Socialismo o Barbarie 32/33 | Editorial – Bipolaridad politíca y social

    Roberto Saenz
    Dirigente y teórico de la corriente internacional Socialismo o Barbarie.


      1. Bipolaridad politíca y social

      El segundo aspecto de la realidad mundial (y en sentido contrario al anterior) es un elemento que se le escapa a la mayoría de los analistas, una “categoría” que trabajan en varios autores: los elementos “bipolares” de la realidad, o de “comportamiento bipolar” (en tanto que contrapuntos del giro a la derecha). Claro que no en la acepción psicoanalítica de comportamientos que pasan rápidamente de la euforia a la depresión, sino más bien para dar cuenta del rebote (potencial) que plantea la lucha de clases. Esto es, un conjunto de tendencias que desbordan por la derecha y que pueden tender, por la lógica de las cosas, a rebotar hacia la izquierda

      Este concepto aparece en autores como Pierre Rousset (que sigue la situación mundial en el mandelismo), en el economista marxista inglés Michael Roberts, cuando destaca el comportamiento “bipolar” de la economía internacional (en este caso sí en referencia al concepto psicoanalítico, el corto camino que media actualmente en la economía internacional entre la euforia y la depresión); en el filósofo griego y militante Stathis Kouvelakis, que destaca que “la tendencia dominante es la polarización” 1, y en Alex Callinicos, entre tantos otros, que subraya que la crisis del orden neoliberal está haciendo crecer tanto la izquierda radical como las derechas radicales, el antiracismo y el racismo, el progreso y la reacción (“Corbyn justified, May humbled and the left advances”).

      Nuestra corriente viene subrayando desde hace tiempo esta tendencia a la polarización de los asuntos; una tendencia a ser destacada y tan decisiva como el giro a la derecha, porque hace a no ser ciegos frente al conjunto de las tendencias en las cuales actuamos, sobre todo porque se trata de aquellas que pueden ser puntos de apoyo para nuestra acción.

      Estos fenómenos de polarización se expresan en todo el mundo. Giro reaccionario y giro a la derecha, sí, pero también expresiones por la izquierda de cuestionamiento bipolar; el desarrollo de los dos polos, la tendencia al adelgazamiento del centro político y al desborde por derecha e izquierda. Como para comprender la “necesidad” de ambas determinaciones podríamos tomar una analogía con la economía política: “Categorías bipolares de la relación mercantil, dinero y mercancía no pueden existir la una sin la otra, de modo que hay contemporaneidad lógica” (Artous, Tran Hai Hac, González, Salama 2016: 62)

      ¿Por qué tomamos esta definición de “bipolaridad”? Porque es muy difícil concebir la acción sin reacción. El giro a la derecha genera un “bipolo” a la izquierda: “En una parte del mundo, la violencia de los ataques provoca movilizaciones a veces espectaculares (…). La ‘derechización’ de los gobiernos suscita también el surgimiento de procesos políticos a izquierda (…) y en esta medida se puede hablar de bipolarización reaccionaria y progresista, si bien es necesario precisar que se trata de una bipolarización muy desigual. Theresa May está en el gobierno, Jeremy Corbyn no” (Rousset, 3-3-17).

      Un Trump misógino y ultra reaccionario genera el movimiento de mujeres más importante en Estados Unidos en décadas (si bien copado por los demócratas y no radicalizado todavía). Incluso con expresiones en Hollywood, en el movimiento #Me Too, etcétera; genera una respuesta por la izquierda. Y se está produciendo también un nuevo fenómeno de “radicalización socialista” (algo no menor para EEUU) en capas de la juventud, expresado en el crecimiento de los DSA (los Socialdemócratas de América); la politización de toda una franja de la juventud, como desarrolla otro texto de esta edición.

      Este “bipolo” se expresa todos lados. En (casi) todas las circunstancias de giro a la derecha hay elementos de respuesta bipolar que hay que saber apreciar. Hasta en el terreno más subjetivo el bipolo anima a las nuevas generaciones a entrar a la vida política: “Yo no me puedo quedar en mi casa; me tengo que comprometer”, “Estos tipos son unos monstruos: hay que organizarse”. Hay mucho que va al polo reaccionario (que es el dominante). Pero otra parte va al bipolo: al elemento polar por la izquierda.

      Hay todo tipo de movimientos socio-políticos progresivos que, aunque en la actual coyuntura mundial están a la defensiva, son enormemente importantes. Por ejemplo, en España, un bipolo claro es Cataluña, un proceso ciudadano de masas, con una dirección burguesa, no muy radicalizado, pero que ha significado el cuestionamiento más importante desde la caida del franquismo al Estado español, algo nada menor.

