Por Víctor Artavia



 

 

Un clima de rebelión se extiende en la región

 

Durante el último año se intensificaron las luchas sociales en México y Centroamérica. Las semanas previas a la redacción de este artículo, la región estuvo inmersa en una agitación política a causa de la realización de multitudinarias protestas en Honduras y Guatemala exigiendo la renuncia de sus respectivos presidentes. Meses atrás, en México, se produjeron enormes movilizaciones reivindicando la aparición con vida de los 43 normalistas desparecidos en Ayotzinapa y, en Noviembre del 2014, aconteció una gigantesca jornada de lucha reclamando la salida del presidente Enrique Peña Nieto.

 

¿Es circunstancial que, en cuestión de meses, tres países de la región experimenten protestas multitudinarias exigiendo la renuncia de sus presidentes? A nuestro modo de ver, no. Por el contrario, deja en claro que son procesos que comparten muchos rasgos políticos. Esto confirma los fuertes nexos históricos y políticos entre los países mesoamericanos, de lo cual resulta necesario que las corrientes de izquierda revolucionaria tomemos nota para interpretarlos de forma correcta, precisando sus alcances y límites como parte de un ciclo de lucha regional.

 

Con este artículo queremos esbozar un “pantallazo” inicial de estos procesos de movilización. No perdemos de vista que lo hacemos desde cierta distancia (escribimos desde Costa Rica que aún no hace parte de este “clima” de rebelión), motivo por el cual optamos por ser muy precavidos en las observaciones, concentrándonos principalmente en destacar los rasgos más globales y progresivos del proceso.

 

En transición hacia una nueva situación política

 

Como señalamos anteriormente, existen fuertes vínculos entres los países mesoamericanos e, indudablemente, México juega un papel clave como referente en la región. Por eso optamos por analizar las protestas desde un ángulo internacionalista, tomando como punto de partida la siguiente “hipótesis de trabajo”: las multitudinarias protestas en México por los “43” de Ayotzinapa instalaron un “clima” de rebelión popular en la región, dando paso a una nueva situación política marcada por la irrupción de mayores movilizaciones que incorporan a diferentes sectores sociales (trabajadores, estudiantes, mujeres, campesinos, indígenas).

 

¿Por qué “clima” de rebelión? A diferencia de otros procesos en Sudamérica o Medio Oriente que desde Socialismo o Barbarie (SoB) calificamos como rebeliones populares (ver recuadro adjunto), las actuales protestas en la región presentan una menor intensidad que, por ahora, impide que se constituyan en verdaderos estallidos sociales con jornadas de lucha callejera permanentes. De ahí que optemos por tropicalizar la categoría con el calificativo de “clima”, pues aún no son rebeliones populares propiamente dichas, aunque denoten embrionariamente muchos de sus rasgos y no descartamos que puedan evolucionar hacia una mayor radicalización en las semanas venideras.

 

Más allá del matiz en la definición, lo que nos interesa destacar es el enorme giro progresivo que representan estas movilizaciones, las cuales están dando paso a una nueva situación política en la región donde cientos de miles de jóvenes, mujeres y trabajadores realizan sus primeras experiencias de pelea: ¡una nueva generación de luchadores mexicanos y centroamericanos se incorporó al recomienzo histórico de la lucha de los explotados y oprimidos que recorre el mundo entero!

 

La agenda democrática de las luchas en curso

 

Las protestas en México, Guatemala y Honduras presentan muchas similitudes en cuanto a su dinámica y agenda política. Todas parten de un reclamo aglutinador de masas que, muy en sintonía con los rasgos del capitalismo en la región, se dirige contra las peores formas de opresión y corrupción imperante en los Estados mesoamericanos, muchos de los cuales se aproximan a ser verdaderos “estados fallidos”.

 

Sin duda alguna las movilizaciones también reflejan un malestar acumulado por la situación social y económica, pero el elemento aglutinador gira en torno a reivindicaciones democráticas contra la violencia y la corrupción. Por esto la agenda en estas protestas está en “clave ciudadana”: marchamos como grupo de “indignados” contra el “mal gobierno”.

 

Esto explica que los epicentros políticos de estos procesos sean las plazas o parques públicos de las principales ciudades (como el Zócalo en México o el Parque Central en Guatemala) y no los centros de trabajos o estructuras del movimiento de masas (sindicatos, federaciones estudiantiles, etc.).  Además da cuentas del horario que suele caracterizar a estas movilizaciones, por lo general los fines de semanas o en  horas de la tarde-noche para que se incorporen trabajadores y trabajadoras al finalizar su jornada laboral.

 

Lo anterior es indicativo del principal límite del “clima” de rebelión: la ausencia de la clase trabajadora como tal en las movilizaciones, es decir, incorporándose a través de sus organizaciones de clase y levantando su agenda de reivindicaciones políticas, alrededor de la cual se articulen otros sectores explotados y oprimidos. No dudamos que, entre los cientos o decenas de miles de personas que se sumaron a estas luchas, hubo muchísimas que cotidianamente se desempeñan como trabajadores y trabajadoras, pero que protestaron identificándose como ciudadanos indignados y no como parte de una clase social explotada.

