José Luís Rojo



 

La realidad es rica en las combinaciones más extrañas y es el teórico el que está obligado a buscar la prueba decisiva de su teoría en esta misma extrañeza: a traducir al lenguaje teórico los elementos de la vida histórica, y no, al revés, que sea la realidad la que deba presentarse según el esquema abstracto (Gramsci, citado por Joseph Fontana, La historia de los hombre, Planeta, Barcelona, 2013, pp. 75).

 

Nuestro partido se encamina a realizar una escuela sobre la historia del siglo pasado. Entre los fundamentos de esta elección podemos destacar dos. El primero tiene que ver con algo que hemos señalado en varias oportunidades: lo cortada que está la experiencia de las nuevas generaciones con los acontecimientos del pasado; y no de cualquier pasado sino uno que nos es contemporáneo. Segundo, otro elemento de inmensa importancia: el siglo veinte ha concentrado las más profundas experiencias de la lucha de clases universal: revoluciones históricas que han mostrado cuán lejos puede llegar la perspectiva emancipadora, así como también hasta qué extremos puede ir la contrarrevolución –capitalista o burocrática- cuando se trata de defender el orden social amenazado.

Esto es lo que hace a la importancia estratégica del estudio del siglo veinte, así como también a la reflexión a propósito de qué método de investigación es necesario para abordarlo. Trataremos de dar respuesta a estos interrogantes a continuación.

 

Un inmenso laboratorio de experiencias

 

Lo primero a señalar cuando hablamos del siglo veinte, es que se trata de una “historia del presente”: una historia donde (aparentemente) no tendríamos el “distanciamiento” necesario para abordarla como historia tal.

Sin embargo, aquí caben dos anotaciones. Por un lado, el quiebre histórico que significó el cierre de la “era de los extremos” con la caída del Muro de Berlín demuestran que, como han señalado varios autores, el siglo pasado sí puede ser abordado históricamente en el sentido que las coordenadas políticas de hoy son, en gran medida, distintas a la experiencia que se vivieron en el siglo pasado.

Sin embargo y, dialécticamente, también es verdad que el contexto más “estructural” que marcó el siglo pasado (el imperium del capitalismo), siguen siendo las de nuestra contemporaneidad, y de ahí que, simultáneamente, podamos hablar de una historia que no es algo que ha pasado de manera irreversible; una historia abierta cuyo desenlace aún no se ha decidido y que por lo tanto sigue siendo “historia del presente”.

Pero ocurre que, dicha circunstancia, en vez de atenuar, agiganta la importancia de estudiar los “nudos” principales del siglo XX: los “puntos de bifurcación” en los cuales las cosas podrían haber ido para otro lado: ninguna filosofía de la historia suponía, por ejemplo, que la ex URSS debiera, necesariamente, burocratizarse.

Se trata de un abordaje que, en general, no se lleva a cabo con la sistematicidad requerida en el seno de las corrientes revolucionarias; corrientes que están apegadas a una suerte de “recetario doctrinario” que se limita a repetir (¡o, peor, “regurgitar”!) verdades conocidas. Esto se hace de espaldas a la aguda afirmación que reza que la historia jamás podrá ser definitivamente escrita: “(…) ningún libro nuevo, por más abundante en documentos sensacionales y percepciones profundas, es una obra ‘definitiva’ (…) No existen los estudios definitivos. Siempre se debe revisar, rehacer la historia” (Vidal Naquet, “Sobre la interpretación de la gran masacre: Arno Meyer y la ‘solución final”).

En la medida que las fuentes de investigación se incrementan (¡ver la apertura de los archivos desde comienzos de los años ’90!), y que se va obteniendo la perspectiva que da el tiempo, debería ser evidente que esto posibilita (¡y obliga!) llevar adelante una (re) escritura de la historia. Vidal Naquet señalaba agudamente que la verdad histórica sólo se obtiene en el orden temporal (parafraseando en esto una intuición de Proust, que refiere a que la perspectiva que da el desarrollo histórico permite abordarlos con mayor claridad): “El mayor desafío lo representa no la escasez de fuentes, sino su abrumadora abundancia y su inagotable riqueza (…) Es preciso aprovechar todo lo que nos ayude a nosotros, los nacidos después, a adentrarnos en ese mundo [el autor está hablando de la Rusia soviética de los años 1930, JLR] de cuya percepción inmediata fuimos excluidos y exonerados por la naturaleza” (Karl Schlögel, Terror y utopía. Moscú 1937, estudio erudito de un historiador mayormente reaccionario, que acaba de publicarse en España y que debe ser estudiada).

La materia histórica está de “moda”. Los aniversarios se amontonan dando lugar a artículos, suplementos, ediciones de libros, conferencias, folletos, estudios eruditos, programas de TV, etcétera, colocando los temas históricos como de interés de un público amplio.

