Socialismo o Barbarie, periódico Nº 146, 05/03/09
 

 

 

 

 

 

Escuela de cuadros del Ya Basta! de la UBA, La Plata, Norte, Mar del Plata, Córdoba y Neuquén

Para comprender la crisis

Por José Luis Rojo

En las últimas semanas la juventud de nuestro partido realizó una escuela basada en El Capital de Marx para tener más herramientas para comprender la crisis capitalista. Prácticamente 100 jóvenes compañeros asistieron a una serie de intensas jornadas donde hubo que vérselas con capítulos enteros de la obra del fundador del marxismo clásico.

La circunstancia de esta escuela es evidente: se está frente a la crisis más dramática de la economía mundial desde la Gran Depresión de los años ’30. De ahí que sea una extraordinaria oportunidad para comprender la crítica marxista al capitalismo en lo que hace a sus leyes y contradicciones más profundas.

En lo que sigue levantamos entonces un “acta” de algunos de los ejes o “coordenadas” alrededor de los cuales discurrió la escuela pidiendo disculpas de antemano si por lo apretado de la síntesis los conceptos que aquí señalamos se hacen difíciles a nuestros lectores. Razón demás para sumarse entonces al estudio de Marx junto a nuestro partido.

De la mercancía al capital pasando por la explotación

El responder al interrogante acerca de qué es la llamada “ley del valor” configuró la primera exigencia de la escuela. Necesariamente había que arrancar de explicar la misma para poder comprender luego los mecanismos que llevan a la crisis. Suscintamente la explicación giró alrededor de entenderla como la ley que gobierna la producción generalizada de mercancías (así se denomina a los productos del trabajo bajo el capitalismo).

Para comprender esto hubo que partir –tal cual Marx en El Capital- del concepto histórico-teórico de mercancía y del capitalismo como sociedad productora de mercancías. Se subrayó que a diferencia de otros modos de producción históricos (otros sistemas económicos), el modo de producción capitalista se caracteriza por ser el modo de producción en el cual se produce para el intercambio (el llamado “mercado”).

Ahora bien, el problema está precisamente en cuál es la ley que gobierna (o permite medir) los intercambios; esto no podría estar fundado en el terreno de la pura arbitrariedad, o en criterios extraeconómicos. Precisamente es ahí donde aparece la ley del valor. Es decir, en el hecho que los intercambios se basan en la cantidad de valor (esto es, trabajo) incorporado en la producción que tiene cada mercancía.

Es decir, el trabajo incorporado en cada una es lo común a todas ellas. Son un producto del trabajo humano; todas tienen una determinada cantidad de trabajo humano incorporado necesario para su producción. Precisamente, tienen que tener algo en común que permita medir racionalmente los intercambios. El factor “activo”, el que les da valor a las mercancías, la clave de la producción de las mercancías, es el trabajo humano (el trabajo vivo), el gasto de energía humana puesto en su producción. Es el producto del trabajo humano explotado de la clase obrera.

El primer concepto a explicar fue entonces el de mercancía. De él se desprendieron luego los conceptos de valor de uso (el imprescindible carácter útil del producto), el ya señalado concepto de valor y el valor de cambio (la medida a la hora de los intercambios que luego se expresa en el precio de la mercancía).

Pero había que avanzar más allá en el manejo de las categorías para comprender los mecanismos íntimos de la crisis. A partir del concepto de mercancía (como unidad de valor de uso y valor) se pasó al del representante general de la riqueza, al del mediador general de los intercambios: la categoría de dinero.

Es decir, inevitablemente había que dar una definición del dinero. Comprender la categoría del dinero y el problema de los intercambios era fundamental. Porque una vez comprendido el concepto de dinero se debe pasar al concepto fundamental de capital. Capital que es una relación social (los medios de producción en manos de los capitalistas, la fuerza de trabajo como única mercancía productiva de los trabajadores) y que, desde el punto de vista económico, no es más que la forma que adquiere la riqueza bajo el capitalismo (una forma separada del control de los explotados y en manos de los explotadores).

