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Alcances del triunfo reaccionario del
“campo”
Sólo la clase obrera puede transformar el
país
Finalmente ganaron las patronales del campo. Es que con el voto del
vicepresidente Cobos, luego del agónico empate en el
senado, quedo derrotado el proyecto de Cristina K. Es
decir, el que pretendía transformar en ley el decreto 125
de retenciones móviles a las exportaciones de granos. Entre
la emisión de dicho decreto y su virtual caída pasaron 128
días. Unas jornadas de durísimo conflicto entre
sectores de la clase dominante de nuestro país. Pugna
que ante la amenaza de desborde –dada su virulencia– fue
canalizada, en principio “exitosamente”,
por la vía
parlamentaria.
Sin embargo, él pronostico sigue siendo “reservado”: porque
en el momento que escribimos este editorial (cero horas del
viernes 18), el gobierno todavía no parece haber digerido
el impacto de esta derrota y no está claro qué rumbo
tomará. Se habla incluso de que podría llegar a
renunciar. El argumento: se irían “si no los dejan
gobernar”.
Lo más “lógico”, dada su naturaleza patronal, es que termine dando un
giro conservador en la búsqueda de encontrar bases
de sustentación que le permitan continuar con un
mandato que ha quedado seriamente dañado.
Pero no se puede descartar otro escenario, a priori el más
“improbable”: que le dé “largas al asunto” en lo
que tiene que ver con la derogación definitiva del decreto
125, terminando así por abrir –aun sin quererlo–
una
crisis política descomunal que culmine en su renuncia.
En defensa del derecho de propiedad
Es importante detenerse un instante para analizar las razones de esta muy
dura derrota política del gobierno de Kirchner. Es decir,
lo que podríamos definir como la lógica de clase de la
misma. Hay dos elementos que merecen destacarse. En
primer lugar, la gigantesca perdida de bases de
apoyo del gobierno a lo largo de esta dilatada crisis.
¿Cómo explicar este fenómeno en el caso de los esposos K
que –a lo largo de los últimos años– habían gozado
del apoyo prácticamente unánime –sea esto con
“fervor” o no– de todos los sectores de la clase
dominante?
Es verdad que este sostenimiento se venia deteriorando ya desde él
ultimo tramo del mandato de Néstor Kirchner por toda una
serie de razones, tanto políticas como económicas. Desde
los cuestionamientos de la oposición burguesa a la “falta
de calidad institucional”, hasta las preocupaciones
empresariales por el “creciente descontrol de la inflación”.
En todo caso, la posta tomada en el 2003 por Néstor Kirchner para
transformar la Argentina en un “país normal” (luego que
Eduardo Duhalde quedara herido de muerte con la masacre del
Puente Pueyrredon), sumada a la recuperación económica, lo
habían elevado –de alguna manera– a representante
general de toda las fracciones de la clase dominante.
Insistimos: esto ocurrió aun al costo de que amplios sectores patronales
hicieran “la vista gorda” frente a determinados aspectos
ideológicos y prácticas políticas del elenco
gubernamental, que nunca les gustaron. Por ejemplo, el
pasado KK como militantes de la Juventud Peronista (lo que
cuadraba muy bien con el “espíritu de época” luego del
argentinazo del 2001).
Lo anterior no quiere decir que no gozaran de la simpatía de unos
sectores patronales más que de otros: básicamente, de todos
aquellos beneficiados de la devaluación de la moneda, en el
centro de los cuales estaba la patronal industrial.
Pero el conflicto por los impuestos a las exportaciones (en el fondo, una
clásica medida de proteccionismo capitalista) terminó
rozando un elemento altamente sensible: fue interpretado por
vastos sectores de los de arriba como un
cuestionamiento al derecho de propiedad, el derecho
por excelencia del sistema capitalista.
Algo debe estar claro: el gobierno, ni en sus sueños más
“combativos”, pensó nunca afectar –siquiera mínimamente–
el derecho de propiedad privada de los capitalistas:
sea de la tierra, de la agroindustria ni de ninguna otra
rama de la economía. Es decir, del derecho de estos de
disponer –privada y exclusivamente– de los medios para
la producción, cuando el trabajador sólo dispone del
“derecho” a ser explotado.
