Socialismo o Barbarie, periódico Nº 169, 04/02/10
 

 

 

 

 

 

15 de enero de 1919: La socialdemocracia y la burguesía alemana asesinan a
Rosa Luxemburgo

El papel de la huelga de masas en la revolución

La vida de Rosa Luxemburgo estuvo plenamente consagrada a la lucha por la Revolución Socialista. Nació en marzo de 1870, en el seno de una familia judía de clase media en Zamosc, un pueblo cercano a Lublin en la Polonia dominada por el zarismo. Desde muy joven abrazó la causa revolucionaria. En 1887, se unió a uno de los núcleos del partido Proletariat que había sido desmantelado por la represión. Tenía 16 años y tres años más tarde tendrá que salir de Polonia perseguida por la policía. Se dirigió a Zurich, una ciudad con muchos exilados polacos y rusos. Allí conoció a Plejanov, Axelrod, Vera Zasulich y otros dirigentes socialdemócratas.

Rápidamente  Rosa Luxemburgo comenzó a ser reconocida militante del Partido Socialista de Polonia. Se convirtió en una de las principales colaboradoras y a los 22 años representó a ese partido en el Congreso de la Internacional Socialista  y se volcó con inmensa pasión revolucionaria al movimiento obrero alemán.

Por entonces en Alemania el nivel de vida de los obreros había logrado aumentar, desde la crisis de 1873 los sindicatos y las cooperativas se habían hecho fuertes. Esto hacía que la burocracia de los sindicatos, junto a la influencia que la socialdemocracia comenzaba a tener en el parlamento, se alejaba de los principios revolucionarios y planteaban la necesidad de reformas y de un cambio gradual del capitalismo. Rosa fue quien salió a responder en defensa de los principios del marxismo revolucionario.

De esta manera Rosa Luxemburgo mantuvo una trayectoria revolucionaria. Polemizando con aciertos y equívocos, pero fiel al marxismo. Y fue en 1914, cuando la socialdemocracia vota a favor de los presupuestos para la guerra, ella rompe definitivamente con ese partido y junto a Karl Liebknecht, Franz Mehring y Clara Zetkin, entre otros, funda la Liga Espartaco. Luego fue encarcelada y en noviembre de 1918 estalló la revolución alemana. En diciembre va a fundar el Partido Comunista Alemán. Finalmente a principios de 1919 la revolución es derrotada. Rosa y Liebknecht son detenidos y el 15 de enero asesinados.

Rosa Luxemburgo fue una de las grandes marxistas revolucionarias. Así lo reconocieron Lenin y Trotsky, con quienes polemizó, muchas veces equivocadamente, pero en el marco de la pasión y la honestidad revolucionaria. Su obra –intelectual y militante– requiere de una valoración y actualización permanentes frente a los problemas cotidianos y estratégicos que nos plantea el putrefacto sistema capitalista al cual Rosa nunca dejó de combatir.

Presentamos entonces un fragmento del texto de Rosa “Huelga de masas, partido y sindicatos” (extraído de sus Obras Escogidas de Editorial Antídoto) en el cual polemiza con la posición reformista de Kautsky y la socialdemocracia alemana, que sostenían que el método de la huelga de masas era una “particularidad” sólo rusa, de países más “atrasados”, que en relación a Alemania, con las negociaciones sindicales y el parlamentarismo, la clase obrera podría alcanzar sus objetivos.

Todo el mundo sabe cómo terminó esta historia... en el pantano de las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Hemos visto que la huelga de masas rusa no es el producto artificial de alguna táctica premeditada de los socialdemócratas. Es un fenómeno histórico natural que se apoya en la actual revolución. Ahora bien, ¿cuáles son las causas entonces que han hecho surgir en Rusia esta nueva forma fenoménica de la revolución?

