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EL CUADRO DE SITUACIÓN
Deterioro sin pérdida de control
Cerca de terminar el mes de agosto y entrando en los últimos meses del año, tiene su importancia marcar los rasgos de la coyuntura por la que está transitando el país como para poder ubicar las tareas que están por delante en el próximo período para la izquierda socialista.
La economía de país vive un deterioro evidente pero sin que el gobierno haya perdido el control de la situación, ni que se haya abierto hasta ahora una crisis económica en regla. Esta es la opinión de la mayoría de los economistas, incluso los más acérrimos opositores al oficialismo. ¿Cómo ocurre esto cuando la coyuntura internacional tiende a ser adversa y las inercias acumuladas por parte del “modelo” se amontonan sin ton ni son?
Uno, porque la propia crisis internacional no deja de tener elementos contradictorios. China crece algo menos, pero sigue haciéndolo para cualquier estándar normal. De ahí viene que siga consumiendo materias primas en cantidad, lo que sumado a la histórica sequía en los EE.UU., está manteniendo las commodities agrarias por las nubes. Además, el petróleo tampoco baja. Esto es así incluso porque también la producción de biodiesel se ve afectada por la misma sequía (tiene como base el maíz, y los EE.UU. son el primer productor del mismo). Dos, si Brasil ha pasado por algunos meses malos, al parecer los pronósticos para los próximos son de alguna recuperación, lo que permitiría sostener la producción automotriz de ambos lados de la frontera.
Claro que lo anterior contrapesa pero no resuelve los problemas que viene acumulando la economía argentina. La realidad es que desde hace tiempo se vienen manifestando graves inercias en el “modelo” tanto de corto como de largo plazo. Estas son la persistente presión inflacionaria, una cierta pérdida de competitividad en los mercados internacionales producto del atraso cambiario, la liquidación del superávit fiscal que atenaza mayormente hoy a las provincias, así como problemas sumamente graves y estructurales (producto, en gran medida, de años de desinversión) en materia de transporte y abastecimiento energético. Problemas que han venido haciendo crisis, una y otra vez, a lo largo del año. Manifestación de esto fueron la tragedia del ex Sarmiento a comienzos de marzo de este año, o los constantes descarrilamientos de formaciones que han venido ocurriendo en las últimas semanas; la crisis alrededor de la gestión del subterráneo de Buenos Aires, por no hablar de las dificultades para dejar de importar combustibles aun a pesar de la estatización parcial de YPF.
Es el conjunto de estos elementos de “coyuntura” y estructurales, sumados al ya señalado contexto internacional que muestra nuevamente elementos de avería, los que marcan el deterioro en la economía nacional.
Sin embargo, se trata de aguzar el análisis –y ahí está la complejidad de la cosa– para comprender por qué todavía ese deterioro de la economía nacional no se ha transformado en una lisa y llana crisis. Es verdad que el crecimiento prácticamente se “volatilizó” (el año pasado el país creció a un ritmo del 5,5% y este año a duras penas llegaría a 1,5 o 2%) y se frenó en seco la creación de empleo (razón por la cual el empleo ha vuelto al tope de las preocupaciones populares). Pero la realidad es que el gobierno no ha perdido el control de la economía, ni se vive todavía una crisis económica abierta.
Intervencionismo económico
Parte de la explicación de por qué no se ha desatado una crisis en regla es la intervención del gobierno en la economía, mayor bajo la gestión de Cristina que con el mismo Néstor. Pagni, de La Nación, decía en un artículo de días atrás que se había pasado del “intervencionismo” de Kirchner y Moreno (un intervencionismo que, sin embargo, “dejaba subsistir a los mercados”) al “capitalismo de Estado” de Cristina y Kicillof, que “directamente subordina los mercados a los designios de los políticos”. Desde ya que esta caracterización es una exageración completa: no hay un capitalismo de Estado en nuestro país ni, menos que menos, una “venezuelización” (el terror de los liberales). Pero la miga de verdad que tiene este argumento es que, subproducto de la crisis, el gobierno de Cristina ha tenido que intervenir más en la economía de manera tal de regular los desarrollos para evitar perder el control.
Parte de esto es la reversión parcial de YPF al Estado. No quiere decir que el operativo le salga del todo bien al gobierno. Porque ante el temor de los privados de invertir en la nueva compañía estatal, y la falta de fondos propios, las inversiones han debido ser postergadas sine die (una razón de la reciente crisis con Galuccio, que quería quedar en el bronce como el organizador de la explotación de Vaca Muerta). Incluso más. Dadas esas dificultades de encontrar inversores privados, el gobierno ha avanzado en la regulación del mercado de las naftas de manera tal de encontrar las vías para paliar el desabastecimiento energético, y que otras compañías no se hagan la América a costa de YPF. Claro que, sea privada o parcialmente estatal, los que no paran de aumentar son los precios, más allá de que no se terminen de equiparar con los del mercado mundial por la catástrofe inflacionaria que desataría en el país una medida de ese tipo.