Capital cuya fórmula es ni más ni menos que D-M-D’: es decir, dinero “enriquecido” a partir de la explotación de los trabajadores en la producción y que por eso se transforma en capital. Es que a diferencia de los modos de producción mercantiles simples donde la fórmula es M-D-M (producción simplemente para satisfacer las necesidades pero sin explotación ni acumulación), el incremento de dinero incluye la necesidad imprescindible de pasar por la producción como sede de la explotación del trabajo y de la creación de valor (trabajo pago) y plusvalor (trabajo impago).

Precisamente, lo anterior nos llevó a otro concepto fundamental: el concepto de plusvalor. Era inevitable referirse a él que es el que da cuenta de la explotación del trabajo humano.

Y no sólo por esto, sino por el hecho de que en el modo de producción capitalista el objetivo y motor específico de la producción es justamente la generación de este trabajo no pagado, el proceso de valorización del capital. Es decir, la ganancia y no la satisfacción de las necesidades humanas.

Justamente aquí hay algo clave característico de la producción capitalista: el concepto de desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social; el “estrujamiento” no sólo del plusvalor absoluto –extensión e intensidad de la jornada laboral– sino la vía del llamado plusvalor relativo como instancia de la superación de los límites “orgánicos” de la fuerza de trabajo. Esto es: la emergencia de la gran industria y del sistema de máquinas (hasta llegar a la automatización) que “contradictoriamente” crea al mismo tiempo las condiciones materiales para acabar con la explotación del trabajo y que le quita base de valor a la producción. Esto fue subrayado por el marxista polaco Román Rosdolsky cuya valiosísima obra “Génesis y estructura de El Capital” nos fue de mucha utilidad en esta primera parte de la escuela.

La sustitución de trabajo vivo por trabajo muerto como causa última de la crisis

A partir de los desarrollos anteriores se pasó a la segunda parte de la escuela. Se comenzó explicando que en la economía la producción no puede existir sin el momento de la reproducción. Se señaló el terreno de la producción como el fundante –el fundamento material– pero que la economía capitalista como productora de mercancías no puede existir sin los intercambios en el mercado. De ahí los terrenos de la producción y la circulación y el somero señalamiento de los problemas de la reproducción simple y ampliada, así como la ley de acumulación capitalista y la ley de población que le es propia.

En fin, todo lo anterior se desarrolló con el objetivo de llegar al núcleo de la escuela: el objetivo de la misma era ayudar a comprender cómo “funciona” la crisis, cuál es su mecánica.

Se podría decir que el ciclo del capital, el ciclo de la producción capitalista, tiene contradicciones y “fallas” que la atraviesan de cabo a rabo; así como manifestaciones fenoménicas de enorme importancia que son como derivaciones en segunda instancia de la crisis que late en el núcleo íntimo del sistema (pero que hacen a la configuración concretamente determinada de cada crisis).

Porque hay un “núcleo racional”, un secreto íntimo que es el que las explica en su razón más profunda: la tendencia a la sustitución del trabajo vivo por el trabajo muerto (el trabajo anterior acumulado en los medios de producción); la tendencia al aumento en la composición orgánica del capital subproducto de la acumulación; todo lo cual deriva –inevitablemente– en la tendencia a la baja de la tasa de ganancia. Este es el secreto íntimo de las crisis capitalistas.

Para decirlo de otra manera: su fundamento es la explotación del trabajo humano, pero esta explotación es –a los efectos de la producción de cosas útiles como tales– cada vez menos necesaria para impulsar hacia adelante la producción. Esto ocurre en virtud del propio desarrollo de las fuerzas productivas sociales-científico-naturales que tienden a colocar al trabajador mas bien como “vigilador” y/o “controlador” de la producción que como base explotada de la misma.

Pero para comprender esto había que explicar primero varias categorías, categorías que sólo se pueden comprender en términos de ley del valor, en términos de explicar primero que el modo de producción capitalista tiene como objetivo específico la creciente valorización del capital: produce para la ganancia, para aumentar plusvalor sobre plusvalor y no para satisfacer necesidades humanas.

