Socialismo o Barbarie, periódico Nº 156, 30/07/09
 

 

 

 

 

 

Seis meses de Obama

Las contradicciones del reformismo sin reformas...
y en tiempos de crisis

Por Claudio Testa

Ya van seis meses de Obama en la presidencia de EEUU. El agitado curso de la situación mundial –por un lado, la peor catástrofe económica desde la Gran Depresión; por el otro, un surtido de crisis políticas y sociales, dentro y fuera de EEUU– han sido más que suficientes para ajustar una caracterización del inquilino de la Casa Blanca y sus políticas.

Al mes de iniciarse su mandato, en un artículo de José Luis Paredes –“Los limites del «gatopardismo imperial»”, SoB Nº 145, 19/02/09–, señalábamos las “presiones contrapuestas” que enfrentaba, en “el imposible intento de conformar a «tirios y troyanos».

“Es que Obama –añadíamos– es la encarnación de un gobierno redondamente burgués e imperialista pero bajo una expresión «progresista» ante el escenario del derrumbe del consenso neoliberal imperante en el mundo y los propios EEUU desde finales de los años 70. Con qué reemplazarlo, nadie lo sabe.

“¿Será capaz Obama de realizar un arbitraje en relación a quién pagara los dramáticos costos de la crisis entre la propia clase dominante estadounidense, los demás estados imperialistas, países ‘emergentes’ tipo China, India, Brasil y México, y respecto del movimiento de masas mundial? Nos permitimos dudarlo. Porque no está nada claro que tenga la suficiente fortaleza como para mediar eficazmente ante el tremendo trastrocamiento de las condiciones de la estabilidad mundial y las presiones contrapuestas de clases, estados y fracciones de clase.

“En todo caso son estas dramáticas circunstancias las que ya están poniendo a prueba la eficacia de esta suerte de proyecto de «gatopardismo imperial» (como bien lo definió el intelectual argentino Atilio Borón), proyecto que hasta ahora no parece atinar a ir mucho más lejos que una suerte de «neoliberalismo light» de pacotilla...

Efectivamente, los seis meses transcurridos han confirmado esencialmente este pronóstico, con el añadido de que las “expresiones «progresistas»” de Obama no han pasado a mayores... ni en EEUU ni en el exterior.

Obama ganó la presidencia de EEUU (y también grandes simpatías en el exterior) agitando una palabra mágica: “cambio”. Pero, como analizamos más en detalle en otros artículos, resulta que los “cambios” son insignificantes... o para peor. Esto coloca a su gobierno en una contradicción cada vez más escandalosa entre las enormes expectativas de “cambios” progresivos que suscitó –tanto a nivel nacional como internacional–, y las miserables realidades de su mandato. Es un conflicto entre los deseos de cambio de las masas y el infierno que ofrece un capitalismo en crisis y un imperialismo en decadencia, que trata de recuperar su lugar por las buenas o por las malas.

En otras palabras, el “gatopardismo” de Obama ha demostrado sus estrechos límites. En la famosa novela “El Gatopardo”, uno de sus personajes afirma: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Pero la política de Obama ni siquiera alcanza a cumplir ese axioma elemental del reformismo.

A Obama le gusta compararse con Franklin D. Roosevelt, el presidente demócrata que en los tiempos de la Gran Depresión realizó efectivamente grandes reformas. Con ellas no sólo logró que el capitalismo estadounidense “siguiese como está”, sino que además conquistase la hegemonía mundial. El “reformismo” de Obama es cualitativamente insignificante en relación al “modelo Roosevelt”.

Esto refleja, asimismo, importantes diferencias de la situación estadounidense y mundial, entre ellas que la clase obrera de EEUU se puso “en pie de guerra” al llegar Roosevelt a la presidencia. Había además una situación mundial en que estaba más polarizado el enfrentamiento revolución/contrarrevolución. Obama, en cambio, sube en hombros de un movimiento progresivo de las masas norteamericanas de rechazo al desastre neoconservador de Bush, pero que luego de asumir no se traduce en grandes movilizaciones con exigencias, como en los años 30.

Las masas trabajadoras y populares se han mantenido expectantes, pero no movilizadas. A diferencia de Roosevelt, Obama no ha soportado –hasta ahora– presiones serias desde abajo. En cambio, las presiones de las corporaciones –y en especial de Wall Street– y del Pentágono sobre el gobierno siguen como de costumbre, a través del sistema de lobbies que conforma el peculiar régimen oligárquico que impera en Estados Unidos y que maneja a presidentes, legisladores y jueces. Así, una vez más se cumple la norma de que las “reformas” son principalmente el subproducto de las luchas revolucionarias de las masas.

Las masas estadounidenses se sienten cada vez más defraudadas en sus expectativas. Por eso Obama ha comenzado a caer vertiginosamente en la encuestas de opinión. Del 70% de “popularidad” que tuvo inicialmente, hoy está apenas unos puntos por encima del 50%. Y la perspectiva es que el tobogán no se detenga allí.

Por supuesto, una cosa son las encuestas y otras las acciones de la lucha de clases. Sólo ellas podrían determinar un cambio de la situación política que arranque eventualmente concesiones “reformistas”. Sin embargo, este desinfle de las expectativas en Obama podría marcar la etapa previa a estallidos y luchas sociales.

Es que, por un lado, la crisis está llevando al desempleo y la miseria a sectores cada día más amplios, sin que desde el gobierno federal y desde los estados se haga gran cosa para paliar el desastre. Por el otro, los cambios de humor de las masas que apoyaron o aún apoyan a Obama, no se estarían desarrollando en el sentido de una vuelta al neoconservadorismo republicano. Al contrario, se advierten rupturas ideológicas, sobre todo en la joven generación.

Los estudios de opinión vienen revelando que hoy los norteamericanos son menos conservadores en cuestiones sociales y religiosas que hace años. En abril, una encuesta reciente de un instituto de encuesta serio y, además, de derecha –Rasmussen Reports– dio un resultado sorprendente: una de cada tres personas menores de 30 años dijo que preferiría el “socialismo” al “capitalismo”, algo inconcebible años atrás.[1]

Por supuesto, el gran interrogante es cómo y cuándo estos cambios en la conciencia van a traducirse en el terreno de las acciones; es decir, de la lucha de clases. Aquí entra a tallar el problema de los problemas: las formas y ritmos de la recomposición del otrora combativo movimiento obrero de EEUU.


1.- “Obama in office - Is this change we can believe in?”, ISR Nº 66, March–April 2009.