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La clase obrera en el centro de la escena

 

Al cierre de esta edición está finalizando un contundente paro nacional, el tercero consecutivo en el último año. Se podía anticipar que todo el mundo pararía independientemente del gremio al que perteneciera. Desde los gremios oficialistas se dio “libertad de acción” a sabiendas que el paro era, vg., imparable. El gobierno apostó a que la jornada pasara rápidamente y punto: dejó correr los piquetes organizados por la izquierda sin mayores contratiempos; piquetes en los que nuestro partido cumplió un papel destacado como se pudo ver por los medios.

 

El paro tuvo un carácter “dominguero”. Moyano y compañía sabían que podían controlarlo debido a que no hay, actualmente, grandes luchas por abajo. En este sentido, fue menos “picante” que el paro del 10 de abril del año pasado, en plena pelea contra el ajuste y la devaluación, y cuando la dinámica de los acontecimientos estaba más abierta que hoy, donde todo parece encauzado por la vía electoral.

Así y todo, la izquierda realizó sus piquetes, una demostración suplementaria de que se ha transformado en un actor real en la vida política nacional. Los piquetes son una expresión de que las relaciones de fuerzas creadas en los últimos años no serán fáciles de revertir. Meses atrás el gordo Pignanelli –burócrata de gremio automotriz– se quejaba amargamente de lo “fácil” que era “pararle el país a este gobierno”.

De ahí lo más estratégico que ha dejado este paro general: un llamado de atención hacia el próximo gobierno de que la clase obrera no se dejará esquilmar, así como así.

 

El problema es el salario

 

El paro tuvo enorme masividad. Cesaron sus labores trabajadores encuadrados en ambas CGT’s. En la Ford Pacheco la Verde –agrupación de la burocracia– acordó con la patronal que el día se considerase como una “suspensión” con el 80% del salario. Nadie fue a trabajar. Pero la “vista gorda” se repitió en muchísimos lugares. Ni la patronal ni los sindicatos oficialistas presionaron para que el paro no se realizara: no había condiciones para eso.

El reclamo explícito fue el impuesto al salario. Afecta a capas crecientes de trabajadores. Pero ante las paritarias que se avecinan, la aberración es doble porque tiende a cuestionarlas de su conjunto: ¿para qué obtener un aumento si lo que se logre irá a parar al pago de dicho impuesto? Una contradicción que amenaza transformar las paritarias en una estafa.

Sin embargo, el paro fue mucho más allá de eso: se trató de una manifestación de repudio alrededor del salario en general. Se viene de un 2014 donde los aumentos de sueldo quedaron por detrás de los precios, cayendo el salario real.

Es verdad que los precios se han moderado en algo últimamente; pero ningún trabajador quiere que se consolide una caída en su nivel de vida: “Para que, en promedio, los trabajadores logren un aumento verdadero del 35%, las negociaciones salariales deberían establecer un incremento del 45%. Y para garantizarles a los asalariados una mejora del 40%, que esté en sintonía con la inflación del último año medida por las consultoras privadas, el aumento acordado debería rondar el 51%.” (La Nación, 31/03/2015).

Es obvio que ningún dirigente sindical va a pedir estas cifras. Moyano y los demás convocantes al paro ni siquiera osaron hablar de un porcentaje de aumento. Tampoco vincularon el paro general a las paritarias que vienen. Como siempre, negociarán actividad por actividad.

Sin embargo, el contenido de la medida de fuerza ha sido ese: los trabajadores pararon teniendo en mente el salario en general y las condiciones de trabajo en particular (precariedad laboral, ritmos de trabajo, etcétera), aunque estos reclamos no formaran parte del programa de los dirigentes que convocaron al paro.

 

“No se debe convocar a un paro general con anticipación”

 

En ese descontento se montó la burocracia sindical opositora. Es el “mejor de los mundos” para ellos: mucha bronca por abajo, pero sin que se pudiera esperar mayores desbordes. Luego de las derrotas de Gestamp y Lear, no han despuntado, hasta el momento, luchas significativas.

Moyano midió bien el terreno. Se mantuvo cauto, negándose a convocar a  nada durante meses. Su tarea es garantizar una transición ordenada hacia el próximo gobierno: mostrarse como garante de la gobernabilidad. Pero, por eso mismo, está obligado a escenificar su “poder de fuego”, como para demostrar que es una pieza fundamental en dicha gobernabilidad. De ahí que, de un día para el otro, se subiera al paro de transporte transformándolo en un paro general.

El jefe de la CGT opositora dijo algo que refleja su metodología: “No se debe convocar a un paro general con tanta anticipación”, se despachó cuando le preguntaban qué iba a hacer. Traducido: la manera de mantener controladas las medidas de fuerza es llamándolas de un día para el otro; no anticipar la jugada. Jugar a las escondidas, evitar que se puedan realizar asambleas por lugar de trabajo, etc. Llamó a un paro cuando se viene un fin de semana largo, garantizando así la masividad y el carácter dominguero del mismo.