En todo caso, dicho “intervencionismo” es uno de los rasgos de la gestión económica del gobierno, y sirve para atenuar el desarrollo de la crisis evitando que su deterioro se transforme en crisis abierta. Recordemos de paso que a pesar del cacareo de la oposición liberal, la realidad es que el abuelo (o el tío) de Pinedo del PRO fue el principal Ministro de Economía de los gobiernos conservadores de los años 30 –la famosa “década infame”– y sin embargo, liberal y todo, fue el que sentó las bases de la política de intervención económica dictada por la propia crisis y que luego seguiría en algunos de sus trazos principales el mismo Perón.
La tercerización del ajuste
Nada de esto quiere decir que el gobierno pueda pasar como si nada ocurriese en la economía. Hay elementos de crisis, inercias, problemas graves que se han ido acumulando y que requieren ser encarados. De ahí la campaña en el verano de “sintonía fina”. La tragedia de marzo en Once desató una crisis y paralizó la aplicación directa del ajuste, solamente para volver a la carga meses después pero variando inteligentemente de táctica: tomó medidas para obligar a otros a aplicar el ajuste sin hacerse cargo íntegramente de él.
En materia de transportes esbozó el traspaso del subterráneo a Macri, traspaso que al no haberse consumado, es un factor de crisis permanente no resuelto, pero que al menos permite dividir responsabilidades. No se quedó en eso. Semanas atrás congeló el giro de subsidios para el transporte en el orden nacional. Se trata de una cifra de varias decenas de millones de pesos que se irá deteriorando con la inflación, razón por la cual se le endosa a los gobiernos provinciales una de dos medidas (o ambas): imponer de aquí en más ajustes de tarifas o financiar ellos las nuevas necesidades de subsidios que vayan surgiendo.
También tomó otras medidas, como por ejemplo las que están detrás de la disputa con De la Sota: a aquellas provincias que no estén “armonizadas” con las jubilaciones que se pagan nacionalmente (más bajas), les está retaceando el envío de fondos jubilatorios. Se trata de un chantaje para que rebajen las que pagan en sus provincias o, en todo caso, sean las administraciones provinciales los que asuman esos montos. De paso, se les quita una bandera electoral y se deja correr procesos de lucha de los estatales (como ocurrió en julio en la provincia de Buenos Aires o ahora en Córdoba), de manera tal de esmerilarlos un poco.
Las pugnas en las alturas
La tercerización del ajuste, sumada al anticipo de la pugna presidencial para el 2015, es lo que está por detrás de las peleas del gobierno con Scioli, Macri y De la Sota (todavía la cosa no se ha desatado del todo con Binner, que evita toda confrontación, aunque Bonfatti, gobernador del PS, tenga crecientes problemas en Santa Fe). El fondo económico de la cosa es la maniobra de endosarles parte del ajuste económico repartiendo las culpas. En una movida astuta, el gobierno evita centralizar el ajuste y ponerse en el vértice de la escena: se evita darle un foco claro nacional como ocurría con los ajustes en el pasado.
Claro que la población no es idiota. En la generalidad de los casos, igualmente, la gente hace responsable tanto a los gobernadores como al gobierno nacional. Incluso hay encuestas que colocan a Cristina como la más afectada. Pero aun así, para el gobierno no es lo mismo que ponerse en el centro excluyente de la escena anunciando un ajuste.
Junto con este elemento está la cuestión política: qué pasará con el kirchnerismo a partir del 2015. La realidad es que se han echado a rodar, cada vez con más fuerza, versiones acerca de una posible reforma constitucional luego de las elecciones del 2013 que habilite un nuevo mandato para Cristina. La justificación sería que la presidenta “no tiene reemplazante que pueda conducir el proyecto” y que, por lo tanto, lo que cabe es “un nuevo período presidencial”...
Desde la oposición patronal obviamente están en contra de habilitar este nuevo mandato y una constituyente, al tiempo que Binner (que plantea llamar a un “frente único contra la reforma”), Scioli, Macri y De la Sota tratan de probarse el traje de presidenciable. Cada uno tiene sus problemas, pero en todo caso el más complejo es qué tipo de proyecto contraponerle a Cristina que no sea la reiteración del recetario de libre mercado por ahora imposible de esbozar.
