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Economía
Crujidos
en los pilares del “modelo K”
Por
Marcelo Yunes
En
la campaña electoral porteña, en los actos, en las
reuniones internacionales, el gobierno se encarga de
difundir las bondades de la “nueva Argentina” post
default, en la que se habría resuelto el problema de la
deuda pública, los superávits fiscal y comercial
garantizarían solidez económic y, el crecimiento bate récords.
En suma, que desde la llegada de Kirchner y la puesta en
marcha de un “modelo de crecimiento y producción”, la
Argentina se encamina hacia un destino mucho mejor que el de
país subdesarrollado y pobre al que parecía condenada en
2001.
Por supuesto, el gobierno muestra sólo la parte de la
realidad que le conviene. Cuando se mira más de cerca este
idílico panorama, actualizándolo con tendencias que se
vienen afirmando desde hace un tiempo, se encienden luces
amarillas respecto de la sustentabilidad futura del
“modelo K”.
Suben las reservas… y sube la inflación
Kirchner
brama en cuanta tribuna encuentra que quiere que las
reservas lleguen a 40.000 millones de dólares. La cifra es
posible de lograr, pero no hay que impresionarse demasiado;
es mejor indagar qué hay detrás, porque con el
“blindaje” de enero de 2001 se decía que había 35.000
millones de dólares de respaldo a la convertibilidad, y ya
se sabe cómo terminó eso. La
verdad sobre la reservas es bastante más complicada que
la imagen que suele citar Kirchner del almacenero que guarda
los ahorros en una lata.
Un
pilar de la economía K es el
dólar “recontraalto” (o, lo que es lo mismo, un
peso subvaluado), por varias razones. Primera y principal,
le da una competitividad
“artificial” a las exportaciones (esto es, no por la
vía de la productividad del trabajo sino por la de bajar
los costos internos medidos en moneda internacional). Y además,
obliga a importar sólo lo estrictamente indispensable (a
diferencia del festival de las baratijas que se importaban
con el 1 a 1).
Estas
dos ventajas, que no existían bajo Menem-De la Rúa, ayudan
a sostener los llamados “superávits
gemelos”: el fiscal (ingresos del Estado) y el
comercial (saldo de exportaciones vs. importaciones). El
superávit fiscal, como hemos señalado muchas veces, es la
madre de toda la política kirchnerista: con la plata del
fisco se paga el servicio de deuda religiosamente, se dan
subsidios para postergar tarifazos, se compra la voluntad
política de gobernadores en apuros, se hace alguna obra pública
que dé votos y se tapan todo tipo de agujeros. En tanto, el
superávit comercial asegura que sobren dólares (para
evitar presión sobre el peso) y, sobre todo, gracias a las
retenciones a las exportaciones, engorda el superávit
fiscal. Todo está relacionado, como se ve.
Este
esquema funcionó bien en los primeros años post crisis;
tan bien que los Kirchner creyeron que habían encontrado la
piedra filosofal de la bonanza económica. Con este clima
eufórico fue que se empezaron a pergeñar los proyectos de
dinastía K hasta el 2019.
¿Qué
sucede ahora? Varios problemas. Por empezar, la misma
coyuntura económica internacional que viene favoreciendo al
gobierno con altos precios de los productos argentinos y
bajo crédito muestra su lado malvado. Como sobra plata en
el mundo, los inversores
ven que Argentina ofrece alto rendimiento financiero
(gracias a los bonos de deuda que emitió Kirchner tras el
megacanje) y traen
sus dólares. Pero eso
presiona la cotización del dólar a la baja, y en ese
caso, todo el esquema anterior corre peligro. Por lo tanto,
el Banco Central (la autoridad monetaria del país) compra
todos esos dólares que andan por ahí y evita que el tipo
de cambio caiga a menos de 3 pesos.
¿Con
qué plata los compra? Con papel
pintado: el Central emite
los pesos con los
que compra los dólares. ¿Qué pasa con esos pesos? Si
quedan en la plaza, eso significa inflación seguro, porque
hay más dinero circulando para comprar la misma cantidad de
bienes (como decía, con toda razón, el finado chancho
Alsogaray). Entonces, hay que sacarlos: los dueños de esos
pesos los entregan a cambio de unas “letras” (algo así
como bonos) que emite el Banco Central. Los dólares quedan
en las arcas del Central, y los ex dueños de los dólares
tienen letras en vez de pesos.
