Cuando todo huele a podrido

 

El domingo último pasado se llevaron a cabo las elecciones provinciales en Tucumán. Los hechos repudiables que se vieron durante estos comicios mostraron hasta qué grado llega la descomposición de los partidos tradicionales: los radicales quemando urnas, los peronistas atacando a fiscales de la oposición y a los de otras listas internas de su propio partido, y Alperovich queriendo barrer esta vergüenza con la “escoba” de la Gendarmería.

Esta crisis institucional –al igual que el asesinato de Jorge Ariel Velázquez sucedido en Jujuy, atacado en vísperas de las PASO y que falleció el miércoles 19 de agosto– puso en evidencia, frente a los ojos de toda la nación, el alto grado de putrefacción que tiene el régimen político de la provincia de Tucumán, que no es más que una expresión particular del régimen de la Argentina toda.

Pero vayamos en orden.

Las elecciones en Tucumán eran una instancia estratégica en el camino a las presidenciales de octubre. Eran las primeras elecciones después de las PASO y por lo tanto reabrían objetivamente la campaña electoral, que había quedado en un relativo impasse a causa de las inundaciones en la provincia de Buenos Aires.

Para el gobierno nacional eran la plataforma de relanzamiento de la campaña electoral del Frente para la Victoria. El candidato a presidente del oficialismo, Daniel Scioli, había estado el martes de la semana pasada junto a Juan Manzur, candidato a gobernador por el FPV y todos los gobernadores del PJ, en un acto de campaña que estuvo pensado más a la medida del gobernador bonaerense que del candidato tucumano.

La ecuación era sencilla. El PJ se enfrentaba como claro favorito a un frente de toda la oposición unida en el Acuerdo del Bicentenario (AdB) encabezado por el radical José Cano. Todos los sondeos daban como claro ganador al oficialismo, y parados en ese triunfo electoral sobre la oposición unificada, Scioli pensaba dar la sensación de que su triunfo en octubre sería igual de aplastante.

Este espaldarazo era importante, porque luego de las PASO, en las que el oficialismo obtuvo un triunfo claro pero una cosecha de votos inferior a la esperada, y tras unas semanas signada por las inundaciones y el papelón del viaje a Italia –a lo que hay que sumarle la incertidumbre que despertaron los oscuros nubarrones en la economía–, Scioli necesitaba un rápido cambio de aire y mostrarse como el estandarte de un proyecto vencedor.

Pero el tiro le salió por la culata. El triunfo de José Manzur en las elecciones se dio en medio de una verdadera batalla de punteros de todo tipo y color que terminó en escándalo nacional. Radicales y peronistas se acusan mutuamente de haber incitado las peleas en los barrios populares, de haber apretado a los votantes en las escuelas, de haber repartido bolsones de comida a cambio de votos, de haber quemado urnas y de las mil y una maniobras del más repugnante punterismo político contra los sectores populares.

La Alianza del Bicentenario, con Macri y Massa como escoltas de Cano, salió desesperada a desconocer el resultado de la votación y a denunciar el fraude: no podían afrontar un nuevo revés electoral si pretendían mejorar su performance de cara a octubre. Pero el problema que tuvo la oposición es que no encontró ningún hecho material distinto de los que ellos mismos han practicado en el cual basar su acusación. Realmente lo que les molestó es que el aparato de punteros del PJ fue superior y más eficaz que el de ellos.

Así fue como cada uno acusaba al otro… y los dos tenían razón. Fue absolutamente indistinguible el accionar político de ambos partidos patronales. Como declaró Manuela Castañeira, no se pelearon por ser muy diferentes, sino por ser demasiado iguales. Tanto fue así que en declaraciones al cierre de esta edición, tanto Cano como Manzur reconocieron que entre los acusados por las quemas de urnas y otros desmanes durante la elección se cuentan referentes de ambos partidos.

