islamistas… que operan bajo la descarada protección de los servicios turcos. Les dieron “vía libre” para cometer el atentado del 10 de octubre en Ankara contra una manifestación por la paz, que dejó  más de 100 muertos y 400 heridos, así como el anterior ataque del 20 de julio en la ciudad de Suruç, ciudad fronteriza con Siria, con 30 muertos y unos 100 heridos.

 

Hay que acotar, además, que Erdogan dio ese giro con el visto bueno de Estados Unidos. Y no sólo porque EEUU sigue considerando “terroristas” a las guerrillas kurdas del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistan), sino también porque el acuerdo con Washington incluye la utilización de los aeropuertos de Turquía para que su aviación opere en Siria.

Esta campaña de polarización a la extrema derecha, dio resultados. En general, Erdogan concentró, por un lado, los votos de la derecha pero también de franjas de votantes aterrorizados por los hechos de violencia y “anarquía”… a pesar de que su gobierno, por acción u omisión, los promueve.

El alza de casi 10 puntos desde las elecciones del 7 de junio a las del domingo pasado, tiene varias fuentes. La principal, viene de la extrema derecha neofascista, el Partido Movimiento Nacionalista (MHP). Aproximadamente la mitad de sus votantes, encantados con la política de “puño de hierro” de Erdogan, se pasaron al AKP. Esto le dio alrededor de un 5% de nuevos votantes.

La otra vertiente fue un de 4 a un 5% de votos de variado origen, incluso hasta de sectores de la burguesía y la derecha kurdas que responsabilizan también al PKK y la izquierda por la ruptura de las negociaciones.

Los límites y los problemas…

Pero este indiscutible triunfo reaccionario tiene sus límites, y se ha logrado creando situaciones que pueden terminar concentrando en Erdogan el fuego desde la izquierda… pero también desde sectores considerables de la derecha. Es lo que suele suceder a veces cuando un “hombre providencial” se erige en el árbitro y el poder supremo de una sociedad… que además está notablemente fragmentada, como es el caso de Turquía, con serios clivajes no sólo político-sociales sino también étnicos, ideológico-religiosos, etc.

Las tensiones pueden agravarse porque además el trasfondo económico-social no tiene perspectivas inmediatas de mejoría. The Economist sintetiza así la situación económica de Turquía: “La economía viene cayendo, la inflación y el desempleo han aumentado y la lira turca se ha desplomado.”[1] A eso se añade que, luego de diez años de negociaciones, se desvanecen las esperanzas de que Turquía ingrese a la Unión Europea.

Para un “salvador providencial” cuyo partido promete el “desarrollo”, la administración de la miseria no es buen negocio. Excitar el patrioterismo turco contar los kurdos, al Islam sunnita contra los laicos, los sufíes, los alevíes  y otras creencias, puede ser en lo inmediato una forma de que se hable menos de la caída de la economía. Pero a la larga puede generar choques y situaciones catastróficas. Erdogan está jugando con fuego, soplando todos esos focos de incendio…

 

Como parte de esa política, se encuadran los violentos ataques no sólo contra los kurdos y la izquierda, sino también contra sectores de derecha que han escapado a su control. El caso más importante es el de los raids policiales contra los diarios Bugun y Millet y los canales de televisión BugunTV y Kanalturk, y otros medios.

La mayoría de esas publicaciones silenciadas o intimidadas están relacionadas con un famoso clérigo e ideólogo sunnita-sufi, Fethullah Gülen, al que un diario español definió bien como la cabeza de un “Opus Dei” islámico en Turquía. Recordemos que el Opus Dei es una organización católica de recontra-derecha nacida en España bajo la dictadura fascista de Franco, que se dedica a intervenir discretamente en política, al estilo de las logias masónicas.[2]

Fethullah Gülen –hoy prudentemente exiliado en EEUU– apoyó inicialmente a Erdogan y su partido, el AKP. Gülen es la gran figura ideológica político-religiosa de un fuerte sector de la burguesía y la clase media  conservadoras. Según sus propias palabras, impulsa “un movimiento dedicado a la educación”… que constituye una extensa red de asociaciones religiosas, universidades y escuelas privadas de categoría… con su obvia influencia político-ideológica.

Gülen apoyó inicialmente a Erdogan y el AKP, hasta que se produjo la ruptura el año pasado. Desde entonces, Erdogan le declaró públicamente la guerra, acusándolo de conspirar para el derrocamiento de su gobierno. El violento ataque a los diarios y canales de TV afines a Güllen, es parte de ese conflicto.

En resumen: Erdogan sale de las elecciones fortalecido… pero también con un amplio abanico de enemigos a izquierda y derecha.

No hubo “cartón lleno”

A eso se añade que los resultados de las elecciones del domingo fueron inesperadamente buenos… pero no lo suficiente. Hay dos puntos importantes políticos e institucionales que Erdogan no logró.

El primero fue que no logró dejar fuera del parlamento al HDP, el Partido Democrático del Pueblo, que recibe la mayoría de los votos kurdos y de izquierda. Asimismo, otro partido de izquierda pero mucho más “moderado”, el CHP (Partido Republicano de Izquierda), subió incluso su votación, logrando casi un 26%.

Pero lo más grave institucionalmente para Erdogan es que no logró el número de votos necesario para cambiar la Constitución como se proponía. Su gran objetivo político era establecer un régimen presidencialista, que habría implicado la legalización de una dictadura de Erdogan y el AKP.

Por supuesto, las medidas de represión brutal que ha ido tomando Erdogan en los últimos tiempos, y sobre todo la reanudación de la guerra contra el pueblo kurdo (que apunta también a toda la población de izquierda) no configuran un régimen burgués muy democrático, que digamos. Pero eso no implica menospreciar los límites de la victoria de Erdogan.

A partir de allí, se plantea a los trabajadores y la juventud, por encima de las diferencias de nacionalidades y credos, la necesidad de unirse para enfrentar a al gobierno de Erdogan, que trata de salir de la crisis económica, social y política, impulsando la guerra contra el pueblo kurdo y la represión brutal de todos los reclamos obreros y populares.

 

Notas:

1.- “Turkey’s election – Sultan at bay”, The Economist, Oct 31, 2015.

2.- La actual gobernadora electa de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, pertenecería al Opus Dei.

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