Socialismo o Barbarie, periódico Nº 175, 29/04/10
 

 

 

 

 

 

La Iglesia Católica en crisis

Pedofilia y algo más

Por Claudio Testa

Es un hecho aceptado por muchos. La Iglesia Católica Apostólica Romana está pasando por lo que podría ser una de las crisis más graves de su historia. Se habla hasta de la renuncia del actual papa, algo que sería insólito...

Este diagnóstico no es una simple expresión de deseos de marxistas y otros diablos que andamos sueltos. Hans Küng, uno de los intelectuales católicos más importantes –que se mantiene dentro de la Iglesia aunque ha sido sancionado por sus críticas– hace un diagnóstico categórico: “Nuestra Iglesia está sumida en la crisis de confianza más profunda desde la Reforma...”[1] O sea, desde que en el siglo XVI el estallido del protestantismo partió en dos al cristianismo de Occidente.

El centro de esta “crisis de confianza” es la arrasadora ola de denuncias de pedofilia, practicada evidentemente por muchos curas y obispos, y –lo que más grave– encubierta por el resto de ellos.

Analizaremos esto. Pero antes advirtamos que la crisis es más global y abarca muchos otros temas.

Hace exactamente cinco años, en abril de 2010, al ser ungido Joseph Ratzinger como papa Benedicto XVI, advertíamos que “el show televisivo montado con la muerte del papa ha servido... para que el ‘gran público’ continúe en la santa ignorancia acerca de los elementos de crisis que se vienen desarrollando en la Iglesia Católica y que ahora, en la era post–Wojtyla, amenazan pasar a primer plano”.[Ver “La doble crisis de la Iglesia Católica”, SoB, periódico, 14/04/05, y en www.socialismo–o–barbarie.org, edición del 17/04/05]

Entre esos “elementos de crisis” que “amenazan pasar a primer plano”, señalábamos los “escándalos masivos de pedofilia” que ese momento sacudían a la Iglesia en EEUU.

Hoy ya no es sólo la Iglesia estadounidense la que está en ese baile, sino el conjunto del catolicismo. Pero esto no se debe a que, antes de Ratzinger, los curas del resto del planeta tuvieran mejor conducta. En el fondo, lo determinante es un debilitamiento de la Iglesia en la sociedad, que hoy le está haciendo cada vez más difícil silenciar a las víctimas, como era su costumbre.

Las posiciones archi–reaccionarias sostenidas por el anterior papado y profundizadas bajo Ratzinger, han ido llevado a una “doble crisis”: en sus dos pilares históricos, Europa y América Latina, la Iglesia pierde fieles. Las nuevas generaciones se apartan de ella, entre varios motivos, por las normas morales retrógradas que quiere imponer a toda costa, especialmente en el terreno de la sexualidad.

Y ahora, el destape de la consentida pedofilia de numerosos curas marca un contraste escandaloso con la obsesiva prohibición de las relaciones prematrimoniales, el rechazo a la educación sexual, el anatema de los condones aunque exista el peligro del HIV, la condena de los anticonceptivos cuando al mismo tiempo se niega el derecho al aborto, la demonización de la homosexualidad, etc., etc.

¿Cómo, entonces, no va a producirse una arrasadora “crisis de confianza” entre los que honestamente depositaron su fe en la Iglesia Católica?

Otra indicio de la crisis del Vaticano ha sido la multitud de torpezas cometidas al intentar defenderse... y que han terminado siendo un boomerang.

Uno de los últimos bloopers fue el del cardenal Bertone, secretario de Estado del Vaticano, que vinculó a la pedofilia con la homosexualidad. ¡Cómo si las relaciones sexuales consentidas entre personas del mismo sexo, tuviesen algo que ver con el brutal avasallamiento de un niño o niña por una persona mayor que, además, actúa desde una posición de autoridad frente a él o ella.

