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El
problema de la tierra en el campo argentino
¿Reforma agraria o socialización?
Por José Luis Rojo
“El
monopolio de la propiedad de la tierra
es una premisa histórica, y sigue siendo el fundamento
permanente del modo capitalista de producción”
(Karl
Marx, El Capital, Tomo III, volumen 8, pp. 794)
Cualquier programa para el campo argentino tiene que partir del problema de la propiedad
de la tierra. Hay que delimitar cuestiones teóricas,
históricas y las que tienen que ver con qué relaciones
sociales y fuerzas productivas alentar luego de la
expropiación de los grandes propietarios y capitalistas
agrarios.
Básicamente, se trata de saber si la tarea planteada es la de crear
–y / o fortalecer– una clase de pequeños y medianos
propietarios (como defienden las corrientes de la
izquierda campestre) o pasar –lisa y llanamente– a formas
socializadas de producción. Aclaramos desde el vamos
que este interrogante lo planteamos para la zona núcleo
pampeana y no para el resto del país caracterizado por una
enorme diversidad de situaciones y cuyo programa es más complejo.
La
propiedad privada de la tierra como fundamento del
capitalismo
Un
primer aspecto a abordar es el de la propiedad de la tierra. Se trata de la
expropiación de los terratenientes y la burguesía agraria,
problemática que corrientes como el PCR y el MST siquiera
pueden plantearse al haberse puesto incondicionalmente
al servicio de la Sociedad Rural.
Partamos de un hecho: bajo el modo de producción capitalista la
propiedad privada de la tierra está naturalizada.
Porque la propiedad privada de los medios de producción (y
la tierra debe considerarse como un medio de producción
“natural”) es uno de los supuestos de este modo
de producción, cuyo cimiento es la separación del
verdadero productor –es decir, el trabajador asalariado
urbano o rural– de las condiciones de la producción,
sean estas máquinas-herramientas o la tierra.
El
capitalismo normalizó que la tierra tenga dueños
capitalistas privados: “La propiedad de la tierra
presupone el monopolio de ciertas personas sobre
determinadas porciones del planeta sobre las cuales pueden
disponer como esferas exclusivas de su arbitrio privado,
con exclusión de todos los demás”.
Aquí
hay una “contradicción”, aunque característica y
fundamento mismo del sistema. Porque la tierra, como tal
(“tierra materia”), salvo cuando se trata de las mejoras
que se la hagan a la misma (“tierra capital”), a priori,
no está mediatizada por el trabajo humano: “Hay
ramas de producción en las que ciertos medios de
producción naturales, por ejemplo, las tierras de
labor, los yacimientos de carbón, las minas de hierro, los
saltos de agua, etc., son indispensables para que el proceso
de producción pueda efectuarse y sin los cuales no pueden
producirse las mercancías correspondientes (...). [Este]
medio de producción (...) no es trabajo materializado sino un
don natural. ¿Acaso [sé] podría fabricar tierra,
agua, minas o yacimientos de carbón? ¡Claro que no! Por
tanto, la propiedad privada sobre los elementos naturales,
tales como la tierra, las aguas, las minas, etc., la
propiedad de esos medios de producción, de estas
condiciones naturales de la producción, no es una fuente
de la que fluya valor, ya que el valor no es otra cosa
que tiempo de trabajo materializado. Esta propiedad es, sin
embargo, una fuente de ingresos. Es un título, un
medio que permite al propietario de los medios de producción
(...) apropiarse la parte del trabajo no retribuido
arrebatada a los obreros por los capitalistas (...). Claro
está que si la tierra se hallase como un bien elemental a
la libre disposición de cualquiera, faltaría uno de los
elementos fundamentales para la formación del capital.
Este medio de producción esencialísimo que es, además,
aparte del hombre mismo y su trabajo, el único medio de
producción original, no podría enajenarse ni apropiarse,
ni, por tanto, enfrentarse con el obrero como propiedad de
otro y convertirle en obrero asalariado”.
Es
decir, hay tierras buenas y malas, fértiles e infértiles.
Pero en tanto “tierra materia” esto nada tiene que
ver con el trabajo humano. Si la pampa húmeda es cómo
es, esto es un subproducto de la evolución natural.
La nación argentina “heredó” esta fertilidad
natural por estar asentada donde lo está.
