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La
pelea por una posición independiente ante la crisis
nacional
La
guerra de las carpas
“La discusión sobre las retenciones
es un mapa casi perfecto de los alineamientos políticos que
se trazan hoy en la Argentina” (La
Nación, 30-6-08).
Al
cierre de esta edición, todo parece indicar que la crisis
no sólo continúa sino que podría volver a profundizarse.
Luego de la catarata de rumores acerca de la posibilidad de
un acuerdo, tras el levantamiento de la carpa del campo
(30-6), una reunión con intendentes del interior del país
vino a poner las cosas en su lugar. La Mesa de Enlace unificó
su posición reclamando que el decreto 125 (el de
retenciones móviles) sea suspendido
(inclusive, los intendentes firmaron un texto donde declaran
al decreto lisa y llanamente “inconstitucional”). El
argumento: que las temáticas en debate serían tan
“amplias” que “no podrían resolverse en pocos días”.
Y, por lo tanto, suspensión mediante, luego se podría dar
lugar a la negociación sobre las “cuestiones de fondo”.
Para
el gobierno está claro que este reclamo es inaceptable:
significaría una rendición
incondicional de los K. Sin embargo, a estas horas,
pareciera que el bloque del PJ se ha unificado
detrás de una serie de correcciones al decreto 125 que básicamente
incluyen nuevas compensaciones para pequeños y medianos
productores. De esta manera, lograrían número propio para
votar en Diputados su proyecto de ley ratificatorio de las
retenciones móviles.
La
reafirmación de cada parte de sus posiciones parece haber
vuelto todo a fojas
cero, con el campo nuevamente “mostrando los
dientes” y el gobierno K convocando a nuevas
concentraciones.
Así
las cosas, lo irreductible de las posiciones de ambos bandos
patronales hacen prever que luego del “veranito
parlamentario” la crisis volvería a escalar. Esto exige redoblar esfuerzos para
poner en pie un polo
de clase e independiente ante la crisis nacional.
Hartazgo y politización
Sin
embargo, el elemento novedoso de los últimos días no ha
venido de parte de las maniobras y contramaniobras de
ruralistas y gobierno K: se trata del debate
nacional que se terminó abriendo a raíz de la crisis.
Este fenómeno es un desenvolvimiento contradictorio
del conflicto en curso. Hasta ahora, la crisis venía
polarizando a la población casi absolutamente alrededor de
los dos bandos en pugna. El encauzamiento parlamentario
suponía –entre otras cosas– mantener atenazada
la conciencia de las mayorías alrededor de estas falsas
“opciones”.
Sin embargo, el traslado parlamentario ha terminado
dando paso –de manera incipiente– un desarrollo “no querido”: entre sectores de la población parece abrirse un
clima de mayor
politización: hay cierta avidez por entender qué es lo
que está en juego, con un sector creciente repudiando a ambos sectores.
Esto es lo que señala el
analista Pasquini Durán: “Entre tanto barullo y confusión,
hay un costado alentador para los que creen que la política
es un instrumento adecuado para actuar sobre la realidad. Es
la presencia creciente de jóvenes en la militancia, hasta
no hace mucho tiempo indiferentes a esos ‘vicios públicos’
(...). Hay jóvenes del lado del campo y del Gobierno, los hay ni con unos ni con
otros (...); también han aparecido intelectuales, la
mayor parte sin partido, que intentan hacerse escuchar con reflexiones
propias sobre la realidad” (Página
12, 28-6-08).
El
fenómeno que venimos señalando se apreció alrededor de la
denominada “guerra
de las carpas” en Plaza Congreso. Comenzó con la
instalación de las carpas K, siguió con la del campo; y,
por increíble que parezca a primera vista, tuvo un
desarrollo de cierta importancia el jueves 26 con
la instalación de la Carpa Roja, que excedió los
sectores meramente de vanguardia.
Esta
particular “guerra” propagandística es una expresión
del cambiante clima político que se ha venido dando en el conflicto. Si
la cosa comenzó con un entusiasta apoyo al “campo”, y
luego fue abriéndose paso un creciente hartazgo, hoy por
hoy parece haber desembocado en la apertura de un clima
de intenso –y, por momentos, apasionado– debate político,
tal como lo descubrimos con la instalación de la carpa
en la plaza.
