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El
caso testigo de la actual coyuntura
¡Los obreros del
neumático tienen que ganar!
“El inicio de la producción del nuevo Focus le
sirvió ayer al presidente de Ford Argentina, Enrique Alimañy,
para plantear delante de la presidenta Cristina Kirchner la necesidad de mantener los costos competitivos en dólares para que
la industria siga anunciando nuevas inversiones” (La Nación, 12-8).
Luego de la crisis con el campo se está viviendo una
durísima ofensiva
para que los trabajadores paguemos los platos rotos de esa
“fiesta”. Esto es lo que esta tiñendo la coyuntura
nacional: una
creciente presión patronal para descargar todo el peso de
la crisis sobre las espaldas obreras.
La clave para esto: que Cristina K garantice a los
empresarios –tanto de la industria como del agro– condiciones de trabajo y salario (léase, de explotación) que sigan siendo competitivas en el contexto de la economía mundial. Es, ni más ni
menos, lo que le acaba de pedir el presidente de Ford
Argentina al gobierno, que para esta tarea vuelve a requerir
de la inestimable colaboración de las direcciones de la CGT
y la CTA, que están hablando de cualquier cosa menos
de la necesidad de reabrir inmediatamente las paritarias.
Es en este contexto que se inserta la heroica lucha
en curso en el Neumático: una pelea emblemática
que contra todos los agoreros (tanto de derecha como de
“izquierda”) está
creciendo en profundidad y radicalidad.
Se trata de una pelea que apunta a ser histórica,
y que está poniendo en cuestión tres pilares
interrelacionados del funcionamiento del capitalismo
argentino: la miseria
salarial, la esclavitud laboral y el control burocrático de
la base obrera. Lo propio en un gremio clave
como el Neumático, por su estrecha vinculación con la
principal rama industrial del país: la automotriz.
Estos pilares
decisivos son los que están cuestionados por la base obrera
del Neumático, una pelea que se apresta a escribir de puño
y letra nuevas páginas heroicas en las próximas horas.
El ajuste ya comenzó
Como venimos señalando, Cristina ha comenzado
a hacer sus “deberes”. Ha dejado aumentar el peso
(con relación al dólar) de manera de ayudar a
“planchar” la inflación; a partir de ahora, las mejoras
en la “competitividad” se deben lograr por la vía de la
ya señalada “reducción de costos” (salarios y
condiciones de explotación obrera). En esta línea, está
juramentada –junto a empresarios, CGT y CTA– a que no
se reabran las paritarias, al menos en lo inmediato, de
manera tal de hacerles “comer” a los trabajadores una reducción
del salario real en este año.
Por otra parte, ya están comenzando los aumentos de
tarifas (luz, gas, etc.) y se viene el del transporte
(colectivos, trenes y subtes). Por si esto fuera poco, empezó
el ajuste en las provincias: desde la reducción de las
jubilaciones de Schiaretti en Córdoba, hasta la negativa de
Scioli en la provincia de Buenos Aires a dar un aumento como
corresponde a los maestros.
Esto no quita que el gobierno siga cruzado por tensiones
contradictorias, producto de su interés por mantener
algo de su careta “progresista”. La
intención del gobierno parece ser la de “administrar”
el ajuste aplicándolo
en “cuotas”, de manera de evitar pagar todo el costo
político de un saque.
Sin embargo, esto parece no alcanzarle a las
patronales. La mayor parte de ellas está exigiendo que se
haga el “trabajo sucio” de “sincerar” las variables
de la economía mediante la aplicación de
un ajuste económico en regla que meta el cuchillo hasta el
final. Al servicio de este objetivo está la campaña a
coro de la oposición política patronal (los amigos de la
izquierda campestre) por los índices truchos del INDEK.
Campaña que hacen no, claro está, desde el punto de vista
de los intereses de los trabajadores (tener índices
saneados para poder reclamar lo que corresponde), sino desde
los de la burguesía, haciendo
del ajuste económico una necesidad “natural”.
Sin embargo, no hay que confundirse: como siempre en
el caso de los K, lo suyo es quedarse en
la superficie de los gestos, y eso no implica en
absoluto negarse a llevar a cabo el ajuste antiobrero.
Ya se están imponiendo cambios “con
o sin anuncios”: “En la Argentina el dólar sigue
siendo una moneda transaccional y de ahorro, por lo cual la
referencia con los costos internos y con la inflación
verdadera resulta inevitable (...) ¿Cuánto equivale hoy el
tipo de cambio real a valores de diciembre del 2001? 1,37
pesos. Este colchón cambiario más delgado de 37% (cuando
en junio de 2007 era de 71%) contrasta con aumentos
acumulados de 155% en salarios nominales; 267% en precios
mayoristas; 172% en el IPC y de 226% en el costo de la
construcción para el mismo periodo. Para 2009, los
economistas pronostican que se profundizará
el deterioro cambiario. Sin anuncio explícito,
entonces, la política cambiaria se está convirtiendo en
una de las pocas e insuficientes anclas inflacionarias de la economía. Y esto explicaría por qué
desde la Unión Industrial Argentina comienzan a surgir tardías
voces de alerta ante la magnitud de la inflación real
camuflada por el INDEC (...). Para muchos industriales, si
no sube el dólar,
debería bajar la inflación” (Néstor Scibona en La Nación, 10-8).
