Por Roberto Sáenz



 

“(…) Cualquier intento por articular un proyecto de emancipación socialista tiene que partir desde la centralidad de la clase obrera. Esto se aplica con mucha más razón en una región como Centroamérica, donde la derrota de procesos de organización obrera en la primera mitad del siglo XX (como en Costa Rica y El Salvador) y el enorme peso de las tradiciones de lucha anti-imperialistas, conllevaron a que la izquierda de la región se articulara alrededor de reivindicaciones democráticas y bajo criterios sustituistas, dejando de lado la centralidad de la clase obrera” (“Construyamos un NPS de especialistas en luchas a nivel nacional”, Víctor Artavia)

 

Uno de los intercambios más fructíferos con nuestros compañeros de Honduras y Costa Rica giró en torno a las condiciones de la clase obrera en este comienzo de siglo. Para comprender esta discusión en “clave centroamericana”, hay que entender que existen en dicha región un conjunto de factores específicos que distorsionan la apreciación de la misma, así como una serie de tareas estratégicas para colaborar en su elevación como sujeto histórico.

 

Una clase “extraterritorial”

 

Tomando los dos países donde está asentada nuestra corriente, se puede decir que en Honduras la clase obrera no sólo es “extraterritorial” (más adelante veremos esta definición) sino que, literalmente, está emigrada en los EEUU. Es decir, parte importantísima de la flor y nata de la misma no está en el país sino que más bien se desplaza en flujos permanentes –y en las condiciones más dramáticas- hacia el gran país del norte, de donde vuelven las remesas que alimentan las familias divididas que quedan en el país[1].

Sin embargo, hay otro componente de la clase obrera que sí es común tanto a Honduras como a Costa Rica, esto más allá que la calificación laboral y el tipo de producción industrial que se hace en ambos países sea sideralmente distinta (básicamente textil en Honduras; medicamentos y componentes para electrónica -entre otros- en Costa Rica).

Pero lo común es que en ambos países impera la “maquila” o el “régimen de zona franca”, lo que quiere decir que las leyes que rigen los centros industriales se caracterizan por una adaptación a las exigencias del capital imperialista que exigen para mantener su inversión no admitir proceso alguno de sindicalización entre los trabajadores, entre otras aberraciones y circunstancias de colonización.

De ahí que hablemos de una clase obrera industrial en condiciones “extraterritoriales”: es decir, que se rige bajo leyes que no son nacionales, sino las del amo del norte. Y que no haya tarea estratégica más importante entre los trabajadores privados que no sea poner en alto las banderas por su organización elemental, por su sindicalización.

Esto tiene otra derivación estratégica. Centroamérica es una región del mundo –hablamos de ella como una unidad, más allá que las diferencias entre los países que integran dicha región llegan a ser en algunos casos abismales[2]- donde el impacto histórico de la Revolución Cubana sigue siendo grande; así como en general la idea que los cambios sociales, las revoluciones, vienen a partir de guerrillas, comandantes, gentes “elegidas” o grupos minoritarios además que con una base social popular-territorial, de ninguna manera con centralidad de la clase obrera.

Pero ocurre que el trotskismo es una corriente política cuya referencia es la clase obrera, de resultas de lo cual siempre será ultra-minoritario en esta región del mundo si no logra hacer pie y ayudar a la refundación de la clase obrera existente en dichos países.

Así las cosas, nuestra corriente internacional, que por añadidura tiene el balance estratégico del siglo pasado en el sentido que las revoluciones se pudrieron y degeneraron en la medida que la clase obrera perdió el poder o nunca llegó a tenerlo en los países no capitalistas, es evidente que en Centroamérica debe hacer un esfuerzo más que proporcional –por así decirlo- por colocar estratégicamente la problemática de la clase obrera como sujeto histórico de la transformación social.

Conclusiones que proceden, en primer lugar, no de cualquier análisis “sociológico” sino de una verificación histórica-estratégica-universal pero que, a la vez, plantean tareas estratégicas en una región donde el conjunto de la llamada “izquierda” no ve ni “siente” a la clase obrera ultra-explotada de sus respectivos países como sujeto potencial tal[3].

 

La clase obrera en el mundo

 

Y esto se vincula con un problema mayor: el de la situación de la clase obrera vista universalmente. La evaluación objetiva o “estructural” de la misma es bastante simple en el fondo. La población humana nunca antes había sido tan urbana como hoy, así como jamás tan elevado el nivel de asalarización de la fuerza de trabajo.

Al mismo tiempo, si alguna duda podía haber diez años atrás acerca de la situación del proletariado industrial internacional, la emergencia de inmensos contingentes proletarios en las nuevas regiones de la acumulación capitalista como China y el sudeste asiático prácticamente han saldado la discusión (siempre interesada) acerca de la “desaparición” de la clase obrera.

La clase obrera no ha desaparecido; por el contrario, crece el nivel de asalarización de la fuerza de trabajo, así como el número de trabajadores industriales en el mundo. Otra cosa es que se han fragmentado y heterogeneizado sus condiciones de contratación.

Y que, además, se está viviendo un recomienzo en la experiencia histórica de la clase obrera que arranca de niveles bajos de su subjetividad (su conciencia para sí), esto como subproducto de la manera en que concluyó el siglo pasado con su epitafio de la “muerte” de la revolución, el socialismo y la clase obrera misma. Un relato acerca del “fin de la historia” que la historia misma se está encargando de desmentir con la puesta en pie de una nueva generación obrera y trabajadora.

 

[1] Una refracción particular de esta situación en estos momentos es la “crisis humanitaria” que se está produciendo por la creciente emigración de niños hondureños -y centroamericanos en general- a los “Estados” (como le dicen a EEUU en Centroamérica), proceso que arranca desde menores de diez años que viajan solos en un verdadero “Tour del terror” (“La Bestia” se llama al tren que atraviesa México) y que ha alcanzado cifras de varias decenas de miles anualmente.

[2] En nuestro viaje estuvimos en Honduras y Costa Rica; más precisamente en el primer país, en la ciudad de San Pedro Sula, la de más alto nivel de criminalidad en el mundo. Posteriormente, pasamos una semana en Costa Rica, un país dominado por el relato ingenuo de la “Pura Vida” pero que, de todas maneras, no deja de tener rasgos, realmente, de una suerte de “Suiza centroamericana” donde su población solía estar –hoy ya no es así- entre las más “felices” del mundo. Se trata, ni qué decirlo, de elementos de unidad estructural, pero también de abismos insondables entre ambos países.

[3] A este respecto, una referencia interesante en Honduras son las compañeras del colectivo CODEMUH (Colectivo de Mujeres Hondureñas), de lazos amistosos con nuestros compañeros de Socialismo o Barbarie de dicho país, y cuyos esfuerzos centrales se enderezan a atender las enfermedades laborales de las compañeras obreras de las maquilas.

 

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