Socialismo o Barbarie, periódico Nº 191, 10/12/10
 

 

 

 

 

 

Cuba: Para evitar un retorno al capitalismo y defender la independencia nacional

Es necesaria una tercera revolución que dé
realmente el poder a la clase trabajadora

Nuevamente la situación en Cuba ha desatado un gran debate en la izquierda mundial. El plan económico que esta comenzado a implementar Raúl Castro, implica un salto cualitativo hacia la restauración capitalista. No es ya una variedad de medidas más o menos importantes pero dispersas. Ahora se trata de un plan restauracionista global.

Este es un hecho de enorme importancia llamado a provocar seguramente una conmoción social en la isla, cuando en los primeros meses del 2011 comiencen los despidos en masa de trabajadores, la supresión de la “libreta”, etc. De aplicarse este plan, sus inevitables resultados serán, por un lado, millones de trabajadores arrojados al desempleo y la miseria. Y, en el extremo opuesto, que sectores de la burocracia –que ya vienen haciendo su “acumulación originaria” robando a cuatro manos–, consumen su trasformación en una burguesía “normal”.

Para dar elementos de comprensión a los luchadores y la militancia de izquierda, presentamos aquí el extracto de un largo estudio publicado en nuestra revista Socialismo o Barbarie (N° 22 noviembre 2008), titulado “Cuba en la encrucijada”, de Roberto Ramírez [Puede bajarse completo en: www.socialismo-o-barbarie.org/revista_22/081228_cuba_sobrev22_069.pdf ] Allí precisamente se advertía que esa “encrucijada” tenía que ver con una opción de hierro, con dos alternativas:

La primera de ellas, que se consumara la restauración capitalista, ya sea por un colapso social y político del régimen (al estilo de la ex URSS) o, lo más probable, por medidas impulsadas y controladas por la misma burocracia (al estilo China), que es lo que propone el documento del Congreso del PC, que se analiza en otro artículo. La otra salida es que la clase trabajadora y los sectores populares, que serán las víctimas de este giro de la burocracia al capitalismo, se pongan de pie para defenderse y luchen por una tercera revolución, que les dé realmente el poder.

Más allá de las actualizaciones que necesitaría este texto, lo sucedido en estos dos años creemos
que confirma sus previsiones y la solidez de su interpretación.

Veinte años atrás, Cuba logró resistir en medio de la debacle de los ex “países socialistas”. El resto, de distintas formas –unos cambiando el antiguo régimen político (la ex URSS y el Este europeo), otros manteniéndolo (China)–, fueron reabsorbidos completamente por el capitalismo.

En todos esos países, se constituyó una nueva burguesía “nacional”; es decir, una clase explotadora autóctona, propietaria de los medios de producción y de cambio, junto con las empresas extranjeras que tienen inversiones allí. Con más adelanto o con más retraso en relación a esos cambios estructurales, las superestructuras jurídicas también expresaron esa transformación contrarrevolucionaria, volviendo a consagrar el “derecho” a la propiedad privada de los medios de producción.

¿Por qué no sucedió lo mismo en Cuba a inicios de los 90? Bajo la mirada superficial de los “periodistas”, “politólogos” y otros charlatanes que zumbaban alrededor de la Isla, hubiera sido lógico ese desenlace, teniendo en cuenta, además, las terribles penurias que esos años iniciales del “período especial” significaron para el pueblo cubano.

Pensamos que aquí se combinaron factores que, sintéticamente, hacen a la profunda legitimidad de la Revolución de 1959, y sus conquistas: en primer lugar, la independencia nacional.

Es que la restauración del capitalismo en esos momentos hubiese significado lisa y llanamente el regreso de Cuba al status de protectorado cuasi colonial. Esto nos lleva a la relación peculiar del imperialismo yanqui con la isla –a la que consideró desde siempre casi como parte de su propio territorio– y, también, del carácter de la infame burguesía cubana.

Desde antes de la independencia de España en 1898, buena parte de las elites cubanas veían a EEUUU como a su verdadera patria a la que deseaban anexionar la isla (como sucedió con Puerto Rico). Si esto no se realizó, no fue tanto porque las elites de Cuba se opusieran, sino porque Washington prefirió otro status de dominación.

