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El nudo del debate político actual
es el futuro de la economía
La crisis mundial amenaza con desnudar los límites del “modelo K”
“Esto no es viento de cola, ni Quini 6”
(Cristina Kirchner, La Nación, 31-08-11).
Quince días han pasado del contundente triunfo kirchnerista en las primarias del 14. Electoralmente todo está más o menos en el mismo lugar. Alperovich, radical K, acaba de alzarse con un 70% en su segunda reelección en Tucumán. Mientras tanto, la oposición patronal sigue “catatónica”: no logra salir del desastre en el que quedó luego de la elección de hace dos domingos. Con la reelección de Cristina asegurada, la jornada del 23 de octubre se asemejará mucho más a una elección parlamentaria.
La verdadera discusión es la del día después
Pero hay un debate de importancia que se ha ido imponiendo: el del día después. Es decir, la economía que viene para el 2012. La circunstancia es que la recaída en la crisis que se vive mundialmente, sumada al peso de las crecientes inercias que viene acumulando el “modelo K”, auguran un próximo año más dificultoso que este casi “primaveral” 2011.
Esto mismo podría estarse preanunciando con el duro conflicto petrolero que despunta en la provincia de Santa Cruz, lugar desde donde han provenido los pocos conflictos de importancia este año (sin olvidar el de los estibadores portuarios de Rosario durante el verano).
De ahí que la foto políticamente más significativa de estos últimos días haya sido la de Cristina, Moyano, Yasky y los empresarios en el Consejo del Salario Mínimo, donde no solamente se fijó una cifra a gusto de estos últimos (una salario de 2.300 pesos que no llega ni a la mitad de la canasta familiar), sino que, más importante aún, se escenificó algo que el gobierno viene acariciando desde hace tiempo: la puesta en pie de un “pacto social” en el que, con la excusa de la crisis mundial, se llame a trabajadores y patrones a “tirar todos para el mismo lado” frenando “la puja distributiva” en función de “los intereses más elevados de la nación”. Lo que no quiere decir otra cosa que hacerles pagar a la clase obrera al menos parte o toda la cuenta de la crisis.
Es al servicio de alertar lo que se viene en el 2012 de la mano del gobierno K, y poniéndose a disposición de todas y cada una de las luchas en curso, debe colocar la izquierda revolucionaria el conjunto de su actividad en las próximas semanas, incluyendo la campaña electoral.
El “modelo K” frente a sus límites orgánicos
El deterioro del contexto mundial en el cual se desenvuelve la economía argentina ocurre cuando el “modelo K” no ha dejado de acumular problemas. Luego del 14, los empresarios han dado un giro en su enfoque, llamando ahora a introducir “mejoras en el modelo” más que a cambiarlo.
Problema uno: la escalada inflacionaria que erosiona la competitividad del país. Esta escalada ha venido siendo compensada mediante aumentos de salarios que hasta cierto punto han terminado desbordando los techos que los empresarios quisieron fijarles. La problemática marcada por las organizaciones patronales es que la cotización del dólar no ha acompañado el ritmo de aumento de los precios: la mano de obra y los precios de los productos se han encarecido en dólares reduciendo la competitividad (traducido, el nivel de superganancias empresarias) de la economía argentina.
Como compensación, ha estado el hecho que el debilitamiento del dólar a nivel mundial ha hecho que los precios de las materias primas se siguieran incrementando en términos dólar y que la enorme sobrevaluación de la moneda brasilera (el real), ha contribuido para que los costos de las exportaciones argentinas se mantengan relativamente bajos. Esta ventaja podría esfumarse si la cotización del real contra el dólar se corrigiera: “La fortaleza del real fue hasta ahora la clave de que los productos argentinos mantuvieran su competitividad frente a sus pares del país vecino. Por efecto de la inflación –que erosiona el poder adquisitivo del peso-, el tipo de cambio real de la Argentina ya es casi de 1 a 1 con respecto a Estados Unidos, pero sigue siendo favorable al país cuando se lo mide con Brasil, de 2 a 1” (La Nación, 28-08-11). En definitiva: inflación, salarios y tipo de cambio deberían ser sometidos a correcciones para enfrentar las dificultades señaladas.