Sin embargo, al ponerse sobre la mesa la discusión acerca de cómo
distribuirse –entre los de arriba– el trabajo no pagado
de los obreros rurales y urbanos (fuente de la renta agraria
ordinaria y extraordinaria), eso se terminó interpretando
–de manera interesadamente burguesa– como una afectación
al derecho de los “productores” del campo
de apropiarse de toda la ganancia generada
en la producción agraria. Ganancia cuya fuente directa es,
ni más ni menos, que el ya señalado
trabajo no pagado
de los trabajadores rurales!
La supuesta afectación de este derecho de propiedad explica no sólo la
reacción de la patronal agraria. También, que la flor y
nata de la patronal industrial, en los hechos, se terminara
solidarizando con sus hermanos de clase del campo,
retaceando apoyo
al gobierno de los esposos K.
Porque la patronal agraria salió en defensa de este “derecho” tan
caro al capitalismo (el derecho a explotar sin misericordia
a la clase obrera, sea urbana o rural), logrando así el
abierto o tácito sostén de lo más granado de la
burguesía y el imperialismo.
Los límites de clase de los esposos K
Esto se liga a un segundo problema: perdido el directo apoyo patronal, el
gobierno tampoco logró –a lo largo de toda la
crisis– el sustento de amplios sectores populares. Es
que si su discurso fue incorporando elementos de creciente
“radicalidad” (sobre todo, encarnados en Néstor
Kirchner), nunca jamás en estos 130 días
las
palabras fueron seguidas por hechos que las avalen.
Los Kirchner siempre dijeron que su proyecto era una Argentina “país
capitalista normal”. Cuando tocaron la campanita en la
Bolsa de Comercio yanqui, lo hicieron señalando que el
capitalismo se había demostrado como “el mejor
sistema”.
Es decir, por donde se lo mire, nunca estuvo en duda su profesión de
fe capitalista. Hay que ser categóricos: aun bajo la
presión de una tremenda crisis política, esto no cambió
ni un ápice.
Con sólo tomar una medida popular –cómo ser un aumento general de
salarios para compensar la tremenda escalada
inflacionaria– seguramente hubieran dado vuelta al menos a
una parte de la opinión publica. Opinión publica que, por
su justo odio al gobierno K (ante la creciente inflación y
el deterioro del nivel de vida),
terminó simpatizando
–esto de manera equivocada– mayoritariamente con el
“campo”.
Pero la lógica de clase capitalista del gobierno les impidió hacer nada
parecido. Perdido al apoyo de lo más granado de la burguesía,
con el giro a la derecha de amplias porciones de la clase
media y el justo repudio de la opinión publica popular, el
gobierno de Cristina K ha quedado como en el “aire”. Es
decir, sólo sustentado por el aparato del Estado, parte del
PJ, parte de la burocracia sindical y de un sector del
movimiento de desocupados hace rato ya cooptado desde ese
aparato estatal.
En estas condiciones, termina perdiendo la pulseada porque nunca el
aparato del Estado puede suplantar –por sí mismo– la
falta de apoyo en alguna de las clases fundamentales de la
sociedad: sea la burguesía y el imperialismo, sea la
clase trabajadora. Esto es lo que les termino pasando a los
K, y llevándolos a una durísima derrota, que pone en
riesgo cierto la continuidad a su gobierno.
¿De que “Republica” hablan?
En esta derrota, un factor clave ha sido el giro a la derecha de las
clases medias del país. Se trata de las franjas medias-altas
y altas de la misma que salieron a apoyar
fervorosamente a las patronales del campo, cortes de ruta,
cacerolazos y actos masivos mediante. Es que también
ellas temieron ver afectado su derecho de propiedad por las “medidas
populistas” del gobierno K.
Una clase media que se caracteriza –dada su propia naturaleza de “jamón
del sándwich” social– por este tipo de movimiento
político histérico y “pendular”. Si en momentos de
la crisis del 2001, franjas de la misma salieron a
“cacerolear” en defensa de sus ahorros junto a los
movimientos desocupados en lucha (recordar el “piquete y
cacerola la lucha es una sola”), pasados los años (y,
sobre todo, en otra situación económica), salieron
a apoyar fervorosamente a los sectores privilegiados del
campo argentino.