Si Trotsky había señalado que el siglo diecinueve no había pasado en vano (había dejado planteada la actualidad de la revolución proletaria), hoy podemos afirmar algo análogo: el siglo veinte ha dejado la cantera de experiencias revolucionarias y contrarrevolucionarias más profundas en la historia; experiencias que nos son contemporáneas otorgándole mayor importancia a que saquemos enseñanzas de ellas.

El siglo pasado se nos presenta así como un “inmenso laboratorio histórico”. Un ámbito en el cual sumergirnos para descubrir en él muchas de las claves de la lucha revolucionaria. Quien quiera reflexionar sobre las perspectivas de la lucha por el socialismo, tiene en esta cantera la materia prima de la experiencia para extraer las lecciones del caso: “Uno de los errores importantes de Trotsky, es haber imaginado que la guerra significaría de manera ineluctable la caída del estalinismo (…) Estamos en 1945, momento del estalinismo triunfante, con sus aspectos contradictorios. Todo esto está muy bien ilustrado en el libro de Vasili Grossman, Vida y destino, sobre la batalla de Stalingrado. A través de los combates, vemos allí despertar a la sociedad e inclusive escapar parcialmente de la empresa burocrática. Podemos encarar la hipótesis de un relanzamiento de la dinámica de Octubre. Los veinte años transcurridos desde los años 1920 son un intervalo corto. Pero lo que dice el libro de Grossman a continuación es impactante. ¡Stalin es salvado por la victoria! No se les pide cuentas a los vencedores. Es el gran problema para la comprensión de la época. Las implicaciones teóricas son importantes. En su crítica al totalitarismo burocrático, si Trotsky ve muy bien la parte de coerción policial, subestima el consenso popular ligado a la dinámica faraónica, incluso a un precio fuerte, conducida por el régimen estalinista” (Daniel Bensaïd, “Trotsky: un timonel del siglo”).

La necesidad de investigación histórica del siglo pasado nos vino a la cabeza porque hace pocos días llegó a nuestras manos un debate (en el seno de una corriente del trotskismo brasilero) acerca de las perspectivas de la lucha por el socialismo. Sorprendentemente, dicha discusión está referida a un intercambio de citas eruditas, pero no a la materia prima de la experiencia histórica, condición para discutir como materialistas las problemáticas del marxismo.

 

Doctrinarismo y eclecticismo

 

La materia prima de la experiencia revolucionaria en su punto más alto: he ahí una definición de importancia para entender lo que tenemos entre manos. Es que la reflexión en las ciencias sociales en general y el marxismo en particular, debe referirse a la sociedad en su devenir: es decir, como quería Marx, debe ser históricamente determinada (¡Marx insiste –obsesivamente- en El Capital, en la importancia de dar cuenta de la especificidad de los fenómenos abordados, fenómenos que siempre son históricamente determinados: es decir, v.g., que son siempre históricos!).

El caso es que si nos referimos a la expresión más alta de este desarrollo, a una experiencia que, como hemos señalado, sigue siendo contemporánea, no hay cantera más rica donde buscar sus enseñanzas que en los desarrollos del siglo pasado. Una experiencia, por lo demás, estratégica en el sentido que sus lecciones son la clave para el relanzamiento de la lucha por el socialismo. Cuestión sobre la que no se ha reflexionado lo suficiente. O se ha abordado con un “doctrinarismo” empobrecedor de las enseñanzas que ha dejado el siglo y que requieren un nuevo esfuerzo de investigación.

Porque el doctrinarismo es una mirada “obtusa” de la experiencia. Mirada que se recuesta en la repetición de fórmulas, en vez de pasar las viejas definiciones por el tamiz de la experiencia real: “Al referirse a muchos de sus críticos, ‘dogmáticos’ o ‘escépticos’, Arno Mayer escribe el siguiente pasaje (…): ‘no ven sino la verdad absoluta y el error absoluto, certeza perfecta e incertidumbre total. Esta actitud no se condice con la tarea del historiador, que es la de pensar y descubrir la realidad en toda su diversidad y complejidad desconcertantes, en especial cuando se halla frente a sucesos extremos e incomprensibles” (“Sobre una interpretación de la gran masacre: Arno Mayer y la ‘solución final”).

Precisemos mejor las cosas: se trata de escapar del doctrinarismo, pero también del eclecticismo. No es cuestión de hacer “borrón y cuenta nueva”. No es esta la manera en que progresa el marxismo (ni la ciencia en general). Hegel hablaba que siempre que hay una superación debe ocurrir (ocurre) una conservación: el “superar conservando” es lo que preside todo verdadero proceso dialéctico de acumulación y desarrollo.

