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Elecciones del 28/10
Cristina, la foto y la película
Un periodista del diario Clarín
titulaba así su artículo de balance de las elecciones,
dando una acertada pista de cómo interpretarlas. Porque,
efectivamente, respecto de las elecciones del domingo
pasado, se impone diferenciar entre dos planos del análisis.
Por un lado, la imagen
estática que nos devuelve el crudo resultado de los votos (es
decir, la foto); y, por otra parte, la puesta en un contexto
dinámico (la película) de ese resultado en lo que hace a los
posibles desarrollos políticos del próximo período. Esto
debe servir también a todos los luchadores para dimensionar
en su justa
medida el triunfo electoral de los K.
Victoria política indiscutible
pero con límites
Lo primero que hay que decir es que el resultado
electoral ha ocurrido dentro de los parámetros esperables:
una amplia porción de los trabajadores y de los sectores
populares entregaron un “voto balance”. Es decir,
lo que se “premió” con el voto, es la comparación de
la situación actual de recuperación económica
respecto del momento más grave de la catástrofe vivida
durante la crisis del 2001. En la comparación de estas dos
“fotografías”, el que se vio beneficiado ha sido,
evidentemente, el gobierno K. El triunfo de Cristina es
directamente tributario de esto y significa una victoria
política para el oficialismo.
En ese marco, de lo que se ha tratado el voto a
Cristina K, es de un voto “conservador”, donde
pesó la mirada hacia atrás. Pero el día después,
en el momento mismo de escribir estas líneas, lo que ya está
empezando a tallar en la cabeza de los trabajadores, son los
problemas actuales. Es decir, la carestía de la
vida; la importante ola de despidos que se está
viviendo luego de la caída de la doble indemnización; el
hartazgo por las continuadas y pésimas condiciones de
transporte, salud y educación; incluso luchas de
importancia contra la miseria salarial como las de una
amplia mayoría de los docentes en la provincia de Buenos
Aires o en una serie de fábricas contra los despidos.
Es decir, la votación entregada a Cristina K el
domingo pasado, tiene elementos de una “foto gastada”: no
ha sido mayormente un voto “prospectivo” (hacia
adelante); menos aún se ha otorgado un “cheque en
blanco”: se ha votado mirando para atrás, cuando a
partir de hoy ya están tallando los problemas de una
actualidad que se revelará casi seguramente menos
“generosa” con los K.
En síntesis: se trata de un claro triunfo político-electoral
de los esposos K, que no puede ser subestimado; pero que difícilmente
abra un largo “período de gracia”. Porque Cristina
K se verá enfrentada –casi inevitablemente– a
una larga serie de problemas y decisiones que se han
venido postergando y que van a exigir respuesta desde
el primer minuto de su gestión.
Una importante votación que no llega a configurar
una mayoría
En el resultado electoral de Cristina K hay un
segundo elemento a tomar en consideración. Con ser su
votación de gran importancia (arañó el 45%, cifra nada
despreciable), de ninguna manera le alcanza para configurar
una elección “histórica”. En la TV, la propia
Cristina destacó que el resultado fue la “mayor
diferencia en votos entre un triunfador y sus oponentes
desde el advenimiento de la “democracia” (Carrió alcanzó
el 23% y Lavagna el 17%). Esto es así y va a tener una
importancia no menor a la hora de intentar
volcar este caudal contra las luchas obreras, populares y
estudiantiles.
Pero no casualmente, lo que olvidó decir Cristina K
es que al mismo tiempo (dejando de lado la situación
excepcional por la cual Néstor Kirchner asumió la
presidencia con un mero 22%), sus guarismos han quedado por debajo
de los obtenidos -en sus mejores momentos- por Alfonsín,
Menem y De la Rúa.
Las elecciones del 28 han vuelto a ratificar un
proceso que se venía observando en las elecciones
provinciales o locales a lo largo del último año: el
oficialismo K ha perdido una parte considerable del voto
en las grandes ciudades. Una amplia masa de las llamadas
“clases medias” (sectores sociales que se han
beneficiado por la recuperación económica y que se han
venido desplazando hacia un centro político bastante
conservador), pero también de trabajadores de “cuello
blanco” como los docentes, e incluso algunos de
“mameluco azul”, se inclinaron por el voto a Carrió y
en menor medida a Lavagna. De ahí el fenómeno que se vio
en las ciudades los últimos días antes del 28, de que “nadie
votaba a Cristina”...
