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El
primer 26 de julio sin Fidel Castro
Cuba
en una encrucijada
Por
Claudio Testa
“¿Es que las
revoluciones están llamadas a derrumbarse, o es que los
hombres pueden hacer que las revoluciones se derrumben? ¿Pueden
o no impedir los hombres, puede o no impedir la sociedad que
las revoluciones se derrumben? Yo me he hecho a menudo estas
preguntas. Y mire lo que le digo: los yanquis no pueden
destruir este proceso revolucionario, porque tenemos todo un
pueblo... que, a pesar de nuestros errores... jamás
permitiría que este país vuelva a ser una colonia de
ellos... Pero este país puede autodestruirse por sí mismo.
Esta revolución puede destruirse. Nosotros sí, nosotros
podemos destruirla, y sería culpa nuestra. Si no somos
capaces de corregir nuestros errores. Si no conseguimos
poner fin a muchos vicios: mucho robo, muchos desvíos y
muchas fuentes de suministro de dinero de los nuevos
ricos” (Fidel Castro en entrevista de Ignacio Ramonet,
“Biografía a dos voces”, Barcelona, Debate, 2006.)
Conviene
tener presentes estas palabras de Fidel Castro, que venía
repitiendo en ocasiones desde el discurso dado el 17 de
noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana. Es que
Cuba –donde por primera vez el pasado 26 de julio acaba de
conmemorarse un aniversario del ataque al Cuartel Moncada
sin la presencia de Fidel Castro– está en una
difícil encrucijada.
Los
que luchamos por el socialismo en todo el mundo debemos
cargar aún con el pesado fardo del derrumbe de la ex URSS y
el Este europeo (y de la similar restauración del
capitalismo por vías menos estrepitosas en China). Esto fue
presentado a las masas como “el
fracaso del socialismo”. Y sabemos bien cómo esa
falsa conciencia sigue limitando profundamente el horizonte
político de las masas trabajadoras, y las deja sin una
alternativa auténtica frente a la pudrición acelerada y
maligna del capitalismo.
Los
destinos de Cuba tienen, entonces, una
importancia que trasciende la isla. Es que estamos ante
el peligro de que, un día de estos –como esos bodrios en
serie que produce Hollywood– nos enteremos de que en Cuba
se ha terminado de rodar “El
fracaso del socialismo, parte 2”. Eso tendría
consecuencias graves, sobre todo en América Latina.
Por
eso, la defensa de Cuba, no sólo ante las amenazas del imperialismo yanqui,
sino también más ampliamente la defensa
de las conquistas de la revolución de 1959 (como por
ejemplo la expropiación de los capitalistas), es una cuestión
de trascendencia mundial y latinoamericana.
Pero,
al mismo tiempo, hay que tener claro que la defensa de las
conquistas no es sólo
frente al imperialismo, sino también frente la propia burocracia, cuyos privilegios profundizan las desigualdades sociales que se han agravado desde los
90 y que, por distintas vías, como vemos en el otro artículo,
abre las puertas a la restauración del capitalismo, aunque
bajo formas distintas a las de la ex URSS y el Este europeo.
Raúl
Castro: “Habrá que introducir los cambios estructurales
que resulten necesarios...”
El
discurso que Raúl Castro, en reemplazo de su hermano,
pronunció el 26 de julio (versión completa en
www.socialismo-o-barbarie.org, edición del 29-07-07) pone de
presente los graves problemas que enfrenta Cuba, al tiempo
que –con menos claridad– se esbozan las “soluciones”
que evidentemente se están discutiendo a puertas cerradas en la cúspide del estado, del PCC y de las FAR
(Fuerzas Armadas Revolucionarias).