En los hechos, entonces –como ya lo estamos
viviendo en el gremio del Neumático– se ha rearmado la Santa Alianza gobierno-empresarios-burocracia sindical, que se
vuelve a mostrar durísima
frente a las luchas obreras y que –desde el ángulo del
oficialismo– tiene que ver con el objetivo político de
que el gobierno recupere
la confianza de la patronal industrial, muy deteriorada
luego de la crisis con el campo.
Las dos caras de la explotación
obrera
Profundicemos un poco lo que venimos señalando.
Por una suma de factores, el “modelo” económico puesto
en marcha por los esposos K está haciendo
agua por los cuatro costados. Se suman aquí los cambios
de contexto económico internacional producto de una crisis
que se está trasladando al país por la vía de una creciente
presión inflacionaria, retroceso del dólar y aumento
de los precios del petróleo y materias primas agrícolas
mediante.
Pero a esto se le suman elementos de deterioro económico
de índole local,
que se pueden sintetizar en el aumento de los precios
internos y “cuellos de botella” en el terreno de la
inversión. Esta combinación está afectando la competitividad
de la economía como un todo, y de ahí que pusiera el grito
en el cielo el presidente de Ford Argentina en el acto con
Cristina.
Es la suma de estos elementos lo que empuja el
enfriamiento y el ajuste económico de hecho. En
realidad, no es sobre la pertinencia de estas medidas que se
discute en las alturas del gobierno, oposición y distintas
fracciones de la clase dominante. ¡En
que hay que llevar adelante un ajuste, todos están férreamente
de acuerdo!
Lo que se discute es la magnitud de la “cirugía” a aplicar: si se va a un ajuste puro y
duro en clave “ortodoxa” o si todavía hay margen para
uno con elementos “heterodoxos” (más o menos
“mediado”, como todavía pretenden defender los esposos
K). No casualmente, Joaquín Morales Solá, editorialista de
La Nación, acicatea a los esposos K diciéndoles que en el momento actual “no
puede haber soluciones populares, todo es doloroso”.
¿Cuál es la razón por la que se impone el
ajuste? La explicación es sencilla. Cuando la crisis del
2001, lo que estalló es una determinada manera capitalista
de organizar y
“racionalizar” la economía del país, como la que
se vivió en los ’90 vía la paridad 1 a 1 del peso con el
dólar. Esta paridad, si bien permitía realizar
importaciones de bienes de capital “baratas”, en el
contexto de una economía dependiente y atrasada de baja
productividad como la del país, le
quitaba competitividad respecto de la producción
mundial.
Por lo tanto, ramas y sectores enteros no pudieron
ni competir en el mercado interno con las importaciones, ni
mucho menos volcarse a la exportación. La debilidad de
estos capitales era también la de la creación de fuente de
trabajo, habiéndose creado una desocupación y subocupación
de masas que alcanzó al 40% de la población económicamente
activa.
El resultado de lo anterior es conocido por todos: el
país estalla. Precisamente, a partir de este estallido,
y ante la carencia de una salida por el lado de la clase
obrera, se impuso la otra manera capitalista –e igualmente
antiobrera– de organizar y racionalizar la producción: la
devaluación monetaria. Una simple medida que, acompañada
de otras (como el mantener a rajatabla la flexibilización
laboral heredada de los mismos ‘90) y en un contexto
marcado por una catástrofe recesiva, permitió recuperar
“competitividad” económica produciendo una
“hiperdevaluación” que
no
se trasladó de manera inmediata ni mecánica a los precios
ni a los salarios.
Medido en dólares, el salario recibió un saque
brutal del cual a duras penas se alcanzó a recuperar en el
2006... sólo para
comenzar nuevamente a caer a partir de ese año. Al
mismo tiempo, lo que ocurrió es que se reconstruyeron y
crearon nuevos puestos de trabajo llevando para abajo el índice
de desocupación, como bastardo
tributo burgués a una rebelión popular que puso como
primera demanda nacional la del trabajo.
Sea mediante la devaluación o la “recuperación”
de la moneda, estas son sólo las dos caras de una moneda
cuyo objetivo es garantizar la explotación de la clase
obrera. Porque como decía el gran revolucionario ruso León
Trotsky, la inflación
o la deflación no son más que dos formas burguesas de
estrujar el trabajo de los obreros: “[Estamos] en una
época de descomposición del capitalismo, cuando, en términos
generales, no puede ni hablarse de reformas sociales sistemáticas
ni de elevación de los niveles de vida de las masas; cuando
la burguesía retoma
cada vez con la mano derecha el doble de lo que ha dado con
la izquierda (impuestos, derechos aduaneros, inflación,
‘deflación’, carestía de la vida, despidos,
reglamentación policíaca de las huelgas, etc. (...). Ni la inflación monetaria ni la estabilización pueden servir de
consigna del proletariado, porque no son sino dos extremos
de un mismo hilo” (Programa de Transición).
