“Hay que saber hacer frente a todo, hay que estar dispuestos a todos los sacrificios e incluso –en caso de necesidad- recurrir a diversos estratagemas, astucias y procedimientos ilegales, evasivas y subterfugios, con tal de entrar en los sindicatos, permanecer en ellos y realizar allí, cueste lo que cueste, un trabajo comunista” (Lenin, Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.)

A propósito del reingreso de “Maxi” Cisneros en Firestone, dedicaremos esta semana nuestra columna de partido a las cuestiones del trabajo de los revolucionarios en el movimiento obrero.

Las condiciones generales

Lo primero que debe establecerse son las condiciones generales de nuestro trabajo en el seno de la clase obrera. Respecto de un siglo atrás, esas condiciones variaron en más de un sentido. A comienzos del 1900, el movimiento socialista era de masas entre la clase obrera de los países europeos. Las corrientes reformistas eran mayoritarias; incluso en algunos países lo era el anarquismo. Pero los socialistas revolucionarias tenían su peso entre amplios sectores de la propia clase obrera. En algunos casos organizados en partido (Lenin), en otros no (Rosa Luxemburgo); pero en todo caso con acceso directo a los medios obreros[1].
Sin embargo, luego de la burocratización de la URSS esto cambió en forma radical. La socialdemocracia y el estalinismo pasaron a monopolizar casi de forma absoluta la representación política y sindical de la clase obrera europea, y en los países del “tercer mundo” se erigieron las corrientes nacionalistas burguesas de masas; el trotskismo quedó mayormente como “externo” a los batallones centrales de la clase obrera, una extrema minoría[2].  
Con el derrumbe del estalinismo, éste tendió a dispersarse, así como la socialdemocracia vivió un proceso de conversión en partido burgués, aunque manteniendo ambas corrientes, como también los partidos “nacionalistas” como el peronismo, raíces entre amplias porciones de los trabajadores.
Concomitante con esto, comenzó un lento pero profundo proceso de recomposición obrera en el plano internacional; una lenta acumulación de experiencias que ha ido abriendo mayores posibilidades para que las corrientes del socialismo revolucionario hagan pie entre franjas más amplias de los trabajadores.
Sin embargo, como contrapeso a la misma, está la cuestión que el proceso de recomposición obrera es más “sindical” o “antiburocrático”, más vinculado a la experiencia de la lucha y la democracia de bases, que la expresión de una radicalización política.
Esto es así, incluso aun, cuando la novedad es que comienzan a expresarse en diversos países, “reflejos políticos” de importancia en el terreno electoral, pero que todavía no configuran un fenómeno orgánico hacia la izquierda de amplias franjas de los trabajadores.

Recomposición obrera en el siglo XXI

Señalamos algunas de las condiciones históricas de dicha “externalidad” inicial. Se trata de un dato que tiene alguna regularidad y que se hace evidente cuando se comprende que las corrientes de masas que dirigieron por décadas los batallones pesados de la clase obrera mundial fueron la socialdemocracia, los partidos comunistas y los nacionalistas burgueses tipo el primer peronismo. Frente a estos inmensos aparatos de masas, el trotskismo tuvo una existencia como corriente minoritaria y de vanguardia que le obligó a darse una orientación “especial” para hacer pie en el seno de la clase obrera, algo que los bolcheviques no necesitaron plantearlo igual[3].
Es verdad que la descripción que estamos señalando es muy general, y que en las circunstancias de ascenso de las luchas de la clase obrera estos “diques de contención” establecidos por estas organizaciones y sus burocracias en torno a la clase obrera, tendieron a ceder y el clasismo y la izquierda revolucionaria a ganar posiciones no solo sindicales, sino más difícil e importante aún, políticas.[4] Esto ocurrió en la Argentina de comienzos de los años 1970 con la emergencia del llamado clasismo, pero no sólo aquí. Una experiencia similar se vivió en otros países latinoamericanos o en Francia, entre otros casos europeos.
Sin embargo, la derrota posterior de ese proceso de lucha volvió retrotraer las cosas, de manera tal de tener que replantearse, una y otra vez, la problemática del avance de la izquierda revolucionaria en el seno de la clase obrera.    
Sin ir más lejos, y luego de la derrota de las experiencias más bien “sindicalistas” del Viejo MAS en los años 1980, es un  hecho que con el Argentinazo del 2001 comenzó un nuevo ciclo de esta experiencia, viviéndose hoy el proceso que hemos dado en llamar de recomposición obrera de una amplia vanguardia que a estas alturas ya está despertando preocupación en el seno de la burocracia sindical en todas sus expresiones, potenciado esto por la reciente votación de la izquierda. Este temor tiene nombre y apellido y se llama “inquietud ante el avance del trotskismo en las organizaciones de base de la clase obrera”.

