Por Antonio Carlos Soler


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En un escenario de crisis político-económica estructural sin perspectiva de solución a corto plazo, sectores fundamentales de la clase trabajadora vuelven, después dos décadas de inactividad política, a protagonizar huelgas radicalizadas que son un ejemplo de lucha. Los metalúrgicos de General Motors (GM) de San José dos Campos y de Volkswagen (VW) de San Bernardo del Campo protagonizaron huelgas con un nivel de independencia de los patrones y de la burocracia no vista hace mucho tiempo.

 

Un escenario de polarización política que vino para quedarse

 

La crisis económica se combinó, a partir de 2013, con una nueva situación inaugurada con la explosión de indignación popular que sacudió la escena política nacional y dejó marcas indelebles en la realidad. Desde entonces, momentos de relativa tranquilidad son interrumpidos por una actividad masiva y radicalizada de los trabajadores y la juventud no vista en años.

Esta crisis pudo ser camuflada hasta la elección de Dilma y sus efectos atenuados porque no se expresó en el crecimiento del desempleo ni en el recorte de derechos o políticas sociales. Pero después de las elecciones, como era de esperar, el gobierno paso a un duro golpe el cual tiene en su centro un ajuste fiscal que pretende ahorrar más de 80 mil millones que serán destinados al pago de intereses. Ajuste este que, combinado con la crisis política ligada al esquema de corrupción que tiene a Petrobrás en el centro, está afectando directamente el empleo de miles de trabajadores de todo el país.

En este contexto se evidencia el deterioro permanente del escenario económico el cual tiene como consecuencia déficits sistemáticos de la balanza comercial y de pagos, crecimiento de la deuda pública, alza inflacionaria, estancamiento económico y rápido crecimiento del desempleo.

Solo el primer mes de este año fueron despedidos más de 30 mil trabajadores, número que se suma a los miles de despidos en la industria metalúrgica y en la construcción, a los que ahora se les suman los miles de despidos sin indemnización de las empresas contratadas por Petrobras y las grandes constructoras que están en el centro del esquema de corrupción.

Este elemento es el que genera mayor agitación sindical, que si es bien aprovechado puede desbordar en una lucha política importante contra las medidas del gobierno y se puede colocar por encima de la fuerte polarización por derecha establecida después de las elecciones de octubre de 2014.

Petrobras y el complejo de empresas que giran a su alrededor son responsables de cerca del 15% del PBI nacional. Por eso no es exagerado decir que esta crisis de corrupción que llevó a la suspensión de contratos, tiene repercusiones económicas y políticas. Los trabajadores de COMPERJ (Complejo Petroquímico de Río de Janeiro), por ejemplo, están en un proceso intenso de luchas que tiende a la radicalización. La última acción fue ocupar temporalmente la sede del Ministerio de Trabajo después de una negociación frustrada con la patronal.

Estas luchas ocurren en un escenario donde hay una combinación explosiva, de factores políticos y económicos que colocan al gobierno de Dilma contra la pared. Hace al menos dos años que Brasil pasa por un proceso continuo de deterioro económico ligado directamente al fin de ciclo en el mundo de la alta valorización de las comodities. Como resultado de esta situación, y en respuesta a la “estafa electoral”, se produjo una caída brutal de la popularidad de la presidente y los gobernadores de Estado. Dilma pierde base de sustentación en todos los sectores: entre los trabajadores, debido al aumento del desempleo y pérdida de derechos con el ajuste fiscal; entre la clase media con el alta del dólar; y la burguesía compradora que con la valorización del dólar aumenta los costos, sobretodo de las importaciones. Además pierde apoyo en el Congreso Nacional que, afectado directamente por las denuncias de sobornos, deberá dificultar la aprobación de proyectos ligados al ajuste fiscal. Recientemente, la propuesta de reducción de impuestos de nómina fue devuelta para ser reevaluada.

Existe en este momento una pérdida significativa del protagonismo del gobierno que no podrá definir una agenda política sin una intensa negociación y compartiendo el poder con el Congreso Nacional, lo que puede devenir en importantes dificultades a la hora de acordar las políticas necesarias para volver a las condiciones macro económicas ideales para la explotación capitalista en Brasil.

Podemos decir que estamos delante de una crisis política orgánica, pues comienza a haber una combinación explosiva entre el deterioro económico, pérdida de apoyo popular y parlamentario, y movilizaciones en la calle. Crisis que, incluso si no se desarrolla un juicio a Dilma desde el poder, tiende a significar un largo período de indefiniciones y polarización política.

 

Los métodos históricos de lucha vuelven a ser parte del cotidiano de los trabajadores

 

Los metalúrgicos de Volkswagen de San Bernardo do Campo y de la General Motors de San José dos Campos protagonizaron huelgas victoriosas contra los despidos en masa desde que empezó el año.

No fueron los primeros en entrar en escena de manera radicalizada luego de diez años de “paz lulista”, estos fueron antecedidos por un proceso de radicalización de la juventud universitaria, trabajadores de servicios y de la construcción en varias partes del país a partir de 2011, trabajadores de limpieza y choferes de colectivos.  Pero, sin duda, vienen a la escena como ingrediente definitivo para coronar el fin del ciclo político inaugurado en 2002.

Pasamos a describir resumidamente la dinámica de los conflictos obreros que nos transmiten lecciones fundamentales de la lucha de clases en cualquier escenario, principalmente cuando se establece una crisis política estructural como la que estamos viviendo actualmente.

