Por Roberto Sáenz


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“(…) la parte de los trabajadores llamados migrantes, es decir los que vienen desde el campo, arriban a las ciudades y se instalan de una u otra manera en condiciones de precariedad extrema, ha devenido masiva. Se estima que dos obreros de fábrica sobre tres vienen del campo. Ellos representan la fracción más explotada del proletariado, similar a los inmigrantes en otros países” (Patrick Le Trehondat en Au Loong Yu; 2013; pp. 11).

Una de las grandes transformaciones de las últimas décadas ha sido la creación de un proletariado universal. El hecho que China, India y próximamente África estén agregando cientos de millones de nuevos asalariados, es un dato contundente de cómo ha venido siendo el desarrollo, siempre contradictorio, de las fuerzas productivas el último siglo. La creación de semejante proletariado en los nuevos lugares de la acumulación capitalista, es una expresión de su desarrollo.

Nos dedicaremos someramente en esta nota a dar cuenta de la universalización de la clase obrera, para luego detenernos en la nueva clase obrera china.

Un proletariado universal

La historia de este nuevo proletariado tiene su sede en países con un inmenso hinterland campesino, como lo son China, India y continentes enteros como África, que en el 2040 aportará la astronómica cifra de mil millones de nuevos trabajadores a la economía mundial capitalista: “Con más de 200 millones de habitantes entre 15 y 24 años, África posee la población más joven del mundo (…) El número de jóvenes en África alcanzará el doble de acá al 2045. De 2000 al 2008, la población en edad de trabajar (15/64 años) pasó de 443 millones a 550 millones, una tasa de alza del 25%. En un año, eso equivale a un aumento de 13 millones, es decir 2.7% (Banco Mundial, 2011). Si esta tendencia se mantiene, la mano de obra del continente será de 1000 millones de personas en el 2040. Será la más numerosa del mundo, superando la de China e India” (León Crémieux).

Tan masiva es la evidencia de la aparición de esta nueva clase trabajadora, que últimamente hemos escuchado menos voces profetizando el “fin del proletariado”. Mejor dicho: dicha perorata está volviendo bajo la forma de que la inteligencia artificial, la automatización y los robots irán a “reemplazar” a los trabajadores en las próximas décadas…

En todo caso, y más allá de los problemas a nivel de la maduración subjetiva de esta nueva clase trabajadora mundial[1], lo que nos interesa es dar cuenta de la faceta material de este acontecimiento: cómo la recreación de la acumulación capitalista está creando el proletariado universal más basto de la historia; un proletariado que todavía muestra un bajo nivel de actividad, pero que es un hecho testarudo del capitalismo actual: “Los datos de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) permiten una estimación del número de asalariados a escala mundial. En los países ‘avanzados’, ha aumentado alrededor de un 20% entre 1992 y 2008 para luego estancarse desde la entrada en la crisis. En el resto del mundo (los países ‘emergentes’), aumentó cerca de un 80% en el mismo período. Se encuentra el mismo tipo de resultado, aún más marcado, para el empleo en la industria manufacturera: entre 1980 y 2005, la mano de obra industrial aumentó 120% en los países ‘emergentes’, pero bajó 19% en los países ‘avanzados’. La misma constatación se produce en un estudio reciente del FMI, que calcula la fuerza de trabajo en los sectores exportadores de cada país. Se obtiene una estimación de la fuerza de trabajo mundializada, es decir la que está directamente integrada en las cadenas de valor globales. La divergencia es aún más marcada: entre 1990 y 2010, la fuerza de trabajo global así calculada se incrementó 190% en los países ‘emergentes’, frente al 46% en los países ‘avanzados’. Así, la mundialización lleva tendencialmente a la formación de un mercado mundial y también a la de una clase obrera mundial cuyo crecimiento se produce en lo esencial en los llamados países emergentes” (Husson, 2015).

Completemos la panorámica con Crémieux: “La población mundial ha progresado de 6.4 mil millones en 2005 a 7.1 mil millones en 2013, la población activa pasando de 3 a 3.4 mil millones. La población rural se ha transformado en minoritaria al final de la década del 2000, 47% en 2013. 65% de la población mundial será urbana en 2025, conteniendo ya 23 megalópolis de más de 10 millones de habitantes. Los empleos en la industria y los servicios aumentan: ellos representan, respectivamente, 22% y 45% en 2005, 24.5% y 45% en 2013. El empleo agrícola retrocede de 35% a 31% en el mismo periodo”. Y luego agrega con un gráfico que el asalariado mundial se reparte así: 1800 millones en el mundo “emergente” y 1200 millones en los países “avanzados”.

