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Elecciones
de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Necesidad
de un
perfil socialista y de izquierda en serio,
frente al trío Telerman-Filmus-Macri
Mano dura, abierta o
encubierta,
o
lucha
contra toda impunidad
Para
las elecciones del 3 de junio los grandes candidatos
patronales empiezan mostrar su perfil de campaña. Filmus
muestra su única virtud, ser un títere de Kirchner y a
este a su vez está decidido hacer campaña con su política
de derechos humanos –por mera concidencia la Cámara
Federal de la Capital acaba de declarar los indultos a los
ex comandantes como inconstitucionales–.
El
acuerdo Telerman-Carrio aparece como eficientista “en la
mitad del tiempo hicimos el doble”, y el perfil ético-conservador
que le aporta Olivera. Por su lado Macri, después del
asesinato cometido por su ex socio, Sobsich, quiere
despegarse de la mano dura. En este contexto parecería que
Kirchner y su política de derechos humanos es “progre”.
En esta nota mostramos como su política sobre derechos
humanos, es una estafa más de este gobierno, al que hay que
reconocer una gran habilidad para decir una cosa y hacer la
contraria.
Si hay una bandera con la que el
gobierno quiere ser identificado, es la de los derechos
humanos. Pero detrás de los gestos ampulosos, los discursos
para la tribuna y los abrazos con Hebe de Bonafini –que,
lamentablemente, abandonó
la lucha independiente de todos los gobiernos y del estado para transformarse
en una cuasi funcionaria–, la realidad es muy distinta a
como la pinta Kirchner y los organismos cooptados por él.
Los avances reales
en la lucha contra la impunidad, como la condena
de Etchecolatz, no fueron ni son producto de la política
oficial, sino esencialmente de la lucha
incansable e independiente de la militancia de los
organismos de derechos humanos y quienes los acompañaron
(en primer lugar las fuerzas de izquierda). En esa
lucha, de paso, ni Kirchner, ni Cristina, ni ninguno de los
actuales funcionarios de primer nivel cumplieron nunca
ningún papel importante, ni se los conoció como parte del
activo del movimiento.
En lo que el gobierno sí tuvo responsabilidad evidente fue en la desaparición de Julio
López. Porque no lo protegió, aun sabiendo que había
recibido amenazas, y porque perdió un tiempo precioso
–los primeros días después de su secuestro– desechando
la hipótesis más obvia, la actuación de un grupo de
tareas. ¿O acaso el ministro del Interior Aníbal Fernández
no llegó a decir que podía estar “en la casa de la tía”?
Gracias a esa irresponsabilidad
criminal, se perdieron huellas y pistas clave, lo que
hace que a más de siete meses de su desaparición, no
se sabe nada de nada del compañero, y todos tememos lo
peor. Y aunque la reacción fue más rápida en el caso de Luis
Gerez, lo que posibilitó que apareciera con vida, sigue
la más absoluta impunidad para sus secuestradores.
Además, la política oficial de
impulsar el juicio a los genocidas de la dictadura es
producto de un cuidadoso cálculo político: nadie defiende
a genocidas ya gerontes (salvo algunos fascistas
nostalgiosos) que no tienen ningún rol real en la política
argentina.
Muy
diferente es la postura respecto del juicio de la Triple A.
Ahí se hace patente el doble
discurso oficial: Kirchner
le ladra a la Cámara de Casación por los expedientes
parados contra los militares, pero no mueve un dedo para
que avance la causa de la Triple A. ¿Por qué ese doble
rasero? Muy simple: los milicos y la Triple A fueron igual
de genocidas (recordemos que la Triple A fue responsable de
más de 2.000 asesinatos), pero una cosa es enjuiciar a militares
decrépitos y retirados de la política, y otra muy
distinta es poner en el banquillo de los acusados a Isabel,
a Cafiero, a Ruckauf, a Hugo Moyano y quién sabe a cuántos
más. Inclusive, Antonio Cafiero ha reconocido hace días
que el mismísimo Perón no podía dejar de estar al tanto.
Y
aquí se acabó el progresismo y los derechos humanos. Juzgar
a carcamales impresentables es un excelente negocio político;
ir a fondo con la verdad y la justicia en serio contra
aliados políticos actuales, de ninguna manera. Ésa y
no otra es la explicación de por qué Kirchner quiere a
la vez acelerar las causas de la Cámara y cajonear la
de la Triple A.