Ideológicamente hicieron esto identificadas con un discurso muy distinto
al “que se vayan todos” del 2001. Aquí ya no
se trató del justo cuestionamiento a las tramposas
instituciones de la “democracia”, sino de algo opuesto
por el vértice: la exaltación de esas mismas
podridas instituciones, como ámbitos de “representación
de los intereses populares”.
Ejemplo de esto ha sido la permanente apelación y exaltación por
parte de la dirigencia ruralista al “rescate de la
Republica”. Concepto que, por sí mismo, nada quiere
decir: es una abstracción. Es decir, hay que saber de
qué “Republica” se trata. En la boca de las
entidades ruralistas, debería estar muy claro: se trata de
una República donde se les
garantice a rajatabla su
derecho a embolsarse ganancias extraordinarias a costa de la
sangre, el sudor y las lagrimas de la clase obrera nacional
!!
En este mismo sentido actuó el traslado de la crisis al Congreso. Un
operativo que expresó (bajo formas engañosas) la apertura
de un debate nacional. Y que, a la vez, no prescindió de
una constante presión “extraparlamentaria” de parte de
los dos contendientes patronales: desde cortes de ruta,
movilizaciones masivas, asambleas, carpas, etc., etc. Formas
de lucha (en sí mismas, un extravagante tributo al
Argentinazo del 2001) utilizadas por los de arriba y que
seguramente no dejaran de tener –hacia delante–
todo tipo de consecuencias no queridas.
Pero también –y esto es lo fundamental– se trató de una búsqueda
de canalización para evitar desbordes apostando, a la vez,
a una relegitimación institucional del estilo del que se
está viviendo por estas horas: con una Cámara de Senadores
y un vicepresidente como Cobos alrededor de los cuales se ha
desatado toda una parafernalia mediática resaltando
“el
funcionamiento de las instituciones y de la división de
poderes”…
Pero, cómo dice un dicho popular, la prueba del pastel es cuando los
comes: se trata del retorno de los “muertos
vivos” del 2001: es decir, de la vuelta de todos
los políticos y sindicalistas justamente denostados en el
2001 como Eduardo Duhalde, Luis Barrionuevo, Chiche Duhalde,
José Luis de la Sota, Carlos Menem y tantos otros hasta
ayer nomás impresentables: linda “República” la que
viene de la mano del lock out patronal agrario !!
La capitulación de la izquierda campestre
Por increíble que parezca, hubo un importante sector de la izquierda que
cumplió –a cabalidad– un rol de inmensa importancia en
la legitimación del reclamo archireaccionario de las
cuatro entidades agrarias: se trata del MST de Vilma
Ripoll, del PCR–CCC y de la
ignota IS.
Ha sido una lisa y llana capitulación ante lo más rancio de la
patronal y la oligarquía agraria, sacrificando en su
altar los elementales intereses de la clase obrera rural y
urbana. Porque estos grupos han actuado como una
perfecta coartada para un movimiento en esencia reaccionario
y enteramente burgués.
Han hecho esto por la vía de un frente único sin principios con
organizaciones como la Sociedad Rural y Confederaciones
Rurales Argentinas. Su justificación: un seguidismo sin
condiciones a una Federación Agraria transformada no en
la organización representativa de los “chacareros” sin
tierra (del estilo primera mitad del siglo XX), sino una FAA
qué, mayormente, representa hoy a propietarios-rentistas
pequeños y medianos que –como mínimo– se embolsan
anualmente varias decenas sino cientos de miles de dólares (ver
en esta misma edición “El problema de la tierra en el
campo argentino”).
Insistimos. Su papel –por más que busquen y rebusquen
justificativos– no puede ser tachada de otra cosa que de
una capitulación ante los intereses de parte de lo más
tradicional de la clase dominante argentina.