Es decir: nuestra tarea de sacar conclusiones de la experiencia sólo podremos cumplirla si nos apoyamos en los hombros de nuestros maestros (Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo). Por esto mismo, la renovación del pensamiento marxista no puede ser un operativo ecléctico, que escape al estudio minucioso y escrupuloso de los grandes revolucionarios que nos precedieron y que fueron la expresión del punto más alto al cual llegó la experiencia revolucionaria (ver el ejemplo del Estado y la Revolución a este respecto): “Uno de los principales rasgos del bolchevismo es su posición inflexible y aun puntilloso, frente a los problemas doctrinarios. Los 27 tomos de Lenin permanecerán siempre como ejemplo de una actitud escrupulosísima hacia la teoría. El bolchevismo jamás habría cumplido su misión histórica si careciese de esta cualidad fundamental. El stalinismo grosero, ignorante y absolutamente empírico, presenta bajo este mismo aspecto el reverso del bolchevismo” (León Trotsky, “Bolchevismo y stalinismo”).

Al mismo tiempo, se trata de entender que el empobrecimiento del pensamiento creativo es el opuesto dialéctico del eclecticismo: es caer en una puja religiosa al estilo de los exégetas (¡que, atención, cumplieron de todas maneras un rol progresivo tratando de conservar los conocimientos adquiridos en la antigüedad!). Por el contrario, se trata de pasar nuestras definiciones por el tamiz de la experiencia para arribar a una elaboración enriquecida, más ajustada a la realidad. A simple modo de ejemplo de lo que estamos diciendo: “tendremos que explorar (…) qué significaba realmente el programa de la planificación tal como lo estaban elaborando hasta 1928 los hombres que manejaban el Gosplan, y la forma en como su proyecto fue pervertido por Stalin, que lo convirtió en un instrumento para un proyecto de industrialización forzada, que tenía que ir acompañado de una política de terror encaminada a someter a amplias masas de la población a unas condiciones de trabajo y de explotación inhumanas” (“¿Por qué nos conviene estudiar la Revolución Rusa?”, Josep Fontana, www.sinpermiso.info).

Por otra parte, el siglo XX puede ser evaluado, también, por su “desmesura”: la amplitud y profundidad de las experiencias sociales puestas en acción y que fueron las más “extremas” que se tenga memoria: la sociedad quedó colocadas a las puertas de la emancipación, como así también del “infierno” de este mundo.

De ahí la riqueza del siglo pasado: no todos los días ocurre semejante ruptura de la “normalidad”; no siempre está colocada de semejante manera la actualidad de la revolución socialista (y su par dialectico, la contrarrevolución, que también debe ser estudiada minuciosamente). Tampoco la emergencia de guerras mundiales como las que se vivieron.

Acontecimientos ellos que fueron el “reflejo” en la lucha de clases de profundas conmociones en los cimientos de la sociedad. No fue casual que el siglo pasado viviera la más grande depresión económica en la historia del capitalismo, así como la más grande puja por la hegemonía imperialista.

De esos acontecimientos “desmesurados”; de esos choques epocales de las “placas tectónicas de la lucha de clases”, nacieron las revoluciones y contrarrevoluciones que el siglo vivió. Que lo extraordinario se haya hecho norma, rasgo que podemos observar a simple vista cuando comparamos con los desarrollos del mundo actual que, con toda la riqueza de un recomienzo de la experiencia, no alcanzan todavía la radicalidad de los choques del pasado. Esta “normalidad de lo extraordinario” marcó un siglo excepcional, siglo que debe ser estudiado en toda su riqueza como la expresión más alta de la lucha de clases hasta nuestros días.

 

Acontecimientos epocales

 

Esto nos lleva a otro punto. En estas páginas hemos debatido con historiadores como Traverso, que tienen una mirada unilateral de los últimos cien años: considera la barbarie como el aspecto dominante de nuestro tiempo. Se trata de un ángulo que, como ya hemos escrito, pierde de vista las extraordinarias experiencias emancipadoras que también se vivieron.

Esto nos lleva al interrogante acerca de cómo se debe evaluar la experiencia vivida. Hegel en su Introducción a la filosofía de la historia señalaba, escépticamente, que no es verdad que haya aprendizaje histórico: sería imposible no tropezarse dos veces con la misma piedra…

Sin embargo, Rosa Luxemburgo trasmitía un ángulo distinto: el de la evaluación critica de la experiencia realizada y el aprendizaje a partir de ella: “(…) lo que podrá sacar a luz los tesoros de las experiencias y las enseñanzas, no será la apología a-crítica sino la crítica penetrante y reflexiva. Nos vemos enfrentamos al primer experimento de dictadura proletaria en la historia mundial (…). Sería una loca idea pensar que todo lo que se hizo o se dejó de hacer en un experimento de dictadura del proletariado llevado a cabo en condiciones tan anormales representa el pináculo mismo de la perfección. Por el contrario, los conceptos más elementales de la política socialista y la comprensión de los requisitos históricos necesarios nos obligan a entender que, bajo estas condiciones fatales, ni el idealismo más gigantesco ni el partido revolucionario más probado pueden realizar la democracia y el socialismo, sino solamente distorsionados intentos de una y otro” (La Revolución Rusa).