Precisamente: Argentina tuvo la “suerte” (o la
desgracia, según la clásica apreciación de Milcíades Peña)
de asentar sus reales sobre una zona de fertilidad
privilegiada según los estándares internacionales. ¿Con
qué derecho, entonces, un determinado grupo de personas,
puede monopolizar porciones de la misma?
Atención.
Con esto sólo queremos destacar la tremenda contradicción
que significa la propiedad privada de la tierra. Lo
hacemos sin perder de vista lo ya señalado: que la
propiedad privada de la misma es una relación económico-social
por excelencia del capitalismo, el que se funda,
precisamente, en la separación del trabajador de las
condiciones de producción, sean éstas “naturales” o
“artificiales”.
El
hecho que haga valer su monopolio sobre porciones del
planeta, a priori, no aporta nada para que la tierra sea
como es. Por ejemplo, en el caso del campo argentino, que
España haya traído –por decir– cinco vacas en el 1550
y a los cien años había 5.000, 50.000 o 500.000 cabezas de
ganado es como si “dios” existiese: originalmente, no
tuvo nada que ver con la mano del hombre ni, a priori, con
trabajo humano incorporado (que no es otra cosa que el
contenido del capital).
Los dueños de la pampa húmeda
El
programa agrario socialista revolucionario se apoya en un
eje fundamental: las grandes extensiones de tierra deben ser
expropiadas. Es decir, tiene que ser confiscada esta
“máquina natural”, fuente de la productividad agraria
porque, entre otras cosas, el hombre no hizo nada para
que sea como es.
“Ningún
revolucionario serio puede llamar a otra cosa que a la
expropiación de la única riqueza real que tiene la
Argentina, a saber, la pampa. Todo lo demás, sencillamente,
no tiene importancia. Renunciar a la revolución agraria,
es decir, a la nacionalización y expropiación de toda la
tierra y a su explotación por un Estado obrero,
equivale a dejar en manos de la burguesía la principal
riqueza nacional”. Y se agrega: “Regalar
la principal fuente de riqueza de tal manera, equivaldría
a pedirles a los obreros venezolanos que renuncien al petróleo,
a los bolivianos al gas o a los chilenos al cobre”.
Esto
se combina con consideraciones históricas que sólo
señalaremos muy suscintamente. Es sabido que luego de la
“Campaña del Desierto” Roca repartió las tierras
conquistadas al indio entre sus generales. Esa tierra
repartida en la zona más fértil del campo argentino es
uno de los orígenes de la oligarquía “nacional”.
Esto juntamente con la famosa Ley de Enfiteusis de Rivadavia
de 1820 y las heredades que venían de la colonia: “(...)
desde las primeras apropiaciones de tierra –vía el
eufemismo de las genocidas ‘campañas del desierto’, la
Ley de Enfiteusis y otros mecanismos puestos en práctica
por los distintos gobiernos ‘patrios’ para
‘repartir’ con ‘generosidad’ estos lares–
demostrando que el ‘granero del orbe’ no pertenecía
ni por asomo al conjunto de la población. El censo de
1914 mostraba que la propiedad de la tierra era de muy
pocos: el 5% de los propietarios disponía del 55% de
las explotaciones”.
Cien
años después la cosa no parece haber mejorado nada...
Y a no olvidar que estamos hablando de la tierra de la pampa
húmeda, la más rica del país: “cinco grupos económicos
y 35 grupos agropecuarios lograron ampliar sus dominios
en el campo en los ‘90. Los primeros son Bunge y Born,
Loma Negra (Amalia de Fortabat), Bemberg, Wertheim y el
ingenio Ledesma (familiar Blaquier). En total poseen 396.765
hectáreas en la provincia de Buenos Aires, lo que arroja un
promedio de 79.353 hectáreas cada uno. Por su parte, los
grupos agropecuarios están constituidos mayormente por familias
de la aristocracia, que dieron origen a la Sociedad Rural.
Son 35, que reúnen un total de 1.564.091 hectáreas, a razón
de 44.688 hectáreas cada una. Figuran familias como Gómez
Alzaga, Anchorena, Balcarce, Larreta, Avellaneda, Duhau,
Pereyra Iraola, Ballester, Zuberbuhler, Vernet Basualdo,
Pueyrredón, Bullrich, Udaondo, Ayerza, Colombo, Magliario y
Lanz, etc. En total existen en la provincia de Buenos Aires
1.294 propietarios con más de 2.500 hectáreas: 799 los que
tienen entre 2.500 y 4.999; 242 entre 5..000 y 7499; 92
entre 7.500 y 9.999; 108 entre 10.000 y 19.999 y 534 de
20.000 en adelante. En conjunto son dueños de 8.8 millones
de hectáreas, algo más del 32% del total de la
provincia!”.