En el voto “opositor” de las clases medias, lo
que incidió fue sobre todo la prédica de la oposición
patronal alrededor de la “concentración de poderes” del
gobierno K, característica de los regímenes capitalistas
en una situación de “anormalidad”. La oposición
burguesa reclama el clásico juego de la alternancia “oficialismo”
y “oposición” en el régimen político, que permitiría
una mayor legitimación de esta falsa democracia de
los ricos.
Pero a pesar de esta diferencia de matices entre el
oficialismo y la oposición en cuanto a los métodos, a la
hora de la “normalización” de la vida política del país,
de poner trabas y dar palos a las luchas, de “hacer más
competitiva a la Argentina”, es decir de ajustar y
“encuadrar” a los trabajadores, existe un
amplio
acuerdo burgués que seguramente pesará contra las luchas
obreras.
Avanza la normalización política,
pero sin giro a la derecha ni cambio en la relación de
fuerzas
Precisamente, gran parte de la foto de estas
elecciones es el importante paso adelante en el retorno a
circunstancias de “normalidad” en la dominación
burguesa luego de la enorme crisis de autoridad y
legitimidad que se vivió con el “Que se vayan todos” de
diciembre 2001. Y a pesar también de todos los elementos
atenuantes de esta realidad (que trataremos más abajo), es
un hecho que en medio de un clima de frialdad y apatía
política, el número de votantes fue más o menos el
habitual (alcanzó cerca del 70% del padrón),
expresando que la mayoría de la población sigue
considerando el mecanismo del voto (aun degradado y casi
vaciado de contenido) como el instrumento para ratificar y/o
cambiar los gobernantes.
Parte de esta relativa normalización, es
también un logro importante de la clase capitalista: el
hecho de que –aun con todas sus debilidades
estructurales– se vean en el horizonte las posibilidades
de una alternancia burguesa. Es decir, figuras políticas
(básicamente Carrió y Macri) que aparecen como opositoras
y que ante un previsible desgaste del oficialismo podrían
postularse “naturalmente” para sucederlo.
Esto tiene su importancia, porque hace a la recreación
del tramposo mecanismo en la democracia burguesa, por el
cual, cuando deja de gustar determinado candidato, fuerza o
coalición patronal, simplemente se vota a otra.
Respecto de la aguda crisis del 2001, este es,
evidentemente, uno de los logros más importantes del régimen
político de la “democracia” en los últimos años,
logro que no puede ser desestimado.
Pero al mismo tiempo y con la misma fuerza, hay que
decir que las elecciones han venido a saldar algunas
discusiones que vienen de arrastre en la izquierda. Por un
lado, está el ya señalado progreso en la estabilización
burguesa de la vida política del país. Pero tan o más
importante que esto, es que la sociedad se ha manifestado
electoralmente en el “centro” político; es decir, no ha
habido el tan mentado giro a la derecha.
Ahí nomás está la pobre votación de los
candidatos crudamente derechistas: Sobisch, Pati o Blumberg,
o incluso López Murphy. La fuerte caída electoral del PRO
de Macri en la Capital debe ser interpretada en este
sentido, y lo hará asumir debilitado en su gestión
en la Capital Federal.
Claro está que no se puede
olvidar el perfil conservador de Scioli o De Narváez, con
importante elección en la provincia de Buenos Aires; pero
estos no escapan a un juego electoral que viene oscilando
entre la centro-izquierda y la centro-derecha.
Conectado con lo anterior, hay otro problema más de
fondo. Debemos prepararnos para una dura ofensiva sobre el
salario y sobre la vanguardia luchadora, y pelea contra los
despidos; pero también hay que subrayar que el propio
resultado electoral no alcanza para resolver –por sí
solo– las relaciones de fuerzas entre las clases. Si bien Cristina K ganó holgadamente, no ha alcanzado a ser un
triunfo abrumador como quieren pintar ahora los medios; mucho
menos significa que la burguesía haya logrado poner en pie
un “Nuevo Movimiento Histórico” (como el peronismo de
los orígenes) que sirva para recrear la política
patronal. Porque Cristina K perdió en prácticamente todas
las grandes ciudades; porque hay una oposición burguesa
fragmentada, pero que va a dificultar la hegemonía política
del oficialismo. Y, fundamentalmente, porque de ninguna
manera hay derrota en la clase obrera sino lo contrario:
un lento pero sostenido proceso de renovación generacional
y de progresiva acumulación de fuerzas, experiencia y
organización.
