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Después de la segunda vuelta en Capital
¿Adónde va el gobierno K?
No habían pasado más que minutos de la confirmación de
su triunfo en la segunda vuelta electoral que ya Macri
estaba realizando declaraciones más
a la derecha de lo que fue el tono general de su campaña
electoral. Apelando al viejo y sucio truco de “engañar a
la gilada”, lo más “jugoso” del candidato
centro-derechista vino recién
después de definido el pleito comicial. Desde exigirle
a Telerman “enorme austeridad” hasta la entrega del
gobierno, pasando por plantear que habría que
“diferenciar entre los docentes que trabajan y los que no
trabajan” (sic), hasta denunciar “el crecimiento que están
teniendo los conflictos sociales”.
Está claro: Macri expresa la cabeza de playa de un sector
burgués que, a tono con tendencias similares en la región,
pretende avanzar en poner límites
y controles a la acción de los gobiernos emergentes
luego de las rebeliones populares. Por esto, una de sus
exigencias centrales pasa por ponerle
fin a las "concesiones"
a las “concesiones” a los sectores populares,
imponiendo la mayor limitación posible a las luchas y
movilizaciones obreras y populares.
Una crisis de orientación
Las derrotas simultáneas en Capital y Tierra del Fuego (ésta
con un tinte “centroizquierdista”, aunque el ARI no esté
a la “izquierda” del gobierno) terminaron abriendo elementos
de crisis política en el gobierno. Obligado a postergar
el anuncio de la casi confirmada candidatura de Cristina
Kirchner, en el fondo lo que se debate es la
orientación del por ahora seguro próximo gobierno K.
Como venimos señalando desde estas páginas, el 2007 no
resultó como lo esperaba el matrimonio presidencial. A
la coyuntura de muy duras luchas (que seguimos transitando y
que desbordaron el planteo K de que sólo se trataba de
meras expresiones de las “tensiones de crecimiento”) se
le suman elementos de crisis en los pilares del gobierno.
¿A qué nos referimos? A las dificultades que se han
revelado en dos aspectos de las bases de sustentación del
gobierno, que no pueden ser indiscriminadamente atribuidas a
la “herencia” de la catástrofe del 2001.
Por un lado, se acumulan contradicciones en lo que ha sido
el pilar mas importante: la
economía. Si es un hecho que continúa el crecimiento
del PBI en una importante proporción, la suma de problemas
y tensiones va prendiendo cada vez más señales
de alerta.
Veamos someramente. La inflación es creciente a pesar de
los dibujos del INDEK. Ya hemos señalado que la devaluación
(medida tomada por Duhalde) opera como un mecanismo
de protección de la economía nacional.
Aunada a la actual coyuntura de aumento de los precios
internacionales de las materias primas, ha hecho las
delicias de toda la patronal exportadora, tanto del campo
como de la industria.
Sin embargo, la compra de los dólares ingresantes al país,
obligan al Estado a emitir una cantidad creciente de pesos,
que de una manera u otra se terminan
transformando en inflación.
Más importante que esto es el hecho que la percepción a
nivel popular de este mecanismo inflacionario alienta
la salida a reclamar, aun a pesar de los pactos de la
CGT y el CTA con el gobierno.
Junto con lo anterior, hay otro grave problema estructural:
luego de la crisis del 2001, los grandes sectores patronales
retomaron la senda de las superganancias; incluso por encima
de los ya altísimos niveles de la década del 90. Sin
embargo, y a pesar de la recuperación de los índices de
inversión (bordea alrededor del 24% del PBI), no por esto
deja de haber sectores que vienen llevando a cabo una lisa y
llana “huelga de
inversiones” en la búsqueda de imponerle mayores
“garantías” y mejor “clima de negocios” al
gobierno. A la vez, esta “huelga” o más bien lock-out
inversionista es otra fuente de las superganancias en la
medida en que se vive “a cuenta”. Es decir: se toma el
valor transferido por el desgaste de los bienes de capital
al tiempo que no se
lo repone con nuevas inversiones. Esta es la base de
fondo de las crisis en todos los servicios y abastecimientos
energéticos: el ferrocarril, los colectivos, el gas, la
electricidad y los combustibles (ver aparte nota sobre YPF).
Cuestionamiento al “hegemonismo”
Junto con lo anterior, hay también un costado político
que hace al cuestionamiento y la crisis en otro pilar K: el “hegemonismo” del gobierno de Kirchner. Se argumenta que al
estar retornándose a una situación de “normalidad”
–los gobiernos centroizquierdistas suelen abrir paso a la
derecha al hacer el trabajo sucio de absorber las rebeliones
populares–, el gobierno también debería “limar” sus
rasgos de “excepción”. Esto es, dejar de lado los
elementos “bonapartistas”
y/o de “arbitraje” unilateral, en función de un retorno
a una mayor “institucionalidad” y al juego de la
“alternancia” democrático burguesa.