      Las cosas son dinámicas. Cuando en el referéndum de octubre pasado la policía enviada desde Madrid agarró de los pelos a mujeres y hombres de edad que querían votar, eso radicalizó las cosas (hasta cierto punto, claro): surgieron los “Comités de defensa del referéndum” (CDR), un importante aunque incipiente fenómeno de autoorganización ciudadana.

      El giro a la derecha produce una respuesta bipolar que radicaliza a todo un sector que ingresa a la vida política, un factor que no puede perderse de vista. Un elemento clave que, por ejemplo, se pierde en los documentos del mandelismo, dónde se identifica el polo reaccionario, pero desaparece el elemento bipolar. Un ejemplo es “Capitalist globalization, imperialisms, geopolitical chaos and their implications”, documento votado en el reciente congreso mundial de la IV Internacional mandelista. El mismo Pierre Rousset, analista serio, tiende a perder este registro.

      El mandelismo es una corriente que pasó, mecánicamente, del optimismo objetivista de Mandel al actual escepticismo histórico: todo estaría en una misma línea adversa desde la caída del Muro 30 años atrás; no existiría ninguna mediación, ninguna contratendencia, ninguna acumulación de experiencias. Daniel Bensaïd criticaba a Mandel por sus rasgos objetivistas. Sin embargo, da la impresión que, por su parte, se deslizó hacia posiciones extremadamente escépticas: “Daniel aprendió mucho de Mandel (…). A veces se burlaba del aspecto estirado, filatélico y pequeñoburgués de Mandel y de su tendencia a caer en monólogos y afirmaciones irrefutables y optimistas” (“Daniel Bensaïd 1946/2010”, Sebastian Budgen, Viento Sur, 28-1-18).

      Sólo así puede entenderse que llegue al extremo de definir la situación actual como “contrarrevolucionaria”: “Hemos entrado en una nueva época. En mi informe he hablado de un período contrarrevolucionario, lo que ha generado muchas reticencias o incomprensiones. ¿Por utilizar la palabra ‘período’, que parece demasiado ‘larga’, poco ‘clara’? (…) Contrarrevolucionaria no quiere decir que la contrarrevolución haya vencido, sino que es a eso a lo que estamos confrontados, sea de forma abierta como en una gran parte del mundo musulmán, o de manera más sibilina como a menudo en Occidente” (Rousset, 3-3-17).

      Sibilina o abiertamente, esta definición es una exageración para cualquier región que no sea el mundo árabe. Un proceso contrarrevolucionario significa regímenes fascistas, represiones en masa, asesinatos, purgas, sangre a granel; algo que se vivió en los años 30 del siglo pasado. Parece entonces extremadamente desproporcionado plantear una definición así para la situación actual. Vivimos un período reaccionario, no contrarrevolucionario.

      El congreso mundial del mandelismo presentó divididos los informes y resoluciones sobre análisis mundial, respecto del que los compañeros llaman “documento de resistencia” y las orientaciones de construcción. Al dividir el conjunto así, todo el “paquete” quedó demasiado unilateral. Por lo demás, más abajo criticaremos la errónea reafirmación constructiva de los “partidos amplios” sin delimitación estratégica entre reforma y revolución, una definición errónea que confunde no solamente a la mayoría de los integrantes de esta corriente, sino también a los invitados a los eventos de “la Cuarta”.

      Aunque trate de limitar sus alcances (“algo frente a lo cual estamos confrontados”), la definicion de Rousset deja, inevitablemente, la impresión de un proceso resuelto; relaciones de clase y políticas ya establecidas. Nos parece una grave unilateralidad y una apreciación impresionista de los desarrollos que, siendo complejos, son unilateralizados completamente.

      Este elemento del polo y el “bipolo”, del giro a la derecha y la polarización de derecha e izquierda, hay que manejarlo bien, sin confundirse ni para un lado ni para el otro, tanto porque la coyuntura mundial se ordena desde la derecha (¡y desde ahí arranca la política!), como en razón del punto de apoyo para la accion que significa. Reiteramos que es un dato que se encuentra en muchas sociedades y está presente en la situación como un elemento real y un fenómeno mundial.