¿A
cuánto asciende este jueguito? A nada menos que 50.000 millones de pesos, que técnicamente no se computan como déficit
fiscal, sino como déficit “cuasifiscal”,
porque, teóricamente, el Banco Central es
“independiente”. Pero, en criollo, esto significa que
“un tercio de esas
reservas no son
del Estado: están alquiladas
(…) tienen como contrapartida un pasivo por el cual hay
que pagar intereses”.[1]
Los
economistas “ortodoxos” sugieren comprar esos dólares
no con emisión, sino con la plata del superávit fiscal. De
esa manera, el proceso sería más genuino y disminuirían
las presiones inflacionarias. Pero, como ya explicamos, el
superávit tiene muchos agujeros para tapar, de modo que por
ahora seguirá funcionando la maquinita de imprimir
billetes.
El
resultado de este dudoso mecanismo de control del tipo de
cambio es la aceleración
de la inflación (sin que sea la única causa de ésta,
por supuesto). Los
precios ya no resisten el corsé artificial de los acuerdos
con las grandes empresas y salen de control. Como el
gobierno no logra frenarlos, acude al asombroso método de
querer engañar al público: la manipulación de los índices
del INDEC. Aunque la inflación oficial del primer trimestre
de 2007 fue del 2,2%, fuentes del propio organismo estiman
que “cerca de tres puntos se barrieron bajo la
alfombra”.
Un cálculo serio de
la inflación real, anualizada, no puede bajar del 15-20%.
Pagar la deuda, siempre; tarifazo, pronto;
infraestructura, nunca
Un
dato que se suele publicitar mucho menos que los récords de
recaudación fiscal es adónde
va a parar esa masa de recursos. Los economistas
neoliberales, añorando tiempos idos, se quejan del
crecimiento del gasto público, como siempre, pero ni ellos
ni el gobierno dicen en voz alta que la
parte del león se la sigue llevando el servicio de deuda pública.
La
trampa informativa es que siempre se bate el parche con el
superávit primario,
esto es, antes de pagar deuda. Pero en marzo de este año, por ejemplo, si el
superávit primario fue de 1.485
millones de pesos, el servicio de deuda en ese mes insumió
nada menos que 1.190
millones, ¡el 80%
del superávit! El resultado financiero real
(no primario) de marzo fue un modestísimo superávit de 295
millones.[3]
De
la deuda no se habla, pero su pago –sin que tenga el
dramatismo de otras épocas– sigue
siendo el condicionante fiscal más fuerte en materia de
gasto e inversión pública.
Por eso, entre otras razones, el gobierno prefiere comprar dólares
para las reservas con plata “prestada”, no con recursos
genuinos, como explicamos más arriba.
Por
otra parte, hace rato que el famoso superávit fiscal dejó
de ser tal en las provincias.
La caja que sigue teniendo superávit es la del Estado
nacional, pero las arcas provinciales, una vez superado el
piso de la crisis, vuelven
a su eterna condición deficitaria y dependiente de los
aportes del Tesoro nacional. Esto, que se ha dado en
llamar el fenómeno de “Nación
rica, provincias pobres”, está en la base de los
problemas en el interior a la hora de atender reclamos
salariales de empleados estatales, como los docentes. Las
provincias petroleras todavía tienen margen, pero las otras
ya sufren las estrecheces habituales.
Segundo
frente problemático: las tarifas.
El cuasi congelamiento del costo de los servicios es, en
cierto modo, una conquista que perdura desde el Argentinazo
de 2001. La mejor prueba es que hubo tarifazos varios para
la industria y el comercio, pero no para usuarios
particulares: el gobierno sabe que se trata de un tema
demasiado sensible. ¿Cómo se resuelven los reclamos de las
empresas concesionarias, entonces? Con subsidios:
el Estado paga el equivalente al tarifazo que hubieran
debido soportar los usuarios. Mediante ese mecanismo se
vienen postergando los aumentos, como se vio con toda
claridad en la amenaza de lock-out de las empresas de
colectivos.