Más
allá de la retórica habitual de este tipo de discursos, al
ir a las cuestiones concretas y candentes, Raúl Castro puso
el centro en la batalla para elevar
la producción y la eficiencia (es decir, la productividad
del trabajo):
“Cualquier
incremento de salarios o descenso de precios, para que sea
real, sólo puede provenir de una mayor y más eficiente
producción o prestación de servicios que permita disponer
de más ingresos... Nadie,
ni un individuo ni un país, puede darse el lujo de gastar más
de lo que tiene... Para tener más, hay que partir de
producir más y con sentido de racionalidad y
eficiencia...” Para eso, lo decisivo, además de “la
constancia y la organización... del control y la exigencia
sistemáticos” sería “incorporar a las masas al combate
por la eficiencia”. Una de las grandes metas de la batalla
por la producción y la eficiencia es aumentar la producción
de alimentos, reduciendo la asfixiante de dependencia de las
importaciones. Otra meta es el ahorro de combustibles y
energía.
Por
supuesto, un factor importante de las dificultades que
cruzan la economía cubana (y el consiguiente abastecimiento
y nivel de vida de las masas), es el criminal bloqueo
impuesto por EEUU... Pero el mismo Raúl Castro, en su
discurso, subraya que “los errores propios... agravan las
dificultades derivadas de causas externas, en especial el
bloqueo”. Entre esos “errores propios”, Raúl Castro,
menciona “las deficiencias, errores y actitudes burocráticas
o indolentes…”
Siguiendo
el pensamiento oficial, que se impuso desde mediados de los
años 60 con la adopción en Cuba del “modelo soviético”,
la burocracia no
existe como el sector
social que maneja sin mayor limitación ni control el
aparato del estado. Sólo hay “actitudes burocráticas”.
Sería, entonces, un problema más bien “psicológico”, subjetivo, y no de la estructura social cubana, conformada en gran medida por esa
asimilación a la ex Unión Soviética, que fue tomada como
el modelo mundial de “socialismo”.[1]
Su
hermano Fidel se muestra más realista cuando habla –como
citamos más arriba– de “mucho
robo, muchos desvíos y muchas fuentes de suministro de
dinero de los nuevos ricos..."
Y, sobre todo, cuando relaciona esto con el peligro
de que “la revolución se autodestruya”.
Raúl fue aún
más impreciso cuando habló de las soluciones
a esto (más allá de las exhortaciones a ser eficientes,
honestos y trabajar fuerte). Una de sus conclusiones es que
“habrá que introducir los cambios estructurales que
resulten necesarios”... pero no dijo concretamente cuáles.
Sin
embargo, el tono, especialmente al final de su discurso,
indica que se preparan cambios. Su conclusión, citando a su
hermano Fidel, es que "revolución es sentido del
momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser
cambiado”. Cambiar, ¿pero hacia dónde? ¿Para hacer qué?
Eso sigue sin aclararse con precisión.
¿Una película
que ya vimos?
El hecho
preocupante es que, en el campo decisivo de la economía y
la producción –centros del discurso del 26 de julio–,
en Cuba se vienen desarrollando con todo varios de los fenómenos que precedieron el derrumbe de la ex URSS y el
Este. Esto podríamos resumirlo en dos refranes que
fueron populares tanto en la ex URSS como en el Este de
Europa: “Ellos aparentan pagarnos un salario y nosotros
aparentamos trabajar” y “La propiedad de todos no es de
nadie, y se la roba el más vivo”.
No sabemos
si esos refranes se citan mucho en Cuba. Pero en los hechos se
ponen en práctica con gran amplitud. Y esto nos remite
al centro de los problemas de la construcción socialista.
En relación
con el primero de ellos, son muy pertinentes las
observaciones de Sam Farber, uno de los mejores
historiadores marxistas de la Revolución Cubana.