      El propio Rousset señala, por ejemplo, el caso de Japón, donde la resistencia a la remilitarización del país continúa siendo amplia a pesar del lanzamiento de misiles norcoreanos que se hunden a lo largo de las costas del archipiélago (ahora suspendidos por las relaciones de Kim con Trump), y de la machacona propaganda de la derecha radical. Esto ocurre tanto en el archipiélago, donde están estacionados más de 40.000 miembros de las fuerzas armadas yanquis, como sobre todo en Okinawa, donde la oposición a las bases norteamericanas continúa siendo fuerte.

      Sin perder de vista el giro derechista, se trata de apreciar las contratendencias. Un factor que tiene expresiones sociales, políticas y de todo tipo: el movimiento de mujeres, la emergencia de la juventud, Cataluña, las jornadas de diciembre en la Argentina, los estudiantes y sectores populares en Nicaragua; a nivel electoral Corbyn, Sanders, la izquierda argentina, la campaña de Boulos en Brasil, etcétera. Existe un conjunto de “situaciones bipolares” con relaciones de fuerza no resueltas: Brasil, Argentina, Francia, entre otras, lo que podría significar la reafirmación del curso derechista o el rebote hacia la izquierda. Así, estas situaciones tienen cierto grado de indefinición o de transición.

      En Francia, por ejemplo, hay elementos de este tipo. Hay una gran tradición de lucha como expresó la lucha contra la ley El Khomri, que ahora vuelve en relación a los ferroviarios y a los estudiantes (con aires de unidad obrero-estudiantil). Es una tradición que persiste y se resignifica en este 50º aniversario del Mayo Francés. Justamente, Francia es un país caracterizado por una enorme continuidad de su tradición revolucionaria; un contrapunto con lo que ocurre en el mundo y una característica que también cruza a la Argentina, con una acumulación de experiencias desde el Argentinazo hasta nuestros días. Experiencia que Macri ha venido a intentar quebrar pero, hasta el momento, sin éxito (otro contrapunto con el actual mandelismo, que niega toda acumulación de experiencias).

      Ambos países están en un escalón superior en materia de dinamismo y tradiciones políticas; esto explica la ubicación privilegiada de la izquierda revolucionaria en la Argentina (el FIT y el Nuevo MAS), una circunstancia que debido a la enorme tradición que posee el trotskismo en Francia, no tiene una explicación “objetiva” de por qué no se da también en el país galo. La explicación radica, más bien, en factores subjetivosvinculados a la desorientación de las corrientes revolucionarias y a los elementos de liquidacionismo o inmovilismo que caracterizan, lamentablemente, a las principales formaciones del trotskismo en Francia, el NPA y LO. Por otra parte, se trata de formaciones con una valiosa acumulación de elementos cuya evolución habrá que seguir.

      Continuando con Francia, la resultante política (y político electoral) del proceso de lucha contra Hollande terminó siendo Macron, que se presentó como un “centrista” (uno de los pocos ejemplos del centro todavía “exitosos”). Esto no quita el peligro real que significa el Front National, que llegó a la segunda vuelta por segunda vez en la historia; una elección de impacto y magnitud, superando techos anteriores (aunque lejos todavía de poder imponerse), con un 34%, 10 millones de votos. El FN es expresión de procesos profundos en Francia, y que podría proyectarse mucho más dependiendo de las circunstancias, y que es parte de los nuevos fenómenos de extrema derecha en desarrollo internacionalmente. Tiene años de arraigarse electoralmente entre amplios sectores de las clases medias empobrecidas e, incluso, entre los trabajadores tanto de edad como jóvenes. Un fenómeno que tiene que ver con cómo el Frente Nacional vino a sustituir al Partido Comunista como referencia política entre sectores de los trabajadores (expresión muy grave de la crisis de alternativa socialista).

      En casi todas las sociedades apreciamos, entonces, esa doble determinación de giro a la derecha y bipolaridad. La política arranca por el giro a la derecha, pero hay que responder en todas las regiones a esa doble determinación entre las tendencias reaccionarias dominantes y las contratendencias bipolares.

      Esto no significa perder de vista las enormes dificultades que entraña la coyuntura mundial. Porque en el polo más dificultoso, de la inercia, está la clase obrera. Y en el polo dinámico está la juventud, el movimiento de mujeres, las nuevas generaciones militantes. Un fenómeno contradictorio porque, socialmente, tienen un peso obviamente distinto. Y este atraso general de la clase obrera en intervenir como clase en los asuntos hace al giro a la derecha persistente que se vive, a las características más generales del período.

      Uno puede moverse con este “esquema general” para entender los desarrollos; partir de la doble determinación de los asuntos para apreciar las circunstancias. 

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