El vaciamiento democrático de la “democracia”
Como venimos señalando, del 2001 a esta parte el régimen
de la democracia patronal se ha venido recomponiendo.
Esto es categórico y no puede ser desconocido. Pero
con ser esto así, no deja de tener inmensos claroscuros.
Es que se vive un enorme vaciamiento democrático de la
propia democracia, lo que amenaza con hacerle perder
–nuevamente- la poca legitimidad recuperada. Nos
explicamos.
Por un lado, no hay cómo
desconocer que viene funcionando una tendencia hacia la
estabilización política: el elenco gubernamental burgués
al que le tocó sacar al país de la crisis del 2001, acaba
de ser ratificado mediante la elección de Cristina K (en
verdad, el trabajo lo inició el tandem Duhalde-Lavagna). Y
no sólo esto: el mecanismo del voto sigue ahí como
(supuesto) instrumento para dirimir el poder en el país.
Además, está lo ya señalado: que los capitalistas han
logrado poner en pie esbozos de alternativas burguesas como
Elisa Carrió y Mauricio Macri para disputar en una próxima
elección el inevitable desgaste de los esposos K.
Sin embargo, este proceso de recomposición de ninguna
manera ha terminado. Un potencial elemento de nueva
deslegitimación y debilidad es la creciente tendencia al vaciamiento de los
mecanismos formalmente democráticos de la democracia, y a
los fraudes en pequeña escala. Por ejemplo, lo
ocurrido el domingo pasado en tantos lugares de votación
(no olvidar Córdoba un mes atrás) que se transformaron en
“tierra de nadie”, y el masivo robo de boletas no
oficialistas.
Se supone que las reglas de juego de la
democracia burguesa es que cada ciudadano tiene la
“libertad” de elegir entre la oferta electoral. Mas allá
del “detalle” de que algunos (los candidatos patronales)
puedan hacer campañas millonarias y otros, como la
izquierda, no tengan nada, formalmente todo el mundo debería
poder encontrar la boleta que quiera en el cuarto oscuro.
¿Pero qué pasa cuando ni siquiera la boleta se
encuentra en el lugar de votación? Pasa lo del 28/10,
cuando, sobre todo en el gran Buenos Aires, se vivió un salto
en el avasallamiento por parte del aparato político
del PJ de las elementales reglas de juego de su propia
democracia patronal. Porque el robo descarado de boletas, el
“copamiento” de colegios enteros por los punteros, fue
la marca registrada de muchos distritos transformados en “tierra
de nadie”, con la novedad de que un importante sector
de los votantes lo vio y lo repudió abiertamente.
Está claro que este fenómeno de ninguna manera se
inclina automáticamente hacia la izquierda; las más de las
veces ocurre lo contrario. Pero sí podría ocurrir en
oportunidad de una nueva circunstancia de rebelión
popular. De ahí que connotados analistas políticos
manifiesten su preocupación por estos problemas que
ponen claros límites a la relegitimación del régimen
de dominación.
Esto tiene aun otro problema. Nunca como en estas
elecciones el clima fue tan de “freezer”. Salvo
en los últimos dos o tres días, estas elecciones
presidenciales estuvieron totalmente ausentes de la
“agenda” de la población. Se vivió un clima de “desafectacion”
política: para amplias mayorías, la política, otra
vez, apareció como algo completamente “extraño” a
sus vidas y necesidades cotidianas.
Parte de esto mismo es la crisis de los partidos
patronales. Estos también viven un proceso de agudo
vaciamiento. Incluso en el caso del propio PJ, que se
conserva como la estructura política más fuerte del país:
el “partido del orden”. En estas condiciones, en vez
de haber partidos, hay más bien “armazones” meramente
electorales detrás de jefes-candidatos “carismáticos”
(caso de la Coalición Cívica o del PRO).
Este elemento, que en estas elecciones ha jugado un
papel negativo, “reaccionario”, conservador, de
relación pasiva de las mayorías populares con la
política, podría –en la eventualidad de una crisis
general– tener su reverso como en el 2001 con el “que se
vayan todos”; es decir, como enorme debilidad en materia
de contención y mediación de los reclamos populares.