“El
problema fundamental –señala Farber en su artículo “Una
visita a la Cuba de Raúl Castro”
(www.socialismo-o-barbarie.org, edición del 24-06-07)–
consiste en la falta de iniciativa, motivación y disciplina
en el trabajo y la administración. A través de los siglos,
el capitalismo ha desarrollado sistemas jerárquicos burocráticos
donde los trabajadores no tienen idea del para qué ni del cómo
del proceso general de producción. Aun así, los
trabajadores están obligados a desempeñarse con un cierto
nivel de habilidad, aguijoneados por la política del palo
–produce o terminas despedido– y la zanahoria
–la promesa, y a veces la realidad, de un aumento salarial
y de un ascenso–.
“Los
sistemas del tipo soviético no han podido desarrollar un
sistema paralelo de motivación que se acerque a la
efectividad de los métodos capitalistas. Los trabajadores
en este tipo de sistemas, igualmente, si no más,
burocratizado y jerárquico, tampoco alcanzan a comprender
el para qué y el cómo del proceso general de producción.
“Uno de
los palos que el gobierno como patrón único tenía a su
disposición fue eliminado con la política de la seguridad
general del empleo... La
falta sistémica de productos... se ha encargado de eliminar
una buena parte de las zanahorias.
“En la
ausencia de un enfoque alternativo, Cuba podría acabar
arrastrada hacia la ideología y la práctica del
capitalismo...”
En efecto,
a nivel de la producción, la productividad y la
“eficiencia” –tan reclamada en el discurso de Raúl
Castro– Cuba está reproduciendo lo que se vio antes en la
URSS, el Este y China... y que, por caminos distintos, llevó
a la misma salida: la restauración capitalista. ¡Ése
es hoy el mayor peligro!
La clave de
todo esto no es “económica” sino política.
No va a haber compromiso y responsabilidad, ni entusiasmo y
“eficiencia” de los trabajadores en la producción, si quien
decide todo es una burocracia de estado, incontrolable y
que obra por cuenta propia (y en función también de sus
intereses particulares).
Como ya había
señalado proféticamente Trotsky –frente a los primeros
desastres de los planes económicos de la burocracia
estalinista en los años 30–, el elemento fundamental en la economía de transición al socialismo
no es “económico”
sino político: la democracia
obrera y socialista. Es decir, que la clase trabajadora
decida libre y conscientemente
los rumbos y las tareas de la economía.
Como ya
vimos, Raúl Castro plantea “incorporar
a las masas al combate por la eficiencia”. ¿Cómo se va a
lograr eso sin democracia obrera? ¡Esa es la única
posibilidad realista de que el estímulo
socialista para trabajar eficientemente sea superior al estímulo
del palo y la zanahoria del capitalismo! ¡El látigo
del hambre y el desempleo que usa (eficazmente) el
capitalismo para que los trabajadores trabajen con
“eficiencia”, sólo puede ser superado por la libre
autodeterminación de los trabajadores mismos!
En el caso
de Cuba, las masas nunca pudieron debatir y decidir
libremente el rumbo. El único (y último) debate más o
menos real sobre la orientación general de la economía fue
el protagonizado en 1963-64 por el “Che” Guevara contra
los partidarios de la planificación estilo URSS. E incluso
este debate, aunque
fue una discusión auténtica, se desarrolló sólo en las
alturas, sin ninguna instancia democrática de decisión
por parte de los trabajadores cubanos.
Desde,
entonces, el gobierno cubano cambió repetidas veces de
orientación de la economía, y los trabajadores sólo se
enteraron cuando era un hecho consumado... y cuando el
anterior equipo era defenestrado. Lo que había sido la “línea
correcta” de ayer, era presentado como los errores que había
que solucionar y pagar hoy.
Dicho de
otro modo: si los trabajadores no
tienen el poder de decisión democrático sobre los
rumbos de la economía, la producción, la administración,
el control de sus administradores, etc., inevitablemente terminarán sintiendo –con mucha razón– que todo
eso les es ajeno. Y sentirán eso por más atronadores que retumben los
discursos sobre el socialismo.
Y esto nos
lleva al segundo refrán que citamos, el referente a la
“propiedad social” o “propiedad de todos”.