Segundo problema: el altísimo nivel de subsidios a las empresas de servicios públicos. Es que como subproducto del estallido del 2001, el gobierno ha mantenido relativamente bajas las tarifas, transporte incluido. Los subsidios a las empresas que prestan estos servicios han alcanzado cifras varias veces millonarias (la friolera de unos 70.000 millones de pesos para este año) difíciles de sostener en unas condiciones donde, a la vez, prácticamente han desaparecido los superávits gemelos (fiscal y comercial) de años atrás. Pero el problema está en que reducir estos subsidios significaría, lisa y llanamente, un enorme aumento de las tarifas; tarifas subsidiadas que han contribuido, en cierta medida, a la relativa recuperación –o sostenimiento- del salario en los últimos años y, obviamente, su eliminación, no caería nada bien entre la población trabajadora, amén de multiplicar exponencialmente la escalada inflacionaria.
Un tercer problema ligado al anterior: la deficitaria provisión de energía. El país viene atravesado por una creciente crisis energética. Entre los productos energéticos que el país exporta y los que importa se ha llegado, por primera vez, al déficit, y este déficit amenaza con seguir creciendo. Las bajas tarifas han conspirado contra las inversiones en petróleo y gas, y una cantidad creciente de sus derivados han debido ser importados a precios internacionales, lo que también configura un creciente problema para el fisco y la balanza de pagos.
Cuarto problema, más general: la inversión no es suficiente para mantener el actual nivel de producción y demanda, aun cuando se haya recuperado desde una bajísima tasa a comienzos de los años 2000 al 22.5% del PBI actual. La utilización de la capacidad instalada de las empresas –más allá de desigualdades por rama de actividad- se está acercando al tope, y también conspira contra la competitividad el hecho que la ausencia de inversiones suficientes hacen que la dotación de capital fijo (máquinas y equipos), en muchos casos, tenga un atraso respecto de la tónica mundial, de 20 ó 30 años.
Los empresarios justifican el déficit inversor en que “el clima de negocios no es el más favorable”, en que sigue habiendo “temores” por un posible nuevo “manotazo” de “alguna caja”. A esto hay que agregarle el persistente fenómeno de la fuga de divisas: los capitalistas se embolsan inmensas ganancias en dólares, pero sacan estos dólares al exterior en la búsqueda de “refugios” más seguros en vez de invertirlos en el país. En los últimos cuatro años la fuga de capitales ha alcanzado la nada reducida cifra de 70.000 millones de dólares mientras que las reservas del BCRA están clavadas –ya hace tiempo- en los 50.000 millones.
Quinto problema. A los inconvenientes anteriores se le agrega uno bien “macro”. El economista estrella del gobierno, Joseph Stiglitz, recientemente ha puesto el dedo en la llaga. Ha señalado que la Argentina tiene una “debilidad estructural” que podría afectarla fuertemente ante una recaída económica mundial: su excesiva dependencia de la producción de materias primas. Ha señalado que no puede haber país sólido con ese nivel de dependencia de las exportaciones de commodities: “Hay un riesgo de una desaceleración en China, lo cual desacelerará el precio de las materias primas, del cual la Argentina es muy dependiente. Por lo tanto, debería diversificar su economía, algo que no se hace de la noche a la mañana” (La Nación, 27-08-11).
Se trata, ni qué decirlo, de un problema estructural que el kirchnerismo –y su bendito “modelo”- no han modificado un ápice en sus ocho años de gobierno: la inserción dependiente y subordinada de una argentina relativamente primarizada en la economía mundial, eterno problema que refleja una cuestión de fondo que no podrá revolver ninguno de los relatos “épicos” del progresismo K: la ausencia de una burguesía nacional con vocación real de desarrollo integral de las fuerzas productivas nacionales. Como señalara León Trotsky siete décadas atrás (y ha sido confirmado por toda la experiencia histórica), en las naciones dependientes como la nuestra, esa tarea corresponde a la clase obrera y a nadie más.
El ajuste que viene
Como venimos señalando, acerca de los problemas acumulados por el modelo K hay bastante consenso entre todos los economistas, sean del color que sean. También hay consenso acerca de que el 2012 va a ser un año más difícil para la economía argentina. La gran pregunta es: ¿qué curso tomará el gobierno frente a esta realidad?
A decir verdad, Cristina ha hablado poco y nada durante la campaña de esta crucial cuestión (es decir, acerca de qué medidas tomará luego del 23). Solamente se ha dedicado a resaltar las “bondades” de la economía argentina en relación al derrumbe mundial. Es ese contraste lo que le ha permitido encaramarse en el 50% más uno de los votos.
