Por Ale Kur


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Una maniobra para poder aplicar el ajuste

 

El jueves  20/8 el primer ministro griego, Alexis Tsipras, presentó su renuncia al poder ejecutivo. Esto implica, bajo el régimen parlamentario griego, la convocatoria a elecciones anticipadas (probablemente para fines de septiembre), en las que se renovará la totalidad del parlamento. El nuevo parlamento surgido de esa votación, a su vez, votará a la persona que desempeñará el cargo de primer ministro.

Sin embargo, es necesario comenzar haciendo una importante aclaración. El objetivo de Tsipras es volver a presentarse a elecciones, en las que considera que volverá a ganar. Esta perspectiva es acompañada (por lo menos hasta el día de la fecha) por la mayoría de las encuestas griegas, que le otorgan a Tsipras alrededor de un 30 por ciento de los votos.  Es decir, la renuncia y la convocatoria a elecciones son una apuesta política que, aunque tiene sus riesgos –especialmente en la imprevisible Grecia-, puede otorgarle grandes beneficios.

El primero de ellos es que, al renovar completamente el parlamento, limpiaría de él a todos los diputados de Syriza que no lo acompañaron en la aprobación del tercer “rescate”[1]. Se trata de un total de 47 diputados sobre los 149 que formaban parte de su grupo parlamentario. Estos “diputados rebeldes” habían dejado en minoría al gobierno: le restaban a Tsipras apenas 102 parlamentarios leales sobre un parlamento con 300 miembros. Por lo tanto, si Tsipras lograra conservar (o inclusive ampliar) la votación que obtuvo en enero de 2015, volvería a tener cerca del 50 por ciento del parlamento griego bajo su control. Si inclusive lograra sumar algunos puntos, podría tener mayoría absoluta y evitar tener que depender de otros partidos para formar gobierno.

El segundo beneficio es que, para esta nueva elección, presentaría un programa de gobierno radicalmente diferente de aquel con el cual fue electo en enero: un programa que ahora estaría completamente adaptado a la austeridad, sin ninguna arista de enfrentamiento con la Unión Europea y los grandes capitales. Al ser electo con este nuevo programa, “refrescaría” la legitimidad de su mandato de cara a los votantes. Es decir, ya nadie podría acusarlo de “abandonar las promesas electorales”, porque blanquearía desde el comienzo que su intención es aplicar el ajuste.

Estas dos cuestiones mencionadas son imprescindibles para que Tsipras pueda empezar a llevar a cabo las medidas del tercer “rescate”. Con un gobierno de minoría parlamentaria, y con la sensación mayoritaria de que le pasó por arriba a su programa electoral, se hace muy difícil seguir exprimiendo a los trabajadores y el pueblo griego.

Sobre esta base, la necesidad de convocar a elecciones anticipadas estaba ya “cantada”. El único punto en cuestión era la fecha. Por un lado, el ajuste debe empezar a aplicarse ya mismo según los planes de la UE: el problema de la gobernabilidad no podía retrasarse ni un minuto. Pero esto no es todo: si las elecciones se realizaran dentro de varios meses, cuando las masas populares comiencen a sentir de lleno el impacto de las nuevas medidas de austeridad, la popularidad del gobierno se vería seriamente afectada, y podría perder las elecciones o ver reducida su presencia en el parlamento.

Por lo tanto, la convocatoria a elecciones anticipadas fue anunciada por Tsipras (con el aval de los tecnócratas neoliberales de la Unión Europea) apenas estuvo garantizado el tercer “rescate” financiero, que dio un respiro a la banca griega y al pago de los intereses de deuda(alejando en el tiempo el fantasma del default, de la bancarrota y –sobre todo- del tan temido “grexit”).

Ruptura en Syriza: nace la “Unidad Popular”

La otra gran novedad política es la ruptura de Syriza y la conformación de un nuevo partido político a partir de su antigua ala izquierda. 25 diputados nacionales (pertenecientes en su mayoría a la “Plataforma de Izquierda” de Syriza) abandonaron el bloque parlamentario oficialista y conformaron un nuevo bloque denominado “Unidad Popular”. Este nuevo bloque es liderado por Panagiotis Lafazanis, dirigente histórico de la Plataforma y ex Ministro de Energía y Reconversión Productiva del gabinete Syriza. En él también participa Stathis Kouvelakis, quien desde el primer momento denunció el desastre a que llevaría la política de Tsipras de sumisión a la UE.

“Unidad Popular” se plantea conformar un movimiento político-social que lleve hasta el final el triunfo del NO en el referéndum de julio. Para ello levanta un programa de nacionalización de la banca y los “sectores estratégicos” de la economía, así como la quita de la mayor parte de la deuda externa. Plantea también la posibilidad de romper con la eurozona y volver a la moneda nacional –el dracma– “si fuera necesario”. Por último, sostienen la necesidad de romper con la OTAN y terminar las relaciones militares y políticas con el Estado de Israel.

Se trata por lo tanto de una ruptura progresiva, aunque todavía no está formulado su programa definitivo. Quedan algunos puntos de gran importancia sin resolver –tales como la pertenencia a la Unión Europea-, y la formulación general de su “presentación al público” tiene por ahora una apariencia centrista –es decir, sin definiciones claramente anticapitalistas y de clase–.

Para que esta ruptura pueda jugar un rol de vanguardia en el proceso político griego, debe cumplir algunas condiciones. En primer lugar, debe evitar plantearse como un “parlamentarismo de izquierda”, que “corrija” el programa de Syriza pero sin una verdadera estrategia de movilización popular, de lucha en las calles.

