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Ecuador:
referéndum por la Asamble Constituyente
Las
razones del triunfo del “Sí”
Por
Claudio Testa
De la redacción de Socialismo o Barbarie
El 15 de
abril, los ciudadanos de Ecuador fueron a votar. No era para
elegir a nadie, sino para decidir por sí o por no la
propuesta de convocar una Asamblea
Constituyente con plenos poderes.
El
resultado no pudo ser más aplastante: 5.350.000 votos en
favor de la Asamblea Constituyente (81,72%),
y apenas 824.000 en contra (12,43%).
Sin
embargo, más importante que estas cifras es el hecho de que
furiosamente en
contra de la Constituyente estaba la casi
totalidad de los partidos burgueses “tradicionales”
y sus líderes, salvo algunos que “borocotearon” a último
momento, como el alcalde de Quito.
La
convocatoria de este referéndum de la Constituyente
–auspiciado por el presidente Rafael Correa, que asumió
en enero pasado– había sido tema de duros
choques con el Congreso y los partidos tradicionales que
lo dominaban (en las elecciones donde ganó Correa la
presidencia, su bloque no había presentado candidatos al
Parlamento).
Este
enfrentamiento se desarrolló “por arriba” y “por
abajo”. El Tribunal Supremo Electoral (TSE), influenciado
por Correa, destituyó a 57 congresales, con lo cual los
viejos políticos burgueses opuestos a la Constituyente,
perdieron el control del Parlamento. Pero, en verdad, la
definición del partido vino “por abajo”: grandes
manifestaciones populares salieron a la calle en contra de
la vieja “partidocracia”, exigiendo la Constituyente. El
referéndum del domingo permitió verificar hasta qué punto
el antiguo personal político de la burguesía ecuatoriana
había perdido toda
legitimidad.
Más en
general, lo de Ecuador es otra anécdota de una tendencia
que, con mayor o menor amplitud, se percibe en América
Latina y otras latitudes: la de la crisis
de los partidos burgueses tradicionales (Venezuela,
Bolivia, parcialmente Argentina, etc.).
Sin
embargo, por ahora, estos derrumbes o desgastes no abren
paso a partidos de la clase trabajadora, pero tampoco a
nuevos partidos burgueses sólidos,
como esos partidos de antes, que duraban cien años o más.
Su lugar es ocupado generalmente por coaliciones y/o
“movimientos” inestables. Este hecho, que afecta la
solidez del estado capitalista y sus instituciones, es por
ejemplo uno de los motivos por el que Chávez juega hoy
todas sus cartas a imponer su proyecto de “partido único”.
Desde
1996, ningún presidente electo pudo terminar el mandato
Este
problema –inestabilidad de las instituciones políticas
del estado capitalista– se
potencia en Ecuador, donde una sucesión de rebeliones
populares ha determinado que ningún
presidente electo haya podido cumplir su mandato en
los últimos diez años.
La causa
principal de esto es la catástrofe social desatada en la década
del 90, con un 70% de la población hundida en la miseria.
“La sociedad ecuatoriana –decíamos en Socialismo
o Barbarie cuando se produjo la última rebelión [1]–
es una de las más ferozmente castigadas en América Latina
por la globalización neoliberal. El capital imperialista y
la miserable burguesía ecuatoriana –dividida en tres o
cuatro facciones que se pelean a dentelladas por el botín,
pero que se unen cuando se trata de entregar el país y
reventar a las masas de la ciudad y el campo– han cumplido
una tarea atroz de destrucción social. Basta decir que casi
el 30% de los ecuatorianos se han visto obligados a emigrar
para buscar empleo. Esto es un desastre para la clase
trabajadora y la nación ecuatoriana... Así, un tercio de
los ecuatorianos viven como emigrantes en España, EEUU y
otros países europeos y latinoamericanos. Las remesas de
dinero a sus familias son hoy el mayor ingreso de divisas al
país después del petróleo. La economía semicolonial de
Ecuador no ha colapsado gracias esos envíos de los
emigrados (la mayoría ilegales y en las peores condiciones
de esclavitud laboral)”.
