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Desde el comienzo de la secuencia electoral (aunque la campaña no haya comenzado formalmente), la situación política francesa nos ha deparado una sorpresa tras otra. Luego del lanzamiento “en solitario” del ex ministro del PS Emanuel Macron, de la victoria inesperada del “tatcherista” Fillon en la primaria de la derecha, de la renuncia de Hollande a presentarse a la reelección, ahora la gran novedad es la casi segura victoria de Benoît Hamon, representante de la “izquierda” del PS, en las primarias del mismo.

Una crisis persistente del sistema de representación

Toda esta “montaña rusa política” refleja una enorme fragmentación del escenario político francés, síntoma de una crisis del sistema de partidos y de representación política. En efecto, el sistema de dominación estable de alternancia bipartidista entre el Partido Socialista y la derecha, que incluso había conocido años de “cohabitación” de ambas fuerzas, aparece debilitado frente a las próximas elecciones. Se trata de una de las elecciones presidenciales más “inciertas” de las últimas décadas, donde a escasos meses de que las mismas se realicen, nadie puede asegurar no sólo quién se alzaría con la presidencia, sino siquiera qué candidatos disputarán la segunda vuelta.

La hipótesis más probable hace tan sólo algunas semanas, la de una segunda vuelta entre Fillon y Marine Le Pen que daría como vencedor al primero, ya no parece tan segura. El ascenso fulgurante de Emanuel Macron, un liberal de “izquierda” que aparece como más potable para aquellos que han sido espantados por el programa demasiado brutal de Fillon, podría hacer saltar por los aires este escenario. La probable victoria del “ala izquierda” del PS en las internas alimentaría sin duda este proceso: los social-liberales que hubieran votado por Manuel Valls como candidato del PS probablemente voten a Macron si éste se ve finalmente eliminado.

Nos encontramos frente a un escenario de fuerte fragmentación electoral: la última encuesta electoral publicada por Le Monde otorga 26% a Marine Le Pen, 25% a Fillon, 21% a Macron, 14% a Melenchon y 7% a Hamon. Los próximos meses de campaña serán decisivos para el resultado final, así como la evolución de la situación internacional, que estructura fuertemente la campaña francesa: victoria de Trump, cuestión Siria, lucha contra el “terrorismo”. En todo caso, cabe destacar que es un hecho no menor que siga abierto el interrogante entre un futuro gobierno de Fillon, que marcaría el inicio de una ofensiva brutal de las clases dominantes, y uno de Macron, que marcaría más bien una continuidad con las políticas social-liberales actuales del PS (que, de todas maneras, están llamadas a profundizar y acelerar las reformas anti-obreras).

La crisis particular del PS

En este marco se inscribe la crisis del PS, que vive una de las peores coyunturas pre-electorales de su historia. El problema es que, además de la confesión del fracaso político del quinquenio que expresa el abandono de Hollande de la pelea por la reelección (un hecho sin precedentes en la historia de la V República), lo más probable es que el PS, uno de los pilares del bipartidismo francés, salga quinto en las próximas elecciones presidenciales.

La cuestión es que el gobierno, electo en 2012 sobre la base del rechazo masivo a las políticas antisociales de Sarkozy, terminó traicionando todas sus promesas electorales, desencadenando una serie de ofensivas incluso más profundas que las que había llevado adelante el sarkozysmo, y rompiendo récord tras récord de impopularidad. Esto lo llevó a un desgaste profundísimo y a una ruptura con un sector histórico de su electorado, que pone en cuestión su propia continuidad como partido estructurante de la realidad política francesa: un resultado catastrófico en las presidenciales auguraría uno similar en las legislativas subsiguientes, y la aceleración de la fuga de parlamentarios y cuadros hacia el movimiento de Macron, fenómeno que ya ha comenzado.

Pero el elemento novedoso de la crisis política del PS es que la primaria para designar candidato presidencial, que había sido inicialmente prevista como una simple validación “democrática” de Hollande acompañado de algunos candidatos fantoche, designará probablemente como candidato a un miembro de la izquierda del PS, uno de los llamados “frondeurs”, que se negaron a votar a favor de la última reforma laboral y “obligaron” al gobierno a pasarla por decreto, Benoît Hamon.

Si Hamon se perfila hacia la victoria es simplemente porque, más allá de que sea un producto absoluto del aparato institucional socialista, ha osado oponerse al credo oficial liberal de apoyo a las empresas como única opción para mejorar la calidad de vida de la población, expresado por Manuel Valls. Ahí donde Valls defiende la quita de impuestos a los patrones para recuperar la “competitividad”, Hamon señala que ese dinero sólo fue a los bolsillos de los grandes patrones; mientras Valls propone quitar impuestos sobre las horas extra para que “los trabajadores ganen más”, Hamon habla del “sufrimiento en el trabajo”, del síndrome del “burn-out” y de “repartir el trabajo”.