 

El sistema de “acople” tucumano y la crisis de los partidos burgueses

 

Luego del Argentinazo de 2001 quedaron seriamente cuestionadas todas las estructuras políticas patronales, pero en la medida en que la rebelión popular no logró dar un salto en calidad y proponer una alternativa por la positiva desde los intereses de los trabajadores y con la clase obrera en el centro, al final se quedaron todos y la rueda siguió girando. Pero que se hayan quedado todos no significa que no haya pasado nada. Fueron muchos los experimentos que intentó el poder político para recauchutar las estructuras políticas tradicionales. Sin ir más lejos, el sistema proscriptivo de las PASO es uno de esos intentos, por el cual se busca fortalecer a los partidos tradicionales mediante el mecanismo de excluir a las fuerzas que cuentan con menos recursos.

En Tucumán optaron por otro sistema: en 2006 se hizo una reforma electoral con rango constitucional que supone una versión sui generis de la ley de lemas. Esta funciona de la siguiente manera. Los grandes aparatos cierran filas alrededor de los candidatos a cargos ejecutivos (gobernador, vicegobernador e intendente) y abren el juego para que se armen partidos provinciales o municipales que adhieran (acoplen) su lista de legisladores o concejales a la de los candidatos a cargos ejecutivos. ¿Por qué se hace esto? Para que cada puntero pueda acoplar su propia lista de candidatos y lograr que nadie saque los pies del plato. En el caso de estas elecciones, la ristra de listas y partidos llegó a un absurdo que es digno de la pluma de García Márquez: se presentaron en total 503 seudo-partidos (en realidad sellos tanto del PJ como de la UCR) con un total de más de 25.000 candidatos. Para tener una idea de las proporciones, uno de cada 44 electores figuraba como candidato de alguna lista.

Este sistema electoral a la medida de los punteros muestra el grado de descomposición del sistema de partidos en Tucumán, y fue al mismo tiempo una de las fuentes que alimentaron el incendio. El asunto fue que cada puntero intentó, con los métodos que conoce, llevar agua para su molino peleando con uñas, dientes y cualquier otra arma que tuviese a su alcance contra todos los otros punteros, sin importar si apoyaban a Manzur o a Cano. Así se vio el espectáculo de patotas de punteros del PJ peleando con otros punteros del PJ, o punteros de la UCR y del PJ coincidiendo en la quema de urnas.

 

Alperovich quiere sostener con la represión al mismo régimen que mató a Paulina Lebbos y secuestró a Marita Verón

 

Aunque la jornada de ese domingo no había sido muy distinta de la de otras elecciones pasadas, en esta oportunidad, con la quema de 42 urnas, se sobrepasó un límite simbólico de la democracia. Toda esta situación, sumada a que el PJ se había proclamado vencedor con el 54% y por una diferencia de más de 14 puntos pero había perdido en la capital tucumana, alentó a que el lunes por la noche se convocaran en la puerta de la gobernación provincial un gran número de manifestantes denunciando fraude, en su mayoría pertenecientes a las clases medias. Esta convocatoria se originó primero por las redes sociales, pero estuvo fuertemente agitada por los medios de comunicación opositores como Clarín y TN y la oposición.

La respuesta del gobernador kirchnerista Alperovich fue mandar a la policía a tratar de imponer a palazos el resultado electoral y barrer bajo la alfombra el escándalo que había salido a la luz, por medio de una salvaje represión con decenas de heridos y detenidos. Pasadas las 23 horas la policía montó un operativo que contó con la infantería, la montada, balas de goma y gases lacrimógenos.

Desde el Nuevo MAS denunciamos esta salvaje represión a los manifestantes. Hacemos responsable al gobernador Alperovich y exigimos la inmediata libertad de todos los detenidos, entre los que se encuentra un militante del Partido Obrero.

Pero esta represión no es un hecho aislado sino un episodio más en el largo prontuario de Alperovich y de todo el régimen político tucumano, el cual es uno de los más reaccionarios del país. No debemos olvidar que los escándalos que se evidenciaron en esta elección son parte orgánica de una red que funde el crimen con el poder político. Como trágicos ejemplos de esto tenemos los casos de Paulina Lebbos y Marita Verón.