Proletarización

Que el señalado fenómeno de recomposición obrera esté ocurriendo no quiere decir que se hayan modificado del todo las condiciones de nuestra acción en el seno de los trabajadores. Si la votación de la izquierda ha indicado que algo revolucionario está ocurriendo en la cabeza de sectores de la clase trabajadora, la realidad es que este proceso no expresa todavía una radicalización política hacia la izquierda, ni la emergencia de corrientes obreras independientes que, de manera objetiva, giren hacia la izquierda de manera más global. Este proceso podría estar preanunciándose, pero todavía no es la tónica.
Lo que sí es tónica es la acumulación de nuevas experiencias organizativas y de lucha que expresan una suerte de recomienzo histórico que la izquierda revolucionaria tiene el desafío de ser parte de él y acaudillar para llevarlas a buen puerto; un proceso todavía  más antiburocrático y “sindicalista” que político.
En total, las condiciones anteriores son las que fijan las reglas de juego de nuestra acción. Y las que dan actualidad a una orientación que es clásica y que tienen que ver con los primeros pasos para “desembarcar” en la clase obrera industrial: la proletarización de compañeros de origen más o menos estudiantil.
Históricamente, esta proletarización remitía, precisamente, a la dificultad causada por dicho “desarraigo” entre el partido y su propia clase creada por las circunstancias históricas, y que hacía (y sigue haciendo) muy difícil progresar en el seno de la clase a partir de un trabajo político realizado estrictamente “desde afuera” de la inserción física y social en los grandes contingentes obreros.
Desde ya que este trabajo político de atención de fábricas y de vuelco a las luchas es la primera gran tarea clásica para el trabajo obrero de la izquierda revolucionaria por así decirlo; por eso la abordaremos más abajo. Pero, en general, y como decía un compañero recientemente proletarizado de nuestro partido, se mantiene la dificultad que si se está desde afuera del lugar de trabajo, no se podrá estar desde el inicio de un proceso de lucha o de reorganización –proceso siempre molecular y desde afuera “inobservable” en sus comienzos- sino solamente a partir de que éste detona, lo que le da una enorme ventaja a nuestros adversarios burocráticos, que sí tienen inserción de masas, y se nutren siempre de estas nuevas generaciones con su ingenuidad inicial[5].
Entre otras cosas, esto es lo que se pretende resolver con la inserción de compañeros a trabajar en fábrica: que una camada de militantes comiencen a hacer la experiencia con su clase desde las entrañas mismas de los lugares de trabajo, desde el inicio de un proceso de lucha y recomposición.
Si en el pasado, además, esta orientación era característica de compañeros provenientes del medio estudiantil, hoy día esto se ratifica (porque no hay que perder de vista que la izquierda revolucionaria, históricamente, se nutre primero del medio estudiantil), a la vez que adquiere un cierto matiz: es que incluso compañeros y compañeras provenientes del medio trabajador van hoy día a los colegios y universidades; es posible que allí conecten con la izquierda, y que desde el partido los alentemos a ir a trabajar no a cualquier lado, sino a las más grandes fábricas de su zona.
Claro, nadie supondría que los bolcheviques hayan tenido problemas de “proletarización”. Ese era “otro mundo” y más bien en el Qué Hacer Lenin alentaba a sacar cualquier compañero obrero que se destaque de la fábrica y profesionalizarlo. Pero ninguna dirección partidaria en su sano juicio se le ocurriría hoy semejante dislate; por lo menos no hasta que las corrientes revolucionarias adquiramos, realmente, amplia influencia entre las masas obreras.

