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Debates estratégicos de cara al 2012
El legado del Argentinazo
y las tareas de la izquierda
Hace 10 años, el 19 y 20 de diciembre del 2001, un estallido social le ponía fin al gobierno de De la Rúa, y como parte de un proceso de rebeliones regionales, abría un período en el cual cambiaron las coordenadas sociales, económicas y políticas del país. Durante los primeros meses pos Argentinazo se multiplicaron los cortes de ruta y las puebladas, se expandieron los movimientos piqueteros y las asambleas populares y cobró fuerza la recuperación de pequeñas fábricas en proceso de cierre por parte de los trabajadores. El régimen político había quedado profundamente cuestionado, lo mismo que la Corte Suprema de Justicia, y se reclamaba en las calles por soluciones inmediatas a los problemas de millones, un cambio de rumbo para un país cuya desocupación y subocupación rozaba el 40%.
La Argentina venía siendo sometida a los dictámenes de EE.UU. y los organismos financieros internacionales desde el golpe de 1976; durante las décadas de los 80 y sobre todo de los 90, una creciente deuda externa, el vaciamiento del Estado, la privatización de las empresas públicas, la aplicación de la flexibilización laboral y el permanente cierre de fábricas, se impusieron como medidas mediante las cuales el neoliberalismo terminó haciendo estragos en la clase trabajadora argentina.
El Argentinazo fue una verdadera rebelión popular que torció ese rumbo y dejó una serie de lecciones, desafíos y potencialidades que entraron en el acervo de las experiencias de lucha más importantes de la clase obrera argentina en el último siglo.
En defensa del Argentinazo
Mucho se ha hablado en estos días acerca del décimo aniversario del Argentinazo. Lo cierto es que hay una serie de versiones intencionadas circulando que tienden a mostrarlo como un hecho “doloroso” o “caótico” dando la idea de que más que reivindicarlo habría que lamentarlo (o incluso “condenarlo”). No es casualidad que algunos de quienes más interesados están en impulsar este relato sean las propias huestes kirchneristas, con su discurso de que todo habría comenzado en el 2003 cuando asumió Kirchner.
En nuestra edición anterior señalábamos las razones de esta interpretación absolutamente caprichosa de la historia reciente del país. El hecho es que el kirchnerismo buscó las mil y una formas de “cabalgar” sobre la rebelión para reabsorberla desde arriba, cooptarla desde el Estado, escamotearla quitándole todo su contenido de radicalidad y devolver la estabilidad a las instituciones; es al servicio de estos objetivos que asumió un perfil “progresista” poco común en los gobiernos anteriores en el país.
Contra este sucio operativo, lo primero que hay que decir es que el Argentinazo fue una rebelión popular inmensamente progresiva que surgió a instancias de la lucha desde abajo por parte de los explotados y oprimidos: una acción histórica independiente de tal magnitud que hizo temblar a la clase capitalista, y que todo lo que de positivo ha habido en esta última década se debe a ella; así como todo lo negativo, limitado y frustrado se debe al kirchnerismo y a la acción de las demás fuerzas burguesas y burocráticas.
Una acción revolucionaria de masas que llegó a reclamar a voz en cuello “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo” y que por sus propios límites y debilidades estructurales no alcanzó a generar una salida propia de la clase trabajadora.
La astucia de los K fue saber leer la situación y hacer equilibrio en un país convulsionado haciéndole un enorme favor a la burguesía al sacarle “las papas del fuego”. Y como se montaron sobre la rebelión, pero para domarla y no para cumplir con los reclamos de fondo de las masas, como ya hemos señalado, es que ahora quieren vender la imagen del “caos”, porque ellos (los K) buscan mostrarse como los superhéroes que vinieron a “sacar a los argentinos del infierno”.
Otro de los discursos alrededor de los hechos de diciembre del 2001, es el de sectores de la burocracia, en este caso la CTA sojera. La conmemoración que hicieron Micheli y De Gennaro, auspiciada por ATE Capital, fue ridículamente llamada “a 10 años de la consulta popular”… No sólo no pone el eje en la rebelión popular (recordemos que tanto la CTA como la CCC-PCR se borraron y no fueron a Plaza de Mayo ese día), sino que defiende el papelón histórico de su convocatoria a un plebiscito nacional “por la justicia social” cuando días después las masas salieron a luchar cuerpo a cuerpo contra el gobierno de De la Rúa en las calles, demostrando que para ganar hay que pelear de verdad.
