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Homenaje
a León Trotsky a 68 años de su asesinato
Clase,
partido y dirección
¿Por
qué ha sido vencido el proletariado español?
(cuestiones
de teoría marxista)
En
estas páginas y a modo de homenaje -en un nuevo aniversario
de su muerte- al gran revolucionario ruso asesinado por un
agente stalinista el 20 de agosto de 1940, presentamos el
texto que estaba trabajando precisamente el día anterior de
la misma y que quedó inconcluso.
Se trata de una polémica con una revista francesa,
Que Faire?, afín al POUM [1], respecto de las lecciones de
la derrota de la heroica revolución española, y el papel
clave que le cupo en la misma al estalinismo. Allí reflexiona sobre la necesidad de que el movimiento
obrero prepare con anterioridad a los grandes choques de la
lucha de clases sus mejores destacamentos políticos en un
partido revolucionario, cuya formación no puede
improvisarse sobre la marcha de los acontecimientos. Porque
precisamente las relaciones dinámicas que se establecen
entre la clase, la vanguardia y el partido hacen de este último
un instrumento imprescindible que si logra ganarse la
confianza de amplios sectores obreros y populares tiene la
posibilidad de inclinar la balanza de los acontecimientos
históricos.
En
razón de su extensión, hemos editado el escrito de manera
de concentrar las definiciones más importantes.
(…) En 1936 –por no
remontarnos más lejos– los obreros españoles rechazaron
el ataque de los oficiales, que habían puesto a punto su
conspiración bajo el ala protectora del Frente Popular. Las
masas improvisaron milicias y levantaron comités obreros,
ciudadelas de su propia dictadura. Por su parte, las
organizaciones dirigentes del proletariado ayudaron a la
burguesía a disolver esos comités, a poner fin a los
atentados de los obreros contra la propiedad privada y a
subordinar las milicias obreras a la dirección de la
burguesía y, para colmo, con el POUM participando en el
gobierno, tomando así directamente su responsabilidad en el
trabajo de la contrarrevolución. ¿Qué significa, en tal
caso, la falta de madurez del proletariado? Es evidente que
significa simplemente que, aunque las masas hayan adoptado
una línea correcta, no han sido capaces de romper la
coalición de socialistas, comunistas, anarquistas y el POUM
con la burguesía. Este modelo de sofisma proviene del
concepto de una especie de madurez absoluta, es decir, de
una condición de perfección de las masas en la cual no
tienen ninguna necesidad de una dirección o, mejor aún,
son capaces de vencer contra su propia dirección. Pero una
tal madurez ni existe ni puede existir.
¿Pero por qué los obreros, que
han mostrado un instinto revolucionario tan seguro y
aptitudes tan superiores en la lucha, irían a someterse a
una dirección traidora?, alegan nuestros sabios.
Responderemos que no ha habido la más mínima señal de tal
sumisión. El camino de lucha seguido por los obreros
cortaba en todo momento bajo un determinado ángulo el de
las direcciones y, en los momentos más críticos, este ángulo
era de 180 grados. La dirección entonces, directa o
indirectamente, ayudaba a someter a los obreros por la
fuerza de las armas.
En mayo de 1937, los obreros de
Cataluña se sublevaron, no sólo a pesar de sus propias
direcciones sino en contra suya. Los dirigentes anarquistas
–burgueses patéticos y despreciables, disfrazados
malamente de revolucionarios– han repetido cientos de
veces en la prensa que si la CNT [2] hubiese querido tomar
el poder en mayo lo hubiese hecho sin dificultad. Y esta vez
lo que dicen los anarquistas es la pura verdad. La dirección
del POUM se colgó literalmente de los faldones de la CNT y
se contentó con cubrir su política de una fraseología
diferente. Fue debido a esto y solamente a esto que la
burguesía consiguió aplastar la sublevación de mayo de
este proletariado falto de madurez. Es necesario no haber
comprendido nada de lo que se refiere a las relaciones entre
clase y partido, entre las masas y sus dirigentes, para
repetir la frase hueca según la cual las masas españolas
no han hecho nada más que seguir su dirección. Todo lo que
se puede decir sobre esto es que las masas, que han
intentado sin cesar abrirse un camino hacia la vía
correcta, han descubierto que la construcción, en el fragor
mismo del combate, de una nueva dirección que respondiera a
las necesidades de la revolución era una empresa que
sobrepasaba sus propias fuerzas. Estamos en presencia de un
proceso dinámico en el cual las diferentes etapas de la
revolución se suceden rápidamente, en el curso del cual la
dirección, es decir distintos sectores de la dirección,
desertan y se pasan de un solo golpe al lado del enemigo de
clase, y nuestros sabios se empeñan en una discusión
puramente estática: ¿por qué la clase obrera en su
conjunto ha seguido una mala dirección?
