Socialismo o Barbarie, periódico Nº 149, 16/04/09
 

 

 

 

 

 

De Cumbre en Cumbre en tiempos de crisis

“Cumbre de las Américas” en Trinidad Tobago

Otra reunión del tiburón con las sardinas

Por Claudio Testa

Del 17 al 19 de abril, se realizará la “Quinta Cumbre de las Américas”, en Port of Spain, capital de la “República de Trinidad y Tobago”, dos islas del Caribe, ex colonias británicas, que están frente a Venezuela.

Hasta la fecha se han realizado seis “Cumbres de las Américas” (dos de ellas no fueron “numeradas” por su carácter extraordinario). La Primera Cumbre se reunió en Miami, en diciembre de 1994, y la última, la Cuarta, en Mar del Plata, en noviembre de 2005.

De Miami a Trinidad Tobago

En las nubes de la diplomacia, estas cumbres han reflejado, por un lado, el ascenso y posterior deterioro de la hegemonía del imperialismo yanqui y, por el otro, los procesos de la lucha de clases en América Latina, en especial el de las rebeliones populares que marcaron los inicios del siglo XXI, cuyas consecuencias siguen presentes.

En 1994, la primera de las cumbres expresó en Miami la borrachera del triunfo del capitalismo en su versión neoliberal (y de EEUU en particular), con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la restauración capitalista en la ex URSS, el Este de Europa y China.

Por eso, en diciembre del 94, los gobiernos latinoamericanos viajaron a ponerse en cuatro patas frente el Emperador del Mundo domiciliado en Washington, que había vencido en la “guerra fría” al Imperio del Mal. Eran los tiempos, como decía Menem, de las “relaciones carnales” con EEUU. No sólo hacían votos de acatamiento político. También juraron sobre la nueva Biblia neoliberal, el llamado “Consenso de Washington” formulado en 1990 y que marcaba las obligaciones de los vasallos del sur: desregulaciones, privatizaciones, ajustes presupuestarios, liberalización financiera y del comercio exterior, total apertura a las inversiones extranjeras, respeto a la propiedad (nada de nacionalizaciones), liquidación de leyes sociales y laborales, etc.

Pero, desde entonces, se dieron cambios de gran importancia, que configuran un escenario muy distinto para la Quinta Cumbre. Ya la última reunión, la de Mar del Plata, había sido de crisis... y no sólo porque el viaje de Bush cosechó un amplio repudio en Argentina y otros países del Cono Sur. Con otra de sus habituales torpezas, Bush (por intermedio de unos de sus títeres, el presidente de México) trató inútilmente de hacer votar “de prepo” el establecimiento del ALCA (tratado de libre comercio con EEUU), al que se oponían los principales países sudamericanos, como Brasil, Argentina y Venezuela.

Bush atropellaba así una norma no escrita de estas reuniones: que no se vota nada que no haya sido acordado previamente tras bambalinas. Su fracaso reflejó, a nivel diplomático, el debilitamiento geopolítico global de EEUU, determinado principalmente por su empantanamiento en las guerras coloniales de Medio Oriente.

Pero en su “patio trasero” latinoamericano, el imperialismo yanqui también había perdido puntos, especialmente en Sudamérica, con los procesos de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Argentina. Lo que hemos llamado el “ciclo de rebeliones populares” fue tiñendo el conjunto del continente sur, incluso por las medidas “preventivas”, políticas y sociales, adoptadas en países más estables, donde no ha habido estallidos semejantes.

En todo el mundo –y también en América Latina– había aparecido el nuevo fenómeno geopolítico de “desobediencia a Washington”, casi inconcebible a principio de los 90. Aunque en forma muy desigual, comenzó a operar la tendencia de que “cada cual hace su juego”.

Desde la reunión de 2005 en Mar del Plata, las cosas fueron de mal en peor para el imperialismo yanqui. Sin haber revertido su debilitamiento geopolítico, EEUU es hoy además el epicentro de la crisis económica más grave desde la Gran Depresión. Esto ha abierto una nueva situación mundial donde están en tela de juicio la organización neoliberal del capitalismo (en cuyo centro está EEUU)... pero también el capitalismo mismo.