El mensaje fue parejo para el actual gobierno y el que viene. Esta es otra de las características de la convocatoria. Aunque Barrionuevo haya señalado que su central va a impulsar que “se convoque a un paro general de 36 horas con movilización”, y Moyano haya dicho que “está más cerca de convocarlo que de no hacerlo”, no está claro que esto sea lo más probable.

Moyano no tiene ninguna expectativa en una respuesta favorable del gobierno. A pesar de eso, no es seguro que vaya a convocar a una nueva medida. Su objetivo va más allá: advertirle al gobierno que viene que lo tenga en cuenta, si quiere un país tranquilo.

La importancia estratégica de los piquetes de la izquierda

Otro dato de la jornada es que por tercera vez consecutiva la izquierda llevó adelante piquetes en varios de los puntos más estratégicos del país. No hubo problemas. Era previsible que el gobierno los dejara correr. No se iba exponer a polarizar, menos con un paro que venía con tanta adhesión.

La izquierda se ha ido ganando un lugar de privilegio en nuestro país, conquistando un espacio específico en estas jornadas nacionales de lucha mediante los piquetes. Estos apuntan a pelear por el carácter activo de lo paros generales. Es verdad que este carácter activo fue, en la jornada de hoy, 31 de marzo, más simbólica que en el paro del 10 de abril del año pasado. Ahora fue un paro general en una situación de crisis del gobierno menor que la de un año atrás.

De todas maneras, lo que buscan los piquetes es sentar un precedente. Poner en práctica un hábito militante que, en condiciones de mayor radicalización, puedan transformarse en una iniciativa de sectores reales de los trabajadores, ayudando a pasar del paro general a una huelga general con todas las de la ley. Porque una huelga general se caracteriza por una intensa autoactividad de la clase obrera que, colocándose sobre la palestra nacional, plantee en los hechos quién gobierna el país. Si la burguesía o el proletariado.

En una situación de ascenso de la lucha de clases, los piquetes pueden transformarse en un canal de desborde a los dirigentes. Ésa es su potencialidad revolucionaria:

“El carácter político de la huelga de masas viene de la mano de otro elemento: la necesidad de desbordar a las direcciones tradicionales, a la burocracia sindical. La burocracia es la más fiel encargada de que no se traspasen determinados límites, de mantener separado a cada sector de trabajadores, a cada gremio, sólo atenta a sus intereses ‘profesionales’ específicos, de que se trata de una lucha puramente ‘tradeunionista’, ‘reivindicativa’. O que cuando, se convoque a medidas de conjunto como los paros generales, ellos no vayan más allá de ciertos límites: que sean pasivos, con los trabajadores quedándose en sus casas, no tomando realmente en sus manos los asuntos de la lucha” (“El significado de la huelga general”, SoB, periódico n°284).

Al mismo tiempo, los piquetes de este 31 M escenificaron una pelea dentro de la izquierda. Esto se expresó en la zona norte del Gran Buenos Aires: se realizaron dos cortes separados. El que acordamos entre nuestro partido y el PO en Henry Ford y Panamericana (encabezado por la Negra y la Marrón del neumático), y el que realizó en soledad el PTS frente a Lear.

El contenido de la disputa: la negativa del PTS a encarar cualquier balance de la derrota en Lear. Las experiencias de Gestamp y Lear están en el activo de la nueva generación obrera y militante; pero es imprescindible pasar un balance de ambas peleas para que sirvan a los objetivos de la recuperación de los métodos históricos de lucha de nuestra clase.

 

Trabajar por una alternativa socialista

 

El carácter pasivo del paro hace difícil pensar que se pueda dar una continuidad. Contradictoriamente, la masividad de la medida, y el carácter gorila de la respuesta de Cristina, agiganta las incertidumbres sobre el impuesto al salario y las paritarias que vienen.

Aunque sin cambiar, a priori, el escenario de un año electoral, es probable que las contradicciones crezcan en al plano salarial. La contundencia del paro habilita a pensar que las cosas no pueden quedar como están; pero el carácter pasivo del mismo deja la “llave de la continuidad” en manos de Moyano.

La izquierda deberá, en todo caso, pegar sobre esa contradicción para reclamar lo que amenazó Barrionuevo: un paro de 36 horas con movilización si el gobierno no responde a los reclamos.

Nos queda por subrayar algo más del paro general: el mensaje que dejó hacia el gobierno que viene. En la Argentina pasa algo sintomático: la burguesía no logra normalizar del todo el país. La tradición de lucha de la clase obrera argentina sumada a las relaciones de fuerzas heredadas del 2001, producen que en un año puedan ocurrir tres paros generales.

Es verdad que, por el momento, la llave de la convocatoria a estas medias la tiene la burocracia sindical: la izquierda dirige sectores de vanguardia de los trabajadores, no gremios nacionales.

