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Pakistán: el autogolpe de
Musharraf
La cruzada antiterrorista de Bush
en problemas
Por Ricardo Barale
El 3 de noviembre el general Pervez
Musharraf, dictador paquistaní dio un autogolpe de estado,
tras el cual fueron detenidos miles de militantes de la
oposición, se clausuró la Corte Suprema de Justicia y se
aplicó el arresto domiciliario a los principales jueces,
entre ellos al presidente de la Corte Suprema, Muhamed
Iftikhar Chaudry (a quien Musharraf ya había destituido
hace unos años). Se cerraron los canales y las radios y se
prohibió la difusión al exterior de noticias sobre la
situación interior del país. La ex primera ministra y
dirigente de Partido Popular de Pakistán, Benazir Bhutto,
principal figura de la oposición que había regresado del
exilio, fue también arrestada en su domicilio. Una
movilización de repudio al autogolpe encabezada por los
abogados fue brutalmente reprimida y cientos fueron
encarcelados. De esta manera, la crisis del gobierno de
Musharraf suma convulsiones políticas a la región.
Pakistán es un estado islámico que se independizó
en 1947 y se convirtió en el segundo país musulmán por su
población (140 millones de habitantes). Su economía se
asienta fundamentalmente en la agricultura y sus recursos
naturales están poco explotados como el petróleo y el gas
natural Es una potencia
nuclear y su ubicación geográfica le da una
importancia fundamental en la región, ya que limita con
Afganistán, Irán, China y la India. En este sentido,
Pakistán ha sido un aliado fundamental de los Estados
Unidos y de Gran Bretaña en la “cruzada antiterrorista”
que emprendieron Bush y compañía contra los talibanes.
Musharraf llegó al gobierno en 1999, tras un golpe
militar que derrocó al presidente Nawaz Saffir. En un
primer momento, el régimen de Musharraf no llegó a ser tan
duro como las dictaduras anteriores. Permitió cierta
actividad política, organizó unas elecciones legislativas
fraudulentas y mantuvo la Asamblea. En ese momento, los
partidos religiosos eran muy minoritarios y los yanquis veían
con complacencia cómo este general ordenaba el país. Luego
del atentado a las Torres Gemelas, Bush invoca y profundiza
su guerra contra el fundamentalismo, lo que le daba mayor
relevancia a la cooperación del gobierno pakistaní. Acorde
con esta situación Estados Unidos va a redoblar su ayuda
económica.
“Según el prestigioso think tank Center for Internacional and Strategic Studies (SCIS),
desde el 11 de septiembre de 2001 a esta parte Pakistán
recibió al menos 1.000 millones de dólares de asistencia
directa de Estados Unidos. Con ese dinero el gobierno aceleró
considerablemente su modernización. Se construyeron kilómetros
de autopistas, aeropuertos, comunicaciones, Internet, todo
lo necesario para ganar la guerra” (S. O’ Donell, Un lío
en Pakistán, Página 12). La ayuda norteamericana se volcó fundamentalmente al
gasto militar, y sólo el 10% fue para el desarrollo de
otras áreas y para paliar la pobreza en que se encuentra
sumida la mayor parte de la población.
La guerra contra los talibanes se tornó complicada
para el gobierno pakistaní. Los 2.400 kilómetros de
frontera montañosa con Afganistán se convirtieron en una
franja incontrolable para el gobierno de Musharraf. A esto
debemos sumarle el hecho de que el ejército pakistaní y
Musharraf, mantuvieron siempre buenas relaciones con los
reaccionarios jefes religiosos de las tribus del noroeste,
debido a que los guerrilleros que Musharraf debía perseguir
en el norte habían colaborado en contener el avance de los
hindúes en Cachemira, otro de los puntos limítrofes
conflictivos.
La situación llegó a un punto tal que Estados
Unidos aumentó la presión para que el ejército
persiguiera talibanes en las montañas. Allí los jefes
tribales requieren autonomía para aplicar ley islámica.