Rosa expresaba, gráficamente, lo que queremos señalar aquí: el carácter del siglo pasado como un inmenso laboratorio histórico, laboratorio del cual la investigación marxista debe esforzarse por sacar a luz (críticamente) los tesoros de las experiencias y enseñanzas que contiene. Un aprendizaje estratégico para la lucha revolucionaria en este nuevo siglo.

Bajo estos parámetros se debe avanzar en el estudio del siglo pasado, su enorme complejidad. Complejidad que incita a agrupar temas y circunstancias a modo de problemáticas: el estudio comparado de las dos guerras mundiales, sus similitudes y matices; el estudio de las más grandes revoluciones sociales del siglo pasado, la rusa y la china; el fracaso de la revolución alemana, una de las más grandes tragedias del siglo pasado; el carácter de la contrarrevolución burocrática en la URSS, un proceso que debe ser repensado a la luz de la experiencia histórica; las enseñanzas de la economía de la transición socialista, las relaciones entre planificación, mercado y democracia obrera; el carácter de la colectivización forzosa y la industrialización acelerada del estalinismo; el estudio comparado de los campos de concentración nazis y estalinistas, cuya naturaleza los estudiosos más serios se han ocupado en diferenciar; las revoluciones anticapitalistas en la segunda posguerra (China, Cuba, Yugoeslavia y Vietnam); los países donde se expropio “desde arriba”, sin revolución, bajo el impacto de la ocupación del Ejército Rojo estaliniano; las revoluciones antiburocráticas con el temprano levantamiento de los obreros de Berlín en 1953.

En fin: acontecimientos y experiencias históricas, epocales, que a la luz de la perspectiva de nuestros días, requieren una nueva reflexión.

Finalmente, señalemos algunos rasgos del ciclo por el que estamos transitando. Que el siglo XX se haya cerrado con el retorno del capitalismo en todo el globo, no podía dejar de consecuencias (¡incluso más profundas de lo que creíamos inicialmente!). No nos interesa aquí la cantinela habitual acerca de la “muerte del socialismo” sino la bisagra histórica producida, giro histórico que permite observar con más amplitud la experiencia vivida: “La derrota de las grandes esperanzas de emancipación no data de 1989 o 1991. Esa fue solamente ‘la segunda muerte del cuerpo’ (the second death of the corpse). Porque desde largo tiempo antes, un Thermidor interminable había devorado la revolución” (Bensaïd, “Stalinismo y bolchevismo”, IV Online magazine, diciembre 2005).

Esto nos lleva a un último problema: cómo abordar la historia reciente: si cómo fue o cómo es. La pregunta parece paradójica porque la historia está supuestamente “cumplida” y terminada: ya nadie la puede modificar. Sin embargo, sería una necedad perder de vista que el abordaje de los acontecimientos históricos es siempre un abordaje político: responde a las necesidades del presente.

De manera que no hay forma de aprehender la historia del siglo pasado solamente como ocurrió: debe hacerse también como “sigue ocurriendo” por así decirlo. Una historia que, como hemos dicho, no tiene una redacción “definitiva”, sino que aún se sigue escribiendo: son furor los nuevos materiales, los nuevos archivos, las nuevas investigaciones que permiten obtener nuevas conclusiones.

Dice Traverso parafraseando a Benjamin: “[un justo abordaje de la historia, JLR] implica reemplazar la relación mecánica entre pasado y presente postulada por el historicismo –que vuelve a considerar el pasado como una experiencia definitivamente archivada- por una relación dialéctica en la que el Otrora (Gewensene) encuentra el Ahora (Jetzt) en un relámpago para formar una constelación (La historia como campo de batallar, Fondo de Cultura Económica, Argentina, pp. 27). O en palabras más simples: el pasado adquiere nueva luz a partir del presente; pasado que, al mismo tiempo, ilumina el presente y ayuda a modificarlo en alguna forma.

El punto de inflexión de la caída del Muro de Berlín en 1989 ha modificado la manera de pensar y escribir la historia del siglo XX (Traverso). También debe ayudarnos a relanzar la lucha por la perspectiva auténtica del socialismo.

 

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