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El Plan Estratégico Industrial
Un proyecto en el aire para una burguesía inexistente
Por Marcelo Yunes
El martes 4 se presentó con bombos y platillos el Plan Estratégico Industrial 2020 (PEI), que se propone una serie de objetivos que mezclan curiosamente los audaces con los timoratos. Entre los primeros están la duplicación del PBI industrial (de 70.000 a 140.000 millones de dólares) y del empleo industrial, ya que se propone crear 1,5 millones de puestos de trabajo, cuando en la actualidad no se llega a esa cifra. También apunta alto un superávit comercial global de 28.000 millones de dólares (160.000 millones de exportaciones contra 132.000 millones de importaciones; en 2010 las cifras fueron 68.500 y 56.400 millones respectivamente).
Ahora bien, resulta extrañamente modesto que con semejantes cifras de producción y comercio exterior se espera que para 2020 la inversión pase sólo del 24 al 28% del PBI, o que la relación del PBI industrial sobre el total aumente apenas del 20 al 24%. Y duplicar la cantidad de obreros ocupados, parece, sólo alcanzaría para bajar la desocupación del (dudoso) 7,5% actual al 5%. Por otra parte, aumentar un 130% las exportaciones para sustituir sólo un 45% de las importaciones no parece un logro supremo.
El anuncio del PEI, hecho desde la fábrica de motos Corven en Venado Tuerto, Santa Fe (¡ciudad que se conoce como “la capital de la soja”!) sirvió para reafirmar el discurso (ya que no la política) industrialista, a la vez que defender el rol del Estado (aunque no como empresario sino como “estratega”) y recibir el beneplácito del sector más pro K de la Unión Industrial.
¿Es que acaso Cristina y el kirchnerismo se han puesto la capa de superhéroes y se proponen dirigir realmente a la Argentina hacia su siempre postergada industrialización? ¿Se trata este PEI de una iniciativa estratégica que va a poner los cimientos de un nuevo capitalismo argentino, basado en la “agregación de valor” industrial y no en los commodities agrícolas? Hacerse la pregunta seriamente es responderla, atendiendo, entre otras cosas, no sólo a la trayectoria K sino a la de la burguesía argentina.
El plan traza objetivos en las siguientes “cadenas de valor” que representan el 80% del PBI industrial: alimentos, calzado y textiles, madera y papel, construcción, maquinaria agrícola, autos y autopartes, química y petroquímica, medicamentos, software y bienes de capital.
Lo primero que llama la atención del texto, de más de 230 páginas, es que las cifras propuestas de producción y empleo para 2020 rozan lo arbitrario. Desde el punto de vista metodológico, son poco más que una extrapolación de las cifras de crecimiento de la industria en el período 2002-2010. [1] Por supuesto, semejante operación da por sentados demasiados factores, en particular uno: el crecimiento y recuperación de la economía en su conjunto y de la industria en particular fueron posibles a partir de haber llegado a un piso de destrucción de valor tras cinco años de recesión, default y caída del 15% del producto bruto en un año (2002). A eso hay que agregar el ciclo favorable de precios de las exportaciones no industriales, producto entre otras razones, de la abundante liquidez internacional. Semejantes condiciones sencillamente no son replicables ni en el más entusiasta de los escenarios globales (y estamos muy lejos de eso).
Se enuncia una serie de “estrategias” de ayuda estatal, promoción de las inversiones y las exportaciones, estímulo a las pymes, etc., pero hay muy poca mención de instrumentos financieros y crediticios concretos, con lo que el PEI se parece más a una lista de buenas intenciones que a otra cosa.
Un punto sí queda claro, que hace a la innegable vocación capitalista del “modelo” kirchnerista y deja al desnudo cuál es el verdadero lugar que se tiene reservado a los trabajadores en él. Una de las vigas maestras del PEI es, sencillamente, el aumento de la productividad medida en valor agregado por trabajador empleado en la industria. Así, las metas propuestas para las “cadenas de valor” implican un aumento de la producción sistemáticamente mucho más alto que el del empleo. [2] Por otra parte, no se desarrolla cómo esa productividad se incrementará sin sudor obrero, es decir, por renovación tecnológica y/o aumento sustancial de la cualificación del trabajo.
La voluntad de “industrializar el agro y federalizar la industria” difícilmente pase de las intenciones: en ninguna parte del PEI se explica cómo es que se pasará de una matriz productiva y exportadora dependiente de los commodities agrícolas a la “industrialización”. Hoy, el 75% del valor exportado por el complejo agroindustrial está basado en commodities, y el 51% por la soja (Merino Soto, BAE, 7-10). Pero hay razones más profundas para el escepticismo.
La crisis mundial y la burguesía argentina
En el fondo, los principales obstáculos para el desarrollo industrial argentino (aun suponiendo que el PEI fuera un plan serio al respecto, de lo cual está muy lejos) son dos, uno estructural e interno y otro exógeno.
El interno es, por supuesto, el carácter de la burguesía argentina. En el papel del PEI, los capitalistas locales parecen de lo más virtuosos, sensibles a los estímulos crediticios y prestos a asociarse estratégicamente con el Estado. De más está recordar cuál ha sido el comportamiento histórico de la burguesía argentina: lejos de proponerse ningún objetivo estratégico de largo plazo en pos del desarrollo industrial y la integración económica y geográfica del país, sus objetivos han sido invariablemente de plazo y miras cortas. Hoy mismo, lejos de pensar en contribuir a la supuesta “industrialización”, el conjunto de la clase capitalista se dedica alegremente a la fuga de capitales y a especular con el tipo de cambio.