Pero
esta “solución” ya
no da para más. Por primera vez en años se autorizó
un aumento fuerte en el gas (Gas Natural BAN, en la
provincia de Buenos Aires y otras), y es un secreto a voces
que el próximo gobierno va a tener que afrontar un
“sinceramiento” al respecto. La razón de fondo es otra
vez la misma: sencillamente,
el superávit fiscal no alcanza para todo.
Y
la cuestión de las tarifas se vincula a otra
limitación hasta ahora insalvable del “modelo K”:
la falta de una infraestructura moderna y adecuada que sirva de
plataforma al desarrollo. Justamente, lejos de constituir un
proceso armónico e integrado de las ramas de la economía y
la industria, el “crecimiento récord” es una muestra palpable de lo que es el
desarrollo desigual y combinado en un contexto de atraso.
Veamos eso más de cerca.
Las
exportaciones son récord, pero
se concentran en unos pocos rubros de bajo valor agregado y
que generan muy pocos puestos de trabajo directos. Argentina
exporta crudo en cantidad, pero
como las compañías privadas casi no
invierten en exploración, hay serio riesgo de que en
pocos años pase a ser importadora
de petróleo. Los volúmenes de producción industrial
crecen, pero con
el límite del cuello
de botella energético, ya que si hace mucho frío o
mucho calor, vienen los cortes de suministro a las empresas.
Argentina exporta servicios como los de los call centers, pero derrocha divisas en importar millones de celulares
improductivos (que encima figuran en las estadísticas como
“bienes de capital”). La producción automotriz es récord,
pero la falta de rutas nuevas y de mantenimiento adecuado hacen de
la Argentina el país del mundo con más muertos en
accidentes cada 100.000 habitantes. Se anuncia un tren bala
de pasajeros a Rosario, pero
el transporte ferroviario de carga se cae a pedazos, y no
hay vía en la que se puedan superar los 40 km por hora. Se
anuncia el regreso de la flota mercante de bandera, pero en todo el país no hay un solo puerto de aguas profundas con
buena integración vial y ferrovial (tienen una cosa, la
otra o ninguna).
Todos
los rubros vitales de la infraestructura presentan un
panorama análogo. Y suponer que se superará esta herencia
de atraso, condición imprescindible para un verdadero
desarrollo, con emprendimientos privados o con mega obras públicas
es soñar con las musarañas. Los inversores externos se
orientan, en primer lugar, a la especulación
financiera vía el regreso del festival de bonos, y en
segundo lugar, a producir para el mercado mundial con
salarios bajos y dólar alto, sin que al país le quede otra
cosa que las retenciones a las exportaciones.
En
cuanto a la tasa de inversión, subió algo respecto de los
90, pero no logra perforar el techo del 25% del PBI, el mínimo
que calculan los especialistas para sostener un crecimiento
de tasas elevadas.
Además, el 63%
de la inversión total se destina a la construcción.
Esto es doblemente significativo: por un lado, porque
muestra que el aumento de la inversión
productiva directa es mucho menor, y por el otro, el
grueso de la construcción no es de infraestructura –caminos, plantas de energía, canales,
diques– sino en viviendas
particulares, en su amplia mayoría para un público de
altos ingresos. Todo un
símbolo del “crecimiento K”...
¿“Estrategia industrial”?
Uno
de los rasgos distintivos del discurso oficial es la
afirmación de un supuesto “perfil industrial” como base
de despegue del crecimiento económico. Las reiteradas
disputas de Kirchner con el campo –en las que cabe
distinguir entre conflicto abierto, que nunca ha habido, y
la mera negociación de márgenes, aunque sea con malos
modos– ayudan a darle al gobierno una imagen de
“defensor de la industria” como motor de un nuevo
“modelo” de acumulación opuesto al de los 90.
Cabe
aclarar, por lo pronto, que ni Menem fue tan
antiindustrialista ni Kirchner tan proindustria. Durante el
menemismo se vio claramente perjudicada buena parte de la
industria nacional
menos concentrada, pero en absoluto se puede afirmar que
toda la industria haya retrocedido, mucho menos las
multinacionales, a pesar del 1 a 1.
