Roberto Sáenz



Cierre Jornada del Pensamiento Socialista

Voy a desarrollar dos o tres aspectos del debate para cerrar el panel y la Jornada de conjunto.

Reagrupamiento

Lo primero es la importancia de la presencia de los compañeros Pablo Bonavena, Hernán Camarero, Claudio Katz y otros compañeros que se hicieron presentes hoy, justamente por lo que decía el compañero brasilero acerca de la ausencia de una Internacional revolucionaria unificada.

Hay una cuestión que heredamos de hace muchísimas décadas y que todavía no está resuelta: la falta de una organización internacional revolucionaria, de una verdadera Internacional. Estuvo la Primera Internacional, que fue una Internacional progresiva, fundadora del movimiento obrero como movimiento socialista. Luego estuvo la Segunda Internacional, que tuvo una etapa muy progresiva de educación política de un movimiento obrero socialista de masas (como afirmara Trotsky), pero que después traicionó y entonces vino el relevo de la Tercera Internacional, hasta que esta última fue hundida por la degeneración estalinista.

Hay un problema real, que parece muy general pero es muy concreto: la falta de una verdadera Internacional revolucionaria. Después del hundimiento de la Tercera Internacional estuvo la fundación de la Cuarta Internacional en condiciones adversas, en la medianoche del siglo XX, fundación que permitió mantener un hilo de continuidad del marxismo revolucionario: este fue el más grande aporte histórico de Trotsky, como el mismo señalara.

Pero dicha Internacional se dispersó a la salida de la Segunda Guerra Mundial, y hasta el día de hoy tenemos más bien corrientes internacionales que una Internacional como tal.

Ocurre, además, que fundar una Internacional no puede ser un acto de mera voluntad: depende de acontecimientos históricos de la lucha de clases. Pero reagrupar a los revolucionarios tiene un nivel de determinaciones algo más manejables. Y no sé a dónde iba exactamente el compañero, pero bueno: existe el problema que todavía no hay reagrupamientos revolucionarios a nivel internacional, que hay pocos ámbitos de intercambio.

Por eso es tan importante darnos ámbitos como estas Jornadas, escuchar a compañeros como Pablo, Claudio, Hernán, etc., compañeros con los que hay elementos de tradición comunes aunque también matices, por supuesto. Este intercambio es fundamental porque permite “abrir la cabeza” en el sentido de colocar un espacio de intercambio de ideas y de formación de la militancia, donde también uno escucha, acumula elementos, cuestión que nos permite paliar un poco esa carencia de una organización internacional, de ámbitos de un intercambio político más global.

Eso es lo primero: reivindicar esta Jornada del Pensamiento Socialista. Pero a la vez señalar que estamos buscando intercambios y acercamientos con compañeros en Europa, que por ahora son búsquedas, por ahora no hay progresos. Se trata de sectores que vienen de la izquierda mandelista, tienen una ubicación hacia la izquierda. Pero hay también una ruptura importantísima en Brasil en el PSTU. Sobre esta ruptura tenemos expectativas que esos compañeros maduren, avancen en una ruptura con las posiciones objetivistas, saquen conclusiones más estratégicas. No quiero hacer una intervención sectaria: sólo decir que, efectivamente, hay reacomodamientos en el movimiento revolucionario y hay que ver cómo camina eso y darse una política.

Una lenta impaciencia

Veamos dos o tres cuestiones más. Es un hecho que la experiencia de los trabajadores empieza subjetivamente de más atrás que a comienzos del siglo XX, cuando en el centro del movimiento obrero, el movimiento obrero europeo, teníamos una clase obrera que era socialista. Un movimiento obrero socialista de masas expresado en varios aspectos de los que señaló Hernán en el panel anterior: por ejemplo, que tenía equipos de fútbol “institucionalizados” por así decirlo. ¿Quién se puede imaginar hoy que la izquierda tenga equipos de fútbol? Sí llegara a tenerlos, si fuera capaz de organizar el tiempo libre de nuestra clase, si fuera capaz de organizar -como decía Lenin- a esa parte de la clase obrera “sin partido”, eso significaría un peso y una influencia de masas que hoy no existe.

¿Cómo se va a llegar a eso? No se sabe. No se puede saber exactamente. Un poco lo decía Claudio muy bien: mientras exista el capitalismo, mientras exista la explotación, la injusticia, el pinchazo permanente de la explotación, de la desigualdad y de la injusticia, mientras exista la resistencia a esa injusticia, se puede replantear la perspectiva socialista.