Las razones de esta conducta tan poco “nacional” ya fueron explicadas por Milcíades Peña, y tienen que ver, esencialmente, con el carácter mismo de la estructura capitalista dependiente del país, que reproduce como conducta burguesa “racional” una muy alejada del ciclo clásico de acumulación e inversión. [3] Más bien, la clase capitalista local ha medrado siempre al amparo de la protección estatal, los negociados con los gobiernos, la asociación con el capital imperialista y el aprovechamiento de los ciclos de precios internacionales favorables, sin horizonte estratégico de acumulación (ni políticas estatales que la promuevan). El resultado es lo que Peña llamó “seudoindustrialización”, con nichos productivos y competitivos (por lo general, en estrecha asociación con empresas imperialistas) pero escasa integración real de ramas industriales y una penosa configuración de infraestructura.
Un buen ejemplo de esta dinámica es la evolución industrial argentina desde 2002, tan ponderada por sus tasas de crecimiento. El 87% de aumento del nivel general incluye una suba pasmosa del 386% en automotores y autopartes [4], del 154% en minerales no metálicos y del 146% en metalmecánica (impulsado en parte por la rama automotriz). Pero incluso una rama muy atada al consumo como alimentos y bebidas creció por debajo del promedio (53%), las industrias metálicas básicas un 27% y la refinación de petróleo, sólo el 8%. Este último dato es ilustrativo de los problemas de infraestructura que el capitalismo argentino sigue siendo incapaz de superar. La justificación del kirchnerismo de que la restricción energética obedece al crecimiento es autoinculpatoria: ¿por qué ese crecimiento no incluye insumos tan básicos como la electricidad y los combustibles? De hecho, menos de una década de aumento continuo del PBI ha hecho desaparecer el autoabastecimiento en hidrocarburos y representa una de las amenazas al superávit comercial. Para no hablar del desarrollo de ramas clásicamente base de la industria, como la siderurgia, o de las redes de transporte.[5]
El otro gran obstáculo es la crisis mundial. Suena casi absurdo que, en momentos en que nadie se atreve a hacer pronósticos sobre cómo se las ingeniarán Argentina y América Latina para sobrellevar un 2012 de casi segura contracción comercial y financiera global, el gobierno argentino presente un plan de crecimiento industrial a 10 años que no da cuenta en lo más mínimo del contexto internacional, ni inmediato ni mediato. Al respecto, uno de los entusiastas sostenedores del PEI, el titular de la UIA José Ignacio de Mendiguren, dio al anuncio un toque de realismo al admitir que “si impacta la crisis, veremos qué altera del plan”.
Si hubiera podido ser completamente sincero, lo que debería haber dicho es “si impacta la crisis, habrá que ver qué queda del plan”...
Notas
1. En ese período se verificó un crecimiento del nivel general de la producción industrial del 87%, el valor agregado industrial pasó de 14.500 a 32.300 millones de dólares y los puestos de trabajo industriales subieron de 760.000 a 1.296.000, una suba del 71%. Sin embargo, el promedio global oculta diferencias muy serias de una rama a otra, como veremos.
2. Por ejemplo, en alimentos, para los sectores avícola, lácteo y porcino se prevén aumentos de la producción del 91,76 y 167%, respectivamente, pero el aumento del empleo en esos sectores sería sólo del 33, 38 y 136%. En la industria forestal, se estima un aumento del 140% en la producción y del 216% en las exportaciones, pero del 72% en empleos nuevos. En software, se espera que las ventas suban el 180% y las exportaciones un 348%, pero el empleo un 123%. En maquinaria agrícola el aumento esperado en la producción (364%) duplica al del empleo (167%). Sólo en construcción y automotores el aumento porcentual del empleo supera al de la producción.
3. Esta caracterización marxista que Peña trabajó a comienzos de los 60, pese al tiempo transcurrido, sigue siendo válida en lo esencial, en la medida en que, aun con todos los cambios producidos en la estructura económica argentina, no se ha modificado su inserción última en la división mundial del trabajo. En este sentido, las especulaciones sobre una reversión del secular deterioro de los términos de intercambio (o, en otro orden, sobre el “modelo industrial” kirchnerista) son apresuradas, impresionistas y extrapolan indebidamente una coyuntura a todo un período económico.
4. Como hemos señalado en otras oportunidades, esta hipertrofia del sector automotor es una típica manifestación de seudoindustrialización: implica un insostenible derroche de recursos de capital escasos en una actividad que no forma parte de la base industrial necesaria de un país. Tanto es así que en la actualidad se da la paradójica situación de que a mayor desarrollo de las terminales automotrices (todas extranjeras), mayor es el déficit comercial de esa rama industrial, que no puede sostenerse más que con insumos extranjeros.
5. El geógrafo marxista inglés David Harvey (BAE, 11-10) recordó en su reciente visita al país esa rémora tradicional del capitalismo argentino, que ya señalaran muchos otros, incluido Peña. Es absurdo e insostenible que un país cuya principal zona agrícola es una pampa chata transporte su producción en camiones y no en trenes, por dar el ejemplo más obvio.
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