 

Esto no resta en lo más mínimo el carácter progresivo de estas jornadas de lucha, mas sí es un aspecto importante para tener en cuenta, pues es difícil que estos procesos se profundicen sino se suman los grandes contingentes de la clase trabajadora a las protestas. En todo caso, este “déficit” político (que no debe dar paso a ningún tipo de pose sectaria) se compensa con la experiencia de lucha que realizan cientos de miles de jóvenes en la región, quienes se suman con gran energía a las protestas y le imprimen un enorme dinamismo. Quizás este sea el rasgo más progresivo de este clima de rebelión, pues garantiza que las nuevas generaciones de la juventud trabajadora y estudiantil se ejerciten en la lucha de clases directa. Además marca un hilo de continuidad con las rebeliones populares en otras regiones del mundo: ¡basta con mirar una fotografía de las concentraciones en las plazas para percatarse que mayoritariamente son jóvenes estudiantes y trabajadores! Esto es sumamente significativo, pues plantea enormes perspectivas constructivas para la izquierda revolucionaria entre los sectores más avanzados de la juventud en lucha, los cuales tienen un mundo por delante que conquistar.

 

Dinámica de las luchas en curso

 

Veamos algunos elementos por los cuales caracterizamos que hay en curso una transición política en la región, particularmente en los países donde se están desarrollando las protestas multitudinarias.

 

Iniciemos con el caso de México. Acá el “clima” de rebelión surgió como una respuesta inmediata ante la desaparición de los 43 normalistas, lo cual tocó un fibra sensible de millones de personas en México y el mundo, dando paso a multitudinarias movilización. En el fondo, la reivindicación por los “43” también recogió el malestar acumulado por la barbarie estructural del capitalismo en ese país, donde el narcotráfico tiene fuertes vínculos con las autoridades políticas y ejerce un control directo sobre amplias zonas del territorio (sobre este país ver artículos en esta edición).

 

Lo anterior es algo sin precedentes en un país marcado por la “guerra contra el narco”, la cual se estima que produjo la desaparición y/o muerte de más de 100 mil personas en los últimos años, debido a lo cual la violencia ejercida por los cárteles y el ejército daba la impresión de estar muy “naturalizada” entre la población, asumida casi como un elemento más de la vida cotidiana en regiones del territorio mexicano.

 

Por esto mismo, que las noticias sobre México ahora no gire en torno a las decapitaciones y desapariciones a manos del narco y el ejército, sino que tengan como principal foco de atención las crecientes protestas contra las formas de opresión más barbárica en este país, es un punto de ruptura con la situación previa, la cual incluso está golpeando fuertemente al sistema de partidos mexicanos, en especial al reformista Partido de la Revolución Democrática (PRD), el cual se vino a pique debido a sus implicaciones en casos de corrupción y su responsabilidade política en la desaparición de los 43 normalistas en Ayotzinapa.

 

Algo similar podemos señalar con respecto a Guatemala y Honduras, pues el desencadenante de las movilizaciones fueron las denuncias de corrupción por parte de sus gobiernos, las cuales implicaban directamente a los presidentes Otto Pérez Molina y Juan Orlando Hernández. Al primero le acusan de ser al artífice de una red de fraude fiscal impulsada desde el gobierno, al segundo de haber robado miles de millones de lempiras de la seguridad social.

 

No es sorprendente que políticos burgueses de estos países estén inmersos en casos de corrupción. Lo verdaderamente novedoso es que, en esta ocasión, las denuncias por desfalcos a la seguridad social y por fraudes fiscales dieron pasos a multitudinarias marchas de repudio y exigiendo su renuncia. Al igual que en México, lo que parecía ser algo asumido como algo natural del corrupto capitalismo en esos Estados, terminó siendo un catalizador de un poderoso movimiento de masas clamando por un ¡ya basta!.

 

En el caso de Guatemala, las protestas multitudinarias contra el gobierno presidido por Otto Pérez Molina son sumamente novedosas, pues en el país todavía pesan las secuelas de la sangrienta guerra civil (1960- 1996), durante la cual se estima que doscientos mil personas fueron asesinadas o desparecidas (datos de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico), entre las cuales figuraron muchísimos activistas sindicales, estudiantiles, campesinos-indígenas y/o militantes de izquierda masacrados por el ejército guatemalteco. Este genocidio político todavía repercute en la lucha de clases chapina, pues desde el final de la guerra civil no se habían registrado movilizaciones de tal magnitud. Quizás el único precedente sean las movilizaciones exigiendo justicia por el asesinato del abogado Rodrigo Rosenberg en 2009, pero nunca llegaron a ser tan extendidas ni contar con un perfil tan contestatario como las actuales.