Va a ser una combinación de factores objetivos y subjetivos para que se pueda relanzar la batalla por el socialismo: volver a colocar al orden del día su actualidad. Tienen que haber experiencias estratégicas de la clase obrera, experiencias históricas de la clase obrera que se forjen en las condiciones mismas de la explotación de este siglo XXI. Como ocurrió en el pasado con la experiencia de la Comuna de París, la experiencia revolucionaria de 1905 en Rusia, experiencias donde la clase obrera apareció como sujeto histórico. Eso no va a depender de nuestra voluntad: se crea y se constituye en las condiciones mismas de la explotación capitalista y se vivifica en la experiencia de los revolucionarios, en la construcción de partido, en las Jornadas del Pensamiento Socialista, en intentar sacar conclusiones, mantener el hilo de continuidad de nuestras ideas, relanzarlas como alternativa al posibilismo ambiente.

Es una combinación de elementos objetivos y subjetivos que en la medida en que siga la explotación capitalista van a recolocar en la agenda histórica la perspectiva del socialismo. Son los debates estratégicos en el marxismo revolucionario; Rosa Luxemburgo escribe Reforma y Revolución a fines del siglo XIX. Estaba en minoría, era una genia pero en minoría: en el momento en que el movimiento socialista tenía tan grandes conquistas, sacaba tantos votos, ganaba tantos sindicatos, Rosa insistía en la perspectiva de la revolución social, sobre la base de un análisis fundado y material del carácter explotador del capitalismo, que no podía tolerar sus contradicciones, entonces sostenía esa apuesta estratégica contra revisionistas y “ortodoxos” reformistas.

La cuestión es que la lucha socialista se replantea en las condiciones del capitalismo agresivo, en las condiciones del desarrollo de un recomienzo de la experiencia, donde justamente nuestra tarea compleja, difícil, que también incluye la lucha política, la construcción del partido, aprovechar los desafíos que se nos abren, aprovechar, en el caso argentino, la vacancia política, el fenómeno de la recomposición obrera, etc., es que esa experiencia que se reinicia se procese por la izquierda.

Claro que para estas grandes perspectivas hay que ser pacientes. Daniel Bensaïd (marxista revolucionario francés ya fallecido originado en la corriente mandelista) daba una definición de cómo debemos afrontar nuestras tareas estratégicas que es profunda: decía que hay que tener una lenta impaciencia. Parece una contradicción en los términos, pero es muy aguda la definición, en el sentido que como los revolucionarios debemos ser impacientemente pacientes: saber que el proceso histórico tiene su ritmo, su desarrollo, etc., que de alguna manera la lucha de clases internacional está preñada de esta emergencia de una nueva generación que hay que formar, que hay que educar: que hay que ser pacientes con la nueva clase obrera y con sus experiencias y con su maduración política.

Una lenta impaciencia apostando al retorno de la pelea por el socialismo, al retorno de la lucha de clases, a la actualidad de la revolución socialista. Aquí se coloca otro elemento sobre el que preguntaba Pablo recién: ¿qué es lo que queda de la experiencia que se desarrolla en estas décadas? Bajo nuestros ojos está ocurriendo un proceso que es muy importante: el retorno de la acción colectiva. Porque la rebelión popular re-propone una cuestión que es contradictoria con el neoliberalismo ambiente: vuelve la acción colectiva, y ésta puede desatar logros, conquistas, avances. La idea misma del “fin de la historia” se hace más difícil cuando la rebelión popular vuelve a colocar la acción colectiva como alternativa, aunque ésta sea aún incipiente, aunque sea difícil la maduración de los factores subjetivos.

La clase obrera en el centro

En tercer lugar, quisiera contestar al compañero que señalaba que plantear el problema de la ausencia de autodeterminación de los trabajadores en las revoluciones de la segunda mitad del siglo XX sería “simplificar” las cosas…

Ocurre que existen “simplificaciones” que de todas maneras son profundas, porque como dijera el propio Marx, la verdad siempre es concreta. No son cuestiones secundarias: muchas veces criterios simples o “principios” permiten la comprensión del todo. Por ejemplo: Marx a través de la ley del valor-trabajo trató de explicar todo el edificio de la explotación capitalista. Pero Marx tenía otro criterio (como señalara Hal Draper en su extraordinaria obra Karl Marx’s Theory of Revolution) en lo que tiene que ver con su teoría política: la misma estaba basada en el criterio general de que la liberación de los trabajadores sería obra de los trabajadores mismos.