Con la revolución de 1959, los burgueses cubanos (y sus cortejos en las clases medias) se mudaron masivamente a EEUU y se convirtieron luego en integrantes de la burguesía estadounidense. Sin embargo, estos burgueses, sus hijos y nietos –que hoy son ciudadanos norteamericanos– aspiran a volver a reinar en la isla y hacerse con sus propiedades. La mayoría de la burguesía de EEUU y sus políticos, tanto demócratas como republicanos, apoyaron y aún apoyan este despropósito, aunque existe una minoría más sensata que lo ve un disparate.

Pero este “todo o nada” demostró ser una apuesta equivocada, tanto del imperialismo yanqui como de los gusanos de Miami. Fue un obstáculo fundamental para impedir un curso restauracionista como el de la ex URSS y Europa del Este. Su resultado fue fortalecer la legitimidad de la revolución de 1959 y del viejo caudillo que, en los momentos críticos de los ‘90, volvió a jugar un papel central, relativamente por encima de las instituciones calcadas a la burocracia de Moscú.

El fracaso de la economía burocrática y las renovadas presiones hacia la restauración capitalista

La peculiar simbiosis entre su rol bonapartista de caudillo –”Líder Máximo” y “Comandante en Jefe”– y las instituciones burocráticas copiadas al Kremlin, volvió nuevamente a primer plano y se mantuvo hasta su retiro. Castro estableció un juego de “árbitro” bonapartista entre la burocracia y las masas, colocándose, por supuesto, por encima de todos.

Estas iniciativas fueron dirigidas en gran medida a tratar de contener los peligrosos elementos de atomización y desmoralización social, producto de la creciente desigualdad que acompañó la recuperación de la economía desde fines de los ’90. Esto se expresa en la generalización de la corrupción a todos los niveles y, especialmente el robo de la propiedad del estado.

Fidel y su “Grupo de Apoyo” desataron una especie de “guerra de guerrillas” en este terreno. Pero la última “campaña guerrillera” del “Comandante en Jefe” terminó en derrota. Era una “misión imposible” la de contener esos “fenómenos negativos” sin cuestionar radicalmente al régimen burocrático mismo, cosa que por supuesto no era ni es la política de Fidel Castro. Luego, su retiro por enfermedad significó también el fin de las actividades del “Grupo de Apoyo” y su caza de corruptos.

Esto nos remite a los problemas económicos y políticos claves que están abriendo nuevamente las puertas a la restauración capitalista (aunque por vías diferentes a las de Miami). El primero de ellos, es la producción y la productividad del trabajo, sin cuyo desarrollo sólo se “socializa” la miseria... y así se termina volviendo al viejo sistema. La segunda cuestión, es si este desarrollo de las fuerzas productivas es posible bajo el mando de una burocracia que decide todo desde arriba.

La transición al socialismo, la productividad del trabajo, y los peligros actuales

La gran mayoría del trotskismo del siglo pasado creyó que con la expropiación de los capitalistas, Cuba se había transformado “en una economía de transición al socialismo”. Hoy todavía algunos, como el PTS-FT, siguen sosteniendo eso.

El gran problema es que no fue así, ni en Cuba ni el resto de los países que se llamaban a sí mismos, “socialistas”. No hubo tales “transiciones al socialismo”, sino distintos y malogrados ensayos de economías nacionales planificadas burocráticamente, cuyos fracasos (algunos catastróficos, como el “Gran Salto Adelante” de Mao Tse-tung, la “Zafra de 10 Millones de Toneladas” de Fidel Castro o el conservadurismo de la era Brejnev) llevaron finalmente a la restauración del capitalismo en casi todos esos países.

En Cuba, ese proceso aún no se ha consumado. Sin embargo, más tardíamente, Cuba está hoy en curso hacia una u otra forma de restauración. Para comprender esto, hay que retroceder a los problemas económicos básicos que implicó expropiar al capitalismo en un país aislado y relativamente atrasado, y, por añadidura, en las narices de EEUU.