 

Por otra parte, Honduras es un país con una rica tradición de lucha popular. A lo largo de la primera década del siglo hubo enormes protestas contra proyectos de privatización del agua, ataques al gremio docente o por reivindicaciones agrarias. Posiblemente los picos más altos de la lucha de clases reciente en este país, tuvieron lugar con la realización de los Paros Cívicos Nacionales, denominación catracha de lo que vendrían a ser huelgas generales y populares, los cuales paralizaron el país en varias ocasiones (donde participaron activamente nuestros compañeros de Socialismo o Barbarie-Honduras). Pero este ascenso en las luchas se vio interrumpido con el golpe de estado contra Manuel Zelaya en 2009, donde el movimiento de masas hondureño resistió de forma heroica pero, finalmente, terminó derrotado ante el rol conciliador de la dirección burguesa de los “liberales” (agrupados ahora en Libre).

 

Durante estos seis años el golpismo avanzó con su proyecto burgués, profundizando las peores formas de explotación y opresión capitalista en Honduras. Incluso el actual presidente, Juan Orlando Hernández (JOH), impulsó una reforma constitucional que permite la reelección presidencial (motivo por el cual en 2009 los militares realizaron el golpe de estado alegando defender la Constitución), preparando el terreno para su continuidad en el poder por varios años más.

 

Pero todo parece indicar que la derrota del 2009 está siendo superada, pues desde que se denunció el robo de miles de millones de lempiras de la Seguridad Social, decenas de miles de personas se lanzaron a las calles a exigir la renuncia del presidente. Más allá de si logran su renuncia inmediata, lo cierto del caso es que ya hay dos cosas seguras en Honduras: primero, en caso de que JOH opté por la reelección la va tener muy difícil, segundo, se abrió un nuevo ciclo de lucha en este país que no es una continuidad de la lucha contra el golpe, sino que incorpora a nuevos contingentes de la juventud estudiantil y trabajadora.

 

¡Construyamos Nuevos Partidos Socialistas en la región!

 

El actual “clima” de rebelión en varios países de la región marca un giro político muy progresivo, donde cientos de miles de jóvenes, mujeres y trabajadores están realizando sus primeras experiencias de pelea. Trotsky planteaba que “el proletariado no conquista su conciencia de clase pasando de grado como los escolares, sino a través de la lucha de clases ininterrumpida”. Esto significa que no hay receta para ahorrarle a la clase trabajadora, los explotados y oprimidos, las enseñanzas que solamente la lucha de clases directa le puede proporcionar. Por esto no se pueden medir los verdaderos alcances de este proceso regional en función de sus resultados inmediatos, pues su principal valor radica en las conquistas en el plano de la conciencia que irán alcanzando millones de jóvenes trabajadores y estudiantes.

 

Por ahora el proceso está delimitado a los países del norte de Mesoamérica (México, Honduras y Guatemala), pero posiblemente en el futuro tenga nuevos desarrollos en el resto de países (3). Es indispensable avanzar en la construcción de nuevos partidos socialistas en toda la región para intervenir en las futuras luchas y profundizarlas en un sentido socialista, planteando una perspectiva que combine las reivindicaciones democráticas con los reclamos de la clase trabajadora.

 

La forja de estos nuevos partidos socialistas es una ardua tarea, para la cual es preciso librarse de todo rasgo de sectarismo o infantilismo izquierdista, sabiendo aprovechar cualquier trinchera de la lucha política para entrar en diálogo con las amplias masas de explotados y oprimidos. ¡Ya sea en las marchas o los procesos electorales, la izquierda revolucionaria debe erigirse como una alternativa socialista ante las crisis desatadas por la barbarie del capitalismo en la región!  Esta es la tarea que asumimos desde la Corriente SoB en la región.

 

 

 

¿Por qué rebeliones populares?

 

Desde la Corriente Socialismo o Barbarie (SoB) definimos como rebeliones populares  a los estallidos desarrollados en Sudamérica a principios del siglo XXI, como el “argentinazo” en 2001, la resistencia contra el golpe militar en Venezuela en 2002 o el “Octubre” boliviano en 2003. En el último período generalizamos esta categoría para interpretar los nuevos desarrollos internacionales de la lucha de clases en regiones como Medio Oriente, Europa y América Latina. Las protestas contra Mubarak en Egipto en 2011, las más de 30 huelgas generales en Grecia contra los planes de austeridad de la Unión Europea y los estallidos de junio del 2013 en Brasil, son algunos de los casos más recientes que suman a esta definición.

 

Analizamos las rebeliones populares como procesos sumamente progresivos que representan un recomienzo histórico de lucha para millones de jóvenes, mujeres y sectores de la clase trabajadora. A pesar de eso, parten del bajo nivel de politización que predomina entre las nuevas generaciones, lo cual obstaculiza que las mismas desencadenen en un desborde por la izquierda y terminan siendo “reabsorbidas” por la vía electoral o institucional. Además son estallidos sociales donde las masas trabajadoras intervienen diluidas como “pueblo” o “ciudadanos indignados”, dejando de lado sus reivindicaciones propias.

 

Por esto nos referimos al ciclo político como de rebeliones, dando cuenta que, si bien muchos de estos procesos son de gran intensidad (incluso tumbando gobiernos pro imperialistas y dictatoriales), no logran aún transformarse en revoluciones sociales contra el dominio de la burguesía como clase social.

 

V.A.

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