Está claro que en estas condiciones, y pese a quien le pese, la
primera tarea revolucionaria en el campo argentino pasa por
la expropiación de los grandes propietarios y
capitalistas del campo!
Expropiación y socialización
A partir de esta elemental definición, se trata de saber si en la zona
núcleo pampeana, la expropiación debe ser llevada adelante
impulsando una reforma agraria, clásica tarea del tipo
revolución burguesa en el campo (supuestamente defendida
por las corrientes de la “izquierda” pro campo). Reforma
agraria que implicaría el reparto la tierra de la gran
propiedad en beneficio de pequeños productores privados. O
si, por el contrario, dadas las características específicas
de la pampa húmeda, lo que está planteado es pasar –lisa
y llanamente– a la estatización de las grandes
propiedades y su puesta en producción bajo formas
–sociales y económicas– socializadas.
Desde estas páginas defendemos esta segunda opción. Es que en la zona
núcleo pampeana, la realidad es que la producción se
encuentra ya bajo condiciones de un altísimo nivel de “socialización”.
Por ejemplo, es ampliamente reconocido que la causa central
del actual predominio de grandes propietarios –de más de
20.000 hectáreas– en el campo argentino se debe a la
posibilidad de aprovechar las economías de escala
que hacen más pronunciada la reducción del costo por hectárea
a medida que aumenta la superficie trabajada.
Es decir, se está en presencia de una enorme tecnificación, una
relativamente baja cantidad de trabajadores por superficie
explotada (sólo 5 trabajadores cada 1.000 hectáreas en
promedio; al menos en el caso de la soja), parte de ellos
muy calificados y la práctica inexistencia de campesinos
sin tierras.
Además, como ha sido señalado por muchos analistas, una parte sustancial
de los pequeños y medianos propietarios son rentistas o
productores agrarios capitalistas de pleno derecho.
“En los últimos quince años, el proceso de transformación en la
forma de organización y de desarrollo técnico-productivo
del campo ha provocado una acelerada concentración de la
producción (...). Se produjo una revolución tecnológica
(...) basada en la siembra directa y las semillas transgénicas
(...). Este cambio tecnológico demanda mucho menos
trabajo manual y mucho más capital. Se necesitan
millonarias inversiones en máquinas para siembra directa
que son distintas a las tradicionales. Por eso mismo
surgieron contratistas –la mayoría son además
medianos y grandes ‘productores’– que van por los
predios con sus maquinarias a realizar el trabajo, que en la
agricultura tradicional podían llevar de uno a dos meses,
según la extensión, y hoy se realiza en uno o dos días
(...). En ese contexto aparecen los fondos de siembra
–pools– que tienen el capital suficiente para comprar y
aplicar ese nuevo paquete tecnológico en economías de
escala. Pero son los tradicionales grandes propietarios de
tierras (...) los que han avanzado en concentrar cada vez más
la producción en sus manos. Y esto fue así porque los
chacareros que no pudieron acceder a este nuevo paradigma
productivo-tecnológico les resulta mucho más rentable alquilar
la tierra que trabajarla”.
Y agrega el autor: “Lo que se ha verificado, es una enorme
concentración de la producción sobre tierras arrendadas,
lo que ha provocado una profunda alteración de la
estructura económica y social del campo. La propiedad
de la tierra sigue tanto o más concentrada que antes.
Eduardo Basualdo destaca que en la zona pampeana el 86,4%
de la producción agrícola sigue en las mismas manos que
hace un siglo.
Este complejo panorama permite acercarse a la comprensión de la
actuación de la Federación Agraria en el conflicto, que ha
desorientado a quienes todavía consideran que sigue siendo
una entidad que defiende a los pequeños productores
arrendatarios. Giberti ilustra que ‘el clásico chacarero
arrendatario, la imagen tradicional del socio de la FAA, prácticamente
desapareció porque muchos se transformaron en propietarios’.
