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Debates a diez años del argentinazo
La experiencia del Frente de Trabajadores Combativos
Por Patricia López
El Frente de Trabajadores Combativos se fundó en los primeros días de diciembre del 2001, a partir de la fusión de tres asambleas. Una estaba en Ezeiza, donde compañeros del partido habían tomado una sociedad de fomento que pronto se convirtió en el punto de reunión de los desocupados de la zona. Las otras dos, de Varela y Almirante Brown, habían sido expulsadas del MTD por reclamar un funcionamiento asambleario para el movimiento, oponiéndose a la tramposa “horizontalidad” autonomista del MTD, que en la práctica significaba que la base discutía todo pero no decidía nada, y las decisiones terminaban tomándolas dos tipos desde arriba.
A partir de allí, la organización fue creciendo geométricamente hasta llegar a cinco o seis mil compañeros movilizados. En ese momento y durante unos años, el FTC estuvo integrado por varias corrientes políticas, era un frente único de tendencias.
El 19 y 20 de diciembre, cuando cayó De la Rúa, había una marcha pactada entre varios movimientos. Pero al ver el quilombo que se había armado en el centro, la CCC (PCR) y la FTV (D’Elía) se volvieron a mitad de camino (en realidad, tenían la posición de que se trataba de algo parecido a “un golpe de estado”). El FTC, como otras organizaciones, se quedó y fue parte de los combates de la jornada.
A partir de allí fuimos parte de las luchas, la experiencia constructiva y también de los debates que se abrieron con la nueva situación entre las corrientes que tuvieron una política hacia el movimiento piquetero, y que trataremos de sintetizar aquí. Creemos que tomar este ángulo vale mil veces más que la chantada que llevan adelante corrientes como por ejemplo el PTS, que se dedica a hablar y tratar de pontificar y polemizar acerca de una experiencia de la cual nunca fue parte.
El programa: ¿trabajadores en lucha o administradores de la indigencia?
Nuestro partido se abocó a la construcción del FTC considerando que los desocupados eran parte de la clase trabajadora, solo que sin trabajo. Y que, por lo tanto, el centro de su programa debía ser la vuelta al trabajo genuino asalariado.
En realidad, todas las agrupaciones de desocupados se declaraban parte de la clase trabajadora. Las palabras “obrero”, “trabajadores” o “clasista” figuraban en casi todas las banderas. Pero muchas corrientes hacían una especie de “inversión de la prueba”: como nos declaramos parte de la clase obrera, cualquier cosa que hagamos es clasista. El Partido Obrero llevó esta inversión a su máximo refinamiento: decidieron que el movimiento piquetero no era una parte más de la clase obrera, sino su vanguardia; más aún, que se había configurado un nuevo sujeto social, el “sujeto piquetero”, que en adelante realizaría el papel de la clase obrera en la lucha de clases y en la revolución. Aunque formalmente el Polo Obrero mantenía la bandera de trabajo genuino, toda su lucha se orientaba a conseguir más planes sociales, más alimentos y más subsidios para extender y fortalecer al “sujeto piquetero”.
Las corrientes autonomistas, la más importante de las cuales fue el MTD Aníbal Verón, se orientaban hacia la formación de microemprendimientos y cooperativas. Como esta era la política preferida del imperialismo en cuanto al destino de la ayuda social, estos movimientos recibieron mucho dinero de Estados y oenegés europeos, y esto les permitió montar gran cantidad de microempresas e incluso llegar a fantasear con un “mercado piquetero” donde sus cooperativas intercambiaran productos al margen del mercado capitalista.
Por supuesto, el sueño terminó en cuanto la ayuda externa se suspendió, porque nunca pasaron de ser emprendimientos pobrísimos, de bajísima productividad, sin mercado donde colocar sus productos, sostenidos artificialmente por subsidios que organizaciones de países imperialistas otorgaban por una razón política ultrarreaccionaria: “contener” a un sector social que estaba poniendo en jaque al sistema con su rebelión. Hubo dirigentes del MTD que llegaron a pasearse del brazo de un funcionario del Banco Mundial, que vino a visitarlos encantado con sus huertas comunitarias. Hay que decir que esta barbaridad provocó la primera ruptura importante en ese movimiento; pero a pesar de los pruritos anticapitalistas que en ese momento mantenían algunos de ellos, este tipo de organizaciones fueron las que más expuestas estuvieron a la cooptación: los dirigentes del MTD hoy son kirchneristas (o forman parte del FPDS, organización semi “independiente” filo kirchnerista y dependiente del chavismo).
