Socialismo o Barbarie, periódico Nº 170, 18/02/10
 

 

 

 

 

 

Carne y alimentos por las nubes

¿Quién tiene la culpa de la inflación?

Por Marcelo Yunes

Se acabó todo otro tema de conversación. En la calle importa poco y nada el fin del sainete Redrado, las maniobras parlamentarias de oficialismo y oposición por el Fondo del Bicentenario y las peleas entre Cobos y Carrió. Sólo se habla de lo caro que está todo, la plata que no alcanza, la carne que es un artículo de lujo, la papa que parece de oro, y de que todo sube y sube. Volvió con todo la inflación, aunque el INDEK, como de costumbre, no se dé por enterado y diga que en enero fue del 1%.

El malhumor cunde, y en consecuencia, para el kirchnerismo y la oposición de derecha la tarea es lavarse las culpas. El gobierno dice que todo es responsabilidad de los ganaderos que acaparan animales para que suba el precio y especulan con la escasez de oferta. Los ruralistas y sus comparsas de derecha (y de izquierda) replican que todo lo que pasa es culpa de la política “anticampo” del gobierno. Como suele suceder, ambos dicen una pequeña parte de la verdad, pero esquivan las razones fundamentales.

Las viejas taras industriales…

Un fenómeno como la inflación admite varias causales, y hay que empezar por distinguir de qué clase de inflación se trata. Por ejemplo, el proceso inflacionario que se desarrolló en 2004-2007 no tenía como centro los alimentos sino los productos industriales, y obedecía, como señalamos en su momento, a deficiencias estructurales del “modelo K”. En ese período, a la vez que se recuperaba la producción (a partir de la reutilización de la capacidad industrial ociosa, no esencialmente de nuevas inversiones), no había ningún proceso genuino de expansión de la estructura productiva, energética y de transportes. El panorama de la industria era de rebote de una recesión brutal, sustitución de importaciones con ramas protegidas gracias al nuevo tipo de cambio (3 a 1) y algunos nichos exportadores con régimen especial (automotores).

Con el crecimiento de la demanda a partir de la reactivación económica, la baja del desempleo y una moderada recuperación real del salario (pero bien por debajo del aumento vertical de la productividad), se hicieron sentir las tensiones ante la limitada capacidad de la industria argentina de responder a cinco años de crecimiento. Ya en 2007 esos crujidos de la estructura productiva generaban a la vez inflación y serios interrogantes sobre la “sustentabilidad” del crecimiento sin un nuevo ciclo real de acumulación capitalista (salvo la soja, que veremos aparte).

En 2008, la política metió la cola: desde el conflicto entre los patrones rurales y el gobierno muchas variables económicas (en primer lugar la inversión) están teñidas por la actitud hostil de cada vez más amplios sectores de la burguesía contra los Kirchner. Situación que pegó un salto en 2009, antes y después de las elecciones, ya en el contexto de la crisis mundial, aunque sus efectos sobre el país y la región toda han sido hasta ahora bastante mediados.

Por supuesto, ninguno de los factores mencionados se ha resuelto en absoluto, pero la presión inflacionaria en la industria se ha atenuado con la desaceleración de 2009 (que el gobierno atribuye astutamente a la crisis internacional, aunque las razones “locales” pesen por lo menos tanto como ella). Veamos entonces por dónde explota hoy la bomba inflacionaria.

… y la nueva inflación de origen agrario

El rebrote actual tiene como protagonistas, indiscutiblemente, a los alimentos, en primer lugar la carne vacuna. Se ha meneado bastante como excusa la cuestión “estacional” (en particular, la larga sequía en la región pampeana). Sin duda que eso influye, del mismo modo que es innegable la miserable conducta especulativa de comercializadores y productores (que no tienen nada de ángeles y mucho de De Angelis, el amigo de Vilma Ripoll promotor del lomo a 80 pesos). Pero hay razones más profundas, y no precisamente el supuesto “odio de los Kirchner al campo”. Las cosas son casi exactamente al revés, y no sólo por el evidente acuerdo por abajo del gobierno con los ruralistas (ver editorial).