¿Dónde se ha visto que se pueda luchar por “la reforma agraria” de
la mano de la oligárquica y genocida Sociedad Rural,
usufructuaria histórica del latifundio y de la súper
explotación de los peones rurales?
A un Miguens o un Biolcati (uno de los propietarios ganaderos más
grandes del país y de Latinoamérica) ¿qué les pueden
molestar banderas con consignas del tipo “contra la
oligarquía” (como la ridícula del MST en la vigilia
campestre), cuando este supuesto rechazo a la misma... es
esgrimido para apoyarla incondicionalmente?
No. Sólo los puede mover a una risa cómplice.
Por esto, consideramos enteramente justo el repudio que ha
generado entre amplísimas franjas de la opinión pública
de la izquierda (y más allá) el ver mancilladas las
banderas rojas en un acto enteramente burgués y
archireaccionario, como el del Rosedal de Palermo.
No es que pretendamos exagerar las cosas. Tampoco nos gusta llenar de
calificativos arbitrarios (es decir, sin demostración) a
las otras corrientes de la izquierda. Además, siempre puede
haber desviaciones sectarias u oportunistas. Ninguna
corriente viva que se precie de tal, podría evitar cometer
errores de uno u otro tipo en determinadas circunstancias.
Lenin decía que no podía haber partido que no se
equivocara: lo que lo lleva al desbarranque es no
corregir los errores a tiempo, ni aprender de ellos.
Otra cosa es algo que –en verdad– no ocurre todos los días. Pero,
cuando se da, hay que llamarlo por su nombre: se trata de traspasar
ciertos límites de clase. Es decir: el quedar
abiertamente de espaldas ante los intereses
de clase que se dice representar (los de la clase obrera) en
beneficio de nuestro enemigo de clase.
Este ha sido, lamentablemente, el rol de este sector de la
izquierda que no sólo llevó agua al molino de la
burguesía agraria grande, mediana y pequeña, sino que lo
hizo en un conflicto donde la satisfacción del reclamo que
estos sectores encarnan, se viene haciendo
enteramente a
costa de los intereses y necesidades de la propia clase
obrera !!
Hay circunstancias de las que no se vuelve. Nos viene a
la memoria (guardando las debidas proporciones) el
alineamiento del PC y el PS en las coaliciones de la burguesía
pro–yanqui en los años 1945/46 (la Unión Democrática
contra Perón) y en 1955 (apoyo al golpe “gorila”).
Estas corrientes jamás se recuperaron de esos desastres.
La tarea de las corrientes auténticamente revolucionarias es marcar
a fuego las lecciones de esta crisis en beneficio
de la educación socialista y de clase de la
vanguardia obrera y estudiantil.
Soldar la unidad patronal para que la crisis
la paguen los trabajadores
Lo más “lógico” seria que a partir de esta derrota política del
gobierno y respondiendo al llamado a la “unidad
nacional” que realizo Mario Llambías de la CRA en el acto
del Rosedal, la burguesía argentina se reunificara
alrededor de un giro conservador, encarnado por la propia
Cristina K.
No ha sido casual que inmediatamente después de la definición en el
Senado, todos los políticos de la oposición hayan salido a
señalar que están por “el éxito del gobierno de
Cristina”. Tratan de asegurar la gobernabilidad del
país. Si la mismísima Elisa Carrió ha salido a decir
que “ahora comienza su verdadero gobierno; tiene la
posibilidad de realizar una excelente gestión de transición”.
Esta “transición” hacia unas elecciones presidenciales que están
aun muy distantes tendría pilares básicos: uno inmediato y
central, volver a soldar el frente patronal
para que los platos rotos de la crisis los paguen
los trabajadores.
Es algo muy simple: si hay que ponerle un techo a la inflación; si habrá
menos recursos para subsidiar el boleto del transporte, la
luz o el gas; si se viene un incremento de importancia en
las obligaciones de pago de deuda externa; si los precios
internos de los alimentos tenderán a equipararse con
los mundiales; si se quiere dejar a salvo las siderales
ganancias tanto de patrones agrarios como también de la
industria ¿quién podría pagar semejante cuenta? Adivinó:
no hay otro candidato que la clase obrera !!