Esto es “independiente” del hecho de que, para que el sistema funcione, el sustrato material de la valorización es y no puede dejar de ser, indefectiblemente, el valor de uso. Como señalara Marx, el valor de uso es el sustrato material del valor (podríamos agregar que es el sustrato material de toda economía como también señalaran Marx y Engels). Esto es así a tal punto que por más que se incorporen decenas y cientos de horas en una “mercancía” que no tenga utilidad económica-social alguna, ésta no tendrá ningún valor.

Aquí, inevitablemente, hay que explicar la diferencia entre el proceso de trabajo y el proceso de valorización, problemática subrayada en la obra clásica de Henry Grossmman, “Ley de acumulación y derrumbe del capitalismo”, obra enormemente vigente y que sirvió de importante referencia para esta parte de la escuela[1]. También cómo el proceso de la producción capitalista es la unidad de estos dos momentos que sin embargo no son sinónimos.

A partir de aquí hay varias categorías a explicar –cosa que aquí no podemos obviamente hacer– para que se pueda comprender la mecánica de la crisis: el capital variable y constante; y a partir de ahí, la tasa de plusvalor, la tasa de ganancia, la composición orgánica del capital, la ley tendencial a la caída de la tasa de ganancia (tasa y masa de ganancia) y las llamadas causas contrarrestantes.

Hay un encadenamiento del conjunto de las categorías a las cuales hay que hacer referencia para que se entienda de qué estamos hablando y de cuáles son las categorías que Marx debió construir para entender la mecánica íntima de las crisis capitalistas más allá de todas las manifestaciones fenoménicas (tales como sobreproducción, subconsumo, etc.).

Luego de señaladas todas estas categorías, se trabajó con el concepto de el capital como límite del propio capital. Es decir, el problema de que la economía capitalista se basa todavía en una “medida de enano”: el “simple” gasto de energía humana, al tiempo que el constante revolucionamiento de las fuerzas productivas del trabajo social cada vez más tiende a socavar esta base independizando más y más la producción de la energía humana directa involucrada en la misma. Esta es la paradoja central de la producción capitalista y la que lo aproxima tendencialmente a la tumba.

Economía y lucha de clases

En definitiva, la escuela se centró básicamente en los textos y obra de Marx, pero dejó abierta a la vez toda esta serie de problemáticas para el estudio y la elaboración ulterior. Problemáticas que deben ir de la mano del estricto seguimiento de la actual crisis mundial y que se anudan alrededor de las coordenadas de la necesaria interrelación entre leyes económicas y lucha de clases para la evolución de la misma.

Básicamente, aquí se colocó el problema de que en el marxismo hay una teoría de la crisis pero no, mecánicamente, del derrumbe-colapso del sistema. Precisando mejor: Marx establece categóricamente una tendencia a una recurrencia de crisis cada vez más graves que acercan al sistema –de manera asintótica– a la “gran crisis final”. Pero se trata de una crisis que nunca se saldará de manera “definitiva” sin la intervención de la clase obrera (es el socialismo o la barbarie), que no tiene un punto de llegada “lógico”. Se trata por el contrario de un proceso históricamente determinado por la interrelación entre las leyes económicas y la lucha de clases, la necesaria imbricación de los factores objetivos y subjetivos.

En ese sentido se recomendó vivamente el estudio de los extraordinarios textos de León Trotsky de la década del ‘20 (tales como “La curva de desarrollo capitalista”, entre otros) acerca de cómo abordar la crisis capitalista como una totalidad concreta donde necesariamente se superponen economía, relaciones entre Estados y lucha de clases.

En síntesis, sin intervención de la clase obrera no hay ni socialismo ni derrumbe del sistema capitalista que valga. Acá hay que unir metodológicamente la crítica al capitalismo con el balance de las revoluciones del siglo XX que dejaron como lección marcada a fuego que no puede haber revolución socialista ni transición al socialismo sin la clase obrera en el centro mismo de estos procesos.


[1] El punto débil de esta obra es el equivocado señalamiento de que habría un punto “lógico” de colapso-derrumbe del sistema independientemente del desarrollo de la lucha de clases, posición que nunca fue recogida por el tronco principal de la tradición del marxismo revolucionario dado su evidente “objetivismo”.

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