Una estructura autoritaria: sumisión social y sexual

Es que la cuestión de la pedofilia (en la Iglesia o fuera de ella) no puede reducirse a un tema pura y esquemáticamente “sexual”. Pensamos que allí se entrecruzan muchos hilos, que tienen que ver con el fenómeno de la familia patriarcal. Es decir, con la forma en que, desde mucho antes del capitalismo, la mayoría de las sociedades divididas en clases adoptaron para reproducirse, para garantizar su continuidad como sociedades de explotadores y explotados, de opresores y oprimidos.

Es un hecho que gran parte de los abusos contra menores de edad de ambos sexos se producen en el sacrosanto ámbito de la familia patriarcal. Y el abusador es casi siempre el “jefe de familia” (u otro macho que asume su papel y autoridad, tío, hermano mayor, etc.).

Digamos, de paso, que esto desmiente en buena medida las teorías auto–absolutorias del cardenal Bertone: el “padre de familia” es tal, precisamente por no ser homosexual (o, por lo menos, por no serlo exclusivamente).

La Iglesia Católica es una centenaria institución dedicada a la represión ideológica de las masas, como una de sus funciones principales. Es decir, a encuadrarlas dentro de la sumisión y el acatamiento a todo lo que está “por encima” de ellas, desde Dios en el cielo y el papa en Roma, hasta la pirámide de autoridades “mundanas”: inicialmente, el emperador y el amo de esclavos; luego, el rey y el señor feudal; y ahora los gobiernos (si son de derecha) y los patrones. “Esclavos, obedeced a vuestros amos...”, predica San Pablo [Colosenses 3, 22–4,1]. “Vosotros los esclavos estad sumisos con todo temor y respeto a los amos”, exige San Pedro (Epístola I, 18]

Las mismas normas de sometimiento se aplican en la familia patriarcal: "Pues así como la Iglesia está sujeta a Cristo, las mujeres deben estarlo también a sus maridos en todo.”[San Pablo, Efesios, 5, 24] “Las mujeres callen en las reuniones, pues no les está permitido hablar; antes bien, estén sometidas, como dice la Ley. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos...”[San Pablo, Corintios I, 14, 34–35] Y esto, con más fuerza aun, rige la relación entre el pater familiae y su prole: “Hijos, obedeced á vuestros padres en todo”, exigía San Pablo [Colosenses 3, 12–21]

La Iglesia, al organizarse desde los primeros siglos como un nuevo poder en medio del derrumbe del mundo antiguo, adoptó una estructura similar a la de la familia patriarcal. No es casual que la primera persona de la Santísima Trinidad sea el “Dios Padre”, ni que a los curas se les diga “padres”, ni que la palabra “papa” haya tenido originariamente el mismo significado, y que además al señor del Vaticano se lo llame “Santo Padre”.

La Iglesia se configura así, históricamente, como una estructura de contenido autoritario–verticalista con formas de familia patriarcal, donde los “padres” que la componen poseen autoridad absoluta sobre sus “hijos”; es decir, sobre los que estén en un escalón inferior de la pirámide.

Es en esta anacrónica estructura de la Iglesia Católica en que el fenómeno de la pedofilia se presenta, al parecer, anormalmente extendido.

¿El celibato es el culpable?

Popularmente se atribuye esto a la norma del celibato. Pero las cosas no parecen ser tan simples y directas.

Desde ya, el celibato (o, más precisamente, el voto de castidad) configura una “anormalidad”, una represión de la sexualidad que puede llegar a ser intolerable. Pero esto no tiene porqué canalizarse “automáticamente” a través de la pedofilia. En verdad, infinidad de veces se ha resuelto por la vía de mantener relaciones sexuales “normales”, en formas más o menos ocultas, como se reveló recientemente en el caso del ex obispo Lugo, de Paraguay.

Establecido recién en el siglo IV en la Iglesia latina, el celibato no tenía como motivación la castidad, sino los problemas de la herencia de obispos y sacerdotes si se casaban. La Iglesia se configuraba ya decididamente como una corporación que atesoraba tierras y otras riquezas, y el matrimonio eclesiástico producía “turbulencias” en materia de propiedad. Pero el celibato no ha impedido nunca, especialmente al clero secular, tener relaciones sexuales más públicas o más “discretas” según las épocas, ni incluso formar familias de hecho, como lo hicieron hasta varios papas a la vista de todo el mundo.

