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Cuba:
¿“Modelo
chino” o democracia obrera y socialista?
Por
Claudio Testa
Como
se transparenta en el comentado discurso de Raúl Castro, se
impone la necesidad de cambios en la era “post Fidel”,
que de cierta manera ya ha comenzado.
Es
que la figura de Fidel no era un elemento menor del régimen
cubano. Cuando se producía el derrumbe de la ex URSS y del
Este, muchos creyeron que Cuba seguiría rápidamente el
mismo camino. Sin embargo, pese a las atroces dificultades y
sufrimientos de los primeros años del “período
especial”, el régimen cubano se mantuvo en pie. El cambio
del contexto mundial y latinoamericano (especialmente con el
proceso de Chávez en Venezuela) le dio luego más
“respiro” internacional económico y político.
Creemos
que un elemento clave de esta hazaña de supervivencia (además de que
el imperialismo yanqui siempre jugó al “todo o nada”
frente a Cuba) fue el grado cualitativamente
mayor de legitimidad
del régimen cubano en relación con los de la ex URSS y el
Este.
El
aparato de estado como tal se había conformado en los 60
según el “modelo” burocrático de la ex URSS. Pero su
dirección no era un Brejnev ni un Gorbachov, ni menos todavía
algún títere puesto por el ejército ruso, como era el
caso en el Este europeo.
Por
el contrario, Fidel había encabezado una gran revolución, la más importante del siglo XX en América Latina (junto con las de México
y Bolivia). Y esta revolución, al expropiar al capitalismo,
no sólo fue mucho más lejos que las restantes, sino que
también logró otras conquistas
trascendentales: la plena independencia de Cuba respecto
al imperialismo yanqui, un gran avance en la igualdad
social, en la salud, la educación, etc.
Esto
decidió desde el primer momento el apoyo
fervoroso de gran parte del pueblo cubano a la revolución.
Y esto se concentró especialmente en el caudillo
(en el pleno sentido latinoamericano
de esta palabra) de la revolución de 1959: Fidel Castro.
Pero
que los trabajadores y las masas apoyen
a un gobierno (y en este caso, más bien, a un caudillo),
no es lo mismo que la clase trabajadora gobierne
por medio de sus
propios órganos de poder. Una cosa es apoyar.
Otra, muy distinta, gobernar.
Se
puede medir bien esa distancia recordando las dos grandes
consignas de la Revolución Rusa de 1917 y de la Revolución
Cubana de 1959. En la primera fue: “¡Todo
el poder a los soviets (consejos obreros)!” En la
segunda fue: “¡Comandante
en Jefe, ordene!”
El
Comandante en Jefe –Fidel Castro– ha sido el principal
depositario de la “legitimidad”. Y, además, ha actuado
no sólo como cabeza del estado y del gobierno, sino también
como “árbitro” entre las masas y el aparato burocrático.
Poco o nada de eso va
a ser transmisible.
Esta
situación, combinada con las dificultades económicas y los
problemas sociales, abre el interrogante del rumbo a seguir. En este cuadro brotan
discusiones que no se plantean abiertamente ni se pasan en
limpio, por la misma naturaleza burocrática del régimen.
Sin
embargo, es muy significativo que en la cúpula del régimen,
comenzando por el mismo Raúl Castro, se vengan escuchando
grandes alabanzas al “modelo” de “socialismo” que
sería... China.
Esos
elogios no son muy precisos; nada se dice con claridad. Pero
poner a China de
ejemplo es un programa en sí mismo. China significa,
por un lado, el mantenimiento de un régimen burocrático sin
el menor atisbo de democracia para los obreros y campesinos;
y, por el otro lado, la restauración
del capitalismo, pero no en medio de un caos como se
hizo en Rusia, sino bajo la regulación de un estado
“fuerte”, a la sombra del cual sectores de la burocracia
se han hecho millonarios, y ha surgido una potente burguesía
china, mientras la clase trabajadora sufre una explotación
salvaje a manos de las corporaciones extranjeras y las
empresas nacionales.
Si
éste fuese el “modelo” a seguir, significaría la liquidación
de las conquistas de la revolución, incluso aunque se
conservase una relativa independencia frente a EEUU y sus
protegidos, los gusanos de Miami. Y aunque fuese distinto al
espectacular derrumbe de la ex URSS, una restauración “a
la China” sería también un golpe muy grave a la lucha
por el socialismo en América Latina y el mundo.
Dentro
de esta nebulosa de orientaciones, caben variantes
intermedias quizás más probables y “realistas”:
por ejemplo, un capitalismo de estado ligado al desarrollo de las joint
ventures con capitales extranjeros, que hoy constituyen
el sector más dinámico y moderno de la economía cubana, y
en las que participan como altos ejecutivos los oficiales de
las FAR, comandada por Raúl Castro.
Pero,
aunque desde la cúspide aún no se habla claro, las presiones
del capitalismo mundial (incluyendo las de los
“amigos” de Cuba, al estilo de Chávez) y los intereses
objetivos de la misma burocracia (en primer lugar, de su
sector más dinámico y “eficiente”, la capa de
militares-ejecutivos) apuntan a variantes restauracionistas
(lo que no significa
la reproducción del desastre ruso).
Pero
hay que ver en qué medida la clase trabajadora y las masas
populares de la isla podrían tolerar orientaciones en esos
sentidos, que implicarían, de una u otra manera, amenazas a
las conquistas que aún le quedan, pese al desastre de los
90.
En
última instancia, ahí está la clave: cómo
va a responder la clase trabajadora cubana. Por nuestra
parte, sostenemos que la única salida favorable a los
trabajadores y las masas cubanas es un
cambio revolucionario del régimen político, que tendría
también consecuencias sociales para los privilegios de la
burocracia. Es decir, un quiebre del estado burocrático,
del poder de la burocracia, y el establecimiento de un régimen
de democracia obrera
y socialista, donde la clase trabajadora sea quien realmente
tenga el poder, y pueda decidir con total libertad los
destinos de Cuba y la defensa de las conquistas de la
Revolución.
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