Los trabajadores de la planta de VW en el mes de diciembre de 2014 rechazan la propuesta en común acuerdo del Sindicato de Metalurgicos de ABD (ligado a la CUT y al gobierno) y la patronal. Un acuerdo que preveía dos años sin reposición salarial a cambio de un plan de bonos y Retiro Voluntario (PDV) para 2.100 trabajadores. El día 5 de enero  800 trabajadores que estaban en vacaciones reciben el aviso de despido. Al día siguiente, en asamblea en la puerta de la planta, los trabajadores deciden que todos entrarían en huelga y permanecerían en el interior de la fábrica.

Incluso siendo dirigidos por la burocracia dilmista que quería firmar en diciembre el acuerdo con la patronal, la disposición a la lucha de los trabajadores contó con el apoyo activo de los trabajadores de las montadoras de San Bernado do Campo, acciones en las calles que paralizaron la ciudad y mostraron una solidaridad interna impresionante. Así, después de 11 días de huelga total con ocupación, piquetes en la puerta y marchas, la patronal fue obligada a reincorporar a 800 trabajadores.

En la planta de General Motors de San Jose de Campos, desde el día 13 de febrero 784 trabajadores que estaban en lay-off, tras un acuerdo entre la patronal y el Sindicato de Metalúrgicos de San Jose do Campos (ligado a CSP-Conlutas y dirigido por el PSTU) deberían volver al trabajo y tener estabilidad hasta el mes de septiembre. Pero la empresa desconoció el acuerdo y quería despedir a los 784 trabajadores.

En la GM desde 2012 fueron despedidos más de 2400 trabajadores sin que una resistencia efectiva fuera impulsada por el sindicato. Pero la historia no se iba a repetir. Después del anuncio de los despidos se tomo la fábrica y en asamblea deciden hacer una huelga en el interior de la empresa para garantizar que la producción fuera totalmente paralizada.

Con ese nivel de organización y garantizando la paralización total fue impuesto a la patronal un acuerdo que garantiza la continuidad del lay-off. En el acuerdo está previsto que 650 trabajadores continúan en lay-off por más de 5 meses, a partir del 9 de marzo, y que tendrán estabilidad por más de 90 días después de la suspensión del contrato. Además los días parados no serán descontados.

Estos son ejemplos de luchas victoriosas que pusieron en práctica métodos históricos de lucha. No siempre es así, la historia está repleta de ejemplos donde huelgas y luchas fueron derrotadas aún cuando los trabajadores utilizaron métodos radicales.

Estamos en contra de tomar burocráticamente medidas que la clase no pueda llevar adelante, sin embargo fomentar entre los trabajadores los métodos tradicionales de lucha, cuando existen las mínimas condiciones para eso, tiene un valor inestimable para la educación política de la clase. Por otra parte, la actual dinámica de la lucha de clases apunta a la necesidad creciente de ir a enfrentamientos radicalizados en defensa del empleo, el salario y las condiciones de trabajo.

Como todos saben, en la lucha no existe garantía previa de victoria, los conflictos se resuelven a favor de uno u otro contendiente dependiendo de la correlación de fuerzas. Una cuestión que también queremos subrayar aquí es el proceso de adaptación de las corrientes de izquierda, que asumen perspectivas revolucionarias pero cuando están al frente de la lucha, con necesidad y posibilidad de resistir de forma contundente, asumen una posición conservadora.

 

Ni con el gobierno ni con la oposición burguesa

Superar el sectarismo y organizar a los trabajadores

 

En el escenario de polarización política que estamos viviendo, esos ejemplos, además del método que traen, tienen  una gran trascendencia política, pues al luchar este sector de la clase trabajadora industrial puede colocar objetivamente en crisis a todo el complejo industrial brasileño.

Desde el punto de vista político las huelgas metalúrgicas, además de responder directamente a una situación objetiva dados los despidos masivos de trabajadores por esas empresas, trae a la esfera de la lucha política la ruptura electoral de la clase trabajadora verificada durante las elecciones de octubre de 2014, donde Dilma y el PT fueron derrotados en todas las regiones obreras de Brasil.

Las huelgas de VW, GM y las luchas de los trabajadores de la construcción con sus propios métodos de lucha (ocupaciones y piquetes) demuestran que la ruptura electoral con Dilma, al menos entre la clase trabajadora, no tiene un giro a la derecha, como superficialmente podría inferirse.

Es necesario romper con la polarización entre el PT y las demás fuerzas conservadoras y poner en pie una plataforma política que presente una alternativa por izquierda, que tenga en el centro la lucha contra el ajuste antiobrero, en defensa del empleo y del salario.

La crisis política nuevamente detonada por los esquemas de rapiña de las grandes empresas pone a la vista las falencias del Estado capitalista y requiere de nuestra parte una alternativa política totalizadora, una alternativa que pueda resolver la crisis orgánica en la cual estamos inmersos.

El PT y el gobierno quieren realizar una reforma política que en nada va a cambiar los terribles mecanismos de dominación sobre la clase trabajadora. Por nuestra parte pensamos que tenemos que presentar a los trabajadores la propuesta de una asamblea constituyente, para cambiar de arriba abajo el Estado y la estructura económica actual.

La próxima semana la política nacional estará polarizada entre el acto en defensa del gobierno llamado por el PT y la CUT, que se realizará el 13; y el acto de la oposición de derecha convocada para el día 15.

Los trabajadores están tomando las calles, haciendo huelgas, piquetes y ocupaciones, pero su indignación no encuentra una representación política autentica. En muchos casos terminan siendo atraídos por la política del PSDB o de otros sectores de la clase dominante, el voto a Aécio en la última elección demostró eso muy claramente. Por eso pensamos que la izquierda, particularmente el PSTU, el PSOL y las organizaciones sindicales y estudiantiles ligadas a los trabajadores, deben superar inmediatamente toda forma de dicotomía y autoproclamación y pasar a organizar inmediatamente un movimiento de los trabajadores y la juventud que rompa con ese torniquete entre el gobierno y la oposición de derecha.

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