Un nuevo proletariado rural/urbano

Como expresión más representativa de este nuevo proletariado, concentraremos nuestro estudio en la nueva clase obrera china, país colocado en el centro de la acumulación capitalista en la actualidad (el desplazamiento al Asia-Pacífico de los núcleos más dinámicos de la acumulación del capitalismo mundializado es un hecho tan evidente que no hace falta subrayarlo).

Las circunstancias en China son por demás impactantes: la creación en pocas décadas de una nueva e inmensa clase obrera que está llamada a incrementar su protagonismo en la medida que nos adentremos en el siglo XXI[2]. La paradoja del caso es que fue la revolución anticapitalista de 1949 la que creó las condiciones materiales para el enorme desarrollo capitalista de la China de hoy (en primer lugar, su unidad nacional como país). Un desarrollo que, según la definición del intelectual hongkonés Au Loong Yu (el más profundo analista marxista de China en la actualidad), ha transformado el país en un capitalismo burocrático[3].

Cuando la revolución del 49 lo que quedaba de la clase obrera china (luego de las derrotas de los años 20 y las destrucciones causadas por la guerra con Japón), estaba concentrada en las ciudades bajo el mando del Kuomintang (la clase obrera sólo se había incrementado en Manchuria durante muchos años ocupada por los japoneses), y el movimiento nacionalista había logrado recrear los comportamientos corporativos que le eran característicos (Roland Lew; 1997).

El maoísmo no hizo más que reafirmar estas conductas. Se colocaron las cosas como que a partir de ese momento los trabajadores fueran “la clase social privilegiada”, claro que sin tener arte ni parte en los asuntos. Después de la revolución, la clase obrera permaneció atada al terreno reivindicativo, a la estrechez de miras: a nadie se le ocurrió que “privilegiada” debía significar transformarse en clase dirigente[4].

El maoísmo creó una “clase obrera de Estado” (Roland Lew; 1997) que empleada en las empresas públicas llegó a alcanzar 100 millones de integrantes bajo el régimen del “tazón de arroz de hierro”, que significaba una serie de seguridades en materia de empleo, vivienda, salud, etcétera[5].

Esta clase obrera tuvo restringida su movilidad laboral, así como su participación sindical y política independiente fue completamente nula[6]. Pero, al mismo tiempo, tuvo aseguradas una serie de garantías que alimentaron su estrechez, su no elevarse como alternativa para el conjunto de la sociedad: “Todo esto resultó en una capacidad de negociación (…) vinculada a la defensa de sus intereses corporativos, a una cierta solidaridad con su empresa, y a la indiferencia respecto de la situación general, sobre todo respecto de los sectores no favorecidos del mundo del trabajo. Todo salvo un sentido de clase global” (Roland Lew; 1997; 189).

La gestión del PCCH fue paternalista y el Estado burocrático basado en una serie de concesiones a los trabajadores de las empresas estatizadas; concesiones que estuvieron ausentes para el resto de los trabajadores, y ni qué hablar, paradoja si las hay, a la que fue la base social real de la revolución: el campesinado[7]. Un Estado burocrático definido, de todas maneras, por la exclusión de los trabajadores del poder: “(…) los trabajadores no disponían de libertad de elección personal concerniente a su carrera profesional, sin hablar evidentemente de la libertad de expresión y organización, sin las cuales es simplemente imposible hablar de ‘poder de clase’” (Au Loong Yu; 2013; 108).

La clase obrera china pagó caro este esquema: como todo se decidió siempre por arriba, lo mismo ocurrió con la vuelta al capitalismo, claro que brutal represión y derrota en la Plaza de Tiananmen mediante[8]. El sector de trabajadores del Estado fue casi desmantelado. Subsiste hoy un plantel reducido de trabajadores del sector (los despidos alcanzaron entre 40 o 50 millones), en medio que la gran novedad de las últimas décadas de restauración capitalista, es la masa inmensa del nuevo proletariado migrante rural-urbano, obrero-campesino.

Una peculiaridad de esta nueva clase obrera es que se encuentra bajo el régimen del Hukou, un pasaporte interno reestablecido con el maoísmo (1953), que proviene de una práctica ancestral del antiguo Imperio chino, y que se ha generalizado con la restauración capitalista regulando la radicación urbana de los trabajadores.

Los beneficios para la burocracia son evidentes; hasta por el hecho que el grado de explotación del trabajo al que está acostumbrado un trabajador rural es mayor que el trabajador urbano. Es verdad que en el campo la rutina de trabajo no es la de la industria. Pero incluso obteniendo ingresos miserables en las ciudades, el trabajador de origen campesino considera que está mejor que en su lugar de origen.