La próxima tarea de la Revolución Rusa será la abolición del absolutismo y la creación de un Estado moderno, parlamentario burgués, constitucional. Formalmente, es la misma tarea que plantearon la Revolución de Marzo en Alemania y la Gran Revolución Francesa de fines del siglo XVIII. Pero las condiciones y el medio histórico en que se dieron esas revoluciones formalmente análogas a la Rusa son fundamentalmente distintas de las que imperan actualmente en Rusia. La diferencia fundamental deriva de que en el lapso que media entre aquellas revoluciones burguesas de Occidente y la actual revolución burguesa de Oriente se cumplió el ciclo del desarrollo capitalista. Y este proceso no afectó solamente a los países de Europa Occidental sino también a la Rusia absolutista.

La gran industria, con todas sus consecuencias: las modernas divisiones de clase, los agudos contrastes sociales, la vida actual en las grandes ciudades y el proletariado contemporáneo, se ha vuelto en Rusia la forma predominante, es decir decisiva, en el proceso social de la producción.

Esta situación histórica tan notable y contradictoria es fruto de que la revolución burguesa, de acuerdo con sus tareas formales, será realizada en primer término por un proletariado con conciencia de clase en un medio internacional caracterizado por la decadencia de la democracia burguesa. A diferencia de lo que sucedió en las primeras revoluciones occidentales, la burguesía no es ahora el principal elemento revolucionario mientras que el proletariado, desorganizado y disuelto en la pequeña burguesía, suministra el material humano para el ejército burgués. Por el contrario, el proletariado consciente es el elemento dirigente y motor, mientras que la burguesía está dividida en grandes sectores, algunos francamente contrarrevolucionarios, otros débilmente liberales; sólo la pequeña burguesía rural y la intelligentsia pequeñoburguesa urbana están claramente en la oposición, algunos con mentalidad revolucionaria.

El proletariado ruso, destinado a desempeñar el rol dirigente en la revolución burguesa, entra a la lucha libre de toda ilusión respecto de la democracia burguesa, con una gran conciencia de sus intereses específicos de clase y en un momento en que ha alcanzado su apogeo el antagonismo entre el capital y el trabajo. Esta situación contradictoria se refleja en el hecho de que en esta revolución, formalmente burguesa, el antagonismo entre la sociedad burguesa y el absolutismo se rige por el antagonismo entre el proletariado y la sociedad burguesa; la lucha del proletariado va dirigida simultáneamente y con la misma energía contra el absolutismo y contra la explotación capitalista; y que el programa de la lucha revolucionaria pone igual énfasis en la libertad política que en la conquista de la jornada laboral de ocho horas y un nivel de vida material aceptable para el proletariado. Este carácter dual de la Revolución Rusa se expresa en la unión estrecha entre la lucha económica y la política y en su mutua interacción, fenómeno que caracteriza a los acontecimientos rusos y que encuentra su expresión adecuada en la huelga de masas.

En las primeras revoluciones burguesas, por un lado, la educación y dirección política de las masas revolucionarias estaba en manos de partidos burgueses y, por otro lado, se trataba simplemente de derrocar al gobierno. Por eso, la lucha revolucionaria encontraba su forma apropiada en el breve combate de las barricadas. Hoy, cuando las clases trabajadoras se educan en la lucha revolucionaria, cuando deben reunir sus fuerzas y dirigirse a sí mismas, cuando la revolución apunta tanto contra el viejo poder estatal como contra la explotación capitalista, la huelga de masas aparece como el medio natural de ganar para la lucha a las más amplias capas del proletariado y, a la vez, de derrocar el viejo poder estatal y terminar con la explotación capitalista. El proletariado industrial urbano es ahora el alma de la Revolución Rusa. Pero para librar una lucha política directa masiva, primero se debe reunir el proletariado en masa; salir de la fábrica y el taller, la mina y la fundición y superar la atomización y la decadencia a las que se ve condenado por el yugo cotidiano de la explotación del sistema.