La
manera dialéctica de abordar el problema
Existe un viejo dicho que refleja
la concepción evolucionista y liberal de la historia: cada
pueblo tiene el gobierno que se merece. La historia nos
demuestra, no obstante, que un solo y mismo pueblo puede
tener durante un período relativamente breve gobiernos muy
diferentes (Rusia, Italia, Alemania, España, etc.), y además
que el orden en que éstos se suceden no tiene siempre el
mismo sentido, del despotismo hacia la libertad, como creen
los liberales evolucionistas. El secreto de este estado de
cosas reside en que un pueblo está compuesto de clases
hostiles y que estas mismas clases están formadas por capas
diferentes, parcialmente opuestas unas a otras, y que tienen
diferentes orientaciones. Y además, todos los pueblos
sufren la influencia de otros pueblos, compuestos a su vez
de clases. Los gobiernos no son la expresión de la «madurez»
siempre creciente de un «pueblo», sino el producto de la
lucha entre las diferentes clases y las diferentes capas en
el interior de una sola y misma clase y, además, de la acción
de fuerzas exteriores: alianzas, conflictos, guerras, etc.
Hay que añadir que un gobierno, desde el momento en que se
establece, puede durar mucho más tiempo que la relación de
fuerzas del cual ha sido producto. Es a partir de estas
contradicciones históricas que se producen las
revoluciones, los golpes de estado, las contrarrevoluciones.
El mismo método dialéctico debe
emplearse para tratar la cuestión de la dirección de una
clase. Al igual que los liberales, nuestros sabios admiten tácitamente
el axioma según el cual cada clase tiene la dirección que
se merece.
En realidad, la dirección no es
en absoluto el «simple reflejo» de una clase o el producto
de su propia potencia creadora. Una dirección se constituye
en el curso de los choques entre las diferentes clases o de
las fricciones entre las diversas capas en el seno de una
clase determinada. Pero, tan pronto como aparece, la dirección
se eleva inevitablemente por encima de la clase, y por este
hecho se arriesga a sufrir la presión y la influencia de
las demás clases. El proletariado puede tolerar durante
bastante tiempo a una dirección que ya ha sufrido una total
degeneración interna, pero que no ha tenido la ocasión de
manifestarlo en el curso de los grandes acontecimientos. Es
necesario un gran choque histórico para revelar, de forma
aguda, la contradicción que existe entre la dirección y la
clase. Los choques históricos más potentes son las guerras
y las revoluciones. Por esta razón la clase obrera se
encuentra a menudo tomada de sorpresa por la guerra y la
revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha
revelado su propia corrupción interna la clase no puede
improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo
si no ha heredado del período precedente los cuadros
revolucionarios sólidos capaces de aprovechar el
derrumbamiento del viejo partido dirigente. La interpretación
marxista, es decir, dialéctica y no escolástica, de las
relaciones entre una clase y su dirección no deja piedra
sobre piedra de los sofismas legalistas de nuestro autor.[3]
Cómo
se efectuó la maduración de los obreros rusos
Éste concibe la madurez del
proletariado como un fenómeno puramente estático. Sin
embargo, en el curso de una revolución la conciencia de
clase es el proceso más dinámico que puede darse, el que
determina directamente el curso de la revolución. ¿Era
posible en enero de 1917 o incluso en marzo, después del
derrocamiento del zarismo, decir si el proletariado ruso había
madurado suficientemente como para conquistar el poder en el
plazo de ocho a nueve meses? La clase obrera era, en ese
momento, totalmente heterogénea social y políticamente.
