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Colombia
Uribe
quiere la paz... de los cementerios
Por
Claudio Testa
En
la historia de Colombia, los “acuerdos de paz” jamás
fueron respetados. En todo el siglo XX, desde la Guerra
de los Mil Días (1899-1902) hasta hoy, la norma ha sido que
cada “acuerdo de paz” en los numerosos conflictos
armados del siglo XX, era seguido de la matanza de muchos
de los que se había “pacificado”, sobre todo si se
trataba de luchadores populares.
Así
pasó con buena parte de las guerrillas liberales de la
Guerra de los Mil Días. Lo mismo sucedió con los
guerrilleros campesinos que enfrentaron victoriosamente al
sanguinario régimen conservador de Ospina Pérez (1946-50)
y de Laureano Gómez (1950-53), y creyeron en la “paz” y
las “amnistías” que ofrecía el general Rojas Pinilla
al tomar el poder en 1953.
Una
de las últimas y más trágicas experiencias fue en la década
del ‘80, cuando las FARC, en negociaciones con el
presidente Belisario Betancur, intentaron pasar a la
actividad política legal y electoral, constituyendo la Unión
Popular (UP). El resultado fue la masacre de 4.000 de los
candidatos de la UP, incluido su candidato a presidente.
El
verdad las FARC iban marchando hacia una integración legal
al régimen burgués, como lo harían poco después las
guerrillas de Centroamérica, cuyos antiguos jefes hoy
engordan como diputados, funcionarios y ministros... fieles
servidores con barniz “progresista” del capitalismo y el
estado burgués. En Colombia, por el contrario, mediante ese
baño de sangre, cortaron un proceso que apuntaba en ese
sentido.
¿Por
qué las cosas serían ahora diferentes? En primer lugar, gran
parte del aparato del estado –su médula, las FFAA y
policiales– han hecho del paramilitarismo y del
sicariato su modo de existencia. En Colombia sigue
siendo un buen negocio asesinar gente, desde dirigentes
sindicales para que no molesten a las empresas, hasta
campesinos para quitarles la tierra o impedirles que la
recuperen. Con cierta razón, Salvatore Mancuso, el único
jefe paramilitar con algún nivel político y cultural,
definió al régimen político colombiano como “paramilitarismo
de estado”.
En
la burguesía colombiana hay evidentemente sectores que
desearían tener un “país normal” y que se expresan en
las tentativas de la Corte Suprema en relación a los
paramilitares y la llamada “parapolítica”. Pero, al
mismo tiempo, el capitalismo colombiano es, en América
Latina, en donde más se han desarrollado los sectores lúmpenes,
relacionados con el narco. Estos comprenden no sólo a
“nuevos ricos” sino a venerables familias tradicionales,
comenzando por la del presidente Uribe, cuyas relaciones con
los paramilitares han ido siempre de la mano con las del
narcotráfico.
El
peso que han ido ganando en la burguesía colombiana esos
sectores mafiosos, no influye precisamente en el sentido de
buscar soluciones “pacíficas” a los problemas políticos,
como sería un acuerdo negociado con las FARC. Ellos, además,
“sintonizan” con las tradiciones de amplias fracciones
de la vieja burguesía colombiana, cuyos abuelos y
bisabuelos hicieron fortunas masacrando a los
campesinos colonizadores que extendían la
“frontera” agrícola para apoderarse de sus tierras....
Hoy este mecanismo sigue funcionando tal cual, como
lo testimonia la masa de desplazados y los millones de hectáreas
que les robaron.
Por
último, una anécdota para ver qué chances de ser
respetado tendría un “acuerdo de paz”. En Colombia hay
todo un movimiento de desplazados que reclama la tierra que
les han robado los narco-paramilitares. En ese sentido, el
Congreso ha dictado leyes de incautación de esos bienes mal
habidos y su devolución a los campesinos.
En
diciembre de 2004, Uribe en persona entregó a un grupo de
desplazados 500 hectáreas de tierras recuperadas de un jefe
narco preso en EEUU. Los campesinos estaban encabezados por Julio
César Molina, un líder que se había hecho famoso por
los reclamos de tierras que había encabezado. Hoy, los
campesinos han sido otra vez expulsados. Molina cayó
asesinado en mayo pasado. Era así uno más de los 89 líderes
de desplazados muertos en los últimos cuatro años. [1]
Esto
nos lleva a un hecho aun más significativo: después de la
“desmovilización” del 2002 y el posterior
encarcelamiento de sus jefes más notorios, los
“paracos” se han reorganizado públicamente en toda
Colombia, bajo el nombre “Águilas Negras”. Por
supuesto, el gobierno no hace nada al respecto.
En
estas condiciones, ¿un “acuerdo de paz” podría ser
algo más que un “papel mojado”?
1.-
Datos de la revista Semana, Bogotá, 21/06/08.
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