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Socialismo o Barbarie, periódico nº 215, 27/12/11

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20 de diciembre del 2011,
de Congreso a Plaza de Mayo.
Levantemos una tribuna independiente
de la clase obrera

A diez años del Argentinazo

Por Editorial SoB 215

“Hace dos años, a raíz del avance de la izquierda en los gremios, usted dijo que ‘la zurda está aprovechando lo que no pudo hacer en sus mejores momentos porque el peronismo no se lo permitió’. ¿Sigue pensando lo mismo? Sí, seguro. En el mundo va por otro lado, pero hoy la zurda acá parece que fuera libremente, hace lo que quiere”. (Reportaje a Oscar Lescano, histórico dirigente de Luz y Fuerza, en La Nación, 4 de diciembre del 2011)

Una década ha pasado desde las jornadas revolucionarias del 19 y 20 de diciembre del 2001. La emergencia de un movimiento popular espontáneo de los explotados y oprimidos colocaba sobre la palestra el cuestionamiento más profundo a la Argentina capitalista que se producía en el país desde el Cordobazo de finales de los años de 1960. Los movimientos de desocupados combativos, las asambleas populares y las fábricas recuperadas, configuraban un movimiento social que aportó enseñanzas estratégicas a la experiencia histórica de la clase obrera argentina. Una experiencia que andando los años, ha “reencarnado” en el proceso más revolucionario que se vive hoy entre los de abajo: la emergencia de una nueva generación obrera que cuestiona, de manera creciente, el monopolio de su representación por parte de la burocracia sindical, un todavía incipiente “nuevo clasismo”.  
Es precisamente este nuevo clasismo el que se dará cita el próximo 20 en Plaza de Mayo. Un aniversario que ocurrirá en las condiciones donde el recientemente reelecto gobierno de Cristina Kirchner ensaya un giro hacia la derecha comenzando a descargar un ajuste económico, ajuste que no configura otra cosa que un ataque en regla al salario directo e indirecto de los trabajadores.
Mientras que la burocracia de la CGT parece estar sumiéndose en una crisis que la puede terminar dividiendo, debemos jugarnos a realizar una gran marcha y acto en Plaza de Mayo que muestren que en el país hay un “tercer actor”, independiente del gobierno, la burocracia y la oposición patronal en todas sus variantes: el proceso de emergente recomposición obrera sindical y política.  

De la rebelión popular a la recomposición obrera pasando por el kirchnerismo

De diez años a esta parte, a modo de “puente” entre esos días y los actuales, se intercaló el “fenómeno” del kirchnerismo. Se trata del personal político burgués que -como ya hemos señalado varias veces- mejor supo leer esos acontecimientos y se lanzó de lleno por la vía de una política de “reabsorción” de sus aristas más radicalizadas. ¿Qué significó esto? Simplemente, que supo cómo quitarle (a las demandas que emergían desde abajo) sus costados más cuestionadores, haciéndolas “pasivas” en el sentido de “resolver” desde arriba –y estrictamente en los marcos del sistema- las mismas, de paso “estatizando” parte de la flor y nata de esos mismos movimientos de lucha.
Hizo esto recreando una suerte de adelgazado “reformismo”. Reformismo que en las últimas décadas había parecido quedar en “la noche de los tiempos”… pero que siempre vuelve a emerger cuando a los capitalistas los apreta realmente la lucha de clases, tal cual se ha podido observar en varios países latinoamericanos esta última década (Venezuela, Bolivia, etcétera).
Creando empleo súper-explotado por el expediente de la devaluación duhaldista, respondió al dramático problema del desempleo de masas, al tiempo que “adscribió” al Estado casi todo lo que de sustancial quedaba del movimiento piquetero. Transformando en inestables cooperativas la generalidad de las empresas recuperadas [1], las puso a competir en el mercado capitalista y cristalizó su eventual desarrollo ulterior (que podía apuntar a cuestionar el capitalismo) por una equivocada vía puramente “economicista”. Y a los reclamos de “radicalización democrática” (que emergieron con el “Que se vayan todos” de las asambleas populares), les administró una “medicina progresista” concientemente estrecha, desplazando el enfoque del cuestionamiento: de las instituciones de la democracia capitalista a una relegitimación de estas mismas instituciones por el expediente de volver a colocar en la agenda el castigo de algunas de las figuras más emblemáticas de la dictadura del 76.
Sin embargo, no todas han sido “rosas” para la obra de estabilización del kirchnerismo. El hecho es que no ha tenido igual éxito con respecto a lo más estratégico que dejó colocada la “semilla” del cuestionamiento de diez años atrás: el hecho que la rebelión popular haya llegado a las entrañas de la clase obrera argentina. Sobre la base de una recuperación material, como subproducto del crecimiento económico; y de la emergencia de la nueva generación que entró a trabajar, la realidad es que comenzó a ponerse de pie una amplia vanguardia obrera que viene cuestionando la dominación de la burocracia sindical en los lugares de trabajo. De ahí que sea tema de conversación permanente entre burócratas, empresarios y gobierno que “la zurda se haya metido en las comisiones internas” (tal como citamos al comienzo de esta editorial).
Es precisamente esta “zurda” que comienza a hacer pie entre porciones de amplia vanguardia de la clase obrera argentina, la herencia más profunda, estratégica y revolucionaria del Argentinazo, y proceso al cual hay que apostar todo en la perspectiva de avanzar en una transformación obrera y socialista del país.   