En el fondo, los Kirchner no sólo no han tocado nada de la nueva estructura productiva y de comercialización del campo, sino que han alentado con todo el rasgo principal de transformación del agro argentino desde los 90: la expansión de la soja. En todo caso, el pecado que no les perdonan los patrones es que, sin modificar en nada ese esquema, los Kirchner hayan decidido que el Estado se quede primero con el 27y luego con el 35% de ese jugoso negocio para pocos.

La “sojización” del campo en cifras es impresionante: la superficie sembrada con soja pasó de 100.000 hectáreas en los 70 a 2,5 millones en los 80, de ahí a 6 millones en los 90, 10 millones en 2001… y se calculan 19 millones de hectáreas para 2010 (con cosecha récord prevista en 51 millones de toneladas). Este año, la soja batirá otro récord: ocupará nada menos que el 73% del total sembrado. Y esos millones de hectáreas no se ganaron al desierto: desplazaron a otros cultivos (sobre todo cereales, pero no sólo ellos) y también a tierras ganaderas. De ahí la declinación estructural, no estacional, de la oferta de carne.

¿A qué se debe esta suba vertical del cultivo de soja? Muy simple: dólares. El 90% de la producción de soja se exporta, y a muy buenos precios. Un campo de soja rinde muchos más dólares en el comercio exterior que los pesos que puede redituar en el mercado interno el cultivo de otros cereales, u hortalizas, o un tambo, o cría de reses. De modo que una porción creciente (y a un ritmo alarmante) del “campo argentino” se dedica a producir alimentos… para los cerdos chinos, no para los humanos de este país.

Ésta es la consecuencia de un esquema agrario orientado al comercio exterior y cada vez más desentendido de las necesidades internas. Como señala un analista, “lo que está sucediendo con la carne o con el trigo (…) demuestra que la producción agropecuaria librada a los mecanismos de mercado pone en riesgo la soberanía alimentaria” del país (Matías Rohmer, BAE, 17-2-10).

Es justamente esta estructura del campo la que los Kirchner no “odian”, sino que alientan y usufructúan… cobrando un “canon” del 35% para alimentar las arcas estatales, principio y fin de los instrumentos kirchneristas y lo que los mantiene políticamente con vida hasta 2011. En suma, el “granero del mundo” tiene cada vez menos alimentos para la población local. Y, conforme a la ley de la oferta y la demanda –la única que rige, salvo que alguien tome en serio los “controles” de Guillermo Moreno­–, si escasea la oferta de un artículo, sube de precio.

Frente a la inflación, defender el salario

A la oposición sojera le importan los productores capitalistas, no los consumidores. Quieren dejar todo como está, pero eliminando las retenciones. Es decir, que el lomo siga a 80 pesos y que la población sufra alimentos carísimos, pero que los Kirchner no reciban ni un centavo por eso. Y el gobierno, como se ha visto, mientras no le toquen el ingreso fiscal por las exportaciones de soja, se conforme con ladrarle a los “especuladores”, lo que acaso le dé algún voto pero no resuelve nada. Y ni siquiera toma medidas reales contra los que efectivamente acaparan y especulan; es todo para la tribuna.

Por supuesto, los campestres hoy están de parabienes. Cuando Buzzi, de la Federación Agraria, propuso interrumpir la comercialización de carne, Apaolaza, de CARBAP (la entidad más poderosa de Confederaciones Rurales) casi lo acuchilla: ¡si los ganaderos de la Pampa Húmeda se están llenando de oro!

Los trabajadores no se deben confundir. Ni el gobierno ni la oposición de derecha van a hacer nada para frenar la inflación. De hecho, su objetivo común (aunque difieran en las formas) es disminuir el poder de compra del salario. La inflación no es otra cosa que un mecanismo para arrebatar ingresos a los trabajadores en beneficio de tal o cual sector capitalista (o del Estado).

Por eso, no hay que prestar atención a las acusaciones cruzadas entre políticos del régimen y empresarios: la única garantía hoy de defensa del ingreso obrero es pelear por aumento, por las condiciones de trabajo y por la escala móvil de salarios con ajuste automático por inflación.