Socialismo o Barbarie, periódico Nº 183, 20/08/10
 

 

 

 

 

 

La coyuntura política

Cuando Cristina vuelve a sonreír

A pesar del reciente triunfo opositor en Diputados imponiendo la media sanción del 82% móvil para las jubilaciones mínimas –proyecto de ley que si pasa la votación en el Senado se encamina a un seguro veto presidencial– el dato sobresaliente de la actual coyuntura es la recuperación del gobierno. Porque la realidad es que Cristina no ha vivido un momento mejor que el actual. Hay que recordar que asumió sólo unos meses antes del desencadenamiento del conflicto con la Mesa de Enlace ruralista en marzo de 2008, conflicto que casi llega a herirla de muerte.[1]

Sin embargo, por un conjunto de razones, el gobierno luce ahora en un proceso de franca recuperación. No es que los K tengan “la vaca atada” y que necesariamente vayan a imponerse en las elecciones del 2011. Todavía falta un largo trecho para las presidenciales y puede correr mucha agua bajo el puente, sobre todo en función de la evolución de la crisis económica mundial. Pero el otro dato de la coyuntura es que con la “anticipación” de la carrera electoral –anticipación buscada concientemente por los K– la fragmentación opositora parece incrementarse día a día.

Se trata de algo más de fondo que la danza de los candidatos opositores: la coalición político-social conservadora creada en el conflicto del 2008 alrededor de las patronales del campo parece estar mostrando síntomas de agotamiento. Sobre todo la querella alrededor de las retenciones, donde la oposición ha presentado 25 proyectos de ley, así parece indicarlo.

En ese contexto, lo que se vive entre los trabajadores, más que una coyuntura de grandes luchas –aunque las hay, sobre todo alrededor de reclamos de reapertura de paritarias–, es un momento político cuyo terreno son las elecciones de la CTA.

De la mano de la soja y la producción automotriz

Para el citado fortalecimiento del gobierno se combinan elementos tanto económicos como políticos. En el terreno estrictamente económico tiene varios aspectos a su favor. Básicamente, se ha beneficiado del hecho que hasta el momento la crisis económica ha impactado desigualmente en el conjunto de la economía mundial. Más allá del norte del mundo –donde se anuncia una recaída para 2011– países como China e India, enormes consumidores de materias primas, han cumplido el rol de “acolchonadores” del impacto de la crisis en toda una serie de países exportadores de commodities como el nuestro.

A esto hay que agregar el papel del Brasil. También ha logrado mantenerse a flote como potencia mundial agro-exportadora. Resulta que, Mercosur mediante, como la Argentina tiene un mercado común automotriz con el país hermano que se muestra floreciente también en nuestras tierras, la producción de autos ha pegado un salto. El hecho de que la producción de soja y automotriz estén al tope han permitido el sostén de los niveles de empleo, así como cierto margen para que la burocracia maniobre en las paritarias.

Lo anterior no quiere decir que deje de haber contradicciones de importancia, la que nos interesa destacar es el fuerte crecimiento de los precios de los bienes de consumo masivo que golpea diariamente el bolsillo popular.[2]

A estos índices –la inflación real estaría levemente por debajo del 30%- concurren tres hechos. Primero, la Argentina se ha transformado nuevamente en un país agroexportador en las condiciones en las cuales los precios de las materias primas en el mercado mundial siguen altísimos. Ésta ha sido la base material del conflicto del 2008, una pelea a dentelladas por quién se lleva las superganancias que deja el campo argentino.

Segundo, con una producción recuperada pero sin inversiones suficientes, la demanda empuja para arriba el precio de los bienes industrializados ante la ausencia de todo aumento en la escala de la producción, lo que no hace más que encarecer este tipo de bienes.

Tercero, el gobierno ha dejado correr el ajuste inflacionario. Es decir, la remarcación de precios de los empresarios como manera de proteger sus ganancias. Más allá del teatro que protagoniza diariamente Guillermo Moreno, Cristina ha hecho la vista gorda a los aumentos de la carne y demás bienes de consumo –por no hablar de la nafta, el gas y demás hidrocarburos–, cuyos precios han tendido a alinearse con los internacionales, en dólares todo es mucho más caro que años atrás. Desde estas páginas ya habíamos denunciado que este tipo de ajuste económico “indirecto” –en el cual parece haber una “carrera” de precios y salarios, pero donde los trabajadores siempre terminan perdiendo paritarias monopolizadas por la burocracia sindical–, es mucho más “digerible” políticamente que un ajuste explícito frontal y ortodoxo, tipo congelamiento salarial como el que pedía la oposición patronal.