Muchos pasaron a ser arrendadores de los pools o de los
grandes propietarios, lo que explica la indiferencia que
manifestaron al proyecto de Ley de Arrendamiento y que sólo
se preocupen por la defensa de la renta sojera, que es
la que les brinda el alquiler de sus tierras. Por eso
Giberti señala que ‘ese cambio de estructura social hace
que el chacarero típico de hoy tenga enfoques muy distintos
del de antaño. Es un pequeño propietario’ (...). La
FAA se ha convertido en una entidad que representa
fundamentalmente a pequeños propietarios que no trabajan la
tierra, sino que la alquilan para vivir de rentas”.
Para completar el cuadro, sobre la caracterización de la CRA y la
Sociedad Rural se señala que: “la primera concentra un
grupo de entidades regionales, representando a propietarios
con extensiones de tierra de un promedio de 1.000 hectáreas,
que para la región pampeana significa un patrimonio de 8
a 10 millones de dólares (...). En tanto, la Sociedad
Rural sigue representando a grandes propietarios pero con
otra estructura de negocios: también han incorporado la
agricultura, cuando antes eran casi exclusivamente
ganaderos”.
Expropiación,
pequeña propiedad y cooperación
Entonces, en las condiciones concretas de comienzos del siglo XXI y no
de las fantasías de la izquierda campestre, la tarea de la
reforma agraria quedaría kilómetros por detrás del
desarrollo ya existente de las fuerzas productivas y, sobre
todo, no tendría un sentido anticapitalista.
Por el contrario, entendemos que lo que está planteado –cómo está
dicho– es pasar a la expropiación de las grandes
extensiones y su puesta en producción bajo formas de
trabajo socializadas: “Lo que no se puede es prometer
la ‘distribución’ a los chacareros de la tierra
expropiada (...). Menos con la pretensión de ‘repoblar’
la pampa, como si la urbanización pronunciada de la
Argentina fuera el resultado del atraso agrario y no, en
realidad, de una productividad única en el mundo.
Semejante medida sería un desastre que nos llevaría
a la destrucción de las fuerzas productivas
alcanzadas por nuestro país en su desarrollo histórico”.
Esto no quiere decir que se debería expropiar a todos los
propietarios. No planteamos esto: dependerá de la
extensión de los predios. En el caso de propietarios
y/o productores familiares que no empleen mano de obra
asalariada y que por la extensión de sus tierras y los
volúmenes de producción no configuren empresas
capitalistas propiamente dichas y prefieran seguir
trabajando la tierra de manera independiente, se les
respetará esta decisión.
Además, es sabido que la zona extra-pampeana tiene características
muy distintas a la del núcleo: hay gran cantidad de
minifundistas y también un campesinado sin tierras
desplazado precisamente por la expansión de la frontera agrícola
vía la soja. Se trata de extensiones de una, cinco o diez
hectáreas en provincias como Santiago del Estero, Formosa,
Salta, Chaco, etc.
En estos casos, sí se aplicaría un programa más tradicional de
reforma agraria, entregando tierras a los sin tierras o
devolviéndoles sus predios a las poblaciones originarias
que así lo reclamen y alentándolas, en todo caso, a poner
en pie formas de producción cooperativas.
En este último caso, se trata de los derechos históricos de las comunidades. Es
decir, los derechos de propiedad comunal que remiten
a algo muy distinto que a la propiedad privada capitalista o
a la apropiación violenta de porciones del planeta
que es la base material de la renta capitalista de la
tierra.
Tiene
que ver con aquellas explotaciones de autoconsumo de
un verdadero campesinado (no el que corta las rutas con sus
4 por 4) y que no dedica el centro de su actividad a
producir mercancías e incorporar valor.
Porque el campesinado –como tal– es un productor “precapitalista”. Incluso aunque sea
en parte productor mercantil, es precapitalista. En todo
caso una parte de su producción es para el autoconsumo y la
otra es para el mercado. Y esta última es producción
mercantil simple (M-D-M): no genera plusvalor y su ciclo
productivo no se hace en función de la ganancia sino para
satisfacer sus necesidades por la vía de la venta de parte
de su producción para comprar otras mercancías que
necesita. Es decir, vende no para acumular capital sino
para comprar lo que imperiosamente necesita.
Esto
es distinto, antagónico, con los productores capitalistas
agrarios que llevan a cabo la producción al solo efecto de
la ganancia, de generar un plusvalor y a los que de
manera absolutamente tramposa los medios de comunicación y
cierta “izquierda” caracterizan como “campesinos”!