Por el lado de América Latina, esto se combina con complejos fenómenos y tendencias propias y contradictorias. Las rebeliones populares sudamericanas no llevaron a revoluciones obreras y socialistas, pero tampoco a una vuelta a lo anterior. En los últimos años, en algunos de los países donde se dieron los principales procesos de rebeliones populares, han surgido fuertes movimientos sociales y/o políticos de derecha, como los escuálidos de Venezuela, los autonomistas de Bolivia y los “sojeros” en Argentina. Sin embargo, hasta ahora, aunque son un peligro cierto, no han logrado, en ninguno de esos países, inclinar el péndulo decididamente a la derecha.

Asimismo, el impacto de la crisis mundial introduce un factor nuevo, que apenas comienza a desplegarse. En Centroamérica, sin que haya habido rebeliones como las sudamericanas, hay ahora una mayoría de gobiernos distintos a los clásicos de derecha “dura” neoliberal de los 90. En Sudamérica, es un interrogante lo que va a pasar con un país como Brasil, principal factor de estabilidad continental, si sigue siendo castigado de lleno por la crisis. Por otro lado, los dos agentes más directos e incondicionales de EEUU –los gobiernos de Colombia y México–, están pasando por las más graves dificultades políticas y económicas.

Obama superstar

Es en este cuadro global que la nueva conducción del imperialismo yanqui va a tratar de recomponer algo las cosas. Obama y quienes están detrás de él, son más realistas que Bush. Parten de reconocer expresamente que se acabó la época en que dábamos órdenes”, como dijo el vicepresidente de Obama en la reciente “Cumbre del Progresismo” en Chile.

Theodore Roosevelt, presidente de 1901 a 1909, uno de los “padres fundadores” del imperialismo yanqui, tenía como lema la frase: “habla suavemente, pero lleva un gran garrote”. Ahora, con Obama, en relación a América Latina, es la hora de “hablar suavemente”.

Esto no implica que el “gran garrote” haya dejado de existir. Sigue masacrando directamente en Iraq, Afganistán y Pakistán (e, indirectamente, por medio de Israel). Pero, hoy en América Latina las cosas van por el otro carril (aunque en silencio EEUU haya reactivado la IV Flota... por la dudas).

La personalidad como “showman” político de Obama (la opuesta de Bush hasta en el color de la piel) le ha conquistado simpatías amplias, tanto en Europa como en América Latina. Cosecha su público en sectores que alientan la esperanza de un (imposible) cambio de fondo de los Estados Unidos capitalistas. Es una cuota de ilusiones como la que también se da dentro de EEUU y que le ha ayudado a Obama contener –hasta ahora– un estallido social. Hay que reconocer que es un “vendedor de buzones” de alta performance.

Buscando socios menores en América Latina

Pero no se trata sólo de las sonrisas que Obama dirige hacia las masas de EEUU y del exterior. También tiene una política más “amplia”: trata de “abrir el juego” a poderes menores, asociándolos a su empresa de “poner orden” en este desbarajuste. Es la táctica opuesta a la Bush (en su primera presidencia), que hacía guerras rompiendo con tradicionales aliados (como Francia y Alemania) y prescindiendo de la ONU y hasta de la OTAN. O sea, una política hegemonista directa y unilateral.

Obama está en otra: busca socios (menores)... para seguir ejerciendo su dominio. En otra esfera, el G-20 es un ejemplo de esta política de “apertura”. Tradicionalmente las decisiones mundiales se procesaban en el G-7 (Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Francia, Alemania, Italia y Japón) o el G-8 (esos países + Rusia). Luego, en los primeros años de Bush, todo se cocinaba unilateralmente en Washington. Ahora, el revés, con el G-20, convocan a otros estados de Asia-Pacífico, Medio Oriente, África y América Latina, para que les ayuden a sostener la estantería. Buscan contrarrestar las tendencias “centrífugas” en el sistema mundial de estados.