Por todo esto se hace importante reconocerle al Argentinazo el carácter revolucionario que realmente tuvo, y poner en su debido lugar a quienes estuvieron (y están) de uno y otro lado en la pelea; a quienes se jugaron, como nuestro partido, para que las experiencias surgidas de la rebelión popular no sólo triunfaran sino que se proyectaran como alternativa real con los trabajadores a la cabeza, y a quienes, desde la otra vereda, pusieron todo su aparato al servicio de contener, desviar o cooptar las luchas y a sus dirigentes, como fueron todas las ramas de la burocracia sindical (sean CGT o CTA de todo tipo y color), el PJ, el kirchnerismo, el radicalismo, etcétera.
Las expresiones de lucha en un país devastado
Los gobiernos de Alfonsín, Menem y De la Rúa continuaron, cada uno a su manera, con la profundización de los planes neoliberales ya delineados con la dictadura de Videla. La flexibilización laboral y las privatizaciones de las empresas públicas dejaron un tendal de gente sin trabajo, y pueblos enteros en la ruina, como Mosconi y Tartagal, que vivían de YPF, Ferrocarriles Argentinos, etc. Es por esto que la pueblada de Cutral Co en 1995 con piquetes en las rutas fue un aviso de lo que vendría luego: los años siguientes vieron un desarrollo colosal de los movimientos de trabajadores desocupados a lo largo y ancho del país, pero sobre todo en Salta, Jujuy y Buenos Aires.
Ya más profundizada la crisis, sobre todo a partir del 2001, frente a la catástrofe que significaba quedar sin trabajo y los cierres de fábricas que eran vaciadas por las patronales, comenzó como respuesta la ocupación de varias de ellas (sobre todo, medianas y pequeñas), puestas a producir por los propios trabajadores bajo la forma de cooperativas. Una medida que en un punto partía como defensiva, terminaba cuestionando en los hechos la propiedad privada.
Y al calor de las últimas medidas del tándem De la Rúa-Cavallo no sólo salieron a la pelea los ahorristas que veían confiscados sus ahorros de toda la vida, sino que amplios sectores de la clase media se plegaron a ese movimiento de lucha que echó en las calles a un gobierno que, siguiendo al pie de la letra los planes de Washington, hundía en la miseria a millones y profundizaba la crisis.
Estas expresiones: movimientos piqueteros, fábricas recuperadas y asambleas populares, canalizaron en parte los reclamos más sentidos y arrancaron, a través de la lucha, importantes conquistas (en esta misma edición hacemos un muy completo repaso de la experiencia del Frente de Trabajadores Combativos).
Pero aparte de lo que marcamos en estas páginas, más precisamente en la editorial del número pasado, sobre la política de cooptación que tuvo el kirchnerismo hacia varias de estas experiencias, gran parte del debate estratégico fue la necesidad del ingreso a la escena del movimiento obrero como sujeto social y político. Porque estos movimientos tenían, contradictoriamente, en su carácter, su propia limitación: peleaban contra los efectos más crudos de años de crisis, pero no llegaban a cuestionar de manera directa al núcleo del aparato productivo; no tenían puentes directos con la clase obrera ocupada.
Eso era justamente lo que había que construir: porque si estos movimientos peleaban cada uno por lo suyo, cosa que era necesaria y válida, pero en ausencia de un planteo más de conjunto que tendiera a unificar las experiencias de lucha buscando la entrada de la clase trabajadora como clase orgánica, esa efervescencia podía aplacarse sin aprovechar ese auge para consolidar una construcción estratégica.
En ese sentido, el FTC fue claramente una experiencia distinta dentro de los movimientos de trabajadores desocupados, porque de la mano del Nuevo MAS dio la pelea para avanzar hacia ese horizonte. Y lamentablemente las corrientes de la izquierda revolucionaria, como el PO y el PTS, o las que se han pasado al reformismo, como el MST, poco ayudaron al objetivo de buscar un programa común que tendiera a unificar a ocupados y desocupados. Cada una hizo la apología del sector donde tenía construcción propia, sin importarle la perspectiva del conjunto de la clase.
