ANÁLISIS DE CLASE DEL KIRCHNERISMO
Un gobierno 100% capitalista a la medida de los tiempos que corren
En las últimas semanas, conforme arrecia la campaña de sectores afines al oficialismo de impulsar, luego de las elecciones del 2013, una reforma constitucional por la re-reelección de Cristina, se ha abierto un debate acerca del carácter del gobierno kirchnerista. Todo un sector de la opinión pública burguesa reacciona espantada frente a la posibilidad de Cristina 2015, pero plantea los términos del debate en un falso lugar que nada tiene que ver con los intereses de los explotados y oprimidos. En lo que sigue, proponemos un análisis de clase del gobierno, elemento fundamental para poder formular hoy una política revolucionaria en nuestro país.
Liberales vs. “progresistas”
Todo tipo de definiciones se han vuelto a echar a rodar, una más mistificadora que la otra. Se trataría de un gobierno “chavista” o, incluso, “comunista”, que cuestionaría las “libertades individuales” y la “propiedad privada”, amén de otras exageraciones por el estilo. En verdad, la que podríamos llamar “burguesía económica” (los jefes de los grandes grupos económicos), todavía deshoja la margarita sobre qué hacer en el futuro. Unos 1.900 empresarios se dieron cita en la cena de la industria la última semana, pagando 1.000 pesos el cubierto para escuchar a Cristina. La mayoría sabe que con el kirchnerismo tuvieron ganancias como nunca antes, y que bajo su gobierno se estabilizó el país después de la gran crisis de 2001.
Sin embargo, entre lo que podríamos llamar “la opinión pública burguesa” no se la soporta más (días atrás hubo un nuevo mini cacerolazo en los barrios chetos de la Capital). El clima de histeria se empieza a asemejar al de los momentos álgidos del enfrentamiento con el campo, aunque sin llegar a esos extremos. Este estado de ánimo es azuzado cotidianamente por medios como TN, Clarín, La Nación y demás. Cuestionan al ladrón de guante blanco y vicepresidente de la Nación, Boudou; cuestionan el reiterado de la cadena nacional de TV de Cristina; cuestionan el avasallamiento a la “normalidad institucionalidad de la alternancia” que significaría un nuevo mandato. Desde la contraparte oficialista (los crecientes multimedios kirchneristas), la respuesta no se hace esperar, estableciéndose un cotidiano contrapunto por intermedio de programas como 6, 7,8 y tantos otros.
Adelantémonos a señalar que, en el fondo, se trata de una falsa polarización: ninguno de los bandos representa los intereses fundamentales de los explotados y oprimidos, más allá de que entre ambos sectores burgueses haya matices reales. Pero esta falsa polarización día y noche busca estupidizar a las masas laboriosas con peleas que en gran medida son ajenas a sus verdaderos intereses. La pugna entre el “relato liberal” y el del “progresismo” ocupa casi todo el espacio público, soslayando conscientemente los verdaderos reclamos populares : el estancamiento del empleo, el salto inflacionario, las paritarias a la baja, el escándalo del transporte público, la continuidad del empleo en negro, el impuesto al salario y tantos otros. Y esto ocurre aunque, a veces, no deje de abrir brechas hacia la izquierda, dada la lógica de su propia pelea (ver ahora el caso, por ejemplo, del histórico juicio por el asesinato de Mariano Ferreyra), brechas que desde la izquierda revolucionaria y los trabajadores, obviamente, hay que aprovechar.
En todo caso, esta polarización entre los de arriba es otro dato de la actual coyuntura de deterioro económico sin pérdida de control por parte del gobierno, polarización que busca “cerrar” el debate público entre las cuatro paredes de las opciones patronales (aunque no siempre lo logra como acabamos de señalar).
El pragmatismo kirchnerista
Pero vayamos al grano del debate acerca de la naturaleza pragmática (es decir, adaptable a las circunstancias y sin principios) del kirchnerismo. Desde nuestro partido siempre lo definimos como “el hijo burgués (o bastardo) del Argentinazo”, porque muchos de los rasgos característicos de su gobierno tienen que ver con el período político en el que les ha tocado presidir. No se trata de un personal político “ideologizado” que desde décadas atrás viniera peleando por un “ideal” y, finalmente, lo alcanzara.