Toda la política hacia el movimiento de desocupados que tuvieron los Estados y oenegés burgueses, tendió justamente a aislarlos de la clase obrera ocupada, hacerles abandonar el objetivo de volver al trabajo asalariado, e imponer una noción de “inclusión” limitada a no morirse de hambre en el corto plazo.
Por eso, en vez de convertir la necesidad inmediata de planes sociales en estrategia permanente, había que luchar por trabajo genuino. En el FTC rechazamos los microemprendimientos (aunque algunas pocas de nuestras asambleas los llevaron adelante, cosa que la dirección aceptó como parte de la democracia interna). Nos movilizábamos a empresas, sobre todo a las privatizadas como el ferrocarril, cortando las boleterías y marchando en reclamo de puestos de trabajo. También peleábamos por meter compañeros en las obras públicas como asalariados, no formando cooperativas que se hicieran cargo de una obra (cosa que, por ejemplo, fue la principal actividad de la CCC). Otras agrupaciones también lucharon por puestos de trabajo en el ferrocarril, como la CUBA y otras más pequeñas, pero de las más grandes como el Polo, el MTD o la CCC, ninguna otra se dedicó centralmente a la lucha por puestos de trabajo. Esto fue una lástima, porque en esta simple pelea había un embrión de lo que después fue el proceso de recomposición de los trabajadores: tanto la UF como la UOCRA lucharon a brazo partido para que ni un piquetero entrara a una obra o al ferrocarril. Fernández, el segundo de Pedraza, hoy preso por el crimen de Mariano, explicaba abiertamente su postura: “No podemos dejar entrar gente que nos va a hacer oposición”. Pero a costa de pelea se les “colaron” unos cuantos, que años después estuvieron entre los que llevaron adelante la gran lucha de los tercerizados del FFCC por el pase a planta.
También levantamos en nuestro programa la reducción de la jornada laboral para que todos podamos trabajar, consigna que concretamos en el apoyo activo y masivo a la lucha del subte por recuperar la jornada de seis horas. Muchos recordaran la bandera por las 6 horas de trabajo que presidió durante mucho tiempo las grandes columnas del FTC.
Obviamente que igual que todos, peleábamos por mantener y extender los planes sociales y alimentos que venían del Estado, porque si no los compañeros se hubieran muerto de hambre; esto era inevitable. Pero el gran problema era qué salida tenían los desocupados, y nosotros no veíamos más salida estratégica que luchar por ser parte orgánica de la clase, intentando volver al trabajo.
La unidad de clase
Otra pata de lo que en el FTC entendíamos por clasismo, era la unidad de ocupados y desocupados, que se concretaba en el apoyo del movimiento a los conflictos obreros. Esta discusión era la más difícil de todas. Los compañeros decían: ¿por qué yo, que no tengo nada, voy a ayudar a unos tipos que por lo menos tienen un sueldo? Y para colmo, los ocupados en esos años venían todavía de más atrás, los conflictos eran duros pero no masivos como sí lo era el movimiento piquetero.
Así que ni siquiera podíamos esperar un “ida y vuelta” en la solidaridad. De hecho, incluso en lugares donde fuimos a apoyar, como en el subte, muchos trabajadores salían corriendo (literalmente) cuando aparecían los piqueteros, tales eran las inercias en una clase obrera que recién despertaba de las brumas de la derrota neoliberal.
Si dábamos la pelea por la unidad de clase a pesar de todo esto, era porque teníamos la firme convicción, a diferencia del PO, de que el movimiento piquetero no podía ser un fin en sí mismo; tenía que servir como un puente o “vehículo” para llevar a la clase trabajadora ocupada la experiencia de lucha de los desocupados, ayudarlos a salir a ellos mismos a la pelea, y ganar a los mejores activistas para un proyecto clasista y socialista.