Desde el principio, Cuba debió enfrentar un duro bloqueo económico de EEUU. Los daños de esto a la economía de la isla son enormes. Sin embargo, atribuir principalmente al bloqueo los problemas económicos es erróneo. Hasta mediados de los 80, la estrecha relación con la URSS y Europa del Este permitió obviar en buena medida este factor. Esto no impidió que la economía cubana fuese jalonada por desastres, como la “zafra de los 10 millones de toneladas” y los zigs zags burocráticos similares a los del resto de los países (supuestamente) socialistas. Luego, tras el hundimiento de la URSS y la catástrofe del “período especial”, el bloqueo no logró cerrar las relaciones económicas con otros países, que fueron en aumento.

Las dificultades económicas de Cuba están cruzadas por dos parámetros, que fueron también fatales para los otros estados burocráticos: 1) Que la economía mundial, como totalidad, sigue siendo capitalista. Cuba y los países que se decían “socialistas” son meras economías nacionales que integran esa totalidad mundial. Y las presiones de la economía mundial fueron actuando sobre esos falsos “socialismos nacionales”. 2) Que, además, las burocracias de esos estados fracasaron rotundamente en lograr una productividad del trabajo que, aunque no estuviese al nivel del capitalismo más desarrollado, fuese por lo menos en ascenso. Finalmente, ante a las crisis que provocaron esos fracasos, la salida de los burócratas fue la restauración.

Ya el problema de la productividad del trabajo estuvo en el centro del primer (y único) debate público sobre cómo organizar la economía después de la expropiación. Nos referimos a la famosa discusión de 1963-64 entre el Che Guevara, entonces ministro de Industria, y varios economistas cubanos y extranjeros. Aunque comenzó con consideraciones abstractas sobre la “ley de valor” y los límites de su vigencia en la economía cubana, el problema central era cómo producir más y mejor. Más concretamente, cómo interesar a los trabajadores en la producción.

“Todo se reduce a un denominador común en cualquiera de las formas en que se analice: el aumento de la productividad en el trabajo, base fundamental de la construcción del socialismo...”, resumía Guevara. [Che Guevara y otros, “El gran debate sobre la economía 1963/64”]

En ese debate se confrontaron dos posiciones que, esquemáticamente, podemos resumir así: los economistas que copiaban el modelo productivo de la URSS y los países del Este europeo, sostenían el sistema de “autofinanciamiento de las empresas o autogestión financiera”, que tenía como elemento importante o fundamental el “estímulo material [a los trabajadores] de manera que... sirva para provocar la tendencia independiente al aprovechamiento máximo de las capacidades productivas, lo que se traduce en beneficios mayores para el obrero individual o el colectivo de la fábrica...” [Cit.]

Por el contrario, Guevara, además de sostener como objetivo una centralización financiera y productiva total, ponía el acento en desarrollar la conciencia socialista de los trabajadores, a través de lo que él llamaba “incentivos morales”.

Sin embargo, para Guevara, esta conciencia socialista no viene de que la clase obrera se constituya en un sujeto que se vaya autodeterminando democráticamente, tome realmente en sus manos los medios de producción y decida sobre ellos. Y, entonces, por sentirlos auténticamente suyos, podrá asumir como dueña real y efectiva de ellos, la tarea de producir (y hacerlo más y mejor).

Guevara sostiene, con razón, que “el comunismo es una meta de la humanidad que se alcanza conscientemente”. Pero de este principio que toma de Marx, no extrae la conclusión de Marx (y del marxismo clásico) de que el desarrollo de la conciencia –el paso de clase “en sí” (sólo “materia para la explotación”) a la clase “para sí”–, está inseparablemente unido al desarrollo que logre como sujeto de la lucha de clases. En la esfera de la producción, esto significa que, expropiado ya el capitalismo, la clase obrera sea realmente la clase dominante, y no en la ficción jurídica de la “propiedad social” de la que se habla (o hablaba) en las Constituciones de los estados burocráticos.

Esto nos lleva directamente a la cuestión política de si la clase trabajadora es quien discute y decide democráticamente sobre todos los problemas (y también sobre la producción) en el nuevo estado; o si no decide nada y su papel es apoyar lo que siempre se decide arriba.

Este fue el problema de todos los estados burocráticos (y sigue siendo el de Cuba hasta hoy) para lograr una productividad del trabajo comparable a la del capitalismo. Esto lo describe bien uno de los principales historiadores de la Revolución Cubana:

“El viejo dicho atribuido a los trabajadores soviéticos y de la Europa Oriental, según el cual «ellos aparentan pagarnos y nosotros aparentamos trabajar» se aplica de lleno a Cuba. [...] El problema fundamental consiste en la falta de iniciativa, motivación y disciplina en el trabajo y la administración.