La huelga de masas es la primera forma natural e impulsiva de toda gran lucha revolucionaria de la clase obrera, y cuanto más desarrollado se encuentra el antagonismo entre el capital y el trabajo más efectiva y decisiva debe ser la huelga de masas. La forma principal de lucha de las revoluciones burguesas anteriores, las barricadas, el conflicto franco con el poder estatal armado es, en la revolución actual, nada más que el punto culminante, un momento en el proceso de la lucha de masas proletaria. Y con ello, en esta nueva forma de la revolución se alcanza la lucha de clases civilizada y mitigada que profetizaron los oportunistas de la socialdemocracia alemana: los Bernstein, David, etcétera. Es cierto que estos hombres veían su anhelada lucha de clases civilizada y mitigada a la luz de sus ilusiones pequeñoburguesas democráticas: creyeron que la lucha de clases se reduciría a un conflicto puramente parlamentario, y la lucha callejera simplemente desaparecería. La historia encontró una solución más profunda y elegante: el surgimiento de la huelga revolucionaria de masas. Por supuesto, ésta de ninguna manera reemplaza ni hace innecesaria la brutal lucha callejera, pero la reduce a un instante en el prolongado periodo de luchas políticas. A la vez, cumple en el periodo revolucionario una enorme obra cultural, en el sentido más preciso del término: eleva material y espiritualmente a la clase obrera de conjunto, “civilizando” la barbarie de la explotación capitalista.

Vemos, pues, que la huelga de masas no es un producto específicamente ruso, consecuencia del absolutismo, sino una forma universal de la lucha de clases que surge de la etapa actual del desarrollo capitalista y sus relaciones sociales. Desde este punto de vista, las tres revoluciones burguesas –la Gran Revolución Francesa, la Revolución Alemana de Marzo y la actual Revolución Rusa– forman una cadena continua en la que se advierte la suerte y el fin de la era capitalista. En la Gran Revolución Francesa las contradicciones internas de la sociedad burguesa, apenas desarrolladas, dieron lugar a un largo periodo de luchas violentas en el que los antagonismos que germinaron y maduraron al calor de la revolución se desencadenaron, sin trabas ni restricciones, con un radicalismo desaforado. Un siglo después, la revolución de la burguesía alemana, que estalló cuando el desarrollo del capitalismo había llegado a mitad de camino, ya se encontraba trabada de ambos lados por el antagonismo de intereses y el equilibrio de fuerzas entre el capital y el trabajo. Se ahogaba en una especie de compromiso burgués-feudal que la redujo a un breve y miserable episodio que quedó en palabras.

Pasó otro medio siglo. La Revolución Rusa actual se encuentra en un punto del camino histórico que ya está del otro lado del punto culminante de la sociedad capitalista, en el que la revolución burguesa ya no puede ser ahogada por el antagonismo entre burguesía y proletariado sino que, por el contrario, abrirá un nuevo periodo prolongado de luchas sociales violentas, en el que la rendición de cuentas del absolutismo parecerá insignificante al lado de las numerosas cuentas abiertas por la propia revolución. La revolución actual concreta en el marco de la Rusia absolutista las consecuencias generales del desarrollo capitalista internacional. Aparece, no tanto como sucesor de las viejas revoluciones burguesas, sino como precursora de una nueva serie de revoluciones proletarias en Occidente. El país más atrasado, precisamente porque su revolución burguesa llegó en momento tan tardío, le muestra al proletariado de Alemania y de los países capitalistas más adelantados los nuevos métodos de la lucha de clases.