Las
“revoluciones” de Rafael Correa
Esta es la
situación socio-económica y política que catapultó a
Rafael Correa a la presidencia. Después del derrocamiento
del anterior presidente electo (Lucio Gutiérrez en el
2005), Correa se hizo conocer en su breve paso por el
Ministerio de Economía y Finanzas, al sostener algunas
posturas nacionalistas y “antineoliberales”, con críticas
al FMI y al Banco Mundial, rechazo a un Tratado de Libre
Comercio con EEUU, etc.
En las últimas
elecciones presidenciales irrumpió vertiginosamente, casi
de la nada en cuanto a “aparato” político, pero con la
decisiva ventaja de aparecer como un
“hombre nuevo”,
ajeno y opuesto a la vieja y corrupta “partidocracia”.
Una ventaja extra, quizá, fue que su principal oponente, Álvaro
Noboa –el hombre más rico de Ecuador–, sintetizaba en
carne y hueso tanto la podredumbre de los politiqueros
tradicionales como la infamia de un puñado de
multimillonarios en medio de una miseria atroz.
La propuesta
central de Correa en la campaña fue precisamente la de
una Asamblea Constituyente para lograr cinco "revoluciones": la “revolución constitucional y
democrática”, la “revolución ética”, la “revolución
económica y productiva”, la “revolución educativa y de
salud” y la “revolución por la dignidad, la soberanía
y la integración latinoamericanas”.
Por
supuesto, la “revolución constitucional” de Correa no
significa el establecimiento de un poder los trabajadores,
los indígenas y demás sectores populares y explotados.
Tampoco la “revolución económica” implica la
expropiación de los multimillonarios como Noboa, ni de las
petroleras extranjeras que han saqueado Ecuador. Ni siquiera
implica terminar con la “dolarización”, una medida
colonial en vigencia desde el 2000, impuesta con el
asesoramiento del inefable Domingo Cavallo y su equipo.
Correa fue
conocido en su momento como crítico implacable de la
“dolarización”, a la que calificó de "sistema
perverso". Pero, ya en los carriles de la presidencia,
se apresuró a declarar que sería un "suicidio"
abandonarla.
Por todos
esos motivos, sorprende leer en la prensa “progre”
macanas como las siguientes: “Una mayoría de ecuatorianos
decidió apoyar el cambio de la Constitución liberal
vigente para adaptarla al modelo socialista
[!!!] que impulsa Rafael Correa... El mandatario socialista
[!!!] pasó el primer test de su gobierno”, etc. (Página 12, 16-4-07).
Por
supuesto, lo de Correa no tiene nada que ver con el socialismo. Su proyecto es 100%
capitalista, pero con
ciertas diferencias respecto al neoliberalismo salvaje de
los 90.
Lo de
Ecuador hace parte del fenómeno hoy predominante en América
Latina de gobiernos
de “izquierda” o “centroizquierda”. Estos
gobiernos vienen a establecer una especie de mediación
entre el descontento, las protestas y hasta las rebeliones
de las masas, por un lado, y la continuidad de la explotación
y la dominación capitalista, por el otro.
En ciertos
casos (como Chávez), estos nuevos gobiernos hacen algunas
reformas. En otros (como Lula o Tabaré) su “reformismo”
es de fachada y son esencialmente una continuidad del modelo
neoliberal.
El otro
gran factor que abre las puertas a gobiernos como el de
Correa es la crisis de dominación por la que atraviesa EEUU,
gracias a los desastres cosechados por Bush. El notorio
debilitamiento geopolítico del imperialismo yanqui deja márgenes
para un juego más
independiente, que se expresa en este caso en el rechazo
al TLC y en la exigencia de que EEUU se retire de la base
militar que tiene en Manta.