En
cuanto al “modelo K”, es
una pura fábula que exista un plan estratégico de
desarrollo de la industria, al menos comparable al que
se impulsó en algunos de los NICs (países de desarrollo
industrial reciente) o lo “tigres asiáticos”. En una
entrevista, al secretario de Industria, Miguel Peirano, le
preguntaron si había un proyecto industrial: “No lo digo
yo –respondió ofendido–, lo dicen los números (…)
Tenemos un 40% de crecimiento acumulado desde 2003. El 32%
de las exportaciones argentinas son industriales y se
generaron más de 311.000 empleos registrados. Si eso no es
un proyecto…”[7]
Lamentamos
contradecir al secretario, pero esos números NO son un
proyecto. Son estadísticas que muestran la recuperación
del sector desde el piso de la crisis, pero NO muestran en
absoluto un “boom” industrial ni plan articulado alguno.
Sumando los nuevos empleos, por ejemplo, no se llega al
total de obreros ocupados en la industria que había en
1997. Y un 32% de exportaciones industriales sobre el total
no es ninguna hazaña: en toda la segunda mitad de los 90 la
cifra rondaba el 30%.
Si
hay un emblema de esta ausencia de “proyecto industrial
nacional” es el grupo Techint.
Se trata de la
principal empresa industrial del país, una de las pocas
con proyección internacional y que factura 16.000 millones
de dólares anuales. La nueva cúpula de la UIA es Techint
puro: el presidente, Juan Lascurain, representa a sus
proveedores medianos, y el vice, Luis Betnaza, es uno de los
máximos directivos del grupo. Pues bien, este gigante siderúrgico
regional no aporta
casi nada a alguna estrategia de integración o desarrollo
industrial argentino (entre otras razones, porque no
existe tal cosa), y en
ningún caso piensa atar su destino como grupo al del país.
Con todo lo amigo de Techint que es este gobierno –le abrió
las puertas de Venezuela, por ejemplo–, incluso en los círculos
K habría malestar con el grupo por su falta
de compromiso inversor en el país. Eso tal vez explique
que el ente oficial Enargas haya salido a fusilar a Techint
en una solicitada, acusándola de responsabilidad en las
coimas del caso Skanska.[8]
Si
éste es el comportamiento del principal grupo industrial
“nacional”, uno de los pocos realmente competitivos
internacionalmente en cuanto a tecnología y calidad y al
que este gobierno mimó durante toda su gestión, ya puede
suponerse la conducta de otros candidatos a baluartes de esa
“burguesía nacional” que Kirchner aspira a resucitar. Claro que se
trata de un muerto
que, en verdad, nunca llegó a nacer. Y difícilmente lo
haga en las condiciones actuales y las que se vienen.
D.
Fernández Canedo en Clarín,
3-5-07.
Daniel Muchnik en Clarín,
30-4-07
Recordemos que la deuda pública se mantiene en cerca
del 65% del PBI, esto es, más que en la mayor parte de
los 90.
Esta matriz conceptual fue desarrollada de manera
magistral y absolutamente actual, en los años 60, por
el historiador marxista argentino Milcíades Peña.
Ver, de Manuel San Pedro, “El desafío del desarrollo
integral”, en Le
Monde Diplomatique, abril 2007.
Clarín Económico, 22-4-07
Inclusive,
la solicitada –del 30 de abril, publicada en todos los
diarios nacionales a página entera– dice que el caso
debería llamarse “Skanska-TGN (Techint)”. El escándalo
fue utilizado también por Hugo Chávez para cargar
contra Sidor, empresa de Techint en Venezuela (la
segunda industrial en importancia después de PDVSA,
nada menos), que muestra la misma falta de “compromiso
nacional” en el país caribeño que en Argentina. Por
supuesto, los directivos del Enargas también buscaban
lavar su responsabilidad por las coimas, que salpican
barro a altísimo niveles del gobierno nacional. Y tras
una reunión entre Alberto Fernández y Rocca, el
gobierno bajó los decibeles de su denuncia.
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