Desde este punto de vista, resulta totalmente erróneo considerar la Revolución Rusa un buen espectáculo, algo específicamente “ruso”, para admirar, en el mejor de los casos, el heroísmo de los combatientes, o sea, lo accesorio de la lucha. Es mucho más importante que los obreros alemanes aprendan a ver la Revolución Rusa como asunto propio, no sólo en el sentido de la solidaridad internacional con el proletariado ruso sino ante todo como un capítulo de su propia historia política y social. Los dirigentes sindicales y parlamentarios que consideran al proletariado alemán “demasiado débil” y la situación alemana “inmadura” para las luchas revolucionarias de masas, obviamente no tienen la menor idea de que el grado de madurez de las relaciones de clase en Alemania y el poder del proletariado no se reflejan en las estadísticas sindicales ni en las cifras electorales sino... en los acontecimientos de la Revolución Rusa. Así como la madurez de los antagonismos de clase en Francia durante la monarquía de julio y la batalla de París de junio se reflejaron en el proceso y fracaso de la Revolución de Marzo en Alemania, la madurez de los antagonismos de clase alemanes se refleja en los acontecimientos y la fuerza de la Revolución Rusa. Y los burócratas del movimiento obrero alemán, mientras revuelven los cajones de sus escritorios para recabar informes sobre su fuerza y madurez, no ven que lo que buscan lo pone ante sus ojos una gran revolución histórica. Porque, desde el punto de vista histórico, la Revolución Rusa  refleja el poder y la madurez de la Internacional y, por tanto, en primer término del movimiento obrero alemán.

Sería un fruto demasiado miserable y grotescamente insignificante de la Revolución Rusa el que el proletariado alemán extrajera de ella –como lo desean los camaradas Frohome, Elm y otros–, como única lección, la manera de utilizar la forma extrema de lucha, la huelga de masas, como mera fuerza de reserva en caso de la supresión del voto parlamentario, debilitándola por lo tanto hasta el punto de convertirla en medio pasivo de defensa parlamentaria. Cuando se nos quite el voto parlamentario, resistiremos. Eso es evidente. Pero para ello no es necesario asumir la pose heroica de un Danton, como lo hizo el camarada Elm en Jena; la defensa del modesto derecho parlamentario no es una innovación violenta sino el primer deber de todo partido de oposición, si bien fueron necesarias para impulsarlo las terribles hecatombes de la Revolución Rusa. Pero el proletariado no puede quedarse a la defensiva en un periodo revolucionario. Y si bien es difícil predecir con certeza si la liquidación del sufragio universal provocaría en Alemania una acción huelguística de masas en forma inmediata, por otra parte es absolutamente cierto que cuando Alemania entre en una etapa de acciones violentas de masas los socialdemócratas no podrán basar su táctica en la mera defensa parlamentaria.

Fijar de antemano la causa por la que estallarán las huelgas de masas y el momento en que lo harán no está en manos de la socialdemocracia, puesto que ésta no puede provocar situaciones históricas mediante resoluciones de los congresos del partido. Pero lo que sí puede y debe hacer es tener claridad acerca de las situaciones históricas cuando aparecen, y formular tácticas resueltas y consecuentes. El hombre no puede detener los acontecimientos históricos mientras elabora recetas, pero puede ver de antemano sus consecuencias previsibles y ajustar según éstas su modo de actuar.

El primer peligro político que acecha, que ha preocupado durante años al proletariado alemán, es un golpe de Estado reaccionario que les arranque a las amplias masas populares su derecho político más importante: el sufragio universal. A pesar de la gran importancia de este probable acontecimiento es imposible, como hemos dicho, decir con certeza que el golpe de Estado provocará una movilización popular inmediata, porque hay que tener en cuenta una gran cantidad de circunstancias y factores. Pero si consideramos lo agudo de la actual situación alemana y, por otra parte, las múltiples reacciones internacionales que provocará la Revolución Rusa y la futura Rusia rejuvenecida, es claro que el derrumbe de la política alemana que sobrevendría como consecuencia de la revocación del sufragio universal no bastaría para detener la lucha por ese derecho. Más bien, el golpe de Estado provocaría, tarde o temprano y con gran fuerza, un gran ajuste general de cuentas de la masa popular soliviantada e insurgente; ajuste de cuentas por la usura del pan; por el aumento artificial de los precios de la carne; por los gastos que exigen un ejército y una marina que no conocen límites; por la corrupción de la política colonial; por la desgracia nacional del juicio de Königsberg; por el cese de la reforma agraria; por los despidos masivos a los obreros ferroviarios, empleados de correo y trabajadores rurales; por los engaños y burlas perpetradas contra los mineros; por el juicio de Lobtau y todo el sistema judicial de clase; por el bárbaro sistema del lock-out, en fin, por la opresión de treinta años a manos de los junkers y el gran capital trustificado.