Es
decir, si los medios destacaron sólo el costado circense de la instalación de las carpas, tendieron a dar mucho
menos cuenta del hecho que el sector de la población que se
lanzó a visitar la “feria política” del Congreso lo
hizo expresando una importante cuota de avidez política.
Joaquín
Morales Solá, editorialista de La
Nación, cuestiona este costado de la crisis: “Es la
primera vez en la historia que el Poder Ejecutivo levantó
carpas para presionar al Poder Legislativo. La afirmación
fue dicha por un senador del oficialismo y se refería a la rocambolesca
quermés en que se convirtió la plaza del Congreso. La
mayoría de las carpas pertenecen, en efecto, a grupos políticos,
algunos ex piqueteros, que responden directamente a las órdenes
de Néstor Kirchner. Una carpa, entre siete u ocho, es de
agrupaciones rurales y es, también, otro
despropósito” (La
Nación, 29-06-08). Morales Solá teme que la instalación
de un verdadero debate nacional sea una de las eventuales
maneras por la cual la crisis se termine desbordando.
¿Sólo circo?
Es
precisamente la tendencia que venimos señalando la que
estamos recogiendo
desde la Carpa Roja. Esta iniciativa la planteamos como
una medida de propaganda política masiva en la búsqueda de dar una respuesta al
problema que venimos arrastrando los sectores independientes
desde que comenzó esta crisis: la
imposibilidad de que se expresara una posición
independiente desde el punto de vista de los intereses de la
clase trabajadora.
Es
que el clima político de cerrada
polarización entre bandos patronales sumado a la falta
de grandes luchas obreras y a la vergonzosa capitulación de un importante sector de la izquierda (MST y PCR)
venía bloqueando esta posibilidad.
Increíblemente, la iniciativa de la Carpa Roja ha aportado a catalizar
este creciente sentimiento de repudio tanto al gobierno K como al
“campo”. Y no
sólo entre sectores amplios de la vanguardia (que por
abrumadora mayoría saludaron la idea), sino también entre franjas
de masas.
Es
decir, la carpa termina
catalizando el sentimiento de un creciente sector que más
o menos conscientemente no
se siente representado ni por el gobierno K ni por las
entidades ruralistas. Es como si la izquierda obrera y
socialista hubiera tenido en el Congreso un diputado
revolucionario digno de tal nombre. A falta de esto, en
cierto modo la Carpa Roja aparece teniendo un efecto
similar, más allá de las obvias limitaciones.
A
esto ha colaborado, además, el hecho cada vez más evidente
de que ninguno de
ambos contendientes levanta una
sola reivindicación que tenga que ver con las
necesidades de los explotados y oprimidos. Más allá de las
palabras, sus medidas efectivas sólo tienen que ver con los
egoístas,
maniobreros y tramposos intereses que ambos expresan.
Nos
parece evidente que la carpa ha sido un acierto
político, un instrumento de propaganda política que
logró llegar hasta amplios sectores que se vieron –aunque
sea por un instante– identificados con una iniciativa que
justamente intenta darle una voz a la clase que –en medio
de esta crisis– no la tiene: la
clase trabajadora.
Hay
algo más: desde diversos sectores de la izquierda se ha
dicho que lo de las carpas es sólo “circo”. Desde ya
que la política burguesa –en lo esencial– es como un
“teatro” donde la obra que se representa nunca expresa
los intereses que verdaderamente están en juego. Para
colmo, la más de las veces, se representan obras donde los
diversos actores sólo ejecutan –de manera distinta– un
mismo guión y representan un mismo interés. La política
burguesa, por su propia naturaleza, tiene
un costado de circo.
Pero
en determinados casos –como subproducto de la presión de
la crisis– las cosas son un poco distintas: es lo que
ocurre hoy. La canalización parlamentaria de una crisis
abierta por derecha –no por un ascenso obrero y popular–
terminó expresando la apertura de un debate con elementos reales, aunque deformados. La pelea entre los de arriba termina
derramándose –de manera distorsionada– hacia abajo, generando avidez política entre amplios sectores que buscan entender qué
es lo que se discute.
Las
carpas en el Congreso no son más que la expresión de esta
situación: diversos sectores, con mayor o menor grado de
politización, en vez de ir a otro lado el fin de semana, se
volcaron a un “tour
político” recorriendo una a una las carpas. No por
casualidad desde la Carpa Roja vendemos cientos
y cientos de periódicos por día.
