Por Ale Kur



 

 

Hace unos días concluyó el recorrido del papa Francisco por Estados Unidos, la segunda parte de su “gira americana” luego de la visita a Cuba. En el número anterior[1] de Socialismo o Barbarie ya esbozamos algunos de los lineamientos principales de esta gira. Entre ellos, la pelea de la Iglesia Católica por recuperar fieles en una región en la que viene avanzando por un lado la secularización, y por otro lado las iglesias evangélicas. También mencionamos que uno de los grandes objetivos de la gira era contribuir a los esfuerzos por “reintegrar” a Cuba al actual orden mundial, es decir, al capitalismo globalizado.

La gira en su conjunto provocó un gran impacto mediático, a lo largo y ancho del mundo.  Esto se debe a que los objetivos de la gira y el mensaje transmitido en ella, exceden por mucho el marco religioso: se trata de un evento fuertemente político. El Papa no habla solamente como líder de una religión, sino como una de las principales figuras políticas mundiales. Si esto es cierto en general para cualquiera de los Papas que hayan existido hasta el momento, lo es muy especialmente en el caso de “Francisco”, que se convirtió en uno de los principales emblemas de la época actual.

Su visita a Estados Unidos debe entenderse en esa perspectiva. Se trata de un evento de cierta importancia política: no es cualquier país sino la principal potencia mundial, la principal economía del mundo, y el garante de última instancia del orden mundial. Esto explica, por ejemplo, por qué tiene tanta trascendencia la visita por parte del líder de la Iglesia Católica a un país en el cual los católicos son una minoría[2].

Francisco y Obama

El papa Francisco se mostró muy activo en su recorrido por EEUU: dio un discurso ante el Capitolio (máxima instancia del Poder Legislativo en el país), participó de la Asamblea General de la ONU, dio misas en Nueva York y Filadelfia, entre otros eventos. En todos ellos, se caracterizó por una fuerte “bajada de línea”, una politización intensa de sus discursos.

Por ello es que los medios de comunicación a lo largo del mundo subrayaron algunos tópicos que aparecieron reiteradamente en la retórica papal: la defensa de los inmigrantes, la denuncia del cambio climático provocado por el hombre, el rechazo a la rapacidad de los organismos financieros, la defensa de la resolución de los conflictos a través del diálogo, la reivindicación de los pobres y sus derechos, etc.

Todos coinciden en el aspecto “progresista” de estos discursos, especialmente cuando se pone en contraste con la línea tradicional de la Iglesia Católica, mucho más “amigable” con el estado de las cosas.

Por supuesto que en esta caracterización está completamente ausente la posición que el Papa sigue manteniendo frente a otros temas más “espinosos” (para ellos) como el derecho al aborto, el matrimonio igualitario, etc. Allí no se ve diferencia alguna con los trogloditas que le precedieron. Los argentinos sabemos de qué se trata esto, porque vimos la “cruzada” que organizó contra al aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo, cuando todavía era el “Cardenal Bergoglio”.

Sin embargo, si dejamos estos temas de lado, lo que obtenemos es un Papa que en la esencia de su discurso no se diferencia mucho de  lo que sostiene el propio Presidente de los Estados Unidos, Barak Obama. Este punto, de hecho, es uno de los más resaltados por la prensa internacional: las intervenciones del Papa coincidieron en casi todos los aspectos con la agenda política del Partido Demócrata yanki.

Esto no es ninguna sorpresa, ya que ambos líderes se parecen mucho. En el caso del “acuerdo de reconciliación” entre Cuba y Estados Unidos (epicentro de la actual gira papal), Francisco y Obama directamente fueron “socios políticos”, colaborando activamente para lograrlo. Pero más allá de esto, lo que se puede observar es una plena sintonía política entre ambos.

Los dos encarnan, cada uno a su manera, un ángulo muy similar de resolución de los problemas globales. El mismo método con el que se encaró la cuestión cubana es el que Obama utilizó para sellar el acuerdo nuclear con Irán. Ambos coinciden además en denunciar los “extremismos”, en predicar una política de “apertura”, en enunciar discursos sobre la necesidad del “cambio”, etc.

 

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El “clima de época” del siglo XXI

 

¿Cómo se explica esta “sintonía” general entre dos importantes líderes mundiales, en una clave que pareciera ser “progresista”?