En esta fragmentación se apoyaron tanto Duhalde como más tarde Kirchner, que luego del intento derrotado por la movilización de quebrar a la vanguardia por la vía de la represión en junio del 2002 (los asesinatos de Kosteki y Santillán), cedieron todo lo necesario para enfriar la caldera, dando infinidad de concesiones. Y con el tiempo fueron favoreciendo materialmente a las corrientes conciliadoras o que colaboraban en la cooptación estatal de los movimientos, sacando a varios de las calles y sumándose varios dirigentes al proyecto burgués encabezado por los Kirchner (las filas del Movimiento Evita y tantos otros movimientos oficialistas están nutridas por ellos, y muchos son hoy funcionarios en municipalidades, gobiernos provinciales e incluso el nacional).
Es cierto que iba a ser muy difícil la entrada de la clase trabajadora en ese escenario, debido a su propia ubicación defensiva en ese momento (una clase obrera atemorizada por el terror al despido y los cierres de lugares de trabajo), a la fragmentación y encima teniendo a lo más duro de la burocracia sindical como chaleco de fuerza.
Pero una situación paradójica se terminó abriendo con el paso del tiempo: el gobierno logró cerrar en ese momento la rebelión popular, pero con la devaluación (léase la destrucción del salario) y empalmando con un ciclo económico favorable a nivel mundial, pudo reactivar parte de la economía, dando lugar a la entrada al trabajo de una nueva generación obrera, fenómeno que es la base material del proceso de recomposición en curso.
Porque para que el proceso general pegara un salto era indispensable la entrada de la clase trabajadora jugando un papel independiente; esto se ha dado de manera “diferida”, pero no por ello deja de preocupar a la clase dominante argentina, abriendo desafíos estratégicos para la izquierda revolucionaria.
La joya del Argentinazo
Como venimos señalando, a partir del 2003 se dio el proceso del ingreso de nuevas camadas de trabajadores jóvenes que le están cambiando la fisonomía a la clase trabajadora argentina. La recuperación económica permitió que se reabrieran o expandieran sectores de la producción industrial, y en el marco de un proceso general signado por relaciones de fuerza entre las clases que no son las de los 90 sino que siguen siendo todavía las abiertas por el Argentinazo, se combinaron fuerzas y potencialidades que abren nuevos desafíos para la izquierda revolucionaria.
Esta conjunción de elementos aparece como un gran problema para las patronales, el gobierno y la burocracia sindical, ya que a esta última la nueva generación obrera le empieza a hacer perforaciones en su dique de contención. Dique que todavía funciona, pero que podría verse desbordado si se desarrollan y profundizan las nuevas experiencias obreras tanto desde un punto de vista sindical como político: si esto sucediera podríamos estar frente al surgimiento de un nuevo clasismo.
Esta es la gran herencia, la joya del Argentinazo, una especie de diamante en bruto: la posibilidad de que el movimiento obrero talle como tal y de manera independiente en el escenario político, con esas características de lucha de acción directa, de autoorganización, y con la actitud de “ir al frente” cuando ve que hay mucho más para ganar que para perder.
En ese camino empiezan a haber puntos de referencia que son muy importantes: los trabajadores de Fate, los de la Línea 60, los ferroviarios, Kraft, y la lista sigue. Esto preocupa al gobierno K, y es por eso que tanto Cristina como la burocracia no sólo hablan pestes de la izquierda revolucionaria, sino que atacan permanentemente a quienes salen a luchar de manera consecuente.
Es que la izquierda en ese lugar, junto a los trabajadores que se organizan de manera independiente, puede jugar un papel clave y eso el kirchnerismo lo sabe, por eso pega tan duro. Y las huellas por donde pasa la izquierda se empiezan a marcar, porque donde los revolucionarios no tienen peso ni influencia, las tendencias a la cooptación tienden a ganar terreno, pero donde la izquierda sí logra influir, aunque sea con dificultades y distintas estrategias, la cosa se complica para la burocracia.