El juego de la polarización con la derecha

Beneficiado por el impacto desigual de la crisis mundial, la coyuntura económica luce favorable para el gobierno, éste es el elemento material de su recuperación política. Sobre esta base hay que anotar una serie bastante sostenida de logros políticos, el gobierno supo jugar la carta de la polarización contra una oposición que le cuesta disimular sus rasgos gorilas. De la mano de la Sociedad Rural Argentina es difícil mostrarse muy “progresista” que digamos incluso cuando toma en sus manos banderas como el aumento de las jubilaciones.[3]

En realidad, el primer hecho que permitió la recuperación de Cristina es que la oposición campestre le perdonó la vida cuando podría haberla tumbado. Atemorizada ante la eventualidad de una salida anticipada del gobierno y preocupada también por no perder el control sobre la “acción directa” de las bases campestres, se encargó de llevar el conflicto al Congreso. Presentaron como “un gran triunfo” las elecciones del 28 de junio del 2009… sólo para quedar casi inmediatamente empantanados en ese terreno.[4]

Los K supieron lamerse las heridas profundizando el juego de la polarización. Antes de perder la mayoría parlamentaria –entre julio y diciembre del año pasado– hicieron votar la nueva ley de medios así como una nueva y archi-reaccionaria ley electoral conforme a sus necesidades.

Con el recambio parlamentario la oposición salió a boquear que “ahora sí” impondrían su “programa” en el Congreso. El verano despuntó con la pelea por las reservas del BCRA, pelea que después de muchas idas y venidas terminó perdiendo sin pena ni gloria.

La coyuntura empezaba a darse vuelta. Desmintiendo incluso pronósticos de avezados “izquierdistas” que creían que se podría repetir un escenario tipo 2001[5], los K empezaron a anotarse una serie de porotos políticos escamoteando que ellos son una expresión política rotundamente capitalista a pesar de su barniz “progre”.

Sus principales logros del 2010 hasta la fecha: evitar mayores desbordes en la paritaria (algo obviamente visto con mucho gusto por las patronales, cuyo bolsillo tiene más importancia que sus gustos o disgustos políticos), la apropiación del recordatorio por el golpe de Estado el 24 de marzo pasado, el exitoso festejo del 200 aniversario de “independencia” patria y la pretensión de paternidad sobre el logro del casamiento entre personas del mismo sexo. ¡Y todo esto en condiciones en que la oposición no ha logrado hasta el momento ni un solo triunfo político real en el Congreso!

En definitiva, la suma de elementos económicos y políticos favorables –que redundan en la imagen de un país básicamente “bajo control”– han hecho que la imagen de Cristina y Néstor se recupere en parte del abismo en el que estaban especulándose ahora con la posibilidad de una nueva reelección.

La coalición campestre en crisis

Mientras tanto, ¿qué es lo que se observa desde la vereda de enfrente del gobierno?, un momento de crisis en la coalición campestre constituida dos años atrás durante el conflicto con el campo. No se trata solamente que Carrió acabe de dar el portazo a un Acuerdo Cívico y Social cada vez más monopolizado por las candidaturas radicales. Tampoco que Macri vaya de desastre en desastre (ahora cruzado por el escándalo de las escuchas telefónicas). O que el peronismo anti K sea un mosaico de monstruos impresentables. O incluso que Solanas diga que el de la “seguridad” es el principal problema del país…

Se trata de algo más de fondo, en las últimas semanas parece haber comenzado a abrirse grietas en la informal coalición socio-política que emergió en 2008 alrededor de los patrones del campo y que llegó a agrupar desde el PRO, pasando por los radicales, Solanas y el PS, y hasta grupos de “izquierda” como el MST y la CCC.

Estas diferencias están expresándose en el punto más sensible del programa opositor, las famosas retenciones. Se trata de contradicciones no solamente de parte de determinadas figuras políticas sino al interior de las propias organizaciones patronales del campo y que se expresan en diversos proyectos parlamentarios.

Bajo el título “Persisten las diferencias sobre las retenciones. La oposición no logra fijar una posición común”, el diario La Nación informa lo siguiente: “Las retenciones agropecuarios continúan dividiendo a la oposición. Casi todos los bloques coinciden en que el Congreso es el que debe fijar un nuevo esquema. Pero lo cierto es que priman las diferencias sobre la conveniencia o inconveniencia de segmentar las alícuotas, según el producto y la envergadura del productor. La UCR fijó una postura, pero aun falta definir algunos detalles de importancia. La propuesta del radicalismo consiste en rebajar a cero las retenciones para las economías regionales y carne, mientras que para otros cultivos, como trigo, maíz, sorgo y girasol, se establecería una reducción de la alícuota (aun no está definido el porcentaje) y segmentación según la cantidad de toneladas producidas. En sintonía similar se muestran los bloques del Partido Socialista, mientras que el Peronismo Federal también se muestra partidario de una segmentación. En cambio, la Coalición Cívica insiste en reducir a cero todos los cultivos menos la soja, que propone bajarla del actual 35 al 25%. Los bloques de centroizquierda no son partidarios de bajar la alícuota que gravan los cultivos, sino de establecer una segmentación. Por su lado, los bloques cercanos al oficialismo, como Nuevo Encuentro de Martín Sabbatella, insisten en que es el Poder Ejecutivo el que debe fijar las retenciones agropecuarias” (La Nación, 16-8)

En síntesis, si durante el conflicto del 2008 todos estos sectores (sacando a Sabbatella, siempre pegado a los K) hicieron causa común en el planteo que apuntaba lisa y llanamente a la práctica eliminación de las retenciones, ahora la cosa luce mucho más compleja. Incluso en la Mesa de Enlace, si al hipócrita Buzzi de la FAA (que brega por una “nueva burguesía rural” como solución de los problemas del país) le gusta hablar de “segmentación”, sus pares de la SR y la CRA no quieren escuchar del tema.