“A través de los siglos, el capitalismo ha desarrollado sistemas jerárquicos donde los trabajadores no tienen idea del para qué ni del cómo del proceso general de producción. Aun así, los trabajadores están obligados a desempeñarse con un cierto nivel de habilidad aguijoneados por la política del palo –produce o serás despedido– y la zanahoria –la promesa, y a veces la realidad, de un aumento salarial y un ascenso–.

“Los sistemas del tipo soviético no han podido desarrollar un sistema paralelo de motivación que se acerque a la efectividad de los métodos capitalistas. Esto crea el contexto que nos permite entender por qué los incentivos «morales» con su énfasis de sermoneo ascético, propuestos por el Che Guevara, son una solución fundamentalmente equivocada a ese dilema...”

“El marxismo clásico, además de presumir que el socialismo se desarrollaría en sociedades ... material y culturalmente avanzadas, enfatizaba no los incentivos «morales» sino lo que se pudiera llamar incentivos «políticos», como el control democrático de la economía, el estado y la sociedad, en el que los trabajadores mismos son los que controlan el trabajo.

“Conforme a esta perspectiva, es sólo mediante la participación y el control democrático de su vida productiva que la gente desarrolla un interés y un sentido de responsabilidad por lo que hacen... Solamente así les puede llegar a importar... Es en este sentido que la democracia obrera se consideraba tanto un bien en sí... como una fuerza económica verdaderamente productiva.” [Sam Farber, “Una visita a la Cuba de Raúl Castro”]

¿Democracia obrera o “¡Comandante en jefe, ordene!”?

Tanto Guevara como sus contradictores afectos al sistema de Moscú, coincidían en algo fundamental: que no era la clase trabajadora la que decidía, organizada en una democracia obrera y socialista. Ambas partes sostenían la misma concepción verticalista, donde, en este caso, en la cúspide, estaba el “Comandante en Jefe” o “Líder Máximo”, al cual se le pedía que “ordene”.

El Che sintetizaba así este mecanismo político, de consecuencias fatales para interesar a los trabajadores en la producción y elevar así la productividad:

“La masa –decía el Che– realiza con entusiasmo y disciplina sin iguales las tareas que el gobierno fija, ya sean de índole económica, cultural, de defensa... La iniciativa parte de Fidel o del alto mando de la revolución y es explicada al pueblo que la toma como suya...

“Sin embargo, el estado se equivoca a veces (!!!). Cuando una de esas equivocaciones se produce, se nota una disminución del entusiasmo colectivo... y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a magnitudes insignificantes; es el instante de rectificar...

“Es evidente que el mecanismo no basta para asegurar una sucesión de medidas sensatas y que falta una conexión más estructurada con las masas. Debemos mejorarla durante el curso de los próximos años pero, en el caso de las iniciativas surgidas de estratos superiores del gobierno, utilizamos por ahora el [mecanismo] casi intuitivo de auscultar las reacciones generales frente a los problemas... Maestro en ello es Fidel...” [Che Guevara, “El socialismo y el hombre en Cuba”]

Al Che, en la búsqueda del “mecanismo” aún desconocido de “una conexión más estructurada con las masas”, ni se le ocurre considerar la opción de la democracia obrera. Estaba por fuera de su horizonte de ideas. Hay un “método intuitivo de auscultar las reacciones generales” (en el que Fidel es maestro), pero el Che no concibe el método político y orgánico de la democracia obrera, de dar a las masas trabajadoras la palabra para que libre y abiertamente discutan y decidan democráticamente... Correctas o equivocadas, las decisiones serían asumidas por ellas realmente “como suyas”.

Pero en la Revolución Cubana el mecanismo nunca fue ese, sino el que refleja una de sus consignas más famosas: “¡Comandante en jefe, ordene!”  

Si, como dice el Che, es necesario intuir lo que opinan los trabajadores, es porque ellos están mudos dentro del régimen político verticalista, con un caudillo-comandante en el vértice de la pirámide. Entonces, la solución no es moral, sino política: un régimen de democracia obrera, donde existan organismos –como los consejos obreros (soviets) al inicio de la Revolución Rusa– donde los trabajadores hablen y decidan. Pero la concepción de Guevara no era la del marxismo clásico, que se expresó en la democracia obrera y socialista de la Comuna de 1871 o los soviets de 1917.