“Bonapartismo con faldas”

Hace varias décadas ya, el gran historiador marxista revolucionario, Milcíades Peña, caracterizaba a Eva Perón como una suerte de figura “bonapartista con faldas”. ¿Qué quería decir con esto? Simplemente que Eva y Juan Domingo Perón eran figuras que se colocaban aparentemente por encima de las clases sociales dando concesiones a los sectores populares para evitar que desbordaran con sus luchas los marcos del capitalismo de aquellos años, al mismo tiempo que usaban estas mismas concesiones para liquidar todo lo que de independencia pudiera haber en las acciones de los trabajadores. Esta ubicación se ha llamado habitualmente en el marxismo “bonapartismo” y como la que encaraba las tareas más sucias de la persecución a la vanguardia bajo el primer peronismo era precisamente “Evita”, entonces Peña le agregó las “faldas” a la categoría [2].    
De la segunda mitad de siglo XX a esta parte, obviamente que muchas cosas han cambiado. El nuevo bonapartismo light con faldas de Cristina (y Néstor) tuvo mucho menos que ofrecer, aunque “alcanzó” para estabilizar la situación, porque ante el derrumbe que significó la década del 90, cualquier mínima mejora fue visualizada por los sectores populares como “el mejor de los mundos”.
Sin embargo, la crisis económica que atenaza hoy al mundo parece estar llegando a nuestras orillas para poner las cosas en su lugar. Mientras que los “gestos de autoridad” de Cristina se multiplican, De Vido y Boudou no pasan un día sin anunciar nuevas medidas de ajuste económico (aunque todavía la mayoría de la población no está del todo conciente del carácter de las mismas porque son vendidas como para afectar “solamente a los sectores pudientes”).
Si ya la inflación comienza a ser una señal de alerta, amplios sectores de votantes de Cristina se irán dando cuenta en los próximos meses que “algo no anda bien”. Esto ocurrirá cuando finalmente comiencen a llegar las facturas con la triplicación o cuatriplicación de los servicios; segundo, cuando el boleto de trenes, colectivos y subtes, también se multipliquen “exponencialmente”; y, tercero, cuando al mismo tiempo, gobierno, burócratas y empresarios, insistan que “hay cuidar los puestos de trabajo” (es decir, no reclamar por los salarios). 
Es esta realidad la que va a producir en 2012 un verdadero choque entre las expectativas de la población trabajadora y los hechos. Porque se votó a Cristina el 23 de octubre pensando que el país estaba “blindado”. Pero no solamente que esto de ninguna manera podía ser verdad, sino que Cristina se apresta a administrar una durísima medicina de la cual no dijo palabra en los larguísimos meses de la campaña electoral [3].
De ahí que en estas páginas vengamos insistiendo que el 2012 en nada se va a parecer al año que está terminando: será un año de crisis, contradicciones incrementadas y duros conflictos obreros.