En este
abanico de gobiernos de “izquierda”, Correa posiblemente
se sitúe en una posición
intermedia entre Chávez y Evo Morales. Uno de los
objetivos de Correa parece ser el de una renegociación
general de los contratos con las petroleras extranjeras que
garantice mayores ingresos al estado. Al mismo tiempo,
anuncia planes de impulsar la compañía estatal
Petroecuador para explotar nuevos yacimientos en asociación
con PDVSA y Petrobrás.
La
Constituyente: esperanzas, ilusiones... y realidades
La
Constituyente no es simplemente un subterfugio electoralista
del actual presidente. Antes de que Correa se montara en esa
consigna para llegar a la presidencia, una Constituyente con
plenos poderes ya era una demanda democrático-radical
bastante generalizada en sectores populares de la ciudad y
del campo. Es una demanda justa, que ha sido uno de los
motores de las movilizaciones contra la vieja partidocracia.
Sin embargo, las perspectivas de la Constituyente de Correa
están muy lejos de esas esperanzas.
¿Qué
esperan estos sectores populares de la Constituyente? Luis
Macas, el presidente de la central indígena campesina
CONAIE, declara que “vamos al gobierno de la Asamblea
Constituyente. Vamos a barrer a un lado el viejo estado y
poner fin a los privilegios de un puñado de ricos.” El máximo
burócrata de la CONAIE refleja bien las expectativas
populares... pero miente sobre lo que puede dar la
Constituyente de Correa.
Esta
Constituyente, aunque produzca ciertos cambios, va a tener
alcances mucho más
limitados. En primer lugar, no va a “barrer con el
viejo estado”. A lo sumo, va a “pasar el plumero” a
las instituciones del estado capitalista. El objetivo es
que, quitando algo la basura, recobren
la legitimidad perdida. No viene a “barrer” con el
estado, sino a reconstituirlo
haciéndole algo de “chapa y pintura”.
En ese
sentido, la Constituyente de Correa es muy similar a la de
Chávez de 1999, que sepultó al régimen de la IV República
y sus partidos en bancarrota, y así pudo volver a legitimar
el estado capitalista venezolano.
A nivel
económico-social, tampoco va a “poner fin a los
privilegios de un puñado de ricos”. Es que el
“privilegio de los ricos” es su propiedad
de las tierras y las fábricas. No se puede poner fin a
tales “privilegios” si no se los expropia. Para dar un ejemplo: otro dirigente campesino
indígena declara que en Ecuador “173 personas son
propietarios de 3 millones de hectáreas de tierra y además
controlan casi toda el agua”. ¿La Constituyente de Correa
va expropiar a esos 173 “privilegiados” en beneficio del
pueblo de Ecuador y de los campesinos indígenas? Por
supuesto, eso no está en la agenda.
La clave de
todo esto es que la Constituyente de Correa, aunque responde
a un reclamo democrático
justo, no es una
Constituyente revolucionaria.
Es decir, no es una Constituyente impuesta,
convocada y organizada por un poder obrero y popular,
por un gobierno de los trabajadores y los explotados de la
ciudad y el campo.
La
movilización popular contra la odiada “partidocracia”
fue un elemento fundamental para vencer su oposición a la
Constituyente. Pero no actuó como un factor independiente,
sino como un mero apoyo prácticamente incondicional a
Correa y sus planes. Y, en relación con la Constituyente,
los proyectos de Correa son tan limitados que ni siquiera
contemplan medidas democráticas radicales, como la
expropiación del latifundio. ¡Y eso en un país con un
problema agrario fenomenal!
En resumen:
como sucede el resto del continente, la gran cuestión es cómo
las masas trabajadoras se orientan hacia una alternativa independiente
de estos gobiernos “de izquierda”.
Nota:
1.-
Socialismo o Barbarie,
periódico, 02/05/05. Este artículo puede leerse en
www.socialismo-o-barbarie.org/america_latina/050501_ae_sobecuador.htm
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