En todo caso: “Se puede conceder que por razones políticas (la
necesidad de fracturar el frente único burgués en
el campo), se establezca un tratamiento diferente para
las fracciones más pobres de la pequeño burguesía rural,
la que no explota fuerza de trabajo. Pero esta concesión
debe limitarse a garantizar su supervivencia, no a estimular
su acumulación”.
Las
enseñanzas revolucionarias del siglo XX
Lo que está planteado es poner en pie un plan nacional integral agrícola-ganadero
que dé una respuesta anticapitalista y socialista de
conjunto. Esto, integrando variables –dependiendo de
las zonas– como los diversos tipos de propiedad
(socializada, cooperativa e individual), las mejores vías
para el desarrollo de las fuerzas productivas y la evaluación
acerca de la existencia real o no de pequeños
productores y/o campesinos sin tierras. Toda
una combinación de factores que en las revoluciones
anticapitalistas del siglo XX en general, y en la rusa
revolucionaria socialista en particular, demostró ser extremadamente
compleja.
Detengámonos
un momento en esto. Particularmente en el caso ruso, es
sabido que Lenin intentó de todo. Primero avanzar
“manu militari” en las condiciones de la guerra civil y
le fue pésimo. Después reintrodujo el dinero cuando el
comienzo de la NEP. Reincorpora el dinero porque nadie
producía nada y en las ciudades había un hambre
creciente.
Pero luego de la muerte de Lenin hubo una desviación
extremo-oportunista: el “campesinos enriqueceos” y la
“industrialización a paso de tortuga” fueron las
palabras de orden de Stalin y Bujarin ya en pleno proceso de
burocratización de la revolución. Orientación frente a la
cual se alzó valientemente Trotsky y el resto de la Oposición
de Izquierda.
Este curso derechista del estalinismo en ascenso llevó a
una dramática crisis y a un nuevo y brutal lock out
agrario. En respuesta a él, el estalinismo en ascenso
pasó a otro desastre pero de signo contrario: una orientación
ultraizquierdista y represiva que impulsó la
“colectivización” forzosa del campo. Es decir, una
falsa colectivización sin democracia obrera ni
socialización de la producción que liquidó las fuerzas
productivas del campo ruso por varias décadas.
Se trata, en definitiva, de cuestiones muy complejas que
han dejado todo tipo de enseñanzas. Enseñanzas que no
pueden servir de atajo para argumentos capituladores del
estilo de los que –en este caso– esgrime el MST cuando
acusa de “estalinismo”...
a los que no apoyamos el lock out agrario
patronal y sostenemos que el eje del programa agrario en
nuestro país pasa por la expropiación.
En
síntesis:
hay
toda una serie de “encadenamientos” en lo que
tiene que ver con el programa
agrario para nuestro país. Pero un punto decisivo tiene que
ver con la expropiación de los grandes propietarios de
la tierra. Expropiación a la que inmediatamente se le
agrega la estatización bajo control de los trabajadores
de los grandes productores capitalistas: pools de siembra,
grandes contratistas, proveedores de insumos, acopiadores,
exportadores, agro-industriales e industrias de maquinaria
agrícola.
Karl Marx, El Capital,
Tomo III, volumen 8, pp. 793, Siglo XXI Editores, México,
1981.
Karl Marx, Teorías de la Plusvalía, pp.342-4;
Editorial Comunicación, Madrid, 1974.
Está claro que la producción ganadera, desde que
comenzó a ser un ámbito específico de la actividad
productiva agraria, nada tiene que ver –en sí
misma– con el ejemplo abstracto que estamos dando;
subsumida a la producción capitalista, implica el obvio
involucramiento de trabajo humano y capital.
[4]
Acá hay un evidente paralelo con otros recursos
naturales tales como el gas, el petróleo, la minería,
la riqueza ictícola y otros tantos que pagan renta bajo
el capitalismo, como veremos enseguida.
El convidado de piedra; Eduardo Sartelli, El Aromo n°42.
Mario Rapoport, Página
12, 13-07-08.
David Cufré, Página 12,
13-07-08.
No olvidar que en los años
‘90 fueron liquidados casi 100.000 chacareros,
elemento fundamental para la constitución de la actual
estructura del campo argentino.
Alfredo Zaiat, Página
12, 12-07-08.
Alfredo Zaiat, Página
12, 12-07-08.
El convidado de piedra,
Eduardo Sartelli, El Aromo N°42.
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