Por Rafael Salinas



 

 

El próximo viernes 10 comienza en Panamá la “VII Cumbre de las Américas”. Allí se darán cita jefes de Estado y de gobierno del continente, que alcanzarían la cifra algo inflada de 35, gracias a los mini-estados de las islas del Caribe.

 

Estas “cumbres” las convoca la OEA (Organización de Estados Americanos), con sede en Washington. La OEA fue creada en 1948 como continuidad de organismos internacionales cuyo origen es la Primera Conferencia Internacional Americana, celebrada en Washington en 1889/90 y que fundó la Unión Internacional de Repúblicas Americanas (luego llamada Unión Panamericana).

 

La definición clásica de la OEA (y sus antecesoras) es la de ser “el Ministerio de Colonias de EEUU”. Al fundarse en la Conferencia de 1889/90, la gran potencia imperialista mundial era el Imperio Británico, que tenía en Londres su “Colonial Office” (Ministerio de Colonias), desde donde administraba infinidad de territorios en los cinco continentes. Estados Unidos ya estaba afilando el cuchillo para lanzarse al ruedo, comenzando por el sometimiento del área de México, Centroamérica y el Caribe… y apuntado al resto de América Latina…

 

Washington necesitaba su propio “Colonial Office”. Pero no lo iba a llamar así, porque el nuevo imperialismo se expandiría bajo un nuevo modo de dominación más eficaz y “flexible”, la de semicolonias. Formalmente, casi todos los territorios dominados seguían siendo “independientes” y con gobiernos “propios”… siempre y cuando se sometiesen a los dictados de Washington… Si no era así, desembarcaban los “marines” y/o Washington alquilaba algún general que diera un golpe de Estado y pusiese la casa en orden.

 

Esta contradicción entre forma y contenido no ha podido impedir turbulencias en la historia de la OEA, en la medida que aparecen gobiernos con un mayor o menor grado de “desobediencia” hacia el “Gran Hermano” de Washington. Décadas atrás, la Revolución Cubana que triunfa en 1959, dio la nota discordante al plantarse ante el amo de Washington. Esto se resolvió en 1962 con la expulsión de la OEA del Estado desobediente.

 

Sin embargo, en este siglo XXI, sin que haya aún nada comparable a la Revolución Cubana, la OEA entró en lo que es, quizás, su mayor etapa de turbulencias. Esto combina dos factores principales. Por un lado, EEUU ya no es lo que era. No está en derrumbe, pero sí en un proceso de relativa decadencia mientras ascienden otros astros, como China. Por otro lado, las rebeliones populares que cruzaron principalmente Sudamérica, han generado distintos grados de desobediencia y cuestionamiento.

 

Las “Cumbres”, un arma en la que los tiros de EEUU a veces salen por la culata

 

Las Cumbres de las Américas son un invento relativamente nuevo. Se le ocurrió al gobierno demócrata de Bill Clinton, en los 90, después del derrumbe de la Unión Soviética, cuando EEUU aparecía como LA superpotencia, el amo único e indiscutido del planeta. La primera Cumbre se reunió en Miami, en diciembre de 1994.

 

En líneas generales, las reuniones de los 90 votaban, generalmente por unanimidad, todo lo que Washington ponía sobre la mesa, principalmente las normas neoliberales, privatizaciones, etc., y más luego los proyectos de establecer el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas). ¡Era la época, como decía Menem, de las “relaciones carnales” con EEUU!

 

El primer cortocircuito se produce en la III Cumbre de abril de 2001 en Quebec, Canadá. El flamante presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se atreve a votar contra el proyecto del ALCA. Cuatro años después, la IV Cumbre (Mar del Plata, noviembre 2005) el cortocircuito se transforma en incendio. Bush hace el ridículo, perdiendo la votación por al ALCA frente al bloque encabezado por Venezuela, Brasil y Argentina. El proyecto de mercado común de toda América Latina con EEUU se va a pique. Distorsionadamente, las rebeliones sudamericanas y los cambios políticos generados por ellas, impactan hasta en el mismo “ministerio de colonias”.

 

Venezuela y Cuba, la VII Cumbre viene también con problemas

 

Diez años después, la VII Cumbre de Panamá viene también con probables temblores… en los marcos de que su convocante, la OEA, no ha cambiado de naturaleza. Los cortocircuitos que comentamos, no la han transformado en un organismo independiente de Washington.

 

Hay una variedad de temas en la agenda, pero los que centran ya la atención internacional antes de comenzar las sesiones son principalmente dos, Venezuela y Cuba.

 

Dando una cal y otra de arena, el imperialismo yanqui abrió las puertas a la “normalización” de relaciones con Cuba, mientras poco después se descargaba contra Venezuela con una verdadera provocación, la “Orden Ejecutiva” del 9 de marzo. Ésta definía a Venezuela como “amenaza a la seguridad nacional de EEUU”… frase que abre las puertas incluso a una agresión armada.

 

El repudio generalizado en América Latina, hizo que ningún gobierno del continente, incluyendo los más reaccionarios y serviles a EEUU, se animara a apoyar esta medida. De eso se quejó amargamente hace pocos días Roberta Jacobson, Subsecretaria de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, encargada de la campaña antichavista.

 

Dentro mismo de Venezuela, el ataque de EEUU no hizo más que favorecer a Maduro, que venía de mal en peor. Apoyándose en el legítimo sentimiento antiimperialista del pueblo venezolano, pudo remontar algunos puntos en su creciente desprestigio por la crisis, la carestía, el desabastecimiento y los ajustes.

 

Luis Vicente León, antichavista presidente de Datanálisis, una de las principales encuestadoras de Venezuela, definió así la cosa: «Obama es un maná que le cayó del cielo a Maduro, en el momento que más lo necesitaba». Aprovechando ese maná del cielo, Maduro viajará a Panamá con ocho millones firmas de protesta que recogió en Venezuela, para dárselas a Obama.

 

En cambio, Cuba apuntaba como la cara “amigable” para Obama. Por primera vez desde 1962, una delegación cubana, presidida por Raúl Castro, iría a una reunión de la OEA y probablemente se reuniría con el presidente. Sin embargo, a último momento, esto es todavía un signo de interrogación. Es que las negociaciones que se desarrollan en La Habana se hacen cada vez más lentas y dificultosas. Y esto puede repercutir en el foro de Panamá.

 

Más allá de estos embrollos diplomáticos, lo único indudable es que en la reunión de la OEA se manifiestan antes de empezar señales de crisis e imprevisibilidad. Pero eso no la mejora ni cambia la naturaleza fundacional de “ministerio de colonias” que tiene la OEA. La posición de los antiimperialistas consecuentes debe seguir siendo la de luchar por la ruptura de todos los países latinoamericanos con la OEA.

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