Para responder a esa pregunta, hay que partir del “clima de época” más general. Nada de lo que ocurre tendría sentido si uno no parte de que el mundo actual fue convulsionado por la crisis económica de 2007-2008. Crisis que dejó por todas partes un  enorme tendal de desempleados, de flexibilizados, recortados, desalojados, etc.

Los efectos de la crisis, y especialmente de las políticas de “austeridad” que le siguieron en gran parte del mundo, generaron un enorme rechazo popular a lo largo y ancho del globo. Los movimientos de Indignados en Europa, la Primavera Árabe, e inclusive el movimiento Occupy Wall Street (en la propia Estados Unidos) fueron reflejo de esto, y a la vez dejaron una profunda impronta en la “opinión pública”.

Por ejemplo, el movimiento Occupy dio expresión a (y a la vez multiplicó la llegada de) una muy interesante conclusión en la cabeza de millones de personas, tanto dentro como fuera de EEUU: que el 1 por ciento de la población concentra la enorme mayoría de las riquezas y se queda con casi todos los beneficios del crecimiento económico, mientras que el 99 por ciento restante sólo conoce los recortes y ve cómo se degradan sus condiciones de vida.

Por lo tanto, no es para nada excepcional desde 2008 ver a políticos de primera línea, de las principales potencias del planeta, hablar de las “injusticias” del “sistema financiero”, del problema de las “grandes corporaciones”, etc. Por el contrario, el propio Obama ganó las elecciones de ese mismo año con un discurso levemente “populista”.

Con estas coordenadas políticas se entiende más globalmente el “clima de época”. Tanto Obama como Francisco expresan intentos de adaptar, aunque sea en parte, la superestructura política a las nuevas condiciones. Es decir, ambos tienen “naturalezas políticas” muy similares.

En ese sentido, la principal potencia imperialista del planeta, y la principal institución religiosa del planeta, pueden perfectamente coordinar sus agendas políticas tras ese objetivo.

Pero ¿cuál es el contenido de fondo de los “progresismos” de Obama y Francisco? No es otro que mantener los elementos más profundos del statu quo: la super-explotación capitalista de las personas y del planeta, la vigencia de la dominación imperialista de unas naciones sobre otras, el mantenimiento del orden conservador en la esfera de la familia y de la reproducción biológica y social.

El problema es que para mantener ese statu-quo profundo, hace falta hacer algunos cambios, aunque más no sean cosméticos. Por supuesto, siempre se puede ignorar la realidad y mantener todo exactamente como estaba: eso es, de hecho, lo que proponen importantes sectores de la burguesía mundial, y de la propia Iglesia Católica. Pero el riesgo es que, en las condiciones de crisis económica y descontento masivo, esto agrave irremediablemente las contradicciones sociales y políticas mundiales. Que el mundo se deslice hacia una dinámica de mayor polarización, con mayores enfrentamientos entre clases y entre Estados: una auténtica época de “crisis, guerras y revoluciones” tal como la definía Lenin.

Por eso, lo que expresan tanto Obama como Francisco, es el intento de manejar los asuntos mundiales de tal manera de “acolchonar” lo máximo posible esas contradicciones. Para que eso pueda hacerse, se necesita abordar la vía del “diálogo” y de la “apertura”, del “cambio” (estrictamente controlado), que en realidad no cambie nada profundo.

Sus propias figuras encarnan en sí mismos estos “nuevos vientos de época”: no por nada se habla del “Presidente negro” y del “Papa latinoamericano”. Cambia el envase, el estilo, la manera de abordar los problemas, pero no cambia el verdadero contenido de las cosas. Esto es, en definitiva, lo que reflejó la gira papal por Cuba y Estados Unidos.

[1]  “Gira del papa por Cuba y Estados Unidos”, Claudio Testa, SoB 350

[2] De cualquier forma, más allá de esto, EEUU se trata del cuarto país con más católicos en el mundo, con 75 millones de fieles. Un dato muy importante para comprender los trasfondos de la gira es que, de entre ellos, más de un tercio son de origen latino. Los latinos son prácticamente el único sector social que dinamiza al catolicismo en EEUU, y que se renueva y expande gracias a la inmigración. Por esta razón, además del público “global”, Francisco se dirigió a un público muy específico: los inmigrantes (y descendientes de inmigrantes) que pueblan las Iglesias en EEUU. Esto explica también el énfasis específico de los discursos papales en el tema de la inmigración.

 

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