El maoísmo hizo una explotación de esto en la medida que benefició al sector obrero estatal bajo “tazón”, pero también invisibilizó a la otra mitad de la clase obrera mantenida, ex profeso, bajo condiciones de precariedad laboral (Roland Lew, 1997).

Con la vuelta del capitalismo, el sector de la clase obrera estatal fue diezmado y la burocracia generalizó la nueva clase obrera “bajo pasaporte”: una clase “obrera-rural” que pasó a ser el grueso de esta nueva clase trabajadora china, que es hoy la más grande del mundo. Una clase obrera colocada bajo condiciones de explotación especiales: porque al trabajador asalariado en su modelo “ideal” se lo considera un “trabajador libre”: libre de servidumbre, de ataduras, libre de cambiar de trabajo, aunque también de morirse de hambre si no se emplea.

La clase obrera china es, en este sentido, menos libre; está bajo condiciones que difieren de la fórmula clásica. No es libre. Está bajo pasaporte. No se puede radicar en las ciudades[9]. Tiene algún tipo de “retaguardia” en el campo. Pero se trata de una retaguardia de la que todo el mundo quiere escapar por razones obvias de la falta de perspectivas.

Esto es lo que explica que China sea hoy el país cuyas migraciones internas sean las más grandes del mundo. Cada año entre 200 y 300 millones de trabajadores chinos vuelven a su lugar de origen atravesando 2.000 o 3.000 kilómetros durante el “Año nuevo lunar”: ven a sus familias, renuevan sus pasaportes y vuelven posteriormente a las urbes.

¿Qué significa esto en materia de condiciones de explotación obrera? Los trabajadores no se sienten en “casa” en las grandes ciudades. Duermen muchas veces en los dormitorios de las mismas plantas (tener en cuenta que la Foxconn, empresa de origen taiwanesa de semiconductores, agrupa en una misma planta, ¡que es una ciudad!, a 100.000 trabajadores). No pueden adquirir propiedades en la ciudad. No se pueden radicar en ellas. No pueden contraer matrimonio allí. Son extranjeros en su propio país. El mismo efecto que logran los países imperialistas clásicos respecto de los inmigrantes chicanos, latinos, mexicanos, africanos o asiáticos, lo logra China con sus propios trabajadores de origen rural.

De ahí que la inmensa mayoría de los trabajadores estén con su cabeza en el mundo rural, en su localidad de origen; cuesta mucho formar relaciones de agregación, de socialización, y ni hablar organización sindical y política cuando cada trabajador, subjetivamente, está pensando en la vuelta a su localidad de origen: “(…) la mayoría de la actual clase obrera está compuesta por trabajadores migrantes provenientes de las regiones rurales; carecen de cualquier memoria colectiva de clase previa a su llegada a las ciudades” (Au Loong Yu; 2013; pp.53).

Potencialidades históricas

El carácter migrante de la mayoría de la fuerza de trabajo le agrega una serie de problemas a la economía china. El pasaporte, como mecanismo de dominación de los trabajadores por parte de la burocracia, es un arma de atomización extraordinaria. Pero, económicamente, implica una serie de contradicciones que se están agravando. El nivel de consumo de esta clase obrera es bajo, lo que dificulta la creación de un pujante mercado interno. Si uno no puede afincarse, adquirir propiedad, formar una familia, si todo esto debe ser concretado en la localidad de origen, el nivel de consumo urbano se mantendrá necesariamente por debajo de las posibilidades.

Para una economía exportadora esto funciona: la reproducción de la fuerza de trabajo se mantiene barata. Pero si la realidad es, como es, que los salarios vienen avanzando desde hace un par de años –¡China ya no es el país con la fuerza de trabajo más barata del mundo!- y si, para colmo, el comercio internacional se estanca como está ocurriendo actualmente, el gigante oriental ya no podrá contrapesar la desaceleración de su ritmo de crecimiento sin encarar el problema de la creación de un mercado interno digno de tal nombre, cuestión que coloca el interrogante de hasta cuándo se mantendrá el régimen del Hukou.

La burocracia ha impulsado la creación de una nueva clase media y una ascendente burguesía enriquecida al calor del Estado (¡los escándalos de los hijos de los grandes jerarcas del régimen se suceden sin cesar!), que ya es la mayor consumidora de marcas de lujo del mundo. De todos modos, no está claro que esto alcance para resolver los problemas de “realización” (venta de mercancías) que plantea el mercado más dinámico del mundo.