De todas maneras, no es algo menor que la clase obrera se coloque en el centro de la escena nacional con sus reclamos. Se viene de la marcha reaccionaria de los fiscales el 18F; posteriormente estuvo el acto del 1M del gobierno en el Congreso (y la disputa de la Plaza de Mayo entre los kirchneristas y la izquierda el 24 de marzo).

El paro general ha dejado, ahora, a los trabajadores en el centro de la coyuntura. Esta es, si se quiere, la consecuencia más importante del 31 M. La clase obrera dijo presente con sus reclamos frente a este gobierno y también frente al que viene. Esto tiene una enorme importancia, si tomamos conciencia que la burguesía no tiene cómo evitar en el 2016 un duro ajuste económico que pondrá al rojo vivo las cosas.

Si el 2015 va a ser un año mayormente electoral (¡aunque habrá que ver concretamente cómo evolucionan los acontecimientos!), ya está claro que debemos prepararnos para un 2016 movido.

Al servicio de esta preparación deberá ponerse, también, la campaña electoral que se avecina. Nuestra joven militancia está saliendo a la actividad en Capital Federal, Neuquén, y a lo largo y ancho del país levantando las reivindicaciones más sentidas de los explotados y oprimidos, aprestándose a intervenir en cada lucha que se dé (cómo en la jornada este paro, donde estuvimos a la vanguardia de los piquetes de todo el país). Así colocamos la perspectiva general de una alternativa socialista frente al gobierno K y los candidatos de la oposición patronal: la perspectiva de que gobiernen los que nunca lo hicieron: los trabajadores.

 

 

Cristina denuncia los reclamos obreros como “egoístas”

¿Se puede ser tan gorila?

“Hacen un paro porque tal vez tengan que dar un poquito de su sueldo para otros compañeros, jubilados, para hacer redes cloacales. Como dijo Evita, le tengo más miedo al frío de los corazones de los compañeros que se olvidan de dónde vinieron, que al de los oligarcas” (Cristina Kirchner, La Nación, 31 de marzo del 2015).

Hay que explicar las razones de fondo por las que el gobierno dejó correr el paro y no anticipó ninguna concesión para que se desactivara. Pasado el caso Nisman, controlada la coyuntura económica, encausado el proceso político por la vía electoral, el gobierno no mostró intenciones reales de negociar.

Este es, también, un mensaje por elevación del kirchnerismo a la burguesía en su conjunto: la escenificación de un gobierno “firme”, capaz de tomar medidas “antipáticas” en función de la manutención de la economía capitalista argentina. ¿Qué es, finalmente, el gobierno K, sino un gobierno capitalista hasta la médula?

Esto lo mostró abiertamente la propia Cristina en su discurso en la Matanza. Acusó al paro de los trabajadores de ser una medida “egoísta”, corporativa. Presentar a los trabajadores como “corporativos”, es decir egoístas con el resto de la sociedad, es un viejo truco de los políticos patronales. Es; sobre todo, el tipo de argumento al que ha recurrido históricamente el populismo. ¡Así busca escudarse en los más pobres contra los trabajadores en general!

El capitalismo se basa en la explotación del hombre por el hombre (de los proletarios por los burgueses). Los gobiernos populistas se apoyan en esa explotación, incuestionable para ellos, a fin de obtener recursos que cubran las necesidades de su gobierno (incluyendo en eso los planes asistenciales a los más pobres, los que Kicilloff no sabe cuántos son).

¡Que se les ocurra quitarle parte de las (verdaderas) ganancias a los capitalistas, ni soñarlo! Es para ellos que gobiernan! De ahí que la caradura de Cristina cobre ese impuesto aberrante al salario de los trabajadores, ¡mientras mantiene bajísimas alícuotas a las verdaderas ganancias, a las rentas financieras, a la gran propiedad territorial e inmobiliaria y un largo etcétera!

La apelación a la autoridad de Evita, figura popular, no puede ser más mentirosa, en contraste con los verdaderos hechos históricos. Como denunciaran en su tiempo Moreno y Milciades Peña, no había figura más antiobrera en el primer gobierno de Perón que la propia Evita. Se encargaba personalmente de quebrar a los activistas obreros se mostraban más independientes del aparato del justicialismo y el Estado.

Volvemos a preguntar: ¿Por qué el gobierno, en vez de sacarles a unos trabajadores para darles, supuestamente, a otros, no le saca más a la patronal de sus verdaderas ganancias obtenidas a costa de la explotación de clase obrera en su conjunto?

¡No señor! A pesar de las ridículas campañas de los grupos K –que pretenden identificar a la izquierda revolucionaria con la “oligarquía”– hay pocos ejemplos tan claros de la naturaleza de clase del kirchnerismo como este discurso gorila de Cristina: un gobierno 100% capitalista que defiende los intereses generales de los de arriba.

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