El trabajo clandestino

A la proletarización de los compañeros en particular, y al progreso del partido en el trabajo obrero en general, le sigue otra condición de existencia de esta actividad: su carácter inicial clandestino. Esto es así porque el “régimen político” que impera en los lugares de trabajo, sobre todo en las fábricas (no es así en el caso del empleo estatal), es el de una dictadura, no de una democracia siquiera burguesa. Es decir, habitualmente las decisiones de la empresa son materia aplicable, no se discuten: la patronal es dueña de los medios de producción y hace y deshace a su antojo evidentemente sin consultar a los trabajadores[6].
Esto tiene una derivación de enorme importancia y es el rol de la burocracia sindical, formalmente representante de los obreros. La misma se ha convertido históricamente en los perros guardianes de la empresa en el seno de la clase obrera. Es que el control por parte de la patronal sobre los trabajadores supone el poder detectar a tiempo a los “disconformes”, a los que cuestionan el estado de cosas, el grado de explotación del trabajo, los bajos salarios, la mala liquidación de los “premios” y demás. La burocracia sindical, que tiene su razón de ser en mantener el control de la base obrera, y que deja de serle útil al sistema cuando es desbordada desde abajo, tiene el mismo interés que la empresa en “deschavar” y hacer echar aquellos compañeros que se destacan por sus opiniones, por su vivacidad, por su nivel cultural. En definitiva, por su amplitud de miras más allá de la mera retribución de todos los días, con una mirada no solo “economicista” de las cosas, sino que cuestionan –de una u otra forma- la explotación como tal y la falta de tiempo libre; la falta de control de sus propias vidas, la cárcel y el encierro fabril[7].
De ahí que el trabajo consciente de los revolucionarios dentro de la clase obrera y los sindicatos, siempre deba partir y tener como uno de sus atributos la clandestinidad. ¿Qué quiere decir esto? Que no debe hacerse a “cielo abierto”, que no hay que “deschavarse”; se trata de comprender que se está bajo una dictadura y no alguna forma de “democracia” (como impera, eventualmente, en el resto del país) por la cual uno podría proclamar su identidad sin más. Comprender, también, que la generalidad de los compañeros de trabajo no entienden esto; que en la clase anidan muchos elementos de ingenuidad y que en cuanto ven que un compañero se destaca es muy común que le digan al militante –sin ninguna maldad-: “che, vos que sos zurdo, qué opinás de tal o cual”… ¡Suficiente para que la burocracia o la patronal marquen al compañero inmediatamente y lo deje “patitas en la calle al otro día”!
Claro que estas condiciones de clandestinidad –o parte de ellas, puesto que siempre debe haber un aspecto clandestino en nuestro trabajo fabril- varía cuando se desata una pelea abierta con la patronal o un proceso antiburocrático; o cuando se ganan posiciones de representación sindical, como son los cuerpo de delegados, comisiones internas, seccionales o, ni hablar, sindicatos nacionales. Aquí ya es el propio proceso de organización el que “protege” y defiende a los compañeros que se destacan lo que, de todas maneras, siempre se verán bajo asedio patronal-burocrático al ser considerados como enemigos de la estabilidad de la explotación capitalista.
En definitiva, este trabajo clandestino en particular, y el trabajo obrero en el sentido más amplio del término en general, son una inmensa escuela para la militancia revolucionaria. La más importante escuela que las nuevas generaciones partidarias puedan obtener y que las hace “aterrizar” políticamente, hacerse materialistas dialécticos, hacerse concretos a la hora de abordar las duras condiciones de la lucha de clases, superando el mero “romanticismo” inicial y, sobre todo, la tremenda ingenuidad que nos desarma y hace “idiotas” frente al enemigo de clase.