Cuando hubo que ir a parar el desalojo de Bruckman, por ejemplo, discutimos dos cosas dentro del FTC: que teníamos que defender a ese pequeño grupo de trabajadores porque esa fábrica recuperada era uno de los símbolos del Argentinazo representativo de los medios de producción en manos de los trabajadores; que la represión iba a ser durísima, así que no tenía que venir nadie que no estuviera dispuesto a bancarse los gases y los golpes a conciencia.
Pensamos que seríamos unos cientos nada más, pero vinieron como tres mil compañeros del FTC a pesar de los alertas de represión que habíamos hecho desde el partido, y pudimos armar una de las columnas más grandes y combativas de la jornada. Los dirigentes de los trabajadores de Brukman vinieron a muchas reuniones y plenarios del FTC a cambiar ideas sobre cómo seguir con su pelea para que no les quitaran la fábrica.
En la lucha del subte lo mismo: propusimos a todos los compañeros que vinieran, no sólo a “estar”, sino a volantear a los pasajeros y explicarles los motivos de la lucha de los trabajadores. Si no hubiera sido por el sectarismo escandaloso de la dirección del subte contra los movimientos y los partidos de izquierda, la unidad en esta lucha podía haber llegado lejos, porque al estar los trabajadores reclamando la reducción de la jornada, su triunfo significaba muchos puestos de trabajo libres. El interés mutuo era inmediato, no sólo estratégico. “Trabajar menos horas para trabajar todos” decía la bandera del FTC, y esta era (y sigue siendo) la única salida posible para resolver definitivamente el problema de la desocupación.
Por eso tratamos de que esta lucha del subte no quedara “bajo tierra” y sirviera para aglutinar a la vanguardia obrera y social que estaba luchando, y les propusimos a los delegados del subte que llamaran a la formación de una tendencia clasista (atención que siempre vimos que las perspectivas estratégicas debían ser asumidas y tener centralidad desde los contingentes de trabajadores ocupados y no desde los desocupados). Los delegados del subte no quisieron dar ese paso. Más tarde formaron su propio sindicato, pero finalmente su mayoría terminó refugiándose bajo el ala del gobierno en la CTA-Yasky.
La gran lucha del Garrahan también estuvo muy discutida en el FTC, porque el gobierno K acusaba a los trabajadores de abandonar a los chicos enfermos y eso había pegado en un sector. Llegamos al hospital en plena discusión entre grupos de compañeros, el debate siguió fuerte e incluso un grupo se fue. Pero la mayoría se quedó, y estuvo en la puerta y en las marchas del Garrahan todas las veces que hizo falta. También fuimos con todo a la lucha del Hospital Francés, Firestone y acampamos varios meses en la puerta del frigorífico Ecocarnes, porque la patronal había despedido a los delegados clasistas elegidos por la base, pelea que ganamos logrando la reincorporación de los delegados y su reconocimiento por parte de la patronal. Además de que, hasta el día de hoy, el FTC dona alimentos a cuanto fondo de huelga se arme.
La pelea por la unidad de clase fue la principal razón de que nos echaran del Bloque Piquetero del que habíamos sido cofundadores. En todas las Asambleas Nacionales del Bloque planteábamos dos cosas: que el programa de los desocupados tenía que ser trabajo genuino asalariado (el programa de lucha concreta, no sólo en los papeles) y que la asamblea del Bloque tenía que llamar a los ocupados a integrarse. En la tercera Asamblea logramos que muchos sectores (como el MTL y otros que votaron divididos) se inclinaran por nuestra propuesta de unidad con la vanguardia ocupada que comenzaba a luchar. Pero el Polo Obrero, en vez de abrir las Asambleas a los ocupados, las abrió al MTD, al MIJD y a Barrios de Pie, que no tenían ningún interés en la unidad con los ocupados y preferían mantener el “corporativismo” piquetero. Así que decidimos no participar más de unas asambleas que iban en sentido contrario a la unidad de la clase trabajadora, lo expresamos públicamente, y nos expulsaron del Bloque.