La pedofilia no es simplemente una variante más de relación sexual sino también y ante todo una relación de sometimiento, algo que no puede entenderse si no se la ubica en el marco del patriarcado y su “autoridad”, que la estructura de la Iglesia tiene en un grado superlativo y aplastante, sobre todo en relación a los niños que caen bajo su férula.

Los relatos que comienzan a abundar en los últimos años de las víctimas de los curas pedófilos impresionan por eso. Todos los recuerdos coinciden en la figura del sacerdote violador como el monstruo con autoridad absoluta que los obliga a someterse... y, además, a callar.


1.– Hans Küng, “Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo”, El País, Madrid, 15/04/10.


La Iglesia, una corporación de encubridores

"Hay pederastas, violadores, asesinos, ladrones, etc. en todo grupo humano... No se puede querer endosarle el monopolio a la Iglesia...”
(Opinión de un católico en el sitio BBC World)

Frente a esta situación, es necesario
marcar puntos programáticos

Un programa de acción

• Derogación del Art. 2 de la Constitución que dice que “el Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. Absoluta separación de la Iglesia y del estado. Ni un centavo a la Iglesia ni a ningún otro culto.

• Fuera los curas de la educación.

Por la educación sexual, los anticonceptivos gratuitos y el derecho al aborto.

Rechazo a la campaña homofóbica de la Iglesia. Derecho a la unión libre, con todos los derechos que el estado garantiza en materia previsional, social, de salud, habitacional, laboral, etc. al actual matrimonio.

Esta protesta enviada al sitio de la BBC, expresa una de las principales defensas ensayadas desde el campo de la Iglesia. Pedófilos existen en todas partes: hay médicos pedófilos, maestros ídem, choferes de ómnibus, plomeros, empleados bancarios, obreros metalúrgicos, gordos y flacos, altos y petizos, etc., etc. En todos esos “grupos humanos”, hay un porcentaje. Entonces, ¿por qué se la toman con la Iglesia?... Debe ser una “conspiración masónica”, como dijo un obispo...

Admitamos que en el “grupo humano” que componen los sacerdotes de la Iglesia romana habría la misma proporción de pedófilos que, por ejemplo, entre médicos o docentes. Pero esa no es la cuestión. El punto es que si descubren a un doctor pedófilo con las manos en la masa, no se pone en acción el Colegio Médico para protegerlo. Y si atrapan a un maestro, la CTERA no se moviliza para encubrirlo y gestionar su “traslado” a otra escuela... para que siga haciendo lo mismo.

El punto fundamental con la Iglesia es que, más allá de si la pedofilia aparece en ella como más extendida, el aparato del Vaticano ha actuado siempre como encubridor de los casos, aun de los más aberrantes, que dañaron a miles y miles de niños que le fueron confiados. ¡Sólo en la muy católica Irlanda, la Comisión Investigadora de Abusos de los Niños habla de 35.000 casos de niños abusados![1] ¡Y la Iglesia nunca movió un dedo para denunciar ni a un solo abusador!

Ha sido necesario el estallido en cadena de escándalos como ése en EEUU, Europa y América Latina para que, desde el Vaticano, se comenzara a balbucear acerca de hacer denuncias de los curas pedófilos ante la justicia.

Pero, insistimos, son sólo balbuceos. El hecho es que, hasta ahora, no se conoce el nombre de un solo sacerdote pedófilo que haya sido llevado por la Iglesia a la justicia.

La Iglesia tiene la norma proteger y encubrir a todo precio a los integrantes de su jerarquía que comenten delitos, por más atroces que sean. Este criterio corporativo ha funcionado durante siglos, y no sólo en el tema que nos ocupa. El Vaticano protegió, por ejemplo, a los curas que participaron en el escándalo y estafa del Banco Ambrosiano (1982), relacionado al lavado de dinero de la mafia italiana y otras operaciones non sanctas, matizadas con varios asesinatos. Lo mismo hace con los abusadores.