Durante la crisis y con el “que se vayan todos”, prácticamente
la única figura institucional que quedó a salvo fue la
presidencial. Aunque Kirchner emergió con sólo un 22%, rápidamente
se fortaleció y se colocó por “encima” de los partidos
y un Congreso totalmente en crisis y desprestigiados. Desde
arriba, comenzó a “arbitrar” los intereses sociales, es
decir, a decidir a qué
sector patronal darle una parte de la tajada y a cuál no.
Por ejemplo, se benefició con la devaluación a los
exportadores en relativo detrimento de las privatizadas; o
en lo que hace a las luchas populares, tuvo la orientación
de reabsorber “pacíficamente” la protesta social, como
vía alternativa al fracaso de Duhalde en el Puente Pueyrredón.
Pero cada vez más, desde la derrota en Misiones, lo que
avanza entre sectores de opinión burgueses es que ya es
hora de ponerle “límites” y “contrapesos” a la acción
del gobierno; que tiene que haber “una alternativa”; que
la toma de decisiones debe estar “institucionalizada” y
pasar más por el Congreso; que los negocios con el Estado
no pueden ser decididos “discrecionalmente” por el
entorno de Kirchner (De Vido y compañía), etc.
Que quede claro: no es que la burguesía ya se haya volcado
en la oposición a K. Por ahora, lo que quiere es marcarle la cancha al gobierno a sabiendas de que, casi
inevitablemente, ganará las elecciones de octubre y de que,
a pesar de las contradicciones acumuladas, siguen ganando
plata a dos manos.
El programa de Cristina
El gobierno ya está tomando nota de esta realidad. Cuanto
más rápidamente se ajuste a ella, antes (especulan) se
saldrá de la crisis causada por las elecciones capitalinas.
Casi seguramente, la eventual candidatura de Cristina expresará
un giro más al centro-centro del gobierno. Es decir,
hacia una gestión más de “normalización” del país.
Por esto mismo, hay tres palabras clave que ya forman parte
del vocabulario de la candidata: “sinceramiento”,
“institucionalización” e “inversiones”. El sinceramiento
alude a desmontar, al menos en parte, el mecanismo de
funcionamiento económico subsidiado y el control de
precios, y conceder
los aumentos que reclama la patronal en toda una serie
de rubros, en primer lugar los transportes. La institucionalización
apunta a un funcionamiento del régimen político más
“normal”, mediado por el Congreso y los partidos políticos
patronales, así como la búsqueda de poner “más
orden” en las calles y lugares de trabajo.
Por último, cuando se habla de inversiones,
lo que se está señalando es el compromiso del futuro
gobierno de Cristina en lo que hace a la “seguridad jurídica”
y en liberarles
totalmente las manos a los capitalistas para multiplicar sus
ya jugosas ganancias a costa de los trabajadores.
Esta parece ser la salida que se está delineando desde la
intimidad presidencial. Sin embargo, todavía no es algo del
todo definido. Se hará claro una vez que se anuncie quién
será el candidato (pingüina o pingüino) y a la vez
dependerá de la evolución de conjunto no sólo de la
situación del país sino también de las tendencias
contradictorias en curso en la región, marcada por
elementos de polarización crecientes.
Mecanismo imprescindible dada la baja
productividad general de la economía, que en las
condiciones del 90 (con el cambio 1 a 1 con el dólar)
no podría competir en el escenario de la economía
mundial. Pero como los problemas estructurales de la
economía nacional no se pueden resolver con “pases de
magia” cambiarios, lo que en los 90 aparecía como
“hiperdesocupacion”
y cierre de los sectores “no competitivos”,
hoy aparece como presiones inflacionarias crecientes, al
hacer valer y volver a poner en pie sectores (salvo el
agro y ciertas ramas industriales) que sólo son viables
con la protección del 3 a 1.
Por supuesto, la explicación del mecanismo
inflacionario no se reduce al aspecto “monetario”
(el preferido por los economistas liberales). Para que
la emisión monetaria no se traduzca en inflación de
precios (a mas moneda e iguales productos, mayores
precios unitarios de cada mercancía), la productividad del trabajo y la producción total deben aumentar más
que la emisión monetaria. Pero justamente ahora se
hacen presentes serios déficits de infraestructura de
la economía nacional dependiente y semicolonial, que
arrastra históricamente problemas de fondo frente a los
que el gobierno K no
ha dado un solo paso.
Bonapartistas se llama a aquellos gobiernos que en
situaciones de crisis aparecen como por encima de las
clases y fracciones de clase para poder así arbitrar
entre intereses sociales; aunque siempre, en
definitiva, en beneficio de la clase capitalista como un
todo.
Hasta el mismísimo Duhalde salió a hablar luego de la
segunda vuelta en la capital planteando que había que
“acabar con la anarquía” en la que estaría
entrando el país. Esta claro que en la boca de Duhalde,
“anarquía” no puede significar mas que la
pretensión de limitar el justo derecho a la lucha de
los trabajadores, derecho que –seria justo
recordarle- esta “consagrado” incluso en la
reaccionaria Constitución Nacional.
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