Por esos y otros motivos, nos parecen equivocados los intentos de muchos que tratan de emparentar directamente al Che con el marxismo clásico y específicamente con Trotsky. En verdad, por el respeto que merece un luchador revolucionario de heroísmo y honestidad intachables como Guevara, deberíamos abstenernos de atribuirle ideas que no tuvo. Además, eso no contribuye a la imprescindible tarea de clarificar el balance de las revoluciones del siglo XX.

Una advertencia profética: la “disputa por lo indispensable” y el peligro de volver a “la vieja mierda” capitalista

En la Ideología alemana, Marx y Engels habían advertido que, después del derrocamiento del orden social existente, “un gran incremento de la fuerza productiva, un alto grado de su desarrollo... constituye una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con esa inmundicia, comenzaría de nuevo, a la par, la disputa por lo indispensable y se repondría necesariamente el conjunto de la vieja mierda”.[Marx y Engels, “Die deutsche Ideologie” ]

En ese sentido, una especialista en Cuba, partidaria fervorosa de Fidel y su régimen, hace esta pintura de la situación actual y las dimensiones trágicas y peligrosas que ha alcanzado esta “disputa por lo indispensable”:

“Se mide mal en Europa la gravedad de la crisis social que ha afectado a la isla. Adoptada en 1993, la dolarización que ha estado en vigor hasta 2004 [en que se reemplazó al dólar por el CUC, peso cubano convertible al dólar que existe junto al antiguo peso] ha modificado la jerarquía salarial anterior, bastante igualitaria... la alimentación es muy cara en los supermercados o en los mercados campesinos libres y la libreta (el carnet de racionamiento) no permite alimentarse más que durante 10 o 12 días.

“[...] La crisis económica, las reformas y la brecha abierta en el sector público han provocado un recrudecimiento de la corrupción. El mercado negro prospera, alimentado por los robos en el sector estatal... El último ejemplo es el de los robos masivos de gasolina en las estaciones de servicio, con la complicidad de los empleados de las mismas...

“[...] La «doble moral» en Cuba se extiende y justifica por la imposibilidad de vivir «normalmente», pues como dicen numerosos cubanos, para sobrevivir en estas condiciones, «hay que robar o abandonar el país»– o bien hundirse. En resumen, las tensiones económicas, sociales, políticas, demográficas imponen un cambio de orientación. ¿Pero en qué dirección?.

“Tanto más cuando la propiedad del estado no es percibida por el pueblo, contrariamente al discurso oficial, como su propiedad, sino como una propiedad que le es extraña. Los cubanos no influyen nada en las decisiones económicas.” [Janette Habel, “El castrismo después de Castro”]

Estas formas de atomización de la sociedad y de la clase trabajadora –todos roban o hacen negocios más o menos ilegales por cuenta propia, desde el burócrata que dirige una empresa hasta el último empleado– es una película ya vista. Fue el prólogo social necesario –tanto en la URSS de Brejnev como en la China de Deng Tsiao-ping– de la vuelta al capitalismo. Antes de que se reestablezca jurídicamente la propiedad privada de los medios de producción, ya se reestablece la “lucha de todos contra todos” propia del capitalismo.

Para evitar un retorno al capitalismo y defender la independencia nacional, es necesaria una tercera revolución que dé realmente el poder a la clase trabajadora

No vemos posibilidades de status quo. Ni las contradicciones y tensiones de la sociedad cubana, ni la presente situación mundial y latinoamericana (con crisis y cambios notables a nivel económico y geopolítico) facilitan el inmovilismo.

El futuro de Cuba se resolverá en función de qué fuerzas sociales impongan finalmente sus intereses. En ese sentido, hay sólo tres fuerzas sociales que potencialmente podrían imponer rumbos propios:

1) La burguesía gusana que tiene la radical desventaja de estar fuera de la isla, pero que recibe el respaldo del imperialismo yanqui y que posiblemente podría contar en Cuba con sectores “populares” difíciles de medir, pero alimentados por los elementos de desmoralización y descomposición social que hemos descrito, sumados a las relaciones familiares con la comunidad cubana del exilio.

