Socialismo o Barbarie, periódico, Nº 114, 15/11/07
 

 

 

 

 

 

Pakistán: el autogolpe de Musharraf

La cruzada antiterrorista de Bush en problemas

Por Ricardo Barale

El 3 de noviembre el general Pervez Musharraf, dictador paquistaní dio un autogolpe de estado, tras el cual fueron detenidos miles de militantes de la oposición, se clausuró la Corte Suprema de Justicia y se aplicó el arresto domiciliario a los principales jueces, entre ellos al presidente de la Corte Suprema, Muhamed Iftikhar Chaudry (a quien Musharraf ya había destituido hace unos años). Se cerraron los canales y las radios y se prohibió la difusión al exterior de noticias sobre la situación interior del país. La ex primera ministra y dirigente de Partido Popular de Pakistán, Benazir Bhutto, principal figura de la oposición que había regresado del exilio, fue también arrestada en su domicilio. Una movilización de repudio al autogolpe encabezada por los abogados fue brutalmente reprimida y cientos fueron encarcelados. De esta manera, la crisis del gobierno de Musharraf suma convulsiones políticas a la región.

Pakistán es un estado islámico que se independizó en 1947 y se convirtió en el segundo país musulmán por su población (140 millones de habitantes). Su economía se asienta fundamentalmente en la agricultura y sus recursos naturales están poco explotados como el petróleo y el gas natural Es una potencia nuclear y su ubicación geográfica le da una importancia fundamental en la región, ya que limita con Afganistán, Irán, China y la India. En este sentido, Pakistán ha sido un aliado fundamental de los Estados Unidos y de Gran Bretaña en la “cruzada antiterrorista” que emprendieron Bush y compañía contra los talibanes.

Musharraf llegó al gobierno en 1999, tras un golpe militar que derrocó al presidente Nawaz Saffir. En un primer momento, el régimen de Musharraf no llegó a ser tan duro como las dictaduras anteriores. Permitió cierta actividad política, organizó unas elecciones legislativas fraudulentas y mantuvo la Asamblea. En ese momento, los partidos religiosos eran muy minoritarios y los yanquis veían con complacencia cómo este general ordenaba el país. Luego del atentado a las Torres Gemelas, Bush invoca y profundiza su guerra contra el fundamentalismo, lo que le daba mayor relevancia a la cooperación del gobierno pakistaní. Acorde con esta situación Estados Unidos va a redoblar su ayuda económica.

“Según el prestigioso think tank Center for Internacional and Strategic Studies (SCIS), desde el 11 de septiembre de 2001 a esta parte Pakistán recibió al menos 1.000 millones de dólares de asistencia directa de Estados Unidos. Con ese dinero el gobierno aceleró considerablemente su modernización. Se construyeron kilómetros de autopistas, aeropuertos, comunicaciones, Internet, todo lo necesario para ganar la guerra” (S. O’ Donell, Un lío en Pakistán, Página 12). La ayuda norteamericana se volcó fundamentalmente al gasto militar, y sólo el 10% fue para el desarrollo de otras áreas y para paliar la pobreza en que se encuentra sumida la mayor parte de la población.

La guerra contra los talibanes se tornó complicada para el gobierno pakistaní. Los 2.400 kilómetros de frontera montañosa con Afganistán se convirtieron en una franja incontrolable para el gobierno de Musharraf. A esto debemos sumarle el hecho de que el ejército pakistaní y Musharraf, mantuvieron siempre buenas relaciones con los reaccionarios jefes religiosos de las tribus del noroeste, debido a que los guerrilleros que Musharraf debía perseguir en el norte habían colaborado en contener el avance de los hindúes en Cachemira, otro de los puntos limítrofes conflictivos.