Pero luego del 23 llegará la hora de la verdad. Es ahí donde se coloca el problema de qué rumbo tomará el gobierno. De entre la nebulosa en que se han dejado –conscientemente- las cosas, hay una pista de importancia que se acaba de revelar en oportunidad de la negociación para fijar el nuevo piso del salario mínimo: el gobierno pretende que en el 2012 la negociación salarial sea a la baja. Es decir, pretende poner un piso mucho menor a los porcentajes que se vienen negociando en los últimos años. La Presidenta “no quiere excesos en los aumentos, porque hay que actuar con seriedad y responsabilidad’, dejó trascender a los medios un alto funcionario, señalando que se estaba hablando bien por debajo del 20%.
El gobierno debe responder a la preocupación que viene manifestándose desde las filas empresarias: la “pérdida de competitividad” de la economía argentina. Para resolverla, tiene un arsenal limitado de alternativas, dadas las señaladas “inercias” que viene acumulando la economía. Por ejemplo, en condiciones de escalada inflacionaria, no quiere devaluar el dólar más de la cuenta porque eso tiraría más para arriba los precios alimentando la “puja distributiva” en vez de aplacarla. Tampoco puede seguir confiando en que Brasil mantendrá un real tan elevado porque las señales parecen ser, ahora así, más o menos a la baja, lo que significaría un deterioro ulterior de la competitividad argentina. Para colmo, algo deberá hacer respecto de las tarifas: será difícil continuar con el actual esquema, cada vez más oneroso para las arcas del Estado.
Y, además, está la preocupación por aumentar las inversiones. Pero para hacerlo debe mejorar el “clima de negocios” y esto difícilmente se podría lograr si se tomaran nuevas medidas “heterodoxas”. No es que no se tengan a mano alternativas de este tipo. Se podría avanzar, por ejemplo, en la estatización del comercio de granos o, por lo menos, volver a intentar tocar las retenciones. Pero esto significaría declarar “una guerra civil” a las patronales del campo luego de su derrota frente a ellas sólo dos años atrás. También se podría pensar en algún tipo de medida respecto de los depósitos, pero esto lo enfrentaría a la “patria financiera”, la que, a decir verdad, ha estado muy cómoda en los últimos años con los K.
En todo caso, y sin excluir que pueda tomar alguna que otra medida “progresista”, llevando a cabo algún tipo de “arbitraje” como para “repartir” los costos del ajuste [1] (y, sobre todo, seguir alimentando el relato “épico” de su tropa), lo que parece más probable es que se esté ante la posibilidad de que el gobierno se descuelgue ahora con una combinación de medidas más “ortodoxas” que en la etapa anterior, buscando hacerles pagar a los trabajadores –con más o menos anestesia- al menos una parte de la crisis que viene: ¡no hay que olvidar nunca que se trata de un gobierno 100% capitalista!
La amarga verdad
Respecto de los posibles giros conservadores de los gobiernos “progresistas”, hay un ejemplo histórico muy ilustrativo: “El 11 de noviembre de 1951 Juan Perón consiguió la reelección por el 62.49% de los votos. Pero el 19 de febrero de 1952 pronunciaba este discurso: ‘La economía justicialista establece que de la producción del país se satisface primero la necesidad de sus habitantes y solamente se vende lo que sobra. Claro que aquí los muchachos con esta teoría cada día comen más y, como consecuencia, cada día sobra menos. Pero han estado sumergidos, pobrecitos, durante cincuenta años; por eso yo los he dejado que gastaran y que comieran y que derrocharan durante cinco año todo lo que pudieran (…) Pero, indudablemente, ahora empezamos a reordenar para no derrochar más”… [2]
En fin, el señalado escenario significaría una negociación a la baja en las próximas paritarias, justificada en nombre del “vendaval mundial”, y contando con los inestimables servicios de la CGT y la CTA oficialista. Es para este escenario que debe preparar la izquierda a la clase trabajadora, independientemente de que esto signifique una verdad amarga que le pinche el globo de las ilusiones a tantos compañeros y compañeras que confían en Cristina.
Notas
1. Ahora mismo está en el Congreso el proyecto de nueva ley de tierras que pretende definir –pero solamente hacia el futuro- un tope del 20% de las tierras en manos de extranjeros, proyecto de ley que en todo caso, todavía tiene una redacción conscientemente muy imprecisa.
2. Carlos Pagni, La Nación, 22-08.11.
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