Socialismo o Barbarie, periódico Nº 133, 14/08/08
 

 

 

 

 

 

Homenaje a León Trotsky a 68 años de su asesinato

Clase, partido y dirección

¿Por qué ha sido vencido el proletariado español?
(cuestiones de teoría marxista)

En estas páginas y a modo de homenaje -en un nuevo aniversario de su muerte- al gran revolucionario ruso asesinado por un agente stalinista el 20 de agosto de 1940, presentamos el texto que estaba trabajando precisamente el día anterior de la misma y que quedó inconcluso.  Se trata de una polémica con una revista francesa, Que Faire?, afín al POUM [1], respecto de las lecciones de la derrota de la heroica revolución española, y el papel clave que le cupo en la misma al estalinismo.  Allí reflexiona sobre la necesidad de que el movimiento obrero prepare con anterioridad a los grandes choques de la lucha de clases sus mejores destacamentos políticos en un partido revolucionario, cuya formación no puede improvisarse sobre la marcha de los acontecimientos. Porque precisamente las relaciones dinámicas que se establecen entre la clase, la vanguardia y el partido hacen de este último un instrumento imprescindible que si logra ganarse la confianza de amplios sectores obreros y populares tiene la posibilidad de inclinar la balanza de los acontecimientos históricos.

En razón de su extensión, hemos editado el escrito de manera de concentrar las definiciones más importantes.

(…) En 1936 –por no remontarnos más lejos– los obreros españoles rechazaron el ataque de los oficiales, que habían puesto a punto su conspiración bajo el ala protectora del Frente Popular. Las masas improvisaron milicias y levantaron comités obreros, ciudadelas de su propia dictadura. Por su parte, las organizaciones dirigentes del proletariado ayudaron a la burguesía a disolver esos comités, a poner fin a los atentados de los obreros contra la propiedad privada y a subordinar las milicias obreras a la dirección de la burguesía y, para colmo, con el POUM participando en el gobierno, tomando así directamente su responsabilidad en el trabajo de la contrarrevolución. ¿Qué significa, en tal caso, la falta de madurez del proletariado? Es evidente que significa simplemente que, aunque las masas hayan adoptado una línea correcta, no han sido capaces de romper la coalición de socialistas, comunistas, anarquistas y el POUM con la burguesía. Este modelo de sofisma proviene del concepto de una especie de madurez absoluta, es decir, de una condición de perfección de las masas en la cual no tienen ninguna necesidad de una dirección o, mejor aún, son capaces de vencer contra su propia dirección. Pero una tal madurez ni existe ni puede existir.

¿Pero por qué los obreros, que han mostrado un instinto revolucionario tan seguro y aptitudes tan superiores en la lucha, irían a someterse a una dirección traidora?, alegan nuestros sabios. Responderemos que no ha habido la más mínima señal de tal sumisión. El camino de lucha seguido por los obreros cortaba en todo momento bajo un determinado ángulo el de las direcciones y, en los momentos más críticos, este ángulo era de 180 grados. La dirección entonces, directa o indirectamente, ayudaba a someter a los obreros por la fuerza de las armas.

En mayo de 1937, los obreros de Cataluña se sublevaron, no sólo a pesar de sus propias direcciones sino en contra suya. Los dirigentes anarquistas –burgueses patéticos y despreciables, disfrazados malamente de revolucionarios– han repetido cientos de veces en la prensa que si la CNT [2] hubiese querido tomar el poder en mayo lo hubiese hecho sin dificultad. Y esta vez lo que dicen los anarquistas es la pura verdad. La dirección del POUM se colgó literalmente de los faldones de la CNT y se contentó con cubrir su política de una fraseología diferente. Fue debido a esto y solamente a esto que la burguesía consiguió aplastar la sublevación de mayo de este proletariado falto de madurez. Es necesario no haber comprendido nada de lo que se refiere a las relaciones entre clase y partido, entre las masas y sus dirigentes, para repetir la frase hueca según la cual las masas españolas no han hecho nada más que seguir su dirección. Todo lo que se puede decir sobre esto es que las masas, que han intentado sin cesar abrirse un camino hacia la vía correcta, han descubierto que la construcción, en el fragor mismo del combate, de una nueva dirección que respondiera a las necesidades de la revolución era una empresa que sobrepasaba sus propias fuerzas. Estamos en presencia de un proceso dinámico en el cual las diferentes etapas de la revolución se suceden rápidamente, en el curso del cual la dirección, es decir distintos sectores de la dirección, desertan y se pasan de un solo golpe al lado del enemigo de clase, y nuestros sabios se empeñan en una discusión puramente estática: ¿por qué la clase obrera en su conjunto ha seguido una mala dirección?