2) La alta burocracia administradora del estado, encabezada por los especialistas militares que están al frente de las joint ventures y otros sectores importantes de la economía, que desearían marchar hacia un “socialismo de mercado” con ciertos rasgos “estatistas”, estilo chino.

Hay que advertir que estas dos primeras fuerzas y sus programas tienen serias diferencias, pero no son absolutamente contradictorios. Y hay sectores, en primer lugar la Iglesia Católica, que trabaja por un compromiso, al estilo de los alcanzados en Europa del Este.

3) La clase trabajadora, única fuerza social cuya hegemonía abriría realmente una transición al socialismo.

Hasta ahora, en este triángulo de intereses sociales contradictorios, es la segunda alternativa la que parece estar a la cabeza, mientras que de la tercera, la de clase obrera, apenas si se perciben de cuando en cuando algunos destellos independientes.

Sin embargo sería un error garrafal dar ya por decidida la partida, como hacen, de hecho, las corrientes como la LIT-PSTU, que dan por restaurado el capitalismo e, incluso, estiman también perdida (o semiperdida) la independencia nacional de Cuba. Nada está ya totalmente decidido. La misma reconvocatoria del eterno VI Congreso (que nunca logra realizarse) indica la necesidad de la burocracia de lograr un consenso y legitimar un rumbo.

Pero, contradictoriamente, medidas como el “debate nacional” y la nueva convocatoria al VI Congreso pueden poner también en estado de asamblea a sectores de trabajadores, estudiantes e intelectuales; es decir, un potencial desborde, en una situación en que el control de la burocracia es mucho más débil que en el período 1968-90, y su legitimidad también más cuestionada.


Un debate estratégico

Por un programa obrero y socialista para Cuba

Por supuesto, en ese sentido no podemos formular un programa detallado ni menos completo. Sin embargo, es imprescindible bosquejar algunos lineamientos, aunque sean parciales:

Por la defensa de las conquistas revolucionarias de 1959, en primer lugar, la independencia nacional y la expropiación del capitalismo, y también los avances que aún restan en materia de salud, educación, empleo, jubilación, etc.

Por el fin del régimen de partido único, y de estatización de los sindicatos y demás organizaciones obreras, populares, juveniles, femeninas, etc. Plena libertad de organización política, sindical y asociativa de los trabajadores, estudiantes y sectores populares que defiendan las conquistas de 1959, especialmente la independencia nacional y la expropiación del capitalismo, y repudien el bloqueo imperialista. Por la constitución de un partido o instrumento político obrero y socialista, independiente de la burocracia.

Por la democracia obrera y socialista. Ni “democracia” burguesa fraudulenta estilo Miami, ni la estafa del “voto unido” por la lista única de la burocracia. Que las organizaciones de masas obreras, campesinas, estudiantiles y populares, con un funcionamiento absolutamente democrático, designen el gobierno de Cuba, y debatan y decidan los planes económicos y políticos.

Ni plan económico burocrático, ni caos y desastres capitalistas. Democracia socialista para determinar el plan económico, y verificación por el mercado de su realización. Por la administración y/o control obrero democrático de todas las empresas, con absoluta publicidad de sus operaciones, como forma principal de avanzar en la productividad y terminar con el saqueo a la propiedad nacionalizada.

Frenar y revertir el crecimiento de la desigualdad. Por una moneda única. El aislamiento nacional de la economía cubana y el bajo desarrollo de sus fuerzas productivas, hacen por supuesto imposible abolir “por decreto” la ley del valor y las relaciones mercantiles, como se intentó en algún momento. Esto, concretamente, implica peligrosas concesiones en dos sentidos: hacia fuera, al capital extranjero; hacia adentro, a sectores del campesinado y pequeña burguesía urbana. Pero el control y manejo de todo esto, no puede ser la tarea de una burocracia que no rinde cuentas a nadie, y de la cual inevitablemente tiende a surgir una nueva burguesía, como sucedió en China y otros ex “países socialistas”. La total transparencia de la democracia obrera y socialista, debe ser el contrapeso ante estas serias presiones, sobre todo frente a las más peligrosas, las que vienen del capitalismo mundial.