La biografía de los Kirchner es suficientemente aleccionadora para desmentir semejante impostura. Si en los 70 su “épica” fue trasladarse al sur y convertirse en importantes inversores de negocios inmobiliarios, en los 90 (ya al frente de la provincia de Santa Cruz) los encuentra entre los más rabiosamente “menemistas” de los gobernadores peronistas. No se trata solamente de las “fotos institucionales”. Se trata del rol oficialista de Cristina en oportunidad de la reforma constitucional neoliberal de 1994, o de cómo Néstor participó sin crítica alguna (más bien todo lo contrario) de la privatización y desguace de YPF (operación que le permitió embolsarse el conocido fondo de 500 millones de dólares colocado en Suiza). Inclusive, en su momento, fueron de los mejores amigos de Cavallo (como el propio Cavallo se ha encargado de subrayar en los últimos años).
¿Qué fue entonces lo que dio lugar a su giro desde 2001? Las condiciones en las cuales les tocó presidir el país. El kirchnerismo ha sido el personal político que mejor se adaptó a los tiempos que corren. El fracaso de Duhalde en la vía represiva tras la masacre de Kosteki y Santillán, marcó el giro hacia la reabsorción pacífica de la rebelión popular, que los Kirchner encarnaron mediante un operativo de cooptación y estatización del movimiento popular, sobre el que volveremos más abajo.
Para este operativo, los Kirchner tuvieron a su favor un factor de primer orden: la recuperación económica que sucedió a la devaluación del peso consumada bajo Duhalde, a lo que se sumó el histórico ciclo de alza de las materias primas en los mercados internacionales. Ese ciclo viene beneficiando enormemente al país, circunstancia favorable que contrasta ampliamente con la catástrofe económica de la segunda mitad de los 90 y su desempleo de masas.
Es la suma del proceso político, vinculado a una rebelión popular que había que reabsorber, y una favorable situación económica, lo que dio lugar a los rasgos característicos más o menos “reformistas” de su gestión. Y a esto se agrega el impacto hasta ahora contradictorio de la crisis económica mundial. Porque operó como factor legitimador del progresismo, al poner en tela de juicio las formas más extremas de liberalismo económico. También legitimó un grado promedio mayor de “intervencionismo” del Estado en la economía, frente al extremo libre mercado que habían caracterizado al mundo en las últimas décadas. Los Kirchner se adecuaron a esto no por principios, sino por un simple cálculo acerca de cuáles eran las condiciones en las que podía mantenerse el capitalismo en el país.
Las razones del continuismo
Ese contexto dio lugar a otro rasgo de importancia: habilitó elementos de cierto “reformismo de la miseria”. En amplio contraste con las circunstancias de los 90 (que se podrían caracterizar como un período de contrarreformas, de sistemático desmonte de conquistas anteriores), los años 2000, si bien no tocaron nada sustancial de la heredada estructura de esos años –ver si no la subsistente heterogeneidad de las condiciones laborales, que facilita un grado de explotación del trabajo por encima de la media–, habilitaron una serie de conquistas sectoriales (no generalizadas) provenientes de la lucha desde abajo, como en el caso del subterráneo de Buenos Aires. Y, sobre todo, habilitaron una serie de concesiones impulsadas desde arriba para evitar el desarrollo de la lucha: un período que podríamos caracterizar como levemente “reformista”, o, más bien, “reformista de la miseria” por lo limitado de estas concesiones.
Esta circunstancia “reformista” no es puramente argentina, sino que hace parte del conjunto del ciclo político en curso en Latinoamérica. Gobiernos subproducto de la rebelión popular como los de Chávez y Morales, o que asumieron para evitarla, como el caso del PT en Brasil, en un arco iris de situaciones habilitaron cierto tipo de “reformas” para domar el potro de la rebelión.
Además, el conjunto de la región se vio favorecida por este “súper ciclo de materias primas” que se vive mundialmente en los últimos años: desde los países más grandes como Brasil hasta los más pequeños como Bolivia. Las inmensas rentas extraordinarias agrícolas, mineras, gasíferas y petroleras así generadas fueron reclamadas por los gobiernos a los privados, sea por la vía de la renegociación de los contratos petroleros y gasíferos, en el caso venezolano y boliviano, o del cobro de retenciones agrarias, en el caso argentino.
Por supuesto, todo empresario privado pretende quedarse con el “precio pleno”, es decir, con todas las ganancias, y que a ninguno les gusta compartirlas con el Estado; de ahí que pongan el grito en el cielo, aunque así y todo ganen fortunas, como los patrones del campo en nuestro país.