Por si esto fuera poco, declaraciones recientes como las de Binner o las de Alfonsín señalando que “compete al Ejecutivo fijar el nivel de retención”, lo que muestran en todo caso es una gran confusión en la oposición sobre en definitiva un problema más general, ¿qué “modelo” económico-social impulsarían alternativo al del gobierno K?

A lo anterior hay que agregarle que si la orientación de haber llevado toda la pelea al parlamento –quitándola de las calles– contribuyó a la “estabilidad” burguesa del país, pero en condiciones en que la patronal está dividida y oscilando entre sus sentimientos políticos anti K y sus bolsillos llenos gracias a los K, el Congreso termina transformándose en un pantano que no logra dirimir realmente la disputa. Una pelea que sólo puede decidirse en las relaciones de fuerza cotidianas que se juegan en el terreno de los hechos. Y en ese terreno el que tiene las de ganar es el Poder Ejecutivo…

Apoyar la emergencia del nuevo clasismo

Respecto de cómo se refleja la actual coyuntura en el movimiento obrero hay que hacer una definición de conjunto. Es un hecho que no deja de haber luchas como es el caso de los reclamos salariales de los Bancarios, Luz y Fuerza, los reclamos en el subte, los paros que se vienen entre los docentes de Capital, conflicto que hay sin duda que apoyar.

Sin embargo, este proceso que no deja de estar marcado por su carácter fragmentario. La realidad es que lo más saliente en el seno de la recomposición obrera es que se está en una coyuntura de lucha política en el seno de los trabajadores donde lo más importante es apoyar los incipientes pasos que se comienzan a dar de puesta en pie de un nuevo clasismo en nuestro país.

Porque el hecho es que se ha abierto una pelea a dentelladas en el proceso de la recomposición obrera, donde la CTA ha aparecido con una política de cooptación de parte de sus expresiones más importantes. Es lo que está en curso en el Subterráneo de Buenos Aires.

Los mismos rasgos de la coyuntura que venimos señalando han hecho que la presión del gobierno “progresista” y sus adláteres en el seno de la vanguardia obrera aparezcan multiplicadas. La idea que trasmiten es: “Si nos pegamos al gobierno, vamos a obtener lo que queremos”.

Más allá de la falsedad de este planteo posibilista, el hecho es que este tipo de presiones plantean la necesidad de definiciones políticas al interior de la clase obrera: la necesidad de sostener una posición de intransigente independencia de clase y de poner en pie un nuevo clasismo entre los segmentos más avanzados de los trabajadores.

Esto mismo es lo que destaca el enorme paso al frente dado por los compañeros de FATE, que acompañados por la Junta Interna del Hospital Garrahan y los judiciales de Morón –entre otros cientos de candidatos– han salido a pelear por un polo de reagrupamiento clasista dentro de la CTA mediante la conformación del Frente Clasista.

Desde el nuevo MAS tenemos la convicción de que no hay en este momento tarea más importante que salir a recorrer los lugares de trabajo adscriptos a esta central con el llamado al rechazo tanto a Yasky como a Micheli, y pidiendo el apoyo a la lista 5.


[1] Hay que decir que gobiernos como el de Chávez en Venezuela o Morales en Bolivia pasaron por momentos similares y también se llegaron a recuperar: en el contexto creado por el ciclo político que vive gran parte de Latinoamérica desde hace una década, ha costado inclinar la cancha demasiado hacia la derecha.

[2] A lo anterior se suma toda una serie de dificultades de financiamiento que vienen arrastrando los K: el deterioro del superávit fiscal del que supieron gozar, la tendencia creciente a la reducción del superávit comercial y una balanza de pagos que tiene la carga del recomienzo del pago de las obligaciones externas.

[3] Los K supieron incluso aprovecharse de la vergonzosa capitulación de una parte de la izquierda –más específicamente la CCC y el MST- a la derecha burguesa.

[4] El pantano parlamentario en realidad viene reflejando –entre otros aspectos– la división en la propia patronal, que duda entre un variable “disgusto” con los K y la “ingobernabilidad” que sospecha si alguno de los opositores llegara al gobierno…

[5] Acerca de esta ubicación debatimos explícitamente a comienzos del año con los compañeros del PO.