Sin duda, no nos hacemos ninguna ilusión sobre el programa de Macron o su capacidad para encarnar una alternativa al servicio de los trabajadores y la juventud: se trata de un “apparatchik” del PS, que acompañó a la actual mayoría del PS, fue ministro de Educación de Hollande y además declaró una y mil veces que apoyaría a Valls si éste ganaba la primaria. Pero no se puede dejar de destacar que la victoria de Hamon implicaría una derrota para el gobierno actual, una expresión “por izquierda” (aunque muy limitada) de la crisis del mismo, de parte de un electorado del PS que, aunque muy debilitado, se niega a seguir apoyando las tesis liberales que el mismo defiende desde hace años.

Por otra parte, la victoria de Hamon plantea, en el mediano plazo, serios problemas para la unidad del PS. ¿Estarán dispuestos los cientos de diputados, alcaldes, consejeros municipales, en resumen, el aparato del PS, a apoyar a un candidato que aparece como “de oposición” a la mayoría actual? La victoria de Hamon, como señalamos, podría acelerar la descomposición del PS a favor de un Macron que por el momento lo triplica en intenciones de voto y que se encuentra políticamente mucho más cercano a la mayoría actual del PS que el “izquierdista” e “irresponsable” Hamon.

La difícil traducción electoral de la coyuntura reaccionaria

Estos elementos de incertidumbre y de crisis política también expresan la dificultad para cristalizar en el terreno electoral la relación de fuerzas reaccionaria que la burguesía francesa intenta conquistar. En efecto, la situación internacional está categóricamente girada a la derecha: victoria de Trump en los Estados Unidos, Brexit en Inglaterra, capitulación de Syriza, gobierno de Rajoy en España. En Francia, luego de la secuencia de atentados, el Estado francés logró profundizar su ofensiva guerrera en Medio Oriente, instaurar el Estado de Emergencia atacando los derechos democráticos y hacer pasar una reforma laboral a decretazo y represión pura y simple.

Sin embargo, esta coyuntura desfavorable a los trabajadores no se traduce de manera tan simple en el plano electoral. Sin dudas, el escenario electoral también se encuentra girado a la derecha: Marine Le Pen del nacionalista y xenófobo Front National tiene un piso (¿pero también un techo?) del 26/28%, el ganador de la primaria de la derecha se declara abiertamente como “tatcherista” y el candidato de la “centro-izquierda” es un ex consejero de la banca, multimillonario, adepto de la más amplia libertad para las empresas. Pero también hay contrapuntos que reflejan esta dificultad para la burguesía francesa de imponer una derrota en regla.

Es significativo que la dinámica ascendente de François Fillon, que luego de alzarse con la victoria en la primaria de la derecha parecía abrirse paso “sin problemas” hacia la presidencia, haya conocido un freno justamente a causa de sus proposiciones demasiado brutales. Sus propuestas de reforma de la seguridad social que implicaban dejar de cubrir las “enfermedades leves”, que estarían a cargo de las aseguradoras privadas, fueron duramente criticadas, incluso por miembros de su partido: el que había hecho de su “programa serio y firme” la piedra angular de su campaña tuvo que retroceder balbuceando al explicar que “lo habían entendido mal”. Al parecer, la “cirugía sin anestesia tatcherista” que propone Fillon sería demasiado para la Francia que hace algunos meses intentaba bloquear el país contra la reforma laboral.

El ascenso de Macron y la posibilidad de que el mismo acceda a segunda vuelta también reflejan, de manera contradictoria, esta situación de indefinición y de incapacidad de cristalizar una situación de retroceso brutal. Que se entienda: Macron se propone continuar y profundizar el camino emprendido por el PS de destrucción de derechos laborales, de vaciamiento del Estado, de liberalización de la economía. Pero expresa, con respecto al “estado de ánimo” de la población, una opción menos agresiva, menos “tajante” que Fillon, y su victoria marcaría más bien una continuidad más “gradual” de las políticas actuales que un salto en calidad en la ofensiva.

La posible victoria de Hamon también refleja este proceso: si el cuestionamiento al consenso neoliberal se da mayoritariamente por derecha, también tiene expresiones por izquierda. Salvando las distancias, el hecho de que Hamon se referencie en Corbyn, en Sanders o en Pablo Iglesias (y que Manuel Valls lo critique precisamente por tener esos referentes) es un reflejo, distorsionado por el campo de la política burguesa y en particular de las primarias de un partido en descomposición como el PS, de la voluntad de sectores de la población de rechazar la austeridad como único horizonte.