Debe también poder conformar un auténtico polo de unidad de las fuerzas anticapitalistas, obreras y combativas, dirigiéndose también a la coalición ANTARSYA y a otros colectivos y fuerzas políticas.[2] Por último, debe formular un programa claro de ruptura con la eurozona y la Unión Europea, y definir una serie de medidas anticapitalistas que pongan en el centro los intereses de la clase obrera y los sectores populares.

Si la flamante Unidad Popular, cumpliera esas condiciones, podría convertirse en un factor de reagrupamiento político y social para la lucha, que permita relanzar la batalla contra la austeridad, volver a llenar las calles, y comenzar a esbozar una conciencia anticapitalista y socialista en amplios sectores de la población. A esa perspectiva apostamos desde la corriente Socialismo o Barbarie.

Es importante subrayar todo eso porque, aunque la ruptura con Tsipras sea muy progresiva, su objetivo no puede ni debe ser el de constituir una Syriza “reloaded”. Es decir, la reedición de una coalición reformista-electoralista como era Syriza… más allá de que tuviese en su seno corrientes minoritarias combativas y mucho más a la izquierda.

[1] Ver nota ‘Aprueban el “tercer rescate” y se agudiza la crisis política de Syriza’ publicada en versión web del periódico Socialismo o Barbarie: https://www.mas.org.ar/?p=6469

[2].- En ese sentido, es preocupante que una de las primeras movidas de Lafazanis no haya sido la de tender la mano hacia ANTARSYA, sino hacia… Jean-Luc Mélenchon y su Parti de Gauche, que en Francia, junto con el PCF, no han impulsado ninguna lucha real contra el gobierno “socialista” y sus planes austericidas.  Ver « Communiqué commun du Parti de Gauche et d’ Unité Populaire », Grèce, Lundi 24 Août 2015.

 

¿Por qué fracasó Syriza?

Por Ale Kur

Como venimos sosteniendo desde la corriente internacional Socialismo o Barbarie, el gobierno de Tsipras enfrentó desde su mismo comienzo una contradicción existencial: pretendía anular la austeridad, al mismo tiempo que permanecer a toda costa en la Unión Europea neoliberal y en su moneda única, el Euro. Estas dos cosas son imposibles de conciliar, ya que el sistema monetario y financiero de la eurozona están hechos a la medida de las necesidades económicas (imperialistas) de Alemania y otros países, a costa de los intereses del resto de sus miembros.

Esto se demostró con claridad en los cinco meses de “negociaciones” en los que los acreedores europeos (y el FMI) se mostraron absolutamente inflexibles en su posición de cobrar hasta el último centavo de la asfixiante deuda griega. Esto no significaba otra cosa que seguir aplicando brutales medidas de austeridad, desangrando a los trabajadores y el pueblo.

Anular la austeridad requería, en primer lugar, la suspensión completa del pago de la deuda externa. Sin esta medida, es imposible encontrar los fondos necesarios para financiar los gastos del Estado.

Por otro lado, había que prepararse para las medidas de represalia de los capitales europeos. Estas se vieron claramente ante el anuncio del referéndum del 5 de julio: el imperialismo de la UE llevó a los bancos griegos al borde de la quiebra, amenazando con borrar del mapa los depósitos de los ahorristas y con dejar al país sin moneda. Para poder enfrentar este ataque, era imprescindible nacionalizar la banca y frenar inmediatamente la fuga de capitales.

Ante los problemas de falta de liquidez a los que llevaría el ataque de los capitalistas, era necesario también tomar otras medidas soberanas: la emisión de una moneda nacional, o por lo menos de sistemas de pago alternativos.

Estas medidas habrían dado al gobierno griego una posición de fortaleza para anular las medidas de austeridad y comenzar un plan de recuperación económica soberana, basado en poner en el centro los intereses de los trabajadores y el pueblo. Sin embargo, desde el principio el gobierno de Tsipras se negó a tomar ninguna de ellas.

Al mismo tiempo, centró toda su estrategia en la negociación por arriba, sin llamar a movilizar a las masas trabajadoras y populares. Esta era la única manera de inclinar la correlación de fuerzas a favor del pueblo griego. En la desmovilización y la pasividad, sólo se impone la desmoralización, el pesimismo… y la propaganda –y terror- de los grandes capitalistas.

Estas son las razones de fondo por los cuales el gobierno de Tsipras dio un giro de 180 grados, traicionando abiertamente no sólo su programa, sino también el mandato popular del referéndum, en el que el 62 por ciento de los griegos votó NO al acuerdo propuesto por la UE.

Es decir, lo que ocurrió en Grecia es la demostración (por enésima vez) de los límites estructurales del reformismo, que al negarse a arrebatar a los capitalistas las grandes palancas del poder (económico, político, mediático, militar), queda maniatado para enfrentar los enormes ataques que inevitablemente vendrán. La historia ha mostrado siempre que ningún capitalista permite pasivamente que “redistribuyan” sus riquezas, le toquen sus ganancias o propiedades.

Todo intento serio de cambiar el orden existente requiere de una disposición igualmente seria a enfrentar a los capitalistas hasta el final, tomando todas las medidas que sean necesarias. Esto es especialmente cierto en las condiciones del siglo XXI, donde el neoliberalismo globalizado es el modelo universalmente hegemónico, sin que ningún otro modelo le haga competencia (a diferencia del siglo XX, en el que existía la URSS y el bloque de los así llamados “socialismo reales” que abarcaban en su conjunto a 1/3 de la población mundial).  Y más todavía en las condiciones europeas, donde las reglas son impuestas directamente por burguesías imperialistas de enorme poder, como la de Alemania.

El fracaso de Syriza plantea por lo tanto la necesidad de relanzar la batalla por el socialismo, de construir partidos anticapitalistas, socialistas y revolucionarios, anclados fuertemente en las clases trabajadoras y populares, y dispuestos a ir hasta el final.

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