La burocracia como “muro de contención” y la estrategia de la izquierda

Es esta misma realidad la que está desatando, aceleradamente al parecer, una crisis de importancia en el seno de la CGT. Ya durante el 2011 Cristina se encargó de ponerle estrictos límites a los reclamos de Moyano. En el fondo, lo que el gobierno viene diciendo en la materia, es que solamente el Ejecutivo es el que gobierna el país, que Cristina se acaba de alzar con el 54% de los votos, y, entonces, “no está dispuesta a compartir el poder con ninguna corporación [4]”: que las decisiones son de la Presidente y solamente de ella.  
Pero como trasfondo de esta crisis podría haber algo más. Es que Moyano parece haber quedado en cierto modo “descolocado” por el giro dado por el gobierno. El discurso permanente del kirchnerismo venía siendo el de la “profundización del modelo” [5]: pero ahora resulta que la susodicha “profundización” incluye ponerle un tope estricto a las paritarias del año que viene, y, al mismo tiempo, buscar una cabeza más “moderada” para la CGT.
Atención: no es que Moyano no le haya prestado preciosos servicios al capitalismo nacional. No solamente se cuidó de movilizar cuando las jornadas más calientes del 2001. A partir del 2004 se avanzó en el mecanismo de las paritarias solamente a modo de “institucionalizar” los reclamos obreros. Veamos todo esto con un poco más de detenimiento.
Sobre el primer aspecto señalemos que, precisamente, el déficit más grande del Argentinazo fue que los movimientos piqueteros, las asambleas populares y las fábricas recuperadas no lograron “conectar” con la clase obrera que permanecía ocupada.
Como digresión digamos que hubo una gran discusión de estrategias al respecto en la izquierda, y, en general, ninguna corriente (ni el MST, ni el PO, ni el PTS) tuvieron una orientación de “unidad de clase” como planteamos desde el Nuevo MAS [6]. Cada una tomó un “actor” de manera separada: sean las asambleas populares el primero, el movimiento piquetero el segundo y las fábricas recuperadas el tercero [7]. Desde el Nuevo MAS insistimos en una estrategia distinta: planteábamos la necesaria confluencia de estos movimientos de lucha en la perspectiva de establecer un vínculo, un “puente”, una “alianza” de los explotados y oprimidos que tuviera como eje la puesta en pie en el centro del proceso de la lucha a lo más granado de la clase obrera ocupada.
Pero, en todo caso, lo anterior tuvo que ver con el debate de estrategias en la izquierda, que no es la que dirigía –ni dirige todavía, obviamente- el núcleo central de la clase obrera argentina. En este terreno, toda la responsabilidad le cabe a las organizaciones sindicales que representaban la mayoría de los ocupados en aquel momento (y siguen haciéndolo, aunque más debilitados, hoy): las direcciones burocráticas de la CGT y la CTA. Ambas burocracias se dedicaron, totalmente a conciencia, a dejar fuera de la lucha a la clase obrera ocupada: ¡llegaron al ridículo de anunciar el paro general más corto de la historia: un minuto antes que renunciara De la Rúa, el 20 de diciembre del 2001, a las siete de la tarde!
Junto con lo anterior, decíamos que a partir del 2004 el kirchnerismo implantó el sistema de paritarias. Esto admite dos lecturas. Por un lado, las paritarias significaron un reconocimiento a la existencia de la clase trabajadora de alguna forma como “sujeto colectivo”, superando así la fragmentación del mecanismo de negociación, lugar por lugar, característico de la década del 90.
Pero, al mismo tiempo, al entregar la negociación paritaria solamente “a los sindicatos reconocidos legalmente”, la maniobra fue dejar el monopolio de la misma en manos de esta misma burocracia; la que año a año, si en algunos casos “amenaza” o incluso declara alguna “medida de fuerza”, termina siempre poniendo estrictos límites a toda lucha que desborde lo que ella misma pacta con empresarios y gobiernos, evitando en todos los casos una representación que sea votada en los lugares de trabajo.
Así las cosas, la burocracia sindical es una de las instituciones más importantes de la democracia de los ricos y haciendo honor a esto, ha actuado como un factor estabilizador de la “conflictividad social” todos estos últimos años posargentinazo.
Dicho lo anterior, esto no significa que en estos momentos no se esté viviendo una verdadera crisis del moyanismo con el gobierno. Mientras el propio Moyano amenaza con escalar en sus reclamos para el acto del Día del Camionero (15 de diciembre), un Pignarelli, nuevo jefe del SMATA (nombrado desde fuentes del oficialismo K como uno de los posibles “reemplazantes” de Moyano al frente de la CGT), ha dicho que estaría dispuesto a pactar “por abajo del 20% si es que se logra un pacto social con empresarios y el gobierno”…
Es decir, en el seno de la CGT parece haber una crisis real y habrá que ver, concretamente, cómo evoluciona la misma; porque esto hará también a las características de las luchas en el 2012.