Una vez que la bola empiece a rodar, la socialdemocracia, quiéralo o no, no podrá detenerla. Los adversarios de la huelga de masas suelen decir que las elecciones y ejemplos de la Revolución Rusa no pueden ser un criterio válido para Alemania, porque en Rusia primero se debe dar el gran paso del despotismo oriental al orden legal burgués moderno. Se dice que la distancia formal entre el viejo orden político y el nuevo es explicación suficiente de la violencia y vehemencia de la revolución en Rusia. En Alemania hace tiempo que gozamos de las formas y garantías de un Estado constitucional, de donde se deduce que aquí es imposible que se desate semejante tormenta de los antagonismos sociales.

Los que así especulan, olvidan que en Alemania, cuando estallen las luchas políticas abiertas, el objetivo históricamente determinado no será el mismo que en Rusia. Precisamente porque el orden legal burgués ha existido durante tanto tiempo en Alemania, porque ha tenido tiempo de agotarse y llegar a su fin, porque la democracia y el liberalismo burgués han tenido tiempo de morir, aquí ya ni se puede hablar de revolución burguesa. Por eso, en el periodo de luchas políticas populares en Alemania, el objetivo último históricamente necesario no puede ser sino la dictadura del proletariado. Sin embargo, la distancia que media entre esta tarea y la situación que impera actualmente en Alemania es mayor aun que la distancia entre el orden legal burgués y el despotismo oriental. Por tanto, esa tarea no puede realizarse de golpe; se consumará en una etapa de gigantescas luchas sociales.

Pero, ¿no hay una gran contradicción en el cuadro que hemos trazado? Por un lado, decimos que en un eventual periodo futuro de acción política de masas los sectores más atrasados del proletariado alemán —los trabajadores rurales, los ferroviarios y los esclavos del correo— ganarán antes que nada el derecho de agremiación, y que en primer lugar hay que liquidar las peores excrecencias de la explotación capitalista. Por otro lado, ¡decimos que la tarea política del momento es la toma del poder por el proletariado! ¡Por un lado, luchas económicas y sindicales por los intereses inmediatos, por la elevación material de la clase obrera; por el otro, el objetivo último de la social democracia! Es cierto que se trata de contradicciones muy grandes, pero no se deben a nuestro razonamiento sino al desarrollo del capitalismo. Este no avanza en una hermosa línea recta, sino en un relampagueante zigzag. Así como los distintos países reflejan los más variados niveles del desarrollo, dentro de cada país se revelan las distintas capas de la misma clase obrera. Pero la historia no espera a que los países más atrasados y las capas más avanzadas se fundan para que toda la masa avance simétricamente como una sola columna. Hace que los sectores mejor preparados estallen apenas las condiciones alcanzan la madurez necesaria, y luego, en la tempestad revolucionaria, se recupera terreno, se nivelan las desigualdades y todo el ritmo del progreso social cambia súbitamente y avanza velozmente.

Así como en la Revolución Rusa todos los grados de desarrollo y todos los intereses de las distintas capas de obreros se unifican en el programa revolucionario socialdemócrata, y los innumerables conflictos parciales se unifican en la gran movilización común del proletariado, lo mismo ocurrirá en Alemania cuando la situación esté lo suficientemente madura. Y la tarea de la socialdemocracia será, entonces, regular su táctica, según las necesidades de los sectores más avanzados, no de los más atrasados.