Esta posición del partido aceleró también la ruptura del FTC, ya que los compañeros del PRS, que dirigían una gran cantidad de asambleas, estuvieron en contra y decidieron seguir participando de las Asambleas Nacionales.
La pelea por la autodeterminación
Los otros movimientos también apoyaban los conflictos obreros, pero mandaban a los dirigentes o alguna delegación simbólica. Algunas agrupaciones pequeñas, como la UTDOCh, también participaban con todo en los conflictos obreros, pero de los movimientos más grandes, el FTC era el que se movilizaba entero, y eso significaba miles de tipos en la puerta de una empresa en conflicto. Las demás agrupaciones nos decían que nuestra organización debía de ser tremendamente burocrática, ya que obligábamos a los compañeros a movilizarse por luchas “de otros”.
En verdad ocurría lo contrario. El FTC debía de ser la organización con el régimen interno más laxo de las que surgieron en esos tiempos. Incluso estuvimos varios años resistiendo sin darle de baja a nadie de los planes sociales que administrábamos [1], por más que se fueran del movimiento, así que las herramientas de “presión interna” que teníamos eran bastante más “flacas” que las usuales en el movimiento piquetero en general, que eran básicamente “al que no viene a las marchas le damos de baja”.
Pero acá intervenía otro aspecto del clasismo: desde el partido peleamos para que el reparto de lo que conseguía el FTC tuviera en cuenta la necesidad de cada uno (por ejemplo la cantidad de hijos o el estado de salud) y no sólo su participación en la lucha; peleamos para que los punteros desplazados del PJ que se metían a piqueteros, algunos de los cuales entraron al FTC, no les robaran los alimentos a la gente de sus asambleas (echamos a muchos a patadas); peleamos para que el movimiento castigara a los golpeadores y protegiera a las mujeres, para solucionar problemas individuales de vivienda o de salud, para que las mujeres dieran un paso de independencia en su vida, y convencimos a muchas de que nos acompañaran a los ENM. Llegamos a volantear nuestra propia columna informando la cantidad de alimentos que le tocaba a cada uno ese mes, porque siempre había algún delegado quedándose con “propina”. Tratamos también de conformar organismos de dirección del movimiento donde los militantes del partido fueran minoría.
Pero lo cierto es que, aunque hubo “momentos” de real autodeterminación, sobre todo en la primera etapa cuando el apogeo del Argentinazo, de conjunto el movimiento piquetero fue demasiado dependiente de los partidos que dirigían cada agrupación. No llegó a despuntar una vanguardia capaz de hacerse cargo de modo realmente autónomo de la administración y dirección de los movimientos. Entiéndase bien esto: no estamos lamentando que el movimiento se ligara a los partidos. Pero la función de los partidos en este caso fue mucho más lejos de la que les es “natural”, a saber, ofrecer una dirección política a un movimiento de masas.
Los partidos, o, en nuestro caso, militantes del partido volcados al movimiento con bastante autonomía, terminaron siendo la única dirección real en prácticamente todos los aspectos de la vida del movimiento; para las decisiones más mínimas los compañeros recurrían a los compañeros del partido, porque no había surgido de entre ellos una dirección confiable que los unificara.
Y atención que a pesar de lo anterior, nuestro partido jamás tocó un centavo ni un plan del FTC para beneficiar algún militante partidario (ni uno solo, nunca), dinero y planes que fueron administrados de manera autónoma por el movimiento; esto, independientemente que el partido diera pelea por sus criterios y que militantes del partido obviamente cumplieran un rol de enorme importancia dentro del FTC.
Es decir, nos enorgullecemos que a pesar de las enormes presiones existentes, se mantuviera a lo largo de casi toda la experiencia una estricta delimitación entre el partido y el movimiento, circunstancia visible y muy diferente a la de otras experiencias como la del PO y ni hablar del MST, cuyo partido prácticamente se disolvió en el movimiento y este, a su vez, fuera completamente cooptado por su dirección.