El problema de fondo es que las relaciones de fuerza no pueden procesarse únicamente en el terreno político-electoral: son el resultado de la lucha de clases directa. En ese sentido, aun si la burguesía francesa ha logrado anotarse una victoria con la aprobación de la última reforma laboral, lo cierto es que aún no ha podido infligir una derrota profunda a los trabajadores franceses. Las verdaderas relaciones de fuerza aún están por probarse en las calles, sea bajo el gobierno que sea que, sin duda, redoblará los ataques contra los explotados y los oprimidos.

La ausencia de una voz alternativa

En este panorama electoral en el que nos encontramos frente a un “arcoíris” de variantes políticas diversas sin que ningún tono logre del todo irradiar al resto, llama la atención la ausencia de un color central: el rojo revolucionario. Uno de los grandes dramas de la situación actual es la completa invisibilidad de una voz alternativa, de independencia de clase, que logre plantar en la palestra nacional un punto de vista desde los intereses de los trabajadores y todos los explotados y oprimidos.

Esto es así en gran parte a causa del sistema enormemente anti-democrático y sus reglas para poder ser candidato: se exige la firma de 500 alcaldes, es decir, de miembros electos de los partidos patronales, en vez de otros mecanismos de “validación ciudadana” como podrían ser la recolección de firmas entre la población. Así, los pequeños partidos, en particular la izquierda revolucionaria, se encuentran presos de la buena voluntad de los partidos burgueses, o en todo caso de la centro-izquierda, o de los alcaldes “sin etiqueta” de las pequeñas comunas. Además, estas reglas se han endurecido a partir de una reforma introducida por el gobierno del PS.

El candidato del Nuevo Partido Anticapitalista, el obrero de Ford Philippe Poutou, aún no está seguro de lograr obtener las 500 firmas necesarias. El NPA ha lanzado una campaña democrática poniendo en evidencia el sistema profundamente restrictivo que existe actualmente, y el escándalo que significa que el único candidato obrero de la elección, el único que vive concretamente lo que viven millones y millones de franceses, miembro de una corriente política minoritaria pero representativa como es el NPA, no tenga voz en esta campaña electoral. Aunque la misma ha tenido cierto impacto, no ha logrado revertir la exclusión mediática que sufre el candidato del NPA, ahogado por el peso aplastante de la primaria de la izquierda, del “fenómeno Macron”, del lugar que se está ganando Melenchon como candidato de “la izquierda radical”.

Pero la situación de extrema debilidad en la que se encuentra la izquierda revolucionaria francesa, que le impide abrirse paso en una situación que, aunque girada a la derecha, ofrece posibilidades para que una política de ruptura con este sistema en descomposición se haga oír, no puede ser atribuida únicamente a la dureza de las reglas electorales. También es el resultado de una política, de la estrategia oportunista y centrista defendida desde hace años por la dirección mayoritaria del NPA.

Aún luego de que el NPA definiera el lanzamiento de la candidatura de Philippe Poutou, la dirección paralizó la campaña del mismo, haciendo la apuesta de que surgiera alguna candidatura “del movimiento”. Detrás de esta formulación se escondía una política oportunista que la corriente internacional mayoritaria en el NPA llevó adelante en otros países europeos: detrás del socialdemócrata Pablo Iglesias en España, detrás de Syriza en Grecia. Así, en nombre de una supuesta “llegada a las masas” por la vía de la disolución del programa, la dirección del NPA dilapidó un capital político esencial, el lugar que el mismo se había ganado en la vida política nacional y que permitiría hoy plantar una política de independencia de clase en el panorama electoral.

Las cartas aún no están echadas, y es posible y necesario hacer oír una voz anticapitalista en las elecciones. Es por eso que hay que pelear hasta el último minuto por lograr que nuestro compañero Philippe Poutou pueda llevar la voz en estas elecciones de los explotados y oprimidos, la voz de los trabajadores, la voz de aquellos que pelean por la reducción de la jornada laboral para terminar con el desempleo, de la apertura de las fronteras y la recibida de los refugiados, de una salud y una educación públicas y de calidad, del fin de las intervenciones imperialistas en África y en Medio Oriente. Para pelear por la independencia de clase de los trabajadores y por un programa de ruptura anticapitalista y revolucionario en estas elecciones, Philippe Poutou tiene que estar.

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