Un caso típico es el del cura ibérico José Ángel Arregui Eraña. En España, había pasado por diversos colegios, abusando reiteradamente de alumnos. Al crecer el escándalo, la Iglesia lo sacó del país y lo trasladó a Chile en el 2008. Allí le dio una cátedra en la Universidad Santo Tomás. Pero el “padre” José Ángel no pudo contenerse y terminó capturado por la policía chilena como miembro de una red de pedófilos...[2]

¡Jamás la Iglesia lo denuncio! Por el contrario, lo mudó a otro continente para que no fuese preso.

Cardenal fascista admite la verdad

Pero, en medio de esta crisis, ha sido uno de los principales jerarcas de la Iglesia, el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos el que ha puesto las cosas en claro. Este siniestro personaje, ligado en su país a Uribe, los paramilitares y la extrema derecha, es también muy influyente en Roma.

Allí, la semana pasada, sostuvo que “las acusaciones contra miembros de la Iglesia por abusos sexuales forman parte de una campaña de persecución”. Pero lo más grave es que el cardenal reivindica abiertamente el encubrimiento practicado por la Iglesia. En el 2001, envió una “carta pública de felicitación al obispo francés Pierre Pican, que había protegido a un cura pedófilo, René Bissey. En la carta enviada al obispo Pican, luego de que fue condenado a tres meses de cárcel por obstrucción a la justicia, Castrillón Hoyos afirmó que ‘me complace tener un colega en el episcopado que, ante los ojos de la historia y los demás obispos del mundo, prefirió la prisión a denunciar a su hijo y sacerdote’.”[3]

¡El cura pedófilo es considerado un “hijo”, al que su “padre” –el obispo francés– no puede ni debe denunciar ante la justicia! ¡Debe protegerlo y encubrirlo aun a costa de ir preso!

¿Y quién “protege” a los niños abusados por ese monstruo? Pero ellos no son “hijos” de ningún obispo. Es decir, no son miembros de esa “microsociedad” que es el aparato jerárquico de la Iglesia.

Ratzinger también comprometido

Por cumplir esta norma, también está personalmente comprometido el mismo papa. En The New York Times (25/03/10), se ha publicado una carta de Ratzinger, cuando era cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esta carta revela su encubrimiento de uno de los casos más repugnantes de pedofilia: el del cura Lawrence C. Murphy, de Milwaukee (EEUU), que abusó de unos 200 chicos sordomudos.

Frente a los reclamos que se le hacía desde EEUU de, por lo menos, apartar a Murphy del sacerdocio, Ratzinger contesta negándose y protegiendo al abusador. Así “Murphy nunca recibió sanciones ni castigos, sino que fue trasladado en secreto a distintas escuelas católicas de Wisconsin y murió en 1998, siendo cura”.[4] Por esos motivos, son poco creíbles las recientes disposiciones del Vaticano, sobre denunciar a los pedófilos.

“Dejad que los niños vengan a mí”

En verdad, en medio de tanta hipocresía, el exabrupto que se le escapó al obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, suena como más cercano a la sinceridad que las lágrimas de cocodrilo del papa:

“Puede haber menores que sí lo consientan (el abuso sexual) y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo (en tener relaciones sexuales) y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan.”[5]

Evidente, este obispo parece hablar por experiencia propia. ¡Una vez más, los violadores acusan a sus víctimas de “provocarlos”!


Notas:

1.– “Cronología de los escándalos de abuso sexual dentro de la Iglesia Católica”, BBC Mundo, 22/04/10.

2.– Álvaro Ramis, “El Vaticano bajo sospecha”, revista Punto Final, Chile, 16/04/10.

3.– Julio Algañaraz, corresponsal en Roma, “El escándalo por los sacerdotes que abusan de menores”, Clarín, 23/04/10.

4.– Elisabetta Piqué, corresponsal en Italia, “Salpica al Papa otro caso de cura abusador”, La Nación, 26/03/10.

5.– Álvaro Ramis, cit.