La manera dialéctica de abordar el problema

Existe un viejo dicho que refleja la concepción evolucionista y liberal de la historia: cada pueblo tiene el gobierno que se merece. La historia nos demuestra, no obstante, que un solo y mismo pueblo puede tener durante un período relativamente breve gobiernos muy diferentes (Rusia, Italia, Alemania, España, etc.), y además que el orden en que éstos se suceden no tiene siempre el mismo sentido, del despotismo hacia la libertad, como creen los liberales evolucionistas. El secreto de este estado de cosas reside en que un pueblo está compuesto de clases hostiles y que estas mismas clases están formadas por capas diferentes, parcialmente opuestas unas a otras, y que tienen diferentes orientaciones. Y además, todos los pueblos sufren la influencia de otros pueblos, compuestos a su vez de clases. Los gobiernos no son la expresión de la «madurez» siempre creciente de un «pueblo», sino el producto de la lucha entre las diferentes clases y las diferentes capas en el interior de una sola y misma clase y, además, de la acción de fuerzas exteriores: alianzas, conflictos, guerras, etc. Hay que añadir que un gobierno, desde el momento en que se establece, puede durar mucho más tiempo que la relación de fuerzas del cual ha sido producto. Es a partir de estas contradicciones históricas que se producen las revoluciones, los golpes de estado, las contrarrevoluciones.

El mismo método dialéctico debe emplearse para tratar la cuestión de la dirección de una clase. Al igual que los liberales, nuestros sabios admiten tácitamente el axioma según el cual cada clase tiene la dirección que se merece.

En realidad, la dirección no es en absoluto el «simple reflejo» de una clase o el producto de su propia potencia creadora. Una dirección se constituye en el curso de los choques entre las diferentes clases o de las fricciones entre las diversas capas en el seno de una clase determinada. Pero, tan pronto como aparece, la dirección se eleva inevitablemente por encima de la clase, y por este hecho se arriesga a sufrir la presión y la influencia de las demás clases. El proletariado puede tolerar durante bastante tiempo a una dirección que ya ha sufrido una total degeneración interna, pero que no ha tenido la ocasión de manifestarlo en el curso de los grandes acontecimientos. Es necesario un gran choque histórico para revelar, de forma aguda, la contradicción que existe entre la dirección y la clase. Los choques históricos más potentes son las guerras y las revoluciones. Por esta razón la clase obrera se encuentra a menudo tomada de sorpresa por la guerra y la revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha revelado su propia corrupción interna la clase no puede improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo si no ha heredado del período precedente los cuadros revolucionarios sólidos capaces de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente. La interpretación marxista, es decir, dialéctica y no escolástica, de las relaciones entre una clase y su dirección no deja piedra sobre piedra de los sofismas legalistas de nuestro autor.[3]