La nueva vanguardia obrera y la izquierda revolucionaria se necesitan mutuamente para que los desafíos abiertos por el Argentinazo suban un nuevo escalón. Es similar al ejemplo que Trotsky da en su prólogo de la Historia de la Revolución Rusa, cuando menciona que el partido y las masas son como la caldera y el vapor: sin caldera el vapor se disipa, y sin vapor, la caldera no funciona. Es por esto que la defensa de las experiencias independientes contra las tendencias a la cooptación que intentan meter permanentemente los Moyano, los Yasky, los “gordos” o los Micheli, hay que hacerla a brazo partido, porque cada uno con un distinto libreto conducen a lugares más o menos iguales: quieren llevar a la clase obrera como furgón de cola de distintos proyectos patronales. Y, al mismo tiempo, la construcción partidaria en el movimiento obrero termina siendo clave para que ambos procesos se retroalimenten.
En un año que va a estar cruzado por la muy posible profundización de la crisis capitalista mundial, y cuando el gobierno ya ha definido que la variable de ajuste va a ser el salario obrero, hay que estar preparados para enfrentar un año con duras luchas al tiempo que habrá que tallar para que la experiencia con el gobierno K sea canalizada por la izquierda. Y si Moyano se presenta como mediación en este camino e intenta posar de combativo, habrá un importante desafío que procesar junto a la vanguardia y el movimiento obrero, ayudando a aprovechar todo tipo de contradicciones entre los de arriba, pero para que intervengan los de abajo, con independencia política, no para ir detrás de uno o de otro.
La ley antiterrorista es un tiro por elevación hacia las luchas que vendrán
El kirchnerismo tuvo la habilidad de haber hecho pie al frente del gobierno cuando había una profunda crisis de legitimidad de las instituciones; pero la crisis global del sistema de partidos políticos que dejó sobre la mesa el Argentinazo todavía está lejos de resolverse. La que más ha sido restaurada es la figura presidencial; aunque también es un hecho que han cobrado mucha visibilidad los toma y daca que se dan en el ámbito parlamentario. En todo caso, el hecho es que Cristina aparece frente a las masas como un “gobierno de inclusión social”, lo cual generó simpatía, razón que explica la ratificación en el 54% de las últimas elecciones (y el intento de usar de modo bonapartista esa votación para hacer valer sus designios).
Pero hasta ahora el kirchnerismo no había mostrado su peor faceta, cosa que está comenzando a hacer con el presente giro copernicano al gorilismo más exacerbado. Parte de esto es la votación que está en curso de una nueva Ley Antiterrorista, que tiene un articulado tan general (se castiga a los que “intenten presionar a las autoridades”) que tranquilamente se puede aplicar a las luchas sociales. Frente a la crítica a esta ley, los diputados y senadores K han salido a decir que “no hay nada que temer, se trata de un gobierno que nunca desde el 2003 reprimió”. Pero si esto no es verdad, más tramposa es una justificación frente a una ley de la nación que consagra una represión eventualmente indiscriminada contra las luchas sociales, y que podría se aplicada por Cristina, Macri o cualquier gobierno que le sucediera.
En todo caso, los K siempre han sido, para cuidar los flancos, una de cal y una de arena. Su giro hacia la ortodoxia económica y la nueva ley antiterrorista se combinan con peleas “de bolsillo” contra algunos sectores patronales particulares colocados como “el enemigo” (como el Grupo Clarín entre otros), así como mediante la votación express no solamente de un presupuesto de ajuste económico y la señalada ley represiva, sino también con “galletitas” para el público progresista como una ley contra la extranjerización de las tierras… pero que no tiene efecto retroactivo (otra trampa más, porque el grueso de las tierras del país ya están repartidas).
En definitiva, el 2012 se vaticina como un año en el cual las duras luchas van a ser la tónica: el gobierno tiene el objetivo de imponerles condiciones más duras de explotación a los trabajadores, con paritarias a la baja en el marco de una crisis mundial que empeora día a día, y los trabajadores no se van a dejar arrebatar así porque sí lo conquistado.
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