Las
dificultades materiales para sobrevivir, sobre todo en los
primeros años del llamado “período especial”, después
del derrumbe de la ex URSS, estimularon –como no podía
ser de otra manera– un crecimiento
desmesurado del robo y la corrupción.
Al mismo
tiempo, por diversos motivos, en el “período especial”
[1] (del cual aún no se ha salido) se registró un
significativo aumento
de la desigualdad social, vertebrada principalmente
entre los sectores de la población que de una u otra manera
tenían ingresos en dólares (y luego en una unidad
monetaria convertible) y el resto de los infortunados que
cobraban sólo sus salarios en pesos.
Desde
entonces, la economía ha registrado un mejoramiento y
–según las estadísticas oficiales– Cuba ha registrado
un crecimiento importante en los últimos años. Sin
embargo, eso está todavía lejos de reflejarse en las
mismas proporciones en el nivel de vida y del
abastecimiento.
Y pese a
estas mejoras de las estadísticas, la
corrupción sigue siendo un fenómeno generalizado y
arrasador. Y corrupción significa, en primer lugar, el
robo de la “propiedad social”.
Este fue el
principal motivo de la última campaña encabezada en
persona por el mismo Fidel Castro: la llamada “Batalla
de las Ideas”, que revive en cierto modo las
concepciones del Che Guevara sobre los “estímulos
morales”.[2]
La
“batalla de las ideas” desatada por Fidel al margen de
los organismos del estado, y muchas veces interfiriéndolos,
no sólo se limitó a predicar, sino a organizar acciones:
por ejemplo, la movilización de brigadas juveniles para
poner coto al robo de combustibles en las gasolineras, que
se había convertido era un saqueo escandaloso.
Como se vio
en la ex URSS, el Este y China, la corrupción generalizada
fue un elemento número uno de desmoralización
y disgregación social, que abonó el terreno para el
capitalismo. Hoy, Cuba enfrenta una parecida generalización
de la corrupción.
Por
supuesto, la historia nunca se repite mecánicamente. El
contexto mundial y latinoamericano hoy día es distinto y
relativamente más favorable para evitar un derrumbe estilo
ex URSS o una “evolución” al capitalismo estilo China.
Pero sería muy peligroso confiar en ese contexto mundial, y
menos aún en los “juramentos socialistas” de la
burocracia cubana, que se está haciendo plenamente cargo
del poder, después del retiro del caudillo “carismático”.
Sólo la
entrada en escena de la clase trabajadora de la isla puede
ser una garantía firme de que la Revolución Cubana no
llegue a “autodestruirse por sí misma”.
Notas:
1. El
“Período Especial” –es decir, la crisis abierta luego
del derrumbe de la Unión Soviética– agravó
cualitativamente las desigualdades sociales, no sólo en
relación a la propia burocracia sino también a
otros sectores privilegiados (por ejemplo, los que
tienen acceso al dólar o, luego, a la moneda convertible).
Asimismo se produjo el surgimiento de un
nuevo y fuerte sector de la burocracia (en gran medida
de la oficialidad de la Fuerzas Armadas) que actúan como
ejecutivos de las joint ventures con las empresas extranjeras radicadas en Cuba. Pero,
para la gran mayoría de la población, la situación fue lo
que Marx llamaba “socialización
de la miseria”.
2. Aunque
Guevara, en sus últimos años, desarrolló críticas
parciales a los defectos burocráticos del sistema soviético,
su “remedio” no era la democracia socialista ni la
autodeterminación de la clase trabajadora. Los “estímulos
morales” eran una prédica idealista y moralizante para
solucionar un problema que era en verdad político: ¿quién
ejerce el poder en una sociedad donde se ha expropiado el
capitalismo? ¿Una burocracia de estado que ordena y manda a
los trabajadores? ¿O la clase trabajadora democráticamente
autodeterminada?
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