Cómo se efectuó la maduración de los obreros rusos

Éste concibe la madurez del proletariado como un fenómeno puramente estático. Sin embargo, en el curso de una revolución la conciencia de clase es el proceso más dinámico que puede darse, el que determina directamente el curso de la revolución. ¿Era posible en enero de 1917 o incluso en marzo, después del derrocamiento del zarismo, decir si el proletariado ruso había madurado suficientemente como para conquistar el poder en el plazo de ocho a nueve meses? La clase obrera era, en ese momento, totalmente heterogénea social y políticamente. Durante los años de guerra se había renovado en un 30 o 40 % a partir de las filas de la pequeña burguesía, a menudo reaccionaria, a expensas de los campesinos atrasados, a expensas de las mujeres y los jóvenes. En marzo de 1917, sólo una insignificante minoría de la clase obrera seguía al partido bolchevique, y además en su seno reinaba la discordia. Una aplastante mayoría de obreros sostenía a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios, es decir, a los socialpatriotas conservadores. La situación del ejército y del campesinado era todavía más desfavorable. Hay que añadir, además, el bajo nivel cultural del país y la falta de experiencia política de las capas más amplias del proletariado, particularmente en provincias, por no hablar de los campesinos y de los soldados.

¿Cuál era el activo del bolchevismo? Al comienzo de la revolución, sólo Lenin tenía una concepción revolucionaria clara, elaborada hasta en los más mínimos detalles. Los cuadros rusos del partido estaban desperdigados y bastante desorientados. Pero éstos tenía autoridad sobre los obreros avanzados, y Lenin tenía una gran autoridad sobre los cuadros del partido. Su concepción política correspondía al desarrollo real de la revolución y la ajustaba a cada nuevo acontecimiento. Estos elementos del activo hicieron maravillas en una situación revolucionaria, es decir, en condiciones de una encarnizada lucha de clases. El partido alineó rápidamente su política hasta hacerla responder a la concepción de Lenin, es decir, al auténtico curso de la revolución. Gracias a esto encontró un firme apoyo por parte de decenas de millares de trabajadores avanzados. En pocos meses, basándose en el desarrollo de la revolución, el partido fue capaz de convencer a la mayoría de los trabajadores del acierto de sus consignas. Esta mayoría, organizada en los soviets, fue a su vez capaz de atraerse a los obreros y a los campesinos. ¿Cómo podría resumirse este desarrollo dinámico, dialéctico, mediante una fórmula sobre la madurez o inmadurez del proletariado? Un factor colosal de la madurez del proletariado ruso, en febrero de 1917, era Lenin. No había caído del cielo. Encarnaba la tradición revolucionaria de la clase obrera. Para que las consignas de Lenin encontrasen el camino de las masas era necesario que existiesen cuadros, por muy débiles que éstos fueran en principio; era necesario que estos cuadros tuviesen confianza en su dirección, una confianza fundada en la experiencia del pasado. Rechazar estos elementos de los cálculos es simplemente ignorar la revolución viva, sustituirla por una abstracción, la relación de fuerzas, ya que el desarrollo de las fuerzas no cesa de modificarse rápidamente bajo el impacto de los cambios de la conciencia del proletariado, de tal manera que las capas avanzadas atraen a las más atrasadas y la clase adquiere confianza en sus propias fuerzas. El principal elemento, vital, de este proceso, es el partido, de la misma forma que el elemento principal y vital del partido es su dirección. El papel y la responsabilidad de la dirección en una época revolucionaria son de una importancia colosal.

(…)