El trabajo político desde afuera y el vuelco a las luchas

Como señalábamos recién, conjuntamente con la proletarización de compañeros, otra palanca tradicional de nuestro trabajo en el movimiento obrero es el trabajo político y sindical desde afuera de los lugares de trabajo. Este es un complemento esencial a la orientación de proletarización de compañeros, que además debe ser parte de la actividad cotidiana de todo partido que se precie de revolucionario y no de ser una mera secta estudiantil.
Yendo más lejos incluso, no puede uno cansarse de subrayar la importancia estratégica para el partido de esta orientación; y en un doble sentido. En primer lugar, si bien las condiciones más generales son las descriptas arriba, no puede haber nada de esquemático en nuestro trabajo en el seno de la clase obrera. Todo el mundo sabe (Lenin insistía en esto, una y otra vez) que la clase obrera aprende, en primer lugar, por su propia experiencia; y que esta experiencia nunca avanza más que en oportunidad del desarrollo de sus luchas, las que les hacen ver en su realidad a sus enemigos de clase, sean la patronal, el gobierno, la burocracia, el Ministerio de Trabajo, la Iglesia y demás. De ahí que el momento de la lucha sea de ruptura de esquemas en la cabeza de los compañeros, y donde las organizaciones de izquierda puedan hacer pie en dicha lucha y entre los trabajadores.
Como se aplica por igual a las revoluciones ya cada lucha obrera real, en pocos días los trabajadores aprenden más que en años. Los tiempos de su experiencia política se aceleran, rompen con el ritmo cansino habitual, y la realidad tal cual es se les aparece despojada de sus viejos velos, cual una “revelación”, pero no mística o religiosa, sino lograda a partir de su propia experiencia de lucha.
Lo anterior no menoscaba, sin embargo, la importancia decisiva del trabajo “cuantitativo” de acumulación previo: el significado inmenso del trabajo regular con el periódico en puerta de fábrica; y como una organización que lleva adelante este trabajo de manera regular, se va ganando la confianza de los compañeros trabajadores: más de una experiencia de construcción revolucionaria en el seno de la clase obrera se ha llevado adelante, o cimentado, de esta manera[8].
Es evidente que una confianza así sólo se construye a lo largo del tiempo; mediante una actividad regular que aparece, vistas de manera superficial las cosas, como “rutinaria” y cuantitativa; pero que como subproducto de un esfuerzo regular, realizado madrugada tras madrugada y restando tiempo al sueño, puede dar lugar a resultados cualitativos cuando se desate una lucha de importancia, haciendo que el trabajo partidario de un salto revolucionario.
Ahora bien, esto no tiene nada que ver con la idea facilista de que cómo la izquierda está “sacando votos”, resulta ser que desde afuera, sin un esfuerzo sistemático de trabajo en el seno de la clase, se podría avanzar de manera cualitativa. Esta es una manera rebajada de abordar el problema, que olvida que entre los trabajadores hay instituciones muy fuertes que actúan cotidianamente en un sentido contrario a los revolucionarios.
De ahí que hablemos de la necesidad que la izquierda avance en su trabajo orgánico; porque los compañeros pueden votarnos en el cuarto oscuro, pero otra cosa es el día a día en los lugares de trabajo, el control de la empresa, el que ejerce la burocracia, su “copamiento” de los sindicatos obreros y demás. No señor: sin un esfuerzo específico, por el solo “arte de magia” de las votaciones o la influencia electoral, no se podrá avanzar un centímetro en el seno de la clase obrera, aunque esa influencia general puede ayudar mucho si uno se “arremanga” a realizar el trabajo cotidiano que hay que realizar.

La educación del partido

Hay una última determinación a la que nos queremos referir someramente aquí y que tiene rasgos estratégicos para los partidos revolucionarios; sobre todo cuando se trata de organizaciones de vanguardia y de base juvenil. Se trata del significado educativo que tiene el trabajo en el seno de la clase obrera para la militancia.
Un partido que no tiene dicho trabajo es “abstracto”, “ideológico” en el mal sentido de la palabra, no tiene reflejo de la clase y sus problemas, la manera de abordar las cuestiones por parte de los trabajadores, su cotidianeidad. En total, no sabe siquiera “hablar” con los trabajadores en su propio lenguaje, condición imprescindible para intentar llevarlos “más allá”.
Esta falta de experiencia para “hablar” el lenguaje de los obreros es connatural a las nuevas generaciones militantes, las que nunca se podrían formar por “generación espontánea”; no hay que tener ningún sectarismo ridículo frente a esto. De ahí que esta “conexión” con la clase obrera, con sus vicisitudes y luchas cotidianas, con sus lugares de trabajo y vivienda, el fusionarse hasta cierto punto con la misma clase como pedía Lenin, tenga importancia estratégica para la forja de todo partido revolucionario de vanguardia que aspire a ser tal, dejando de ser una mera liga de propaganda. Esta es una responsabilidad de las direcciones de dicho partido, la que nunca podría ser resuelta de manera sectaria y ultimatista, pero que debe figurar entre sus primeros deberes, llevándose adelante esta “tensión” en la vida partidaria como un trabajo constante.

Roberto Sáenz

1 – Con la toma del poder en octubre de 1917 y la puesta en pie de la III Internacional, el bolchevismo tendió a ser una corriente de masas que dirigía el primer estado obrero de la historia y no en cualquier país, sino en una potencia –atrasada y todo- de Europa y Asia. Esto no significó que en los países de Europa occidental el bolchevismo se haya transformado en la primera fuerza en el seno de la clase obrera; el reformismo lo continuó siendo en gran medida. Ya el caso del estalinismo fue distinto, este se consolidó como una fuerza de masas hasta la caída del Muro de Berlín; pero esto ocurrió fundado en “otras leyes”, beneficiándose del control del aparato de varios estados donde la burguesía había sido expropiada y tocando “acordes” conservadores que “sintonizan” con la conciencia reivindicativa de la clase obrera cuando no existen condiciones revolucionarias.

