Un elemento de análisis importante de los nuevos anuncios es la interpretación justa de la renuncia de Moreno. La misma fue muy festejada por los empresarios y multimedios (La Nación dijo que “se va el encargado de ejecutar uno de los pilares de la gestión de Néstor y Cristina: infundir miedo, agredir y someter al empresariado argentino”)  ; incluso también se comentó en los lugares de trabajo, pero desde el erróneo ángulo de que se fue un “patotero” y cosas así. En realidad, su fracaso hace a los límites del intervencionismo económico del Estado bajo el kirchnerismo: Moreno era un representante de su impotencia y su inconsecuencia, no de lo contrario; de allí su sobreactuación y sus bravuconadas.
Con la crisis del 2001 se puso en cuestión una forma de gestión burguesa de los asuntos: el neoliberalismo puro y duro para el cual la libre oferta y la demanda regulaban la economía, y el Estado se circunscribía a sus supuestas “funciones específicas”: seguridad, administración de justicia, educación, etcétera. En realidad, desde todo punto de vista esta visión es una construcción ideológica, porque hasta la economía más de libre mercado del mundo está pautada por intervenciones estatales. Sin ir más lejos, en nuestro país, la administración de la moneda y la convertibilidad introducida por Domingo Cavallo en 1991 entre el peso y el dólar se mantuvo por una larga década.
En el esquema neoliberal más clásico, sin embargo, se deja librada al “mercado” la cotización del dólar, las exportaciones, sean de commodities o industriales, no devengan impuesto alguno, las importaciones son irrestrictas, el mercado de trabajo es estrictamente individual (sin contratos colectivos ni paritarias), el salario lo fija a su arbitrio el empresario sin mínimos, etc. Es el mundo ideal de la explotación capitalista.
Con la llegada de los Kirchner, el ciclo latinoamericano y mundial de rebeliones populares y la crisis económica internacional, sonó la hora de una cierta restricción al esquema neoliberal clásico. No es que la globalización de los negocios no continúe imperando mundialmente, ni que no continúe el desmonte de los “estados benefactores” heredados de la posguerra. Pero, en conjunto, la intervención estatal se ha incrementado, sobre todo en determinados países de Latinoamérica, así como en general el peso del Estado en la economía es mayor que el promedio en grandes países como China y los demás BRIC.
En la Argentina, casi desde el inicio de los Kirchner señalamos que intentaban llevar adelante una cierta intervención política en la economía, lo que lo distinguía del neoliberalismo, pero también de los gobiernos nacionalistas burgueses clásicos del siglo XX. Éstos configuraron verdaderos ensayos de capitalismo de Estado, en los que una parte sustancial de las fuerzas productivas habían sido estatizadas o puestas bajo control del estado. Es el caso del petróleo bajo el gobierno de Cárdenas en México (saludada por Trotsky oportunamente) o del estaño en Bolivia luego de la revolución de 1952. El kirchnerismo no llega a los talones de nada de esto, y ni siquiera fue nunca un gobierno del tipo Chávez, sino algo cualitativamente más normal.
De ahí que nunca haya tenido realmente las palancas económicas en sus manos, y cuando llegó a la estatización de algunas empresas –casos AFJP o YPF– lo hizo tardíamente o apretado por las circunstancias. En lo esencial, lo que intentó llevar adelante fue un arbitraje de aspectos económicos por vías esencialmente políticas. Ahí aparece el rol de Moreno.
La intervención en el INDEC para controlar el índice de inflación y las estadísticas en general; el aprovechamiento de la porción accionaria del Estado en determinadas empresas a partir de la re-estatización de las jubilaciones; los “precios administrados”; las restricciones a las importaciones; el cepo cambiario (medida manejada desde el Banco Central, no por Moreno) y otras por el estilo, revelaron esta intención de administrar aspectos de una economía esencialmente en manos de los capitalistas privados.
Pero este intento estaba condenado al fracaso de antemano, por dos razones.
La primera, porque en materia de control de precios, por ejemplo, esto nunca se llevó a cabo por otra vía que no fuera medidas verbales, escenificación de advertencias y “sanciones políticas” o amenazas con contingentes K como en el caso de la Shell, pero nunca mediante la sanción de leyes efectivas que le dieran algo más de peso a la actuación de Moreno. De ahí su sobreactuación, las patoteadas, el tener un revolver sobre la mesa y payasadas por el estilo, que no eran muestras de fortaleza sino, en el fondo, de debilidad.
Segundo, aun la estatización tardía y sólo parcial de YPF por parte de los K nunca pudo disimular que lo suyo ha sido administrar una estructura económica heredada de los años 90, cuyas principales ramas productivas están extranjerizadas, en manos de multinacionales, además de un Estado desmantelado, sin personal ni palancas económicas de real peso en sus manos. La expresión ideológica de esto fue el discurso en favor de la creación de una mítica “burguesía nacional” que no existe ni como sombra, sin ningún peso real más allá de capitalistas amigos que se dedican a administrar “saldos económicos” o empresas vaciadas (como Lázaro Báez, Taselli, Cristóbal López), y no mucho más.
La salida de Moreno es la admisión del fracaso de un intento de administración económica desde el Estado sin peso real para hacerlo, ya que para concretarlo requeriría de medidas anticapitalistas como la nacionalización de la banca y el comercio exterior, el monopolio estatal de las importaciones y la exportaciones, la apertura de los libros contables, el control real de los precios con escala móvil de salarios o la expropiación de toda empresa que amenace con cierres y despidos. Todas medidas que los K jamás van a tomar y que son parte de un verdadero programa de transición desde los trabajadores para que la crisis la paguen realmente los capitalistas, que sólo se podrá imponer mediante los métodos de la movilización obrera y popular.

José Luis Rojo

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