El papel de las personalidades

Nuestro autor sustituye el condicionamiento dialéctico del proceso histórico por un determinismo mecánico. De ahí esas burlas fáciles sobre el papel de los individuos buenos o malos. La historia es un proceso de lucha de clases. Pero las clases no hacen sentir su peso ni automática ni simultáneamente. En el proceso de la lucha, las clases crean órganos diferentes que juegan un papel importante e independiente y están sujetas a deformaciones. Es esto lo que nos permite, igualmente, comprender el papel de las personalidades en la historia. Por supuesto, existen grandes causas objetivas que han engendrado el régimen autocrático hitleriano, pero sólo pedantes y obtusos profesores del “determinismo” podrían hoy negar el papel histórico que ha desempeñado el propio Hitler. La llegada de Lenin a Petrogrado el 3 de abril de 1917 hizo girar a tiempo al partido bolchevique y le permitió llevar la revolución a la victoria. Nuestros sabios podrían decir, que si Lenin hubiese muerto en el extranjero a principios de 1917, la revolución de Octubre hubiese ocurrido “de la misma forma”. Pero no es cierto. Lenin constituía uno de los elementos vivos del proceso histórico. Encarnaba la experiencia y la perspicacia de la parte más activa del proletariado. Su aparición en el momento preciso en el terreno de la revolución era necesaria a fin de movilizar a la vanguardia y de ofrecerle la posibilidad de conquistar a la clase obrera y a las masas campesinas. En los momentos cruciales de los giros históricos, la dirección política puede convertirse en un factor tan decisivo como el de un comandante en jefe en los momentos críticos de la guerra. La historia no es un proceso automático. Si no, ¿para qué los dirigentes? ¿Para qué los partidos? ¿Para qué los programas? ¿Para qué las luchas teóricas?

El stalinismo en España

¿Pero por qué diablos, hemos oído preguntar a nuestro autor, las masas revolucionarias que han roto con sus antiguos dirigentes se han agrupado bajo la bandera del PC? La cuestión está mal planteada. Es falso decir que las masas habían roto con sus antiguos dirigentes. Los obreros que habían estado antes ligados a unas determinadas organizaciones han seguido aferrados a ellas, siempre observando y controlando. En general, los obreros no rompen fácilmente con los partidos que les han despertado a la vida consciente. Y mucho menos cuando han sido engañados con el sistema de protección mutua que existía en el interior del Frente Popular: si todo el mundo estaba de acuerdo, es que todo iba bien. Las nuevas masas, recientemente despertadas, se volvían naturalmente hacia la Comintern [Internacional Comunista], el partido que había hecho la única revolución proletaria victoriosa y que, se suponía, era capaz de suministrar armas a España. Y además, la Comintern era el más celoso defensor del Frente Popular, y esto inspiraba confianza a las capas de obreros sin experiencia. En el seno del Frente Popular, la Comintern era el más celoso defensor del carácter burgués de la revolución: esto inspiraba confianza a la pequeña burguesía y a una parte de la media. Por eso las masas se alinearon bajo la bandera del PC.

Nuestro autor trata esta cuestión como si el proletariado se encontrase en una tienda bien surtida para escoger un par de botas nuevas. Pero ya se sabe que incluso una operación tan sencilla como ésa no se liquida siempre con éxito. Cuando se trata de una nueva dirección, la elección es muy limitada. Sólo poco a poco y sólo sobre la base de su propia experiencia a través de las distintas etapas, las capas más amplias de las masas acaban por convencerse de que la nueva dirección es más firme, más segura, más leal que la antigua. Es cierto que en el curso de una revolución, es decir, cuando los acontecimientos se suceden a un ritmo acelerado, un partido débil puede convertirse en un partido poderoso, con la única condición de que comprenda con lucidez el curso de la revolución y de que posea cuadros probados que no se dejen exaltar por las palabras o aterrorizar por la represión. Pero es necesario que un partido de estas condiciones exista desde mucho antes de la revolución, en la medida en que el proceso de formación de cuadros exige plazos considerables y que la revolución no deja tiempo para ello.

La traición del POUM

El POUM estaba en España a la izquierda de los demás partidos y contaba en sus filas, incontestablemente, con sólidos elementos proletarios revolucionarios, con fuertes lazos con el anarquismo. Ahora bien, este partido desempeñó, precisamente, un papel funesto en el desarrollo de la revolución española. No ha conseguido convertirse en un partido de masas porque para conseguirlo hubiese tenido que destruir antes a los otros partidos, y esto sólo era posible mediante una lucha sin compromisos, una denuncia implacable de su carácter burgués. Ahora bien, el POUM, aunque criticaba a los antiguos partidos, se subordinaba a ellos en todas las cuestiones fundamentales. Participó en el bloque electoral “popular”; entró en el gobierno que acabó con los comités obreros; luchó por reconstruir esta coalición gubernamental; capituló en todo momento ante la dirección anarquista; en función de todo lo precedente llevó en los sindicatos una política errónea; tomó una actitud dubitativa y no revolucionaria con respecto a la insurrección de mayo de 1937.