El
nuevo MAS, entonces, se ha presentado como querellante en
esa causa, en tanto continuidad del Partido Socialista
de los Trabajadores, que tuvo militantes asesinados por esa
banda genocida peronista. Porque no tenemos compromisos con ningún sector del peronismo pasado ni
presente, ni con burócratas sindicales como Moyano
(miembro de la CNU en Mar del Plata en los 70). Denunciamos
que queda al desnudo
el carácter de clase de la justicia capitalista y del
progresismo K: el límite son las instituciones burguesas
como el PJ y las propias fuerzas armadas.
Y es lógico, porque cuando
los funcionarios del régimen se enfrentan con luchas de los
trabajadores, acuden al aparato represivo. Así lo
hicieron en Neuquén, cuando Sobisch
mandó matar a Fuentealba. ¿Qué hizo el gobierno nacional?
¡Le ofreció más
policías, por boca de Aníbal Fernández! Así lo hace
Kirchner en Santa Cruz, adonde mandó gendarmes (que
dependen de la Nación) y monta provocaciones contra los
docentes en lucha que pueden terminar en tragedia en
cualquier momento.
En la Capital no es distinto: ahora el
gobierno se llena la boca con el Francés, pero recordemos
que el interventor kirchnerista, Capaccioli –candidato de
Filmus– mandó una patota de amigos de Kirchner a moler a
palos a los trabajadores. Lo mismo pasó en la huelga de los
trabajadores del subte, reprimidos por Kirchner y Telerman.
Los que creen que Kirchner es
“contemplativo” y “paciente” con la protesta social,
deben compararlo en todo caso con Macri, que les quiere
pegar hasta a los cartoneros por ser pobres. Pero ni los trabajadores ni los luchadores populares podemos hacernos la
menor ilusión de que a Kirchner le va a temblar la mano
para reprimir, porque lo hizo, lo hace y lo hará cada
vez más. Sólo la indignación masiva ante la represión y la movilización
popular podrán evitar nuevos hechos de sangre contra los
luchadores.
Con
los trabajadores y los jóvenes o con los explotadores
El progresismo nunca sobrepasa su límite
capitalista, y donde más se nota esto es en lo que atañe
al mundo del trabajo. Kirchner y su candidato Filmus es el
campeón de los discursos contra el neoliberalismo, pero
mantuvo con todo las leyes laborales menemistas de los 90. Sí,
las leyes Banelco (por las que no hay nadie preso, digamos
de paso). Es así como la explotación de los trabajadores,
en particular en la industria, avanza a saltos tan grandes
como las ganancias patronales.
Justamente, ahora
el Presidente insiste con defender el derecho de los
empresarios a tener alta rentabilidad. Claro, también
pide algo de “redistribución”. Pero, como cuando se
canta envido y truco, “uno es verdad y otro es grupo”. Y
las cuentas son claritas: la
verdad es que los patrones ganan en Argentina, desde hace años,
más que nunca antes. En contrapartida, hasta los
economistas del sistema reconocen que la desigualdad social
es la gran “cuenta pendiente”, y que la supuesta “recuperación del ingreso” no alcanza siquiera para
llegar a los niveles previos a 2001. Conclusión: cuando
Kirchner defiende a los empresarios y sus ganancias, dice la
verdad; cuando cacarea con la “redistribución”, es puro
grupo para ganar votos.
Esa vocación de servir a los
capitalistas tiñe todo, inclusive la educación. Un gran
caballito de batalla del ministro y candidato K Daniel
Filmus es el impulso a las escuelas técnicas. Lo que no
dice es que el objetivo declarado y compartido con la Unión
Industrial Argentina de esta movida es, con el verso de la
“inserción laboral” proveer mano de obra bien barata y
calificada para uso y abuso de las patronales. Una vez más,
el progresismo se
revela continuador del neoliberalismo, que considera la
educación un mero campo de entrenamiento del “capital
humano”.
Lo
propio sucede en el plano universitario, donde el
proyecto Kirchner-Filmus para la UBA no difiere de los
lineamientos del Banco Mundial: ser una usina cada vez más
elitizada de mano de obra e investigaciones en función de la actividad económica
privada, en detrimento de la producción
de conocimiento al servicio de toda la sociedad.
El punto de vista del nuevo MAS y de
sus candidatos es el opuesto:
denuncia de toda la legislación antiobrera de Menem,
Kirchner y las patronales que la pagaron, exigencia de
su inmediata anulación
y defensa del futuro de los jóvenes a partir de un
sistema educativo cuyo objetivo sea la formación científica
y crítica, no el adiestramiento para ser carne de explotación.
