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Socialismo o Barbarie, periódico nº 215, 27/12/11

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Literatura y revolución

En desagravio a César Vallejo

Por Jorge Terracota

“En suma, no poseo / para expresar mi vida / sino mi muerte” (César Vallejo)
“El Vallejo que yo inventé”, se podría titular el artículo publicado en el último número de la revista El Aromo, órgano oficial del emprendimiento editorial Razón y Revolución. En éste sorprendemos a  Rosana López Rodríguez, autora de la nota, que usufructuando el estado de indefensión del poeta lo afilia compulsivamente al llamado “arte obrero”,” realismo socialista” o cualquier otro apelativo altisonante, que maquille  el tenebroso plan de exterminio de las vanguardias y de todo obstáculo en el camino de consolidación del estado burocrático y concentración del poder estalinista. Para esto la literata se vale del novedoso método del cortar y pegar antojadizamente frases  fuera de contexto, en un período limitado (1927-1931)  para al fin entregarnos la imagen suturada de un Vallejo más afín al personaje de Mary Shelley que al lírico conmovedor de los Poemas Humanos, resultado del período mas intenso y determinante de su vida, la revolución traicionada, la revolución española. “Quiero escribir, pero me sale espuma, Quiero decir muchísimo y me atollo;”… Tampoco puedo con las palabras, pues dejemos fluir la espuma:

El poeta y su tiempo

César Vallejo fue un poeta de su tiempo. Como todos los artistas de la época, el impacto de la más grande revolución que llevó adelante la humanidad lo subyugó (hasta artistas insospechados de actividades comunistas como Borges le escribió poemas a la Revolución rusa, los discretamente desaparecidos Salmos Rojos). No es de extrañar, pues, que en algún momento, debido a las circunstancias históricas en que se desarrolló su vida, haya considerado privilegiar la lucha económica, aunque nunca abandona la subjetividad, que retoma con fuerza en sus últimas creaciones, así como la búsqueda estética de un auténtico artista. No nos extraña que a pesar de las dudas  que expresara al respecto, a pesar de que su obra contradice todos los postulados del realismo socialista, Vallejo haya podido hacer en algún momento un panegírico de lo que en su época se consideraba la defensa del socialismo real.
Pero la trayectoria de un artista no se puede definir por un momento de su obra, sobre todo cuando la intensidad y altura de la obra vallejiana se manifiesta en toda su dimensión durante el proceso de la Revolución  española. Vayamos entonces a los hechos.