Bajo el ángulo de un determinismo general se puede admitir, por supuesto, que su política no era casual. En este mundo, todo tiene una causa. A pesar de todo, la serie de causas que han conferido al POUM su carácter centrista no constituye en absoluto un simple reflejo del estado del proletariado catalán o español. Dos series de causas han avanzado juntas bajo un cierto ángulo, y en un determinado momento han entrado en conflicto. Teniendo en cuenta su experiencia internacional anterior, la influencia de Moscú, la de un cierto número de derrotas, etc., es posible explicar, política y psicológicamente, por qué el POUM ha sido un partido centrista. Pero esto no modifica en nada su carácter centrista, ni el hecho de que un partido centrista desempeñe, inevitablemente, el papel de freno de la revolución, que debe en todo momento romperse el cráneo y que puede conducir la revolución a su derrota. Esto no cambia en nada el hecho de que las masas catalanas eran mucho más revolucionarias que el POUM, que a su vez era mucho más revolucionario que su dirección. En estas condiciones, hacer recaer el peso de la responsabilidad de la política errónea seguida sobre la “inmadurez” de las masas es meterse en la más pura charlatanería, camino al que frecuentemente recurren los fracasados de la política.

La responsabilidad de la dirección

La falsificación histórica consiste en hacer recaer la responsabilidad de la derrota española sobre las masas obreras y no sobre los partidos que han paralizado, o pura y simplemente aplastado, el movimiento revolucionario de las masas. Los abogados del POUM responden sencillamente que los dirigentes siempre tienen alguna responsabilidad, con el fin de evitar así tener que asumir sus propias responsabilidades. Esta filosofía de la impotencia que intenta que las derrotas sean aceptables como los necesarios eslabones de la cadena en los desarrollos cósmicos es incapaz de plantearse, y se niega a plantearse, la cuestión del papel desempeñado por factores tan concretos como son los programas, los partidos, las personalidades que fueron los responsables de la derrota. Esta filosofía del fatalismo y de la postración es diametralmente opuesta al marxismo, teoría de la acción revolucionaria.

La guerra civil es un proceso en el que las tareas políticas se cumplen con medios militares. Si el resultado de una guerra semejante viniese determinado por el estado de las fuerzas de clase, la propia guerra sería innecesaria. La guerra tiene su propia organización, sus propios métodos, su propia dirección, que determinan directamente su resultado. Naturalmente, el “estado de las fuerzas de clase” sirve de fundamento a todos los demás factores políticos, pero, de la misma forma en que los cimientos de un inmueble no disminuyen la importancia que puedan tener los muros, las ventanas, las puertas, los tejados, el estado de las fuerzas de clase no disminuye en nada la importancia de los partidos, de su estrategia y de su dirección. Disolviendo lo concreto en lo abstracto, nuestros sabios en realidad se han parado a medio camino. La respuesta más profunda al problema planteado hubiese sido el declarar que la derrota del proletariado español se había debido al insuficiente desarrollo de las fuerzas productivas. Pero una explicación semejante está al alcance de cualquier imbécil.

Al reducir a cero el significado del partido y de la dirección, estos sabios niegan la posibilidad de una victoria revolucionaria en general. (…)


Notas:

1. POUM: Partido Obrero de Unificación Marxista, orientado por Andrés Nin, dirigente revolucionario comunista que se apartó políticamente de la política enemiga de los Frentes Populares sostenida por Trotsky y la IV Internacional. Fue asesinado por la policía política stalinista, la GPU, en territorio español.

2. CNT: Confederación Nacional de Trabajadores, central obrera anarquista.

3. Es decir, la revista Que Faire?