Por eso mismo, no es casual que, cada día que pasa, son más las
voces que se alzan entre diversos analistas planteando que “hay
que buscar maneras de ‘enfriar’ la economía” (proceso
que, en realidad, ya comenzó); que hay que “ponerle
un techo a la inflación”; que de aquí en más
los “aumentos deberían comenzar a ser por
productividad (es decir, sobre la base de redoblar
con mil remaches la superexplotación obrera) y otras frases
por el estilo que apuntan a un más o menos ortodoxo
ajuste de la economía, más allá de la manera en
que se lo quiera disfrazar.
Sin embargo, todo esto no parece que será tan fácil. No sólo
porque, como dijimos al comienzo de este editorial, aún el
gobierno no parece haber procesado del todo su derrota ni
definido con claridad su rumbo de aquí en más. Por
ejemplo, ha dejado trascender un “paquete de medidas”
que irían, muy parcial y limitadamente, en un sentido no
exactamente igual que el que acabamos de esbozar. Y, al
mismo tiempo amenaza con renunciar “si no lo dejan
gobernar”. Habrá que ver.
Pero lo realmente decisivo es que la clase obrera del país,
como subproducto de la rebelión popular del 2001, conquistó
–indirectamente– una serie de mínimas condiciones de
existencia: un mayor empleo súperexplotado, pero que no
es igual de desintegrador que el desempleo de masas;
un mecanismo de aumentos institucionalizado vía una
paritarias enteramente controladas por la burocracia y con
techos por detrás de la inflación, pero que da
lugar a una cierta “gimnasia” periódica de reclamos;
una miserable recuperación salarial a lo largo de algunos años
(aunque se corto en el 2006/7).
¿Qué pasara con esto, cuando se descargue con todo su peso sobre los
trabajadores,
un nuevo ajuste económico más o menos del
estilo de los ’90?
Los trabajadores no se dejarán despojar sin
dar pelea
Aquí hay una contradicción: porque el ajuste económico que casi
inevitablemente se viene (en realidad, ya comenzó), se
enfrentará con una clase obrera que ha estado sumida en una
tremenda confusión a lo largo de la crisis campo–gobierno
K, pero que difícilmente se dejará despojar, así
porque sí, de unas condiciones de vida relativamente
mejoradas respecto de la década del ’90.
Además, un efecto altamente contradictorio de la crisis de los últimos
meses ha sido el espectáculo de una burguesía agraria
luchando con uñas y dientes por sus sucios y egoístas
intereses.
¿Si ellos lo han hecho, porque los
trabajadores no?
La reciente ocupación de la metalúrgica ENFER, que logró la
–transitoria, todavía– reincorporación de 30 compañeros
despedidos. O la continuidad de medidas de lucha en fábricas
importantísimas como FATE y PIRELLI, muestran todo lo que
de contradictorio hay aún en el vuelco de este triunfo
reaccionario para convertirlo en un cambio
global en la correlación de fuerzas entre las clases
sociales de Argentina.
Digámoslo con más claridad: el triunfo del “campo” es un triunfo
reaccionario y que amenaza llevar el péndulo
de la lucha de clases hacia la derecha. Pero esto aún
se esta procesando, y no sin agudas
contradicciones, que pueden deparar más de un
revolcón al que pierda de vista los ricos matices de
una realidad marcada por todo tipo de sutilezas, y
donde todavía siquiera se ha cerrado la crisis entre los de
arriba.
Por eso, las tareas inmediatas de las corrientes revolucionarias de
nuestro país, son ponerse incondicionalmente al
servicio de las luchas que ya están emergiendo por
el salario, contra los despidos y contra la persecución a
los cuerpos de delegados independientes, dando así
pasos en la construcción una tercera posición
obrera y popular frente a la crisis nacional.
Porque, como nuevamente muestra el caso argentino, está visto que no hay “progresismo” capitalista que valga a la hora de lograr la transformación social. Si Juan Domingo Perón
nunca llegó a arañar siquiera el sistema, menos que menos
lo podrían hacer émulos “light” cómo los K. Esto sólo
podrá venir de la mano de la clase obrera en el poder.
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