Cuando una de esas medidas cumple su ciclo,
llega la otra para organizar las condiciones de explotación
del trabajo obrero de una nueva manera. Es lo que está
ocurriendo hoy: ante los síntomas de agotamiento del modelo de los K, se pide a gritos un “ajuste”,
sea
administrado en cómodas cuotas o llevado a cabo de manera
brutal.
Hacer
lo que haya que hacer para ganar
Es en las condiciones que venimos señalando que se
desarrolla la lucha del Neumático. Como marcábamos en
nuestra edición anterior, se trata de un caso
testigo en la actual coyuntura del país.
Por un lado, hay una decisión inflexible de las
patronales de no retroceder, de no perder sus
“conquistas” adquiridas en los ’90: condiciones
laborales de verdadera esclavitud laboral, que la propia
dirección de Pedro Wasiejko se encargó de legalizar
al firmar la vergonzosa aceptación del nuevo convenio
en el 2006.
Pero la dirección del SUTNA también dejó pasar
–a lo largo de los últimos 17 años– un
retraso salarial histórico. Si antiguamente el obrero
del Neumático podía comparar sus salarios con los de la
rama industrial madre (la automotriz), hoy
esta comparación sólo serviría para dar risa... o bronca.
Pero en el último periodo a las patronales les
surgió un problema. Porque para garantizar la continuidad
de estas condiciones de esclavitud laboral y miseria
salarial hace falta algo en el terreno político-sindical: cortar
de cuajo la experiencia de la Marrón, que desde FATE se está
extendiendo al conjunto del gremio.
Es en este sentido que jugaron fuerte, tomando una
medida tan provocadora como ejemplificadora: producir
despidos en masa –hasta ahora casi 200 compañeros– al
tiempo que han mantenido su cerrada negativa a rever tanto
los despidos como una oferta salarial que sólo puede ser
una burla: un 13% para este año y un 15% el que viene. En
efecto, provocación y burla son las palabras que mejor ejemplifican el
accionar patronal a lo largo del conflicto, un
comportamiento en el cual vienen teniendo la casi
abierta complicidad del Ministerio de Trabajo.
Claro que Wasiejko no les ha ido a la zaga. Si ahora se ha visto obligado a convocar al paro, fue como subproducto de la tremenda
presión de la base del gremio, del polo de referencia
alternativo que significa la Marrón y de que las patronales
no atinaron a darle nada siquiera para negociar.
Mientras tanto, fue cómplice de la maniobra de
“respetar” una conciliación (que no querían ni él ni
las patronales) con los despedidos afuera
en Firestone y Pirelli (no así en FATE, donde la Marrón
garantizó la entrada de todos los compañeros a la cabeza
de cada turno).
Las
tareas inmediatas
En lo inmediato, ahora hay que salir a garantizar
el paro con todo, estando alertas de cualquier maniobra
que se pueda venir. Lo más probable es que Wasiejko esté
buscando cambiar algunos miserables puntos más de aumento
por los despedidos. Despidos que, para su supervivencia como
burocracia sindical, son decisivos
para cortar de cuajo una experiencia que amenaza con
disputarle la dirección de todo el gremio.
Hay que pelear exactamente por lo contrario: de
ninguna manera se puede cambiar despedidos por salario. El
paro debe ser hasta que todos los compañeros vuelvan a trabajar de manera efectiva. Y
todos juntos tenemos que
imponerles a las patronales el aumento del 35%.
Al mismo tiempo, se debe mantener la perspectiva de
proyectarse como
dirección alternativa para todo el gremio: redoblando
la confraternización con Pirelli, hay que buscar las vías para
avanzar hacia la base de Firestone (donde todo indica que la
bronca con la Violeta viene creciendo
a pesar de las campañas de mentiras que todos los días
hacen contra la Marrón y “los de FATE”). Por esto
mismo, hay que mantener
la perspectiva de lograr imponer y/o construir desde abajo
las condiciones para una Asamblea General de todo el gremio.
Junto con lo anterior, se trata de redoblar la exitosa actividad que
se está llevando adelante de Fondo de Huelga, al tiempo que
se sigue construyendo
la reunión de los viernes en el SUTNA San Fernando. Esto
como verdadero Comité de Lucha y Coordinación en torno a FATE y los compañeros
despedidos de Pirelli, llamando a toda la vanguardia obrera,
estudiantil y popular a apoyar y rodear esta lucha.
En definitiva:
hay que estar preparados para la eventualidad de que
Wasiejko intente levantar todo con los despedidos afuera. No
hay que depositar ninguna
confianza en él preparándose para disputarle
abiertamente la dirección y para tomar las más duras medidas que haya que tomar para torcerle el brazo a las
empresas, al gobierno de Cristina K (que las está apoyando
de cabo a rabo) y a la mismísima conducción del SUTNA.
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