En síntesis: se trata de un régimen político que
tiene sus raíces “podridas”, aunque hoy esto se
manifieste en la pasividad de las mayorías y en la
grave
falta de un giro a la izquierda y a la independencia política
por parte de los trabajadores.
Prepararse para romper las
cadenas del pacto social, desbordar a la burocracia y poner
en pie un Movimiento Político de Trabajadores
Lo que ha sido muy útil para el
triunfo de Cristina K, el presentarse como continuidad del
“exitoso” gobierno de Néstor K, contiene, pasada la
elección, una importante contradicción: la probable falta
de “luna de miel” o “período de gracia”, el
típico “hay que darle tiempo” de los primeros 100 días
de un nuevo gobierno. Lo más probable es que Cristina K vaya
a ser puesta prueba desde el primer día de su gestión.
Como hemos venido señalando desde estas mismas páginas,
se han venido acumulando una serie de problemas que
requieren urgente solución. Y muchas de las
“soluciones” que se están esbozando, de ninguna
manera van a ser “simpáticas” para los sectores obreros
y populares.
Por ejemplo: en el primer reportaje concedido a un
medio escrito (a Joaquín Morales Sola del diario La Nación)
Cristina ha vuelto a insistir en que la inflación ha sido
un tema “inflado” por la campaña electoral y que
“solo rondaría el 7 al 10%”... Pero está claro que es
una maniobra de preparación del terreno para, Pacto
Social mediante, “achatar” los reclamos salariales que
se vienen cuando la inflación real (no la de Cristina) ya
se ha devorado con creces los aumentos del 2007.
Junto con lo anterior, en ese reportaje Cristina K ha
manifestado que “su modelo de país es Alemania”... Pero
la Argentina no tiene –ni por las tapas– el desarrollo
tecnológico ni la competitividad de ese país, que es una
de las principales potencias imperialistas: está claro que
la “competitividad” que se busca para la Argentina tendrá
un fuerte punto de apoyo en mantener a rajatabla los
bajos salarios y las condiciones de esclavitud laboral.
De ahí la importancia para gobierno y empresarios
del pacto social antiobrero que se viene. Pacto que
seguramente sé verá desafiado aquí y allá por las luchas
obreras, que se verán obligadas a desafiar y desbordar
a los burócratas sindicales de la CGT y la CTA configurando
un escenario de duras confrontaciones.
Sin ir más lejos, ya mismo estamos teniendo un “anticipo”
de lo que se viene. Desde muchos lugares de trabajo las
patronales se han largado a despedir masivamente.
Estaban esperando a la caída de la doble indemnización
para hacerlo y ni siquiera esperaron al 28. Este ha sido el
caso de Alcoyana, donde, lamentablemente, los trabajadores
han sufrido una dura derrota, quedando en la calle
casi 150 compañeros. O Mafisa (aunque allí la pelea está
abierta), donde días atrás han sido despedidos 50 compañeros.
Pero esto se repite en innumerables lugares. La
lucha contra los despidos es hoy la número uno en el
terreno de la pelea de los trabajadores.
Recordemos además que hay un conflicto latente y
pendiente en el subterráneo; que hay una renovada
ofensiva para avanzar sobre Zanon; que la gendarmería sigue
dentro del Hospital Francés, etc.
El triunfo electoral del gobierno y el amplio
consenso burgués alrededor de avanzar en la
“institucionalización” del país van a ser utilizados
contra las luchas obreras y la vanguardia. Los luchadores
obreros y la izquierda independiente, tienen que estar preparados.
Pero lo anterior debe combinarse con una enorme tarea
que está pendiente. La elección en general y la de la
izquierda en particular (que tratamos en artículo aparte)
indican que sigue sin ser resuelto el desafío de que
amplios sectores de trabajadores den pasos hacia su independencia
política como clase, a intervenir en los “asuntos
generales” y comprometerse con sus propias banderas.
Para esto se debe resolver una contradicción histórica
de la clase obrera argentina: su enorme combatividad y
tradición de organización sindical, combinadas con un
también enorme atraso político. La izquierda
revolucionaria, que ha venido sumando un creciente peso en
las luchas y conquistado representaciones sindicales arrancándoselas
a la burocracia; la izquierda socialista que ha tenido una
votación minoritaria, de vanguardia, pero no inexistente, debe
comprometerse con la puesta en pie de un gran Movimiento Político
de los Trabajadores que ayude a dar este paso histórico a
nuestra clase.
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