Durante los años de guerra se había renovado en un 30 o 40
% a partir de las filas de la pequeña burguesía, a menudo
reaccionaria, a expensas de los campesinos atrasados, a
expensas de las mujeres y los jóvenes. En marzo de 1917, sólo
una insignificante minoría de la clase obrera seguía al
partido bolchevique, y además en su seno reinaba la
discordia. Una aplastante mayoría de obreros sostenía a
los mencheviques y a los socialistas revolucionarios, es
decir, a los socialpatriotas conservadores. La situación
del ejército y del campesinado era todavía más
desfavorable. Hay que añadir, además, el bajo nivel
cultural del país y la falta de experiencia política de
las capas más amplias del proletariado, particularmente en
provincias, por no hablar de los campesinos y de los
soldados.
¿Cuál era el activo del
bolchevismo? Al comienzo de la revolución, sólo Lenin tenía
una concepción revolucionaria clara, elaborada hasta en los
más mínimos detalles. Los cuadros rusos del partido
estaban desperdigados y bastante desorientados. Pero éstos
tenía autoridad sobre los obreros avanzados, y Lenin tenía
una gran autoridad sobre los cuadros del partido. Su
concepción política correspondía al desarrollo real de la
revolución y la ajustaba a cada nuevo acontecimiento. Estos
elementos del activo hicieron maravillas en una situación
revolucionaria, es decir, en condiciones de una encarnizada
lucha de clases. El partido alineó rápidamente su política
hasta hacerla responder a la concepción de Lenin, es decir,
al auténtico curso de la revolución. Gracias a esto
encontró un firme apoyo por parte de decenas de millares de
trabajadores avanzados. En pocos meses, basándose en el
desarrollo de la revolución, el partido fue capaz de
convencer a la mayoría de los trabajadores del acierto de
sus consignas. Esta mayoría, organizada en los soviets, fue
a su vez capaz de atraerse a los obreros y a los campesinos.
¿Cómo podría resumirse este desarrollo dinámico, dialéctico,
mediante una fórmula sobre la madurez o inmadurez del
proletariado? Un factor colosal de la madurez del
proletariado ruso, en febrero de 1917, era Lenin. No había
caído del cielo. Encarnaba la tradición revolucionaria de
la clase obrera. Para que las consignas de Lenin encontrasen
el camino de las masas era necesario que existiesen cuadros,
por muy débiles que éstos fueran en principio; era
necesario que estos cuadros tuviesen confianza en su dirección,
una confianza fundada en la experiencia del pasado. Rechazar
estos elementos de los cálculos es simplemente ignorar la
revolución viva, sustituirla por una abstracción, la
relación de fuerzas, ya que el desarrollo de las fuerzas no
cesa de modificarse rápidamente bajo el impacto de los
cambios de la conciencia del proletariado, de tal manera que
las capas avanzadas atraen a las más atrasadas y la clase
adquiere confianza en sus propias fuerzas. El principal
elemento, vital, de este proceso, es el partido, de la misma
forma que el elemento principal y vital del partido es su
dirección. El papel y la responsabilidad de la dirección
en una época revolucionaria son de una importancia colosal.
(…)
El
papel de las personalidades
Nuestro autor sustituye el
condicionamiento dialéctico del proceso histórico por un
determinismo mecánico. De ahí esas burlas fáciles sobre
el papel de los individuos buenos o malos. La historia es un
proceso de lucha de clases. Pero las clases no hacen sentir
su peso ni automática ni simultáneamente. En el proceso de
la lucha, las clases crean órganos diferentes que juegan un
papel importante e independiente y están sujetas a
deformaciones. Es esto lo que nos permite, igualmente,
comprender el papel de las personalidades en la historia.