2 – Esto no excluyó enormes experiencias del trotskismo entre los trabajadores en los más diversos países (EEUU, Francia, Argentina, Vietnam, y un largo etcétera) pero que no lograron superar su carácter mayormente fragmentario o “episódico” en disputar la dirección de la clase obrera.

3 – Lenin realiza un fuerte esfuerzo en el Izquierdismo por lograr que los minoritarios partidos comunistas de Occidente, hicieran pie en el seno de los sindicatos obreros para disputarle su dirección a la socialdemocracia. Sin embargo, el punto del que partió el bolchevismo en aquel momento histórico en sus relaciones con la clase obrera, fue desde un “piso” cualitativamente superior al que ha debido recorrer el trotskismo desde la segunda posguerra. No obstante esto el recomienzo histórico de la experiencia de la clase obrera en el nuevo siglo, parecería estar creando las condiciones para colocarnos en piso superior.

4 – Por el peso del peronismo, recordamos aquí como Nahuel Moreno insistía que debido a su tradición de lucha la clase obrera argentina había creado organismos de base potencialmente revolucionarios como las comisiones internas, y como la izquierda revolucionaria lograba hacerse de varias de ellas. Pero el problema estaba en que, políticamente, los trabajadores seguían a la dirección burguesa tradicional. Esto hoy ha cambiado enormemente, la identidad peronista está horadada; sobre todo entre las nuevas generaciones. Sin embargo, lo que subsiste es que la conciencia obrera media es reivindicativa y no directamente política: no es una verdadera conciencia política de clase y, por lo tanto, socialista. De ahí que sea mucho más difícil el trabajo político que el sindical, aun cuando es un hecho que las “fronteras” entre ambas comienza a ceder como se ha expresado manera electoral. Se verá la continuidad de este proceso revolucionario en la cabeza de los trabajadores, el que dependerá de que se viva un salto en la lucha de clases.

5 – Sobre este punto no hay que ser sectarios. Es en nuestro país, y con la recuperación del empleo de la última década, una nueva camada entró a trabajar y en su inexperiencia política y bajo grado de politización inicial, nutrió– incluso la más de las veces, ingenuamente- las filas de la burocracia. Como contrapunto está el “aguijón” permanente que significan las desigualdades sociales y las condiciones de explotación en la fábrica con que viven estas nuevas camadas, las que le dan una suerte de “reacción espontánea” frente a tales injusticias, que llevan al descontento, las protestas y la lucha a muchos de los componentes de estas nuevas generaciones; a tender a organizarse con la izquierda.

6 – Claro que esto cambia cuando hay “condiciones revolucionarias” dentro de la planta o gremio, cuando hay una nueva dirección muy reconocida que logra ponerle límites a la patronal o, más aún, cuando se formaliza algún tipo de control obrero de la producción. Ahí ya la dirección del proceso productivo está en disputa, hay una suerte de doble poder que no puede durar mucho tiempo, porque por definición, bajo el capitalismo, es la clase burguesa la dueña de los medios de producción y la que controla el proceso de trabajo.

7 – Esta última es otra enorme determinación del trabajo fabril, sobre todo de la proletarización: la vivencia de la pérdida del tiempo propio y la entrega del mismo a la patronal que pasa a ser quien controla el “tiempo de vida” de los trabajadores. De ahí también que las fábricas se vivencien como “instituciones de encierro” donde la vida de los trabajadores se consume dentro de ellas, “presos” en ellas. Sobre todo, además, cuando la realización de las horas extras llevan al extremo la falta completa de tiempo libre de los trabajadores; tiempo libre que para Marx –y Lenin para el caso de la democracia socialista bajo la dictadura del proletariado- era la medida o el grado de emancipación de la clase obrera del trabajo, el aumento o disminución del grado general de explotación.

8 – Nos viene a la memoria aquí un ejemplo del estalinismo pero que a todos los efectos prácticos responde a las mismas leyes. Se trata de los años 1930 en Costa Rica y cómo el Partido Comunista en dicho país hizo pie entre la clase obrera bananera y se transformó en una fuerza de masas, a partir de un inicial y sistemático trabajo con el periódico. Está claro que luego esto empalmó con un ascenso en las luchas de lo que para ese entonces era el principal núcleo de la clase obrera costarricense, pero, en cualquier caso, nos muestra el carácter revolucionario que puede tener un trabajo político llevado delante de manera sistemática desde afuera de los lugares de trabajo.

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