Contra el ajuste económico K, la rebaja del salario y la persecución a los dirigentes obreros independientes

En todo caso, tenemos un gran desafío el próximo 20 de diciembre: llevar adelante una gran marcha y acto de las expresiones obreras independientes y de la izquierda; que se plante de frente contra el ajuste de Cristina, en reivindicación de la rebelión popular, contra el ataque al salario directo e indirecto de los trabajadores, y contra la persecución a los dirigentes obreros independientes. Un acto que se coloque de manera incondicional en el apoyo de las luchas obreras que vendrán en el 2012, dando pasos para avanzar en el proceso de recomposición obrera a partir de la realización de un Encuentro de Delegados de Base en marzo próximo. Y también, que busque la forma de constituirse como alternativa de izquierda ante un eventual desprestigio del kirchnerismo colocado más en evidencia como lo que realmente es: la carta más importante que ha tenido la burguesía en los últimos años para defender el capitalismo luego de la aguda crisis del 2001.
Desde el Nuevo MAS nos jugaremos a aportar una gran columna de nuestro partido para la jornada del 20 de diciembre: una columna juvenil, popular y con la representación de algunas de las más importantes experiencias obreras que han jalonado la lucha de clases de nuestro país en la última década. 

Notas
1. La excepción aquí es el caso de la ceramista Zanón, que no deja de ser una cooperativa (más allá del cúmulo de pavadas auto-proclamatorias dichas por el PTS al respecto), igualmente sometida que las demás a las leyes de la oferta y la demanda, pero que tiene el inmenso valor de ser una experiencia que se ha mantenido independiente en los últimos diez años.
2. Contra el “revival” de la fetichizacion de su figura en las filas K, pero también en sectores que se dicen trotskistas como el Partido Obrero, la realidad es justamente la que acabamos de señalar: la que tomó a su cargo las tareas más pérfidas de cooptar o perseguir a los mejores activistas obreros independientes en la segunda mitad de la década del 40, fue precisamente Eva Perón.
3. Recordemos que el FIT tampoco fue capaz de alertar acerca del ajuste que venía, más allá de que ahora el PO diga que “ellos lo habían alertado”… Y no fue capaz, sencillamente, porque su política se redujo a tratar de “meter diputados” enemistándose lo menos posible con los votantes de Cristina a los que se llamaba a cortar boleta por Pitrola.
4. En el léxico K, se llama corporaciones a los “poderes” no originados en las elecciones de la democracia de los ricos.
5. Recalde dice que el propio Néstor Kirchner es el que los alentó a presentar el proyecto de participación en las ganancias empresarias…
6. La Corriente Clasista y Combativa directamente se ausentó de las jornadas del 19 y 20 de diciembre con la excusa de que se trataba de un “golpe de Estado” al igual que lo hizo la CTA.
7. Recordemos que el PO nunca jamás fue capaz de plantear este puente reduciendo el programa real de los movimientos de desocupados a los Planes Trabajar. En el caso del PTS, no sólo no se dio ninguna política para los movimientos de desocupados, sino que se circunscribió a algunas fábricas recuperadas,  no teniendo tampoco una política de conjunto que partiera de la preocupación del ingreso a la lucha de la clase obrera con trabajo.