Por supuesto, existen grandes causas objetivas que han
engendrado el régimen autocrático hitleriano, pero sólo
pedantes y obtusos profesores del “determinismo” podrían
hoy negar el papel histórico que ha desempeñado el propio
Hitler. La llegada de Lenin a Petrogrado el 3 de abril de
1917 hizo girar a tiempo al partido bolchevique y le permitió
llevar la revolución a la victoria. Nuestros sabios podrían
decir, que si Lenin hubiese muerto en el extranjero a
principios de 1917, la revolución de Octubre hubiese
ocurrido “de la misma forma”. Pero no es cierto. Lenin
constituía uno de los elementos vivos del proceso histórico.
Encarnaba la experiencia y la perspicacia de la parte más
activa del proletariado. Su aparición en el momento preciso
en el terreno de la revolución era necesaria a fin de
movilizar a la vanguardia y de ofrecerle la posibilidad de
conquistar a la clase obrera y a las masas campesinas. En
los momentos cruciales de los giros históricos, la dirección
política puede convertirse en un factor tan decisivo como
el de un comandante en jefe en los momentos críticos de la
guerra. La historia no es un proceso automático. Si no, ¿para
qué los dirigentes? ¿Para qué los partidos? ¿Para qué
los programas? ¿Para qué las luchas teóricas?
El
stalinismo en España
¿Pero por qué diablos, hemos oído
preguntar a nuestro autor, las masas revolucionarias que han
roto con sus antiguos dirigentes se han agrupado bajo la
bandera del PC? La cuestión está mal planteada. Es falso
decir que las masas habían roto con sus antiguos
dirigentes. Los obreros que habían estado antes ligados a
unas determinadas organizaciones han seguido aferrados a
ellas, siempre observando y controlando. En general, los
obreros no rompen fácilmente con los partidos que les han
despertado a la vida consciente. Y mucho menos cuando han
sido engañados con el sistema de protección mutua que
existía en el interior del Frente Popular: si todo el mundo
estaba de acuerdo, es que todo iba bien. Las nuevas masas,
recientemente despertadas, se volvían naturalmente hacia la
Comintern [Internacional Comunista], el partido que había
hecho la única revolución proletaria victoriosa y que, se
suponía, era capaz de suministrar armas a España. Y además,
la Comintern era el más celoso defensor del Frente Popular,
y esto inspiraba confianza a las capas de obreros sin
experiencia. En el seno del Frente Popular, la Comintern era
el más celoso defensor del carácter burgués de la
revolución: esto inspiraba confianza a la pequeña burguesía
y a una parte de la media. Por eso las masas se alinearon
bajo la bandera del PC.
Nuestro autor trata esta cuestión
como si el proletariado se encontrase en una tienda bien
surtida para escoger un par de botas nuevas. Pero ya se sabe
que incluso una operación tan sencilla como ésa no se
liquida siempre con éxito. Cuando se trata de una nueva
dirección, la elección es muy limitada. Sólo poco a poco
y sólo sobre la base de su propia experiencia a través de
las distintas etapas, las capas más amplias de las masas
acaban por convencerse de que la nueva dirección es más
firme, más segura, más leal que la antigua. Es cierto que
en el curso de una revolución, es decir, cuando los
acontecimientos se suceden a un ritmo acelerado, un partido
débil puede convertirse en un partido poderoso, con la única
condición de que comprenda con lucidez el curso de la
revolución y de que posea cuadros probados que no se dejen
exaltar por las palabras o aterrorizar por la represión.
Pero es necesario que un partido de estas condiciones exista
desde mucho antes de la revolución, en la medida en que el
proceso de formación de cuadros exige plazos considerables
y que la revolución no deja tiempo para ello.
La
traición del POUM
El POUM estaba en España a la
izquierda de los demás partidos y contaba en sus filas,
incontestablemente, con sólidos elementos proletarios
revolucionarios, con fuertes lazos con el anarquismo. Ahora
bien, este partido desempeñó, precisamente, un papel
funesto en el desarrollo de la revolución española. No ha
conseguido convertirse en un partido de masas porque para
conseguirlo hubiese tenido que destruir antes a los otros
partidos, y esto sólo era posible mediante una lucha sin
compromisos, una denuncia implacable de su carácter burgués.