En todo caso, efectivamente, el grave problema es qué proyecto alternativo esbozar en un contexto que seguramente seguirá marcado por una crisis económica internacional de tipo histórico que, si no es por ahora tan catastrófica como la de los años 30, está llamada a permanecer y a justificar, en definitiva, la intervención de los Estados en la economía (un fuerte argumento a favor de los K).
Las oportunidades de la recomposición obrera
Si uno de los datos más dinámicos de la realidad nacional no son las luchas todavía, sí lo es la situación de fragmentación sindical. Mientras cotidianamente se sustancia el juicio por el asesinato del compañero Mariano Ferreyra desnudando día a día la responsabilidad de Pedraza y cía. en un plan conscientemente asesino, el juicio no es más que un enorme símbolo de algo que está pasando por abajo en el movimiento obrero argentino: la emergencia de una nueva generación obrera y trabajadora, que está cuestionando como nunca antes en las últimas décadas el monopolio de la representación sindical por parte de la burocracia sobre la clase obrera.
La fragmentación de la burocracia en cinco centrales no es más que la expresión “superestructural” de este proceso que se está cocinando a fuego lento por abajo, más allá de que tenga otros condimentos vinculados al alineamiento con uno u otro sector político patronal. Mientras Moyano se pelea con Caló y Micheli hace lo propio con Yasky –y Barrionuevo deshoja la margarita para ver dónde ubicarse–, por abajo se multiplican las posibilidades de avanzar en barrer a la burocracia.
Claro que no es lo mismo el escenario de las luchas directas, que uno mediado como el de elecciones sindicales, siempre sometidas a todo tipo de maniobras y fraudes por parte de la misma burocracia, las patronales, el Estado y el gobierno. Sin embargo, tal es la bronca por abajo que incluso en el terreno de esas mismas elecciones gremiales se están dando fenómenos que hace años no se veían. Amén de las importantes elecciones en Gráficos o la Alimentación, o de la oposición clasista que a pesar de todos los avatares sigue madurando a ojos vista en el Neumático, se acaban de realizar, por ejemplo, las elecciones docentes a Juntas de Clasificación en Córdoba, en cuya capital ganaron listas centristas o identificadas con la izquierda, quedando relegada al tercer lugar la lista Celeste de la burocracia. También en Neuquén se está formando un frente de unidad independiente que puede llegar a barrer en octubre a la burocracia Celeste del control del sindicato provincial, y a la que el nuevo MAS se ha sumado. Y esto por no hablar de la elección nacional ferroviaria que se viene para fines de año, que tendrá altísimo voltaje político.
En lo inmediato se está llevando adelante la campaña de la lista Celeste independiente en judiciales de la provincia de Buenos Aires, elección donde esta lista –también integrada, entre otros, por compañeros de nuestro partido– podría dar un susto a más de uno.
Empujar para la puesta en pie de listas clasistas y ganar posiciones recuperando organismos para el movimiento obrero, es una de las tareas del momento a manera de preparación para cuando se venga un ascenso en las luchas y la posibilidad de construir una instancia realmente de reagrupamiento clasista del tipo Asamblea o Encuentro de Trabajadores.
El papel de la izquierda
Es en este cuadro de situación que se coloca el papel de la izquierda, que abordaremos aquí muy resumidamente. En el próximo período tiene dos grandes planos de acción. Uno es el proceso por abajo de recomposición en curso, donde las estrategias son muy diversas y solamente algunas corrientes tienen una orientación independiente; terreno que es el más importante y permanente para las organizaciones revolucionarias.
El otro es el plano político-electoral, con la dificultad de que los sectores de la izquierda que conforman el FIT han mantenido por ahora una orientación puramente electoralista. El propio PO reconoce esto en el folleto de su último Congreso, donde advierte que el FIT “no hizo nada desde las elecciones del año pasado”, y que solo está “a la espera de las próximas elecciones del 2013”, alertando contra una guerra fratricida entre sus integrantes alrededor de las candidaturas…
Desde el nuevo MAS ya hemos manifestado en estas páginas nuestra voluntad de ir a una rediscusión con el FIT, con el planteamiento de que este debe dejar de ser una mera cooperativa electoral e incorporar elementos de perfil que tengan que ver con la pelea contra el régimen político de democracia de ricos.
En todo caso, las tareas inmediatas pasan por el apoyo y la pelea contra la burocracia en las luchas en curso (como es el caso ahora en Córdoba), la defensa de los dirigentes y activistas despedidos arbitrariamente (como el caso de Maxi Cisneros en Firestone), la participación en las elecciones sindicales desde posiciones antiburocráticas y clasistas, e ir ganando a los mejores compañeros y compañeras para la izquierda revolucionaria, en particular para el nuevo MAS.
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