La situación llegó a un punto tal que Estados Unidos aumentó la presión para que el ejército persiguiera talibanes en las montañas. Allí los jefes tribales requieren autonomía para aplicar ley islámica. “Ante semejante autoridad espiritual, los soldados llegaban, se rendían y se dejaban secuestrar sin disparar un solo tiro” (S. O’ Donell)

En 2006, ante la presión yanqui para que acelerara “reformas democráticas”, Musharraf llamó a elecciones legislativas en las que los partidos religiosos mostraron un crecimiento cualitativo. A medida que la situación de Musharraf se hacía más complicada, y viendo la debilidad del gobierno, Bush buscó un acuerdo con la ex primera ministra Benazir Bhutto, que ya había sido una buena aliada de los yanquis cuando se encontraba en el gobierno.

En julio de este año, estudiantes y militantes radicales islámicos tomaron la Mezquita Roja, en la capital Islamabad. Se trata de un complejo religioso donde se encuentran las “madrasas” (escuelas religiosas). Allí se educan miles de chicos, hijos de las familias pobres de las zonas tribales paquistaníes y de donde han surgido los sectores islámicos más radicales. El 3 de julio la mezquita fue ocupada por manifestantes que reclamaban al gobierno que instalara la Sharia (ley islámica). La ocupación duró una semana hasta que la policía inició la represión para desalojar el lugar. Allí se inicio una feroz masacre contra los ocupantes, que duró durante todo el día y tuvo un saldo de más de 500 muertos. Entre ellos estaba el líder religioso de la ocupación, Abdul Rashid Ghazi.

Musharraf, a instancias de la Corte Suprema, prometió renunciar como general del ejército y convertirse en un presidente civil, convocó a elecciones para enero del próximo año y aceptó el regreso del exilio de Benazir Bhutto. Estas medidas le cayeron bien al imperialismo pero crearon grietas en la alianza que el general había entablado con los jefes religiosos. Poco después, declaró el estado de emergencia e impuso el autogolpe.

Sale Musharraf... ¿pero quién viene?

Cuando sectores de la oposición salieron a manifestarse en contra del golpe, la Bhutto llamó en un primer momento a resistir el autogolpe. No obstante, las masas pakistaníes desconfían de su palabra. No sólo porque fue y es una aliada de Bush, sino porque arrecian los rumores de un acercamiento secreto entre ella y Musharraf. Hace unos días bajó el tono de su discurso y reclamó una “mesurada confrontación”.

“El rumor que circula en Islamabad, la capital de las teorías conspirativas, es aún más duro: el «circo» de su detención habría sido «organizado por el gobierno a su pedido» para no quedar descolocada frente a la represión a los políticos, la prensa y los intelectuales que desencadenó el estado de emergencia” (María Laura Avignolo, en Clarín).

Sin duda, detrás de todo este escenario se encuentra la garra del imperialismo yanqui, que necesita en Pakistán un gobierno fuerte y amigo para combatir a los radicalizados musulmanes. Las supuestas aspiraciones de transición democrática que Bush le exige a Musharraf, en este caso, no son otra cosa que un instrumento más para seguir sojuzgando y dominando a las masas paquistaníes y afganas. De ahí que mueva los hilos para que Musharraf siga con sus planes de “democratización” en un acuerdo con la Benazir Bhutto.

Mientras tanto, miles de activistas son reprimidos y encarcelados por el régimen militar pakistaní como es el caso de Javed Hasmi, dirigente de la oposición y titular de la Comisión de Derechos Humanos de Pakistán. Cabe recordar que la Corte Suprema, entre otras causas, debía investigar más de 400 desapariciones durante la “guerra sucia” contra el terrorismo desde 2001.

El escenario que se abre no es muy halagüeño para EEUU, ya que todo indica que los días de Musharraf están contados, pero no parece nada seguro que haya una “transición ordenada” ni que su sucesor esté en condiciones de llevar adelante con tanto servilismo y brutalidad los dictados de la Casa Blanca. La principal carta de recambio del Departamento de Estado yanqui es Benazir Bhutto, pero las masas paquistaníes ya probaron esa medicina y parecen dispuestas a probar con otra receta. Y si la opción que encuentran más a mano son las corrientes islámicas radicales, de creciente desarrollo en Pakistán, Bush puede ir sumando otro estado al “eje del mal”...