Ahora bien, el POUM, aunque criticaba a los antiguos
partidos, se subordinaba a ellos en todas las cuestiones
fundamentales. Participó en el bloque electoral
“popular”; entró en el gobierno que acabó con los
comités obreros; luchó por reconstruir esta coalición
gubernamental; capituló en todo momento ante la dirección
anarquista; en función de todo lo precedente llevó en los
sindicatos una política errónea; tomó una actitud
dubitativa y no revolucionaria con respecto a la insurrección
de mayo de 1937.
Bajo el ángulo de un
determinismo general se puede admitir, por supuesto, que su
política no era casual. En este mundo, todo tiene una
causa. A pesar de todo, la serie de causas que han conferido
al POUM su carácter centrista no constituye en absoluto un
simple reflejo del estado del proletariado catalán o español.
Dos series de causas han avanzado juntas bajo un cierto ángulo,
y en un determinado momento han entrado en conflicto.
Teniendo en cuenta su experiencia internacional anterior, la
influencia de Moscú, la de un cierto número de derrotas,
etc., es posible explicar, política y psicológicamente,
por qué el POUM ha sido un partido centrista. Pero esto no
modifica en nada su carácter centrista, ni el hecho de que
un partido centrista desempeñe, inevitablemente, el papel
de freno de la revolución, que debe en todo momento
romperse el cráneo y que puede conducir la revolución a su
derrota. Esto no cambia en nada el hecho de que las masas
catalanas eran mucho más revolucionarias que el POUM, que a
su vez era mucho más revolucionario que su dirección. En
estas condiciones, hacer recaer el peso de la
responsabilidad de la política errónea seguida sobre la
“inmadurez” de las masas es meterse en la más pura
charlatanería, camino al que frecuentemente recurren los
fracasados de la política.
La
responsabilidad de la dirección
La falsificación histórica
consiste en hacer recaer la responsabilidad de la derrota
española sobre las masas obreras y no sobre los partidos
que han paralizado, o pura y simplemente aplastado, el
movimiento revolucionario de las masas. Los abogados del
POUM responden sencillamente que los dirigentes siempre
tienen alguna responsabilidad, con el fin de evitar así
tener que asumir sus propias responsabilidades. Esta filosofía
de la impotencia que intenta que las derrotas sean
aceptables como los necesarios eslabones de la cadena en los
desarrollos cósmicos es incapaz de plantearse, y se niega a
plantearse, la cuestión del papel desempeñado por factores
tan concretos como son los programas, los partidos, las
personalidades que fueron los responsables de la derrota.
Esta filosofía del fatalismo y de la postración es
diametralmente opuesta al marxismo, teoría de la acción
revolucionaria.
La guerra civil es un proceso en
el que las tareas políticas se cumplen con medios
militares. Si el resultado de una guerra semejante viniese
determinado por el estado de las fuerzas de clase, la propia
guerra sería innecesaria. La guerra tiene su propia
organización, sus propios métodos, su propia dirección,
que determinan directamente su resultado. Naturalmente, el
“estado de las fuerzas de clase” sirve de fundamento a
todos los demás factores políticos, pero, de la misma
forma en que los cimientos de un inmueble no disminuyen la
importancia que puedan tener los muros, las ventanas, las
puertas, los tejados, el estado de las fuerzas de clase no
disminuye en nada la importancia de los partidos, de su
estrategia y de su dirección. Disolviendo lo concreto en lo
abstracto, nuestros sabios en realidad se han parado a medio
camino. La respuesta más profunda al problema planteado
hubiese sido el declarar que la derrota del proletariado
español se había debido al insuficiente desarrollo de las
fuerzas productivas. Pero una explicación semejante está
al alcance de cualquier imbécil.
Al reducir a cero el significado
del partido y de la dirección, estos sabios niegan la
posibilidad de una victoria revolucionaria en general. (…)
Notas:
1. POUM: Partido Obrero de
Unificación Marxista, orientado por Andrés Nin, dirigente
revolucionario comunista que se apartó políticamente de la
política enemiga de los Frentes Populares sostenida por
Trotsky y la IV Internacional. Fue asesinado por la policía
política stalinista, la GPU, en territorio español.
2. CNT: Confederación Nacional
de Trabajadores, central obrera anarquista.
3. Es decir, la revista Que
Faire?
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