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El Pacto Social, de Perón a Cristina K
Una
vieja receta para “cocinar” a los trabajadores
Por
Oscar Alba
Cristina, frente a un teatro colmado de empresarios,
funcionarios, burócratas y alcahuetes, llamó a realizar un
pacto social. Para este objetivo, "impulsó un diálogo entre
trabajadores y empresarios para mantener un modelo de
acumulación y de inclusión social”. Esta fórmula de los
acuerdos o pactos sociales no es nueva: ya fue puesta en práctica
por el peronismo décadas atrás. Por eso, es bueno repasar
en qué consiste y a quiénes beneficia.
El 19 de julio, en el Teatro Argentino de La Plata, se
proclamó la candidatura presidencial de Cristina Fernández
de Kirchner. La “continuidad” K significa, entre otras
cosas, profundizar el ajuste para los bolsillos de los
trabajadores y ampliar las posibilidades de mayor explotación
y ganancias para los capitalistas en nuestro país. Claro
que este gobierno se ha caracterizado por disfrazar su
verdadera política antiobrera bajo frases y palabras que,
supuestamente, dicen lo contrario. Hemos visto afiches con
el rostro de Cristina K y el anuncio de que “el cambio
recién comienza”. Pero este cambio no tiene nada de
original.
Fue
el propio Perón
quién ideó y puso en marcha en su tercer gobierno a
principios de los 70 un “pacto social” entre patrones,
trabajadores y el Estado. Este pacto fue la columna
vertebral de su plan político para gobernar el país en
aquel entonces. El plan se presentó como el Programa de
Reconstrucción y Liberación Nacional, que en mayo de 1973
presentó el entonces electo presidente de la Nación, por
el peronismo, Héctor J. Cámpora.
El Pacto Social del General
Ese
Pacto Social se firmó durante el mandato del “Tío” Cámpora
en junio de 1973, y a la llegada de Perón a la Presidencia,
en octubre de ese mismo año, se reafirmó, apoyándose en
la inmensa autoridad política que Perón tenía sobre el
movimiento de masas, fundamentalmente sobre el movimiento
obrero.
El
Pacto Social del 73 tuvo entre sus objetivos llevar adelante
un plan de “estabilización” de la economía, haciendo
recaer la crisis sobre las espaldas de los trabajadores. De
esta manera se
suspendieron las negociaciones colectivas aunque los
patrones no resignaron seguir usufructuando las variables
económicas en su beneficio. Se
congelaron los salarios y la patronal tuvo manos
libres para despedir a trabajadores mientras que una Ley
de Asociaciones Profesionales garantizaba el control
de los gremios por parte de la burocracia sindical.
Del
mismo modo que Cristina F. de Kirchner acaba de convocar a
empresarios y sindicalistas para su acuerdo, Perón pactó
con la Confederación General Económica (CGE), que por
entonces nucleaba a las cámaras patronales, y con la CGTl.
Y sentó a la misma mesa a capitalistas como Julio Bronner o
Bunge y Born y a burócratas encabezados por José Ignacio
Rucci, secretario general de la CGT.
La resistencia y la lucha contra el pacto social
pasaron a ser una tarea central del movimiento obrero. Tanto en el terreno salarial como en el de las condiciones laborales,
a inicios de 1974, distintos sectores de trabajadores
comenzaron a pelear contra este verdadero pacto de hambre y
explotación que sostenía el gobierno de Perón.
En
las primeras semanas de enero estallaron
importantes conflictos, y los trabajadores de la Unión
Tranviarios Automotor de Córdoba asestaron el primer gran
golpe al Pacto Social peronista al lograr, luego de una dura
lucha, el 40% de aumento salarial. Esta lucha vino precedida
por otras que se daban en distintos lugares del país. Un
mes antes, en diciembre del 73, los obreros de la fábrica
de fibrocemento Monofort de La Matanza, en el Gran Buenos
Aires, realizaron una huelga dentro de la planta fabril en
demanda de mejores condiciones laborales. Esta lucha fue
encabezada por una nueva Comisión Directiva que no respondía
a la burocracia del gremio. En Avellaneda, los obreros de la
aceitera Molinos Río de la Plata, ocuparon la fábrica y
lograron la reincorporación de 51 trabajadores contratados
que habían sido despedidos, en el marco de un reclamo
salarial. En Mercedes Benz, se realizó un cese de tareas y
se llamó a una asamblea para discutir las medidas a tomar
ante las malas condiciones de trabajo. En este caso, los
compañeros estaban expuestos a temperaturas mayores a los
40 grados, en lugares cerrados y con una alta contaminación
del aire. Como la patronal hizo oídos sordos al reclamo,
los trabajadores ocuparon la planta. “Esta actitud, así
como el hecho de que los sorprendidos jerárquicos quedaran
puertas adentro, hizo pensar mejor a los alemanes que, a las
11 de la noche, se comprometieron a abrir 46 ventanas,
colocar 50 ventiladores y discutir una solución de
fondo”.[1]
En
los meses siguientes, el
Pacto Social se fue resquebrajando ante la oleada de
conflictos que cubría el país: huelga por aumentos de
salarios en Propulsora Siderúrgica, lucha de docentes, gráficos
y ferroviarios, trabajadores estatales y bancarios fueron
parte de un vasto movimiento que se enfrentó a esta política
del gobierno peronista.
Pero
la lucha contra el
Pacto Social de Perón y los patrones también fue una pelea
tenaz contra la burocracia sindical, que a fuerza de
maniobras y matones buscó frenar a los trabajadores. En
este sentido, los
reclamos y medidas de fuerza tuvieron que desbordar a los
“cuerpos orgánicos”, desde los cuales la burocracia
sindical buscaba enchalecar los reclamos obreros.
La
reapertura de las paritarias, a inicios de 1975, termina de
abrir las compuertas de la lucha contra el gobierno, que a
la muerte del general Perón había quedado en manos de su
esposa Isabel, y el proceso va a desembocar a mediados de
ese año en el Rodrigazo.
Prepararse para luchar contra el pacto de Cristina K
La
propuesta de Pacto Social lanzada por la candidata K, por
supuesto, ha sido saludada con beneplácito por los
distintos sectores patronales. Por su parte, los burócratas
como Hugo Moyano y compañía ya se han sentado a dialogar
con el gobierno para ver cómo colaboran con la imposición
de un mayor ajuste salarial y “normalización” laboral
para los trabajadores.
Por
nuestra parte, estamos convencidos de que hay que marcar a
fuego este “acuerdo social” que pretenden imponernos,
porque lo que se va a profundizar es la miseria salarial
para el movimiento obrero, la persecución en los lugares de
trabajo para quienes se levanten contra él y mayores garantías
para que la patronal nos superexplote y engorde sus
ganancias. De ahí que no podemos confiar ni un minuto en
que Cristina Kirchner y su futuro gobierno vayan a mejorar
la situación de los asalariados. Por el contrario, su
llamado al pacto social, lejos de ser un cambio, no es más
que una vieja receta capitalista, adecuada a las actuales circunstancias.
Los trabajadores debemos prepararnos para una dura pelea
antipatronal y antiburocrática que va mucho más allá de
la contienda electoral de octubre.
1.
Avanzada Socialista Nº 88, enero de 1974.
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