El hecho cierto es que mientras no se revierta este ciclo favorable, ese elemento material, a pesar de los vaivenes económicos, expresa cierto respaldo económico mayor para estos gobiernos, cierto “blindaje” que no estaba presente en las décadas anteriores, y que explica también la “resiliencia” y duración desacostumbrada de estos gobiernos, que acumulan varias gestiones continuas, sea con el mismo presidente u otra figura de sus mismos partidos, más allá de que en todos los casos se esté evidenciando el inicio de un deterioro.
Las miserias de la oposición patronal
La suma de estas condiciones es lo que ha dado lugar a otro rasgo de los K: su capacidad de arbitraje (uno de los rasgos que, obviamente, menos gusta a la burguesía). Es que el arbitraje implica siempre favorecer a unos en desmedro de otros. Hay burgueses que se quejan y otros que, por lo bajo, se ven beneficiados y festejan.
Además, este poder de arbitraje se ha visto legitimado y reforzado por la crisis mundial. Prácticamente no hay gobierno que no esté llevando adelante algún tipo de arbitraje o intervencionismo en el mundo. EE.UU., la niña mimada de los ojos de todos los economistas liberales, está discutiendo su QE3 (“aflojamiento cuantitativo”), que no quiere decir otra cosa que una nueva ronda multimillonaria de impresión de dólares para paliar la crisis. Por su parte, el mismísimo Banco Central Europeo está discutiendo a estas horas la compra masiva de bonos de la deuda estatal de países como España e Italia, a modo de rescatarlos de una eventual bancarrota (una operación que según los estatutos ultraliberales del BCE estaría completamente vedada). Y el caso de China es el de la mayor inversión del Estado en la economía en materia de obras públicas para evitar un desencadenamiento allí de la crisis, y podríamos seguir.
Se sigue profesando una fe más o menos neoliberal para los “tiempos normales” (a los que se pretende volver), pero todo el mundo (o casi todo el mundo, salvo quizás el gobierno de la Merkel en Alemania y algunos otros), admite el “intervencionismo” en las actuales condiciones de excepción; un intervencionismo que, sin embargo, siempre arbitra a favor de los capitalistas, porque está al servicio de rescatar y defender la propiedad privada capitalista y el sistema de explotación como un todo (ver en nuestro país ahora el caso de las paritarias y el salario mínimo a la baja).
Son estas mismas circunstancias las que explican las dificultades para el desborde del gobierno, sea por derecha o por la izquierda. Por derecha, si la oposición patronal se muestra tan exánime es, simplemente, porque cualquier proyecto que se presente como un retorno a las condiciones anteriores no puede cosechar hoy otra cosa que un amplio repudio popular. Nadie se ha olvidado (salvo las clases medias altas beneficiadas en su oportunidad) de las condiciones de principios de siglo. Y cualquiera que suene como para volver a ellas no pasa. Macri puede anunciar el subte a 10 pesos si quiere para halagar a su electorado cheto, pero así no podrá ir más lejos en las condiciones de hoy. De la Sota puede pretender postularse como “presidenciable” atacando las jubilaciones y hablando de la necesidad de “estabilidad fiscal”, pero difícilmente gane así los fervores populares. Es el conjunto de las condiciones del ciclo policito, sumado a la crisis mundial, lo que pone límites muy estrechos al desborde por derecha de estos gobiernos y explica su continuismo.
Claro que esto se modificará completamente si la crisis mundial termina impactando de lleno en la región y el país. Ahí sí se acabaría esa posibilidad de arbitraje –hoy relativamente más limitada que años atrás por el deterioro económico– y entonces se abriría la posibilidad de desbordar de conjunto por la izquierda al gobierno, aspecto sobre el que volveremos más abajo.
Tarea que podría parecer sencilla en la izquierda; sin embargo, sostener una posición realmente independiente frente a la burguesía y la patronal en su conjunto no parece ser tan simple. Hay desde corrientes que capitulan al gobierno, como la supuesta “izquierda independiente” del FPDS, hasta otras que le ceden a la oposición patronal sojera, como la CCC, el MST e incluso, en su ángulo “liberal”, el propio PO (llevando a la rastra al PTS dentro del FIT). A este respecto, ver nota aparte.