Un proletariado que está alcanzando las cifras de 200 o 300 millones de integrantes (no está claro el número), que ya es la mayor concentración obrera del mundo[10], está llamado a dejar su huella en la historia, esto cualesquiera que sean los obstáculos que deberá sortear debido a la herencia dejada por el “socialismo” maoísta: “Un obstáculo aún más difícil de vencer es que el socialismo está profundamente desacreditado. Si uno habla del socialismo a un trabajador activista, muy a menudo su respuesta será: ‘¿cómo podemos construir algo nuevo usando la vieja mierda del partido comunista?’. En verdad, el grado de decepción sobre el socialismo es diferente según las industrias y regiones de que se trate, pero la apatía general hacia la izquierda política es demasiado obvia para negarla” (Au Loong Yu; 2009/2010).

Mucho del futuro estratégico de la clase obrera mundial se juega hoy en China, cuya clase obrera reinicia su experiencia histórica en condiciones donde materialmente es una potencia sin igual.

Bibliografía

Léon Crémieux, Sur les évolutions de la clase ouvrière et des movements sociaux – Quelques éléments factuels.

Michel Husson, Una clase obrera mundial, 2015.

Roland Lew, L’Intellectuel, l’État et la révolution. Essais sur le communisme chinois et le socialismo réel, L’Harmattan, Francia, 1997.

Au Loong Yu, La China. Un capitalisme bureaucratique. Forces et faiblesses, Editions Syllepse, Paris, 2013.

  • ¿Final de un modelo o nacimiento de un nuevo modelo?, Revista Transversales, número 17, invierno 2009-2010, en socialismo-o-barbarie.org

 

 

[1] A este respecto, el análisis de nuestra corriente es que se está viviendo un recomienzo de la experiencia histórica de la clase obrera, recomienzo que parte de muy atrás debido a la herencia del “fracaso del socialismo” en el siglo pasado; volveremos sobre esto más adelante).

[2] La evidencia empírica que se posee muestra que la conflictividad social en general (sobre todo campesina), pero también la de los trabajadores en particular, viene aumentando sistemáticamente los últimos años, aunque manteniéndose en un plano reivindicativo muy inicial; la mejor fuente de información al respecto es el China Labour Bulletin.

[3] Capitalismo burocrático es la definición del capitalismo de Estado chino actual, caracterizado por la particularidad que su clase dominante es originaria de la burocracia emergente del Estado maoísta fundado con la revolución de 1949 (Au Loong Yu, 2013).

[4] Frente a los relatos fetichistas en la izquierda sobre los Estados burocráticos, veamos esta brillante descripción de hasta dónde llegó en la China de Mao (¡y llega aún hoy!), la falta de tradiciones políticas independientes de los trabajadores: “Antes de 1990 el Estado surcoreano era tan despiadado como el Estado del PCCH, pero aquél nunca tuvo la capacidad de borrar todas las asociaciones civiles; la Iglesia, por ejemplo, siempre proporcionaba algún espacio para la organización inicial de los trabajadores. Por el contrario, el PCCH lo ha logrado desde los años cincuenta. Todas las tradicionales asociaciones chinas religiosas y civiles desaparecieron, es decir, fueron destruidas o cooptadas por la burocracia, al grado que hasta los monjes taoístas o budistas se convirtieron prácticamente en funcionarios pagados por el Estado conforme a la escala retributiva de la burocracia (…) No había ni hay sociedad civil. No había ni hay ningún movimiento social organizado, por no hablar de una oposición política organizada” (Au Loong Yu, Revista Transversales; 2009/2010).

[5] Ello significó, numéricamente, un importante crecimiento de la clase obrera si recordamos que en 1949 no debían de haber más de tres millones de obreros en toda China.

[6] Sólo se movió durante la Revolución Cultural; pero cuando sus luchas amenazaban con escalar y tornarse independientes, las distintas fracciones burocráticas enfrentadas cerraron filas y pusieron punto final al más paradójico ciclo de luchas obreras bajo el maoísmo.

[7] Luego de un primer momento de recuperación de las tierras y de reforma agraria vino una fuertísima colectivización forzosa que nunca convenció a los campesinos, y posteriormente avances y retrocesos en materia de explotación privada de la tierra.

[8] Es significativa la importancia que le da Au Loong Yu a la derrota en Tiananmen, en 1989. Si en Occidente se podría creer que fue la derrota de un levantamiento sólo estudiantil, Yu señala que, en realidad, fue una derrota sobre el conjunto de la sociedad trabajadora del país, derrota que sigue pesando casi treinta años después.

[9] Esta es una condición común en aquellas fracciones inmigrantes de los trabajadores a nivel mundial; ocurre que sólo en China esta clase obrera “inmigrante” es el componente central de la misma.

[10] Sólo a modo de comparación recordemos que el proletariado industrial de los EE.UU. se mantiene estancado hace décadas en alrededor de 20.000.000, claro que con un nivel de productividad media mucho más alto que el de China.

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