La revolución traicionada

Como es sabido, Vallejo se adhiere al marxismo a partir de 1928, pero durante la guerra civil española su crisis ideológica  se expresa con toda claridad. En 1935, entre el 19 y el 24 de junio, se le invita a Vallejo (pero no como expositor) al I Congreso Internacional para la Defensa de la Cultura que se convoca en París. En ese Congreso las tesis fueron expuestas, entre otros, por los soviéticos Fiodor Panfiorov, Mijaíl Kolzov y Vladimir Kirschon. Este último define así el realismo socialista: “Nuestro método del realismo socialista hace posible plasmar los héroes del socialismo y sus obras. Las obras representarán la verdad inferior del caos capitalista. Representarán a los luchadores gloriosos contra el capitalismo.» Fiodor Panfiorov se hace la pregunta: “¿Y qué es el realismo socialista?”. Y responde: “El realismo socialista, dice el Estatuto de la Asociación Soviética de Escritores, que el método principal de la literatura artística y de la crítica literaria soviética, exige del artista una representación verídica e históricamente concreta de la realidad en su desarrollo revolucionario”  Estúpido esquema ideológico, dictados de tendencia partidarista que sojuzgan el arte. Es posible que Vallejo pudiera haberse enterado de la adopción por parte de los escritores rusos de la “escuela” del realismo socialista ya en 1934, y en París mismo. Voy a recordar dos notas que aparecen en su Carnet de 1934, que se incluye como uno de los apéndices de El arte y la revolución; libro editado recién en 1973. La primera nota, de la cual solamente reproduciré un párrafo, enfatiza:
Quien dice producto igual para todos (es decir un tipo de producto común a todos), dice un aspecto socialista de la vida social. Quien dice concurso o concurrencia de energías o brazos hacia un fin común, dice un aspecto socialista de la vida social. Pero... dos hombres empujan un carro, para llevarlo a un lugar cualquiera: el uno lo empuja valiéndose de un motor y el otro valiéndose de sus brazos (el primero va cruzado de brazos, vigilando únicamente el motor, mientras que el otro suda a chorros). ¿Es ésta una forma socialista de trabajo, porque hay aquí comunidad de fines y concurso de energías? ….”.
 Y agrega:
“No hay que engañar a la gente diciendo que lo único que hay en la obra de arte es lo económico. Hay que decir claramente que ese contenido de la obra es múltiple -económico, moral, sentimental, etc.- pero que en estos momentos es menester insistir sobre todo en lo económico, porque ahí reside la solución total del problema de la humanidad.” (Vallejo 1973:150-151)
Veamos otro texto donde Vallejo pone en tela de juicio los postulados estéticos de la ortodoxia comunista. Se titula: Las grandes lecciones culturales de la guerra española. Es un envío a la revista Repertorio Americano de San José de Costa Rica, que se publicó en marzo de 1937 y fue redactado en febrero del mismo año. Vallejo escribe:
Es pensando y construyendo, sin esperar milagros inmediatos fulminantes de su obra sobre la actualidad, y sí dotándola del máximun de fuerza y derechura espirituales necesarias a la interpretación social de lo
s problemas de la hora, como Rousseau, Hugo, Puchkin, Dostoiewsky, logran influir y encauzar el proceso ulterior de la historia. Y es que lo que importa, sobre todo al intelectual, es traducir las aspiraciones populares del modo más auténtico, cuidándose menos el efecto inmediato (no digo demagógico) de sus actos, más de su resonancia y eficacia en la dialéctica social, ya que ésta se burla, a la postre, de toda suerte de vallas, incluso las económicas, cuando un «salto» social está maduro. Pero hay más. Hasta puede el intelectual abstenerse de insurgirse -que no darse cuenta de las ignominias sociales circundantes- por actos políticos, tangibles, contra estas ignominias, si, de preferencia, crea una obra que, por su materia y el juego esencial de sus resortes humanos, lleva en su seno semillas y fermentos intrínsecamente revolucionarios. Tal Shakespeare, Goethe, Balzac, Miguel Ángel y otros”.
En el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que se llevó a cabo en julio de 1937, en Madrid, Vallejo pronunció un discurso tumultuoso, y quizá turbulento. En éste, por ejemplo, dice:
Creo, pues, necesario llamar la atención de los Escritores del Segundo Congreso Internacional Antifascista, diciéndoles que es necesario, no que el espíritu vaya a la materia, como diría cualquier escritor de la clase dominante, sino que es necesario que la materia se acerque al espíritu de la inteligencia, se acerque a ella horizontalmente, no verticalmente; esto es hombro a hombro.” (Vallejo 1987a: 445- 446.) . Al principio de su nota la autora menciona “el prejuicio existente en contra del realismo socialista”. Ningún prejuicio licenciada, la historia ha fallado contundente  condenando el gulag  intelectual que usted con pasión reivindica,  a  esta altura sólo nos resta decir: “a confesión de partes, relevo de pruebas”.

El desagravio

Mas allá  del contenido del parte médico, es en la tragedia española, obra capital del “socialismo real”, donde debemos encontrar las causas de la prematura muerte de Vallejo. De  esto resulta sorprendente que a esta altura del siglo XXI, a la luz de la experiencia de las revoluciones del siglo XX y a la vista de la nefasta labor de la burocracia estalinista para congelarlas y derrotarlas, haya todavía quienes defiendan su producción teórica, utilizando la obra de César Vallejo para justificar esta vergonzosa posición.
Por nuestra parte, concientes de que la influencia de la ideología estalinista, (que resultó hegemónica entre los artistas de izquierda del siglo XX , y aún proyecta su nefasta sombra entre aquellos compañeros artistas que dicen denostar a la burocracia) es un obstáculo  para el libre desarrollo del arte y de la conciencia de la clase obrera, nos encontramos empeñados en batallar sin concesiones contra todos los rastrojos  ideológicos  que hallamos en  el camino que nos lleve definitivamente a la liberación del arte, es decir, a la liberación de la humanidad.  El mejor homenaje que le podemos rendir al poeta es recordándolo como él recordaba en su poema  Pedro Rojas a sus camaradas caídos, con el puño en alto, de pie, ante su catafalco ensangrentado:

 

PEDRO ROJAS
SOLÍA ESCRIBIR CON su dedo grande en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre. Pedro y sus dos muertes.

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos compañeros pronto!

Palo en el que han colgado su madero,
lo han matado;
¡lo han matado al pie de su dedo grande!
¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con esta b del buitre en las entrañas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del mártir!
Registrándole, muerto, sorprendiéronle
en su cuerpo un gran cuerpo, para
el alma del mundo,
y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer
entre las criaturas de su carne, asear, pintar
la mesa y vivir dulcemente
en representación de todo el mundo.
Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,
despierto o bien cuando dormía, siempre,
cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.
¡Abisa a todos compañeros pronto!
¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

Lo han matado, obligándole a morir
a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquel
que nació muy niñín, mirando al cielo,
y que luego creció, se puso rojo
y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos.

Lo han matado suavemente
entre el cabello de su mujer, la Juana Vázquez,
a la hora del fuego, al año del balazo
y cuando andaba cerca ya de todo.

Pedro Rojas, así, después de muerto
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró por España
y volvió a escribir con el dedo en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.