Paulina Lebbos era una joven que fue brutalmente asesinada por los hijos del poder en situaciones nunca esclarecidas. En este caso, durante la investigación se apuntó, entre otros, al mismísimo hijo del gobernador. Durante nueve años el padre de Paulina luchó por justicia para su hija y denunció que se estaba trabando y desviando la investigación con el fin de garantizar la impunidad de los responsables. Finalmente en mayo de este año, aun sin haber encontrado a los culpables, la Justicia tucumana decidió exculpar al hijo de Alperovich.

El caso de Marita Verón es emblemático. Fue la persistente lucha de Susana Trimarco junto al movimiento de mujeres exigiendo la aparición de Marita, la que puso en evidencia la profunda confluencia de intereses entrelazados entre las redes de trata y el narcotráfico con la policía provincial, la Justicia y el poder político. Luego de 13 años de búsqueda, Marita aún no aparece. Luego de que en 2012 un tribunal decidiera absolver a todos los acusados, se desató una gran indignación popular que obligó a la Corte Suprema de Tucumán a dar marcha atrás y condenar a diez de ellos, lo que constituyó un claro triunfo de la lucha del movimiento de mujeres.

Pero la impunidad parece no tener límites en el feudo K de Alperovich, porque como la condena nunca quedó firme, varios de los acusados fueron dejados en libertad bajo fianza menos de dos meses después de la sentencia.

 

Ni con Manzur ni con Cano: por una salida independiente de los trabajadores, y por una asamblea constituyente que ponga en discusión los problemas de los de abajo en la provincia

 

Aunque ahora Cano, Macri y Massa pataleen, lo cierto es que ellos han sido parte y cómplices de este régimen perverso que sólo busca controlar la voluntad popular y evitar que las cosas se salgan de madre. Por eso no se puede dar valor al oportunismo de sus declaraciones. En definitiva, tanto para oficialistas como para la oposición esta pelea no es más que una escaramuza más de cara a las elecciones de octubre, cuando se pone en juego cuál de los dos candidatos va a aplicar el ajuste que exige la burguesía criolla.

Como muestra de esto pudimos ver estos últimos días como Scioli, Macri y Massa cumplieron con el ritual que caracteriza a todos los candidatos patronales. Se reunieron con las entidades empresariales y participaron del colonial Consejo de la Américas, una entidad que nuclea al sector empresarial de capital estadounidense, el cual tiene la costumbre de convocar a sus candidatos para tomarles lección y medir el grado de compromiso que demuestran en relación con sus intereses imperialistas. En esta oportunidad parece que todos los premios se los llevo el nacional y popular Daniel Scioli, quien a pesar de no haber dicho grandes cosas, como era de esperar, se comprometió a poner todo su esfuerzo para seducir a los inversores extranjeros que quieran venir al país.

Los trabajadores y el conjunto de los sectores populares debemos tener los sentidos en guardia y no prestar ninguna confianza ni al gobierno K ni a la oposición en cualquiera de sus variantes. La izquierda debe mantener una posición independiente de ambos bandos y postular una salida desde los intereses de los trabajadores. Es por todo esto que sostenemos que la salida más democrática es convocar a una Asamblea Constituyente que ponga en pie una alternativa a todas estas estructuras políticas mafiosas y repodridas.

Los trabajadores, las mujeres y la juventud tenemos que prepararnos para librar nuestras propias luchas, porque la pelea entre los de arriba, para nosotros, tendrá el mismo resultado gane quien gane: un 2016 con despidos, salarios por el suelo y represión.

En este sentido es que creemos que las agrupaciones de la izquierda, sobre todo el Frente de Izquierda y el Nuevo MAS, tenemos que debatir qué instancia de discusión generaremos para dar una respuesta común y defender los derechos de los trabajadores.

 

 

 

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