Draper afirma que toda la teoría política de Marx está ordenada alrededor de esa comprensión: que la emancipación de la clase obrera es una autoemancipación, y hacía cruzar todos los criterios por ahí. Como es sabido, además, Marx estampó este principio entre las principales banderas de la Primera Internacional. El lío del siglo XX es que hubo un intento de autoemancipación con la Revolución Rusa y la ola de revoluciones fracasadas que le sucedieron en el período entre guerras mundiales, pero en la segunda posguerra todos fueron intentos de sustitución de la autoemancipación de los trabajadores: la perspectiva fue que el Estado obrero de la transición al socialismo sería obra de “cualquiera menos de la clase trabajadora”…

Esto es lo que explica que revoluciones a priori socialistas pero sin clase obrera, terminaran en el desastre que terminaron. Roland Lew, un marxista francés especialista en China originado en el mandelismo, ya fallecido, afirmaba que en China hubo un proceso revolucionario de incuestionable emancipación en el sentido de que fueron expropiados los propietarios de las tierras, que las tierras fueron inicialmente entregadas a los campesinos, que se unificó al país y se lo independizó del imperialismo, pero que no hubo autoemancipación de la clase obrera. Clase obrera que vivió la Revolución de 1949 como una “revolución fría”, que es la definición que daba Frank Glass (también llamado Li fu Yen), militante trotskista que estaba en Pekín en octubre de ese año cuando entran las tropas de Mao a la ciudad.

Pero tampoco hubo una experiencia de democracia agraria entre el campesinado. Porque el campesinado chino no tenía tradición de comuna popular. Ocurre que, a veces, el campesinado, que es individualista, lucha de manera colectiva. Y cuando lucha de manera colectiva, como fue por ejemplo el caso en la Convección Lares en Cusco (en la época de Hugo Blanco a principios de los años 60 del siglo pasado), hay elementos de democracia campesina, con inmensas asambleas campesinas como las que hubo en el Cusco.

Pero en el caso chino, lamentablemente, no hubo una experiencia de autoemancipación ni de la clase obrera, ni del campesinado: hubo sustitución de los explotados y oprimidos por la burocracia. Y hubo otra cosa que también es profunda: hubo una obra de “ingeniería social” donde las transformaciones sociales no son una obra colectiva de los explotados y oprimidos, sino que es una cosa que se desarrolla desde arriba, una cosa de “titiriteros” que mueven los hilos y decretan el Gran salto adelante, la colectivización forzosa de la agricultura, por ejemplo.

En la estrategia política de Socialismo o Barbarie, sin que esto sea abordado de manera ingenua –cual rectores del proceso histórico- sino como un problema estratégico, nuestra apreciación del balance del siglo XX es que el protagonismo histórico de la clase obrera quedó en el camino y que la gran tarea estratégica es trabajar construyendo partidos revolucionarios, organismos, milicias populares, haciendo la revolución para transformar las cosas, apostando en este siglo XXI a la recuperación del protagonismo de la clase obrera como clase histórica. Protagonismo histórico que se perdió producto de la contrarrevolución estalinista: de la contrarrevolución burocrática que la desalojó del poder.

Acá se preguntaba Claudio cuándo había ocurrido esto. A nuestro modo de ver, hubo varios jalones. Daniel Bensaïd afirmaba que era difícil fechar el momento en que el Estado obrero (o el Estado obrero burocratizado) dejó de serlo. Es muy difícil fechar. Aunque para nuestra corriente la cosa arranca en los años 1930; ahí está, quizás, el punto de quiebre fundamental, al menos en la ex URSS, así como estuvieron las derrotas en Berlín en 1953, en Hungría en 1956, en Checoslovaquia en 1968, en Polonia en varias oportunidades, derrotas de las revoluciones antiburocráticas.

Hubo una acumulación de derrotas y una búsqueda de quitar a la clase obrera su protagonismo histórico. Por oposición, nuestra apuesta estratégica más general, la apuesta estratégica de nuestra corriente, es hacia la recuperación de ese protagonismo histórico de la clase obrera con la comprensión que la obra de la revolución socialista y la transición al socialismo es una obra que debe ser llevada adelante por cada vez más amplios sectores de la clase obrera y de las masas, y por parte del partido revolucionario, que es decisivo y esencial colaborando en esta perspectiva. Hasta ahí compañeros, buenas tardes y gracias a todos.

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