“Ante semejante autoridad espiritual, los soldados
llegaban, se rendían y se dejaban secuestrar sin disparar
un solo tiro” (S. O’ Donell)
En 2006, ante la presión yanqui para que acelerara
“reformas democráticas”, Musharraf llamó a elecciones
legislativas en las que los partidos religiosos mostraron un
crecimiento cualitativo. A medida que la situación de
Musharraf se hacía más complicada, y viendo la debilidad
del gobierno, Bush buscó un acuerdo con la ex primera
ministra Benazir Bhutto, que ya había sido una buena aliada
de los yanquis cuando se encontraba en el gobierno.
En julio de este año, estudiantes y militantes
radicales islámicos tomaron la Mezquita Roja, en la capital
Islamabad. Se trata de un complejo religioso donde se
encuentran las “madrasas” (escuelas religiosas). Allí
se educan miles de chicos, hijos de las familias pobres de
las zonas tribales paquistaníes y de donde han surgido los
sectores islámicos más radicales. El 3 de julio la
mezquita fue ocupada por manifestantes que reclamaban al
gobierno que instalara la Sharia (ley islámica). La ocupación
duró una semana hasta que la policía inició la represión
para desalojar el lugar. Allí se inicio una feroz masacre
contra los ocupantes, que duró durante todo el día y tuvo
un saldo de más de 500 muertos. Entre ellos estaba el líder
religioso de la ocupación, Abdul Rashid Ghazi.
Musharraf, a instancias de la Corte Suprema, prometió
renunciar como general del ejército y convertirse en un
presidente civil, convocó a elecciones para enero del próximo
año y aceptó el regreso del exilio de Benazir Bhutto.
Estas medidas le cayeron bien al imperialismo pero crearon
grietas en la alianza que el general había entablado con
los jefes religiosos. Poco después, declaró el estado de
emergencia e impuso el autogolpe.
Sale Musharraf... ¿pero quién
viene?
Cuando sectores de la oposición salieron a
manifestarse en contra del golpe, la Bhutto llamó en un
primer momento a resistir el autogolpe. No obstante, las
masas pakistaníes desconfían de su palabra. No sólo
porque fue y es una aliada de Bush, sino porque arrecian los
rumores de un acercamiento secreto entre ella y Musharraf.
Hace unos días bajó el tono de su discurso y reclamó una
“mesurada confrontación”.
“El rumor que circula en Islamabad, la capital de
las teorías conspirativas, es aún más duro: el «circo»
de su detención habría sido «organizado por el gobierno a
su pedido» para no quedar descolocada frente a la represión
a los políticos, la prensa y los intelectuales que
desencadenó el estado de emergencia” (María Laura
Avignolo, en Clarín).
Sin duda, detrás de todo este escenario se encuentra
la garra del imperialismo yanqui, que necesita en Pakistán
un gobierno fuerte y amigo para combatir a los radicalizados
musulmanes. Las supuestas aspiraciones de transición democrática
que Bush le exige a Musharraf, en este caso, no son otra
cosa que un instrumento más para seguir sojuzgando y
dominando a las masas paquistaníes y afganas. De ahí que
mueva los hilos para que Musharraf siga con sus planes de
“democratización” en un acuerdo con la Benazir Bhutto.
Mientras tanto, miles de activistas son reprimidos y
encarcelados por el régimen militar pakistaní como es el
caso de Javed Hasmi, dirigente de la oposición y titular de
la Comisión de Derechos Humanos de Pakistán. Cabe recordar
que la Corte Suprema, entre otras causas, debía investigar
más de 400 desapariciones durante la “guerra sucia”
contra el terrorismo desde 2001.
El escenario que se abre no es muy halagüeño para
EEUU, ya que todo indica que los días de Musharraf están
contados, pero no parece nada seguro que haya una
“transición ordenada” ni que su sucesor esté en
condiciones de llevar adelante con tanto servilismo y
brutalidad los dictados de la Casa Blanca. La principal
carta de recambio del Departamento de Estado yanqui es
Benazir Bhutto, pero las masas paquistaníes ya probaron esa
medicina y parecen dispuestas a probar con otra receta. Y si
la opción que encuentran más a mano son las corrientes islámicas
radicales, de creciente desarrollo en Pakistán, Bush puede
ir sumando otro estado al “eje del mal”...
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