En América Latina, los suspiros de Obama se dirigen en primer lugar a Lula (aunque por supuesto, en el norte, México juega un papel importante). Pero la asociación con Brasil es aun más fundamental y, de hecho, ya está en curso desde hace tiempo en varios aspectos (como el comando de la infame ocupación militar de Haití, donde participan también Argentina y Uruguay). Otro papel, ya discutido con Lula, es que le ayude a encuadrar a Chávez.[1]

En síntesis: asociar estrechamente a Brasil para garantizar el orden en toda la región, es gran objetivo de Obama.

Cuba, un caso testigo

Hay, entonces, ciertos “cambios” en la política de EEUU hacia América Latina. Pero sus límites son estrechos. Son cambios para mantener su dominio imperialista sobre el conjunto de la región, dominio cuestionado y debilitado en los últimos años.

Los estrechos límites de este “cambio” se revelan nítidamente en un caso testigo, el de Cuba.

En la mencionada “Cumbre del Progresismo”, los gobernantes presentes le reclamaron al vicepresidente Biden el levantamiento del bloqueo a Cuba. Biden se negó categóricamente: las sanciones van a seguir, aunque con retoques insignificantes, como los aprobados esta semana.

Obama hace esto, aunque es un cierto riesgo para la misma Cumbre. Aunque sea “de boca para afuera”, hoy todos los gobiernos latinoamericanos se pronuncian contra el bloqueo. Asimismo, el bloqueo, en la última votación de la Asamblea General de la ONU, fue condenado por 185 de los 192 países miembros. Hay algún peligro de que Cuba termine siendo un tema principal en la Cumbre, aunque el tradicional borreguismo de la mayoría de los gobiernos latinos lo haga difícil.

Pero el bloqueo sigue siendo, para el imperialismo yanqui, un ejemplo para los pueblos latinoamericanos de que no está dispuesto a tolerar desafíos como fue la Revolución Cubana. El “cambio” de Obama no modifica eso.

Neoliberalismo “moderado”... en las palabras

En la esfera de la economía, los cambios de Obama tampoco son mayores. Basta leer el “Proyecto de Declaración de Port of Spain”, redactado en Washington, que se va a votar en la Cumbre.

La mayoría de sus 66 artículos son las pavadas de siempre. Buenos deseos que nadie espera que se cumplan, tales como “fomentar mayores oportunidades de empleo decente” (¡en medio de una ola mundial de despidos, en primer lugar en EEUU!), reducir la desigualdad social y disminuir los índices de pobreza a la mitad para el año 2015” y “aumentar los niveles de nutrición de todos los pueblos” para la misma fecha... Como faltan más de cinco años, habrá que seguir pasando hambre...

Despejada la humareda rosada, las medidas concretas son las de siempre: “seguir aplicando políticas macroeconómicas sanas”. Cuando se las detalla, consisten en que “seguiremos promoviendo el desarrollo del sector privado”, etc., etc. Los estados deben ante todo “atraer inversión privada adicional y fomentar el desarrollo empresarial...” ¡Son las políticas neoliberales de siempre: es decir, las que llevaron al abismo! Un chiste de humor negro es la recomendación a los gobiernos de hacer “gastos públicos prudentes”. O sea, lo opuesto que Obama en EEUU.

En otros puntos se bendice el desarrollo de los biocombustibles, incompatible con producir comida para “aumentar los niveles de nutrición”.

Tampoco faltan largos párrafos sobre “perseverar en nuestros esfuerzos para prevenir y combatir el terrorismo”. Es decir, el “santo y seña” inaugurado por Bush para bombardear e invadir. También eso sigue tal cual.

El gran “cambio” es la traducción de todo eso al lenguaje dulzón del “progresismo” y las ONGs.


Nota:

1.- Este rol de Brasil (que viene de antes), le ha valido la caracterización de “subimperialismo” de parte de algunos analistas importantes, como Claudio Katz. Aquí no hay espacio para discutir este tema. Pero nos parece que el rasgo fundamental para caracterizar a Brasil sigue siendo el de su dependencia de EEUU y otros centros del imperialismo, aunque por supuesto no sea una mera semicolonia como otros países del continente.