Por todo lo anterior, en un momento decidimos que desde el partido no íbamos a sostener artificialmente al movimiento, no íbamos a suplantar a los compañeros, lo que también fue visible en cómo bajó la cantidad de compañeros organizados en el movimiento. Con el aumento del empleo de la era pos argentinazo, los compañeros con más iniciativa y más posibilidades entraron a trabajar; los que no, accedieron en gran parte al nuevo plan K de 1.300 pesos. Al no depender ya del movimiento para sobrevivir, algunos siguieron organizados en el FTC a pesar de todo, dando un salto en su comprensión política y aunque no quieran ser militantes en todo el sentido de la palabra, sí quieren acompañar al partido en las marchas, en las campañas electorales y en las actividades del movimiento de mujeres.
Son estos compañeros y compañeras las que sostienen hoy la “pequeña FTC” y los que seguramente cumplirán un papel de importancia en la medida que la crisis que se avecine en el 2012 vuelva a golpear la puerta en muchas casas y surjan nuevos sectores que se quieran organizar.
Notas finales
A diez años del Argentinazo, en la tele se habla mucho del cacerolazo de la clase media, y casi nada del movimiento piquetero, que sin embargo fue mucho más extendido, combativo y organizado que las asambleas populares de la clase media, y en varias provincias llegó a librar verdaderas batallas campales contra la policía, con un saldo de muertes que nunca se terminaron de contar del todo, constituyéndose en un factor completamente decisivo en el proceso de rebelión popular.
Otro de los aspectos revolucionarios del movimiento piquetero (sino, el más revolucionario, y el que sentó una experiencia en ese sentido estratégica) fue que los trabajadores ocupados que comenzaban a luchar, en lugar de tener en la puerta grupos de desocupados que vinieran a romperles la cabeza pagados por los patrones, que es lo que suele pasar en momentos de gran desempleo, tuvieron a los desocupados de su lado, porque todos los movimientos, con más o menos dedicación, apoyaban sus luchas o al menos no jugaban del lado de la patronal y el gobierno, porque la mayoría estaban dirigidos por la izquierda.
Y el hecho es que muchos desocupados salvaron literalmente su vida construyendo movimientos, porque estos, además de la lucha, significaron una fuerte acción solidaria, desde conseguir medicamentos hasta asistir a enfermos y ancianos, desde ocupar viviendas para mujeres solas hasta ayudar a los nenes en su actividad escolar. Acciones de vida o muerte en una situación de descomposición social y total abandono de los más débiles. Sobre todo para las mujeres.
Hace unos días, en una marcha con el partido, una compañera del FTC, siempre muy calladita, nos sorprendió resumiendo la función que cumplió el movimiento en su historia personal: “Estoy estudiando porque quiero tener un trabajo mejor. Y sigo viniendo a las marchas con el partido porque me di cuenta por qué pelean ustedes. Yo siempre fui sumisa, nunca contestaba, todos me pasaban por encima; pero en el movimiento aprendí a pelear, a plantarme, y ahora puedo enfrentar a mi familia, ponerles los puntos a mis hijos… ”. Esto va para el imbécil feminismo oenegésico que quiere “empoderar” a las mujeres enseñándoles a tejer. Lo único que nos “empodera” a los explotados y oprimidos es la lucha colectiva contra los capitalistas.
En el nuevo MAS peleamos para que las nuevas organizaciones obreras, clasistas y combativas que ya comienzan a despuntar y seguramente crecerán al calor de la lucha contra esta nueva crisis, integren a su programa la lucha contra la desocupación, por el reparto de horas de trabajo, y que la nueva clase obrera aprenda a hacerse cargo no sólo de la lucha por su salario, sino también de la resolución de los gravísimos problemas sociales que la barbarie capitalista trae a la humanidad, excluyendo a millones de personas del trabajo y el consumo. Una clase obrera que intente resolver todos los problemas sociales, será capaz de vencer al capitalismo y guiar a la humanidad hacia una sociedad socialista, sin explotación, opresión ni exclusión.
Nota
1. Atención que los administraban compañeros y, sobre todo, compañeras del propio movimiento, nunca del partido, más allá que el partido tratara de convencer acerca de criterios generales.
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