Cuando los de arriba discuten cómo apropiarse del
esfuerzo de los de abajo
Hay
un elemento más que desmiente
la interpretación unilateral que lo que se está cocinando
en el Congreso sería un puro circo: es el hecho de que a
nivel de las clases dominantes ha emergido un debate
y fractura real. Debate y fractura que en cualquiera de
las circunstancias, si se “cierra” sin intervención de
la clase trabajadora, tendrá efectos que serán revertidos y pagados por la misma clase obrera.
Estamos
en presencia de una monstruosa
paradoja: ayudado por el atraso político de nuestra
clase y por el rol siniestro de la burocracia sindical,
cuando se discute cómo se reparten entre sectores
capitalistas la parte del trabajo no pagado de la clase
obrera (plusvalía) ¡la
única clase social que no interviene en la disputa es la
propia clase trabajadora!
Lo
que están debatiendo no es otra cosa que eso. Es que tanto
la renta agraria como la ganancia industrial tienen un único
y mismo origen: se trata del trabajo que no se le paga a los trabajadores, sean
industriales o rurales.
Porque
en el capitalismo a estos sólo se les paga –y
malamente– lo que necesitan para volver a trabajar al otro
día y reproducir a su familia: nunca la cantidad de valor y riqueza que han generado a lo largo de toda
la jornada laboral!
Para
colmo, en el trabajo del campo esto se ve doblemente
agravado porque como es sabido, el agro remunera salarios a
la mitad del
promedio de la industria (salarios ya miserables de por sí).
La
implementación de una u otra política económica patronal
lo que hace es distribuir
este trabajo no pagado en beneficio de una u otra fracción
capitalista. Esto se lleva adelante mediante
“instrumentos” de política económica como la
sobrevaluación o devaluación de la moneda, los impuestos a
las exportaciones o a las importaciones, la fijación de
precios, etc., etc.
Si
con el 1 a 1 de Menem las empresas de servicios privatizadas
se podían llevar ganancias millonarias en dólares y existía
un boom de importaciones con desempleo masivo, con la
devaluación de los K el negocio pasó a ser la exportación,
aprovechándose de los bajísimos salarios en dólares y
cierta sustitución de importaciones, empleando a más
trabajadores pero en condiciones de superexplotación obrera y superganancias empresarias.
Así
de simple es la esencia
del debate nacional en curso: una gravísima crisis porque
entre los capitalistas agrarios fue emergiendo un
cuestionamiento a la manera en que los esposos K llevan
adelante esta redistribución
del trabajo nacional de la clase obrera entre los diversos
sectores patronales.
Porque
cuando hay impuestos a la exportación y a la par subsidios
a determinados sectores patronales, lo que está ocurriendo
es una transferencia de un sector patronal a otro de parte del trabajo no
pagado de los trabajadores.
Con
el lock out agrario actual, las patronales del campo
declaran que no aceptan que una parte de sus
rentas-ganancias sea capturada por el Estado para operar una
distribución distinta de las mismas entre los de arriba. ¿Y
la clase obrera? Bien, gracias: está
claro que no tiene nada que ganar con esta disputa.
La
clase trabajadora debe tomar la palabra
Es por esto que venimos señalando que es imperioso que los trabajadores pongan sobre la mesa su propio programa y sus
propias reivindicaciones. A esta tarea pretendemos aportar
desde la Carpa
Roja.
Es que se hace cada vez más imprescindible que desde los
lugares de trabajo y con la movilización, la clase obrera
salga a presentar un
programa alternativo frente a la crisis nacional:
reapertura de las paritarias y aumento general de salarios
al básico del 100%; anulación de todas las leyes de
esclavitud laboral de los trabajadores urbanos y rurales y
reducción de la jornada laboral a seis horas; créditos
baratos a verdaderos pequeños productores extra zona núcleo
y unidades familiares; monopolio del comercio exterior bajo
control obrero; expropiación de los grandes propietarios de
tierra, las grandes empresas capitalistas agrícolas, las
acopiadoras y proveedoras de insumos, los pooles de siembra
y la agro-industria, bajo control y/o administración de los
trabajadores; estatización bajo control de los trabajadores
de toda empresa que aumente los precios, desabastezca,
suspenda y despida trabajadores.
Se trata de puntos que son parte imprescindible de un
programa obrero frente a la crisis. Construyamos un bloque
de clase para poner sobre la mesa esta salida.
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