Un
perfil socialista y de izquierda en serio
La Capital tiene tradicionalmente una
franja importante de votantes de izquierda, que ahora están
frente a una profusión de listas. Pero, ¿cuántas de ellas
representan una alternativa socialista revolucionaria y
enemiga del sistema capitalista?
La fuerza con más votos en los últimos
años, la de Zamora,
ni se presenta, tras haberse revelado como un rejunte de
arribistas, saltimbanquis (algunos saltando hacia el
kirchnerismo) y gente honesta embaucada por un proyecto sin
consistencia. Tal es el resultado de una
construcción mediática, sin presencia alguna en las luchas
de los trabajadores y con un perfil más de ONG de la
“sociedad civil” que de una organización de
trabajadores socialistas.
Candidatos a ocupar ese espacio hay
varios. Claudio Lozano, diputado y cuadro de la CTA, es la típica
izquierda tibia, como la propia CTA. Critica los aspectos más
derechistas de la política kirchnerista... pero no
rompen jamás con el gobierno; critica el neoliberalismo
y proponen una redistribución de ingresos... pero sin
afectar decisivamente las ganancias capitalistas, y así
en todo. En eso es un consecuente representante de la CTA,
que se monta sobre las luchas independientes de los
trabajadores para evitar que confronten directamente con el
gobierno. Cuando hay que ir a fondo, la
CTA siempre buscó contemporizar y salvarle las papas a
Kirchner, porque en última instancia considera que está
“de nuestro lado”.
Ya entre las fuerzas de la izquierda
socialista, el MST y
su candidata Patricia Walsh proponen una “nueva
izquierda” contra la “vieja política”. Pero, además
de no quedar claro el contenido de esa “nueva
izquierda”, las prácticas se parecen mucho más a la
“vieja política” electoralista. Porque Patricia Walsh
afirmó que en caso
de ballotage (que todos dan por seguro), ella “no es la
dueña de los votos”, pero sin duda “votaría contra
Macri”.
Hablemos claro: esto significa, en el mejor de
los casos, la famosa “libertad
de acción” a los votantes; es decir, no
comprometerse a combatir las candidaturas capitalistas.
Pero en realidad lo que se vislumbra es un
llamado vergonzante a votar a Telerman o a Filmus, con el
argumento del “voto útil contra Macri”. Este tipo
de especulaciones, son precisamente, típicas de la “vieja
política”. ¿O será que la
“nueva izquierda” es aquella que
le regala sus votos
al candidato oficialista cuando más los necesita? La
“vieja izquierda” oportunista,
al menos, negociaba algo a cambio...
Por desgracia, esta señal no es más
que la continuidad de una “vieja política” de acuerdos
con corrientes o personajes dudosos que, a la primera
oportunidad, se sumaron al oficialismo: el PC
(de donde proviene Heller, vice de Filmus), el PS
(que al mismo tiempo fue aliado del MST en provincia y del kirchnerismo
en Capital, y ahora va dividido: una parte va con Telerman y
la otra con Filmus...), Devoto
y Mario Cafiero (peronista clerical y antiabortista que
prefirió sus lazos familiares a los “principios” de la
“nueva izquierda”).
Sorprendentemente, un partido que, más
allá de las diferencias, había mantenido en general una línea
principista, como el Partido
Obrero, está hoy lanzado en su caza de votos a una
campaña insólita para una fuerza de la izquierda
revolucionaria. A su eterna autoproclamación
de que son “la” izquierda ahora suman una identidad
política que asombra, por decir lo menos. Son “el
partido que no se calla y denuncia los atropellos” (lo
mismo se afirma de sus candidatos). Algo así como el
ombudsman (defensor del pueblo) convertido en partido.
Las luchas de los trabajadores, la denuncia a las mentiras
de los candidatos kirchneristas y el resto de las fuerzas
burguesas, la denuncia al capitalismo y el imperialismo, el
socialismo... todo esto, que mal o bien solía ser parte
habitual del perfil del PO, ha desaparecido de la campaña.
Que no se trata de un descuido sino de
una adaptación a los mecanismos electorales lo prueban las vergonzosas
declaraciones de Altamira
en una revista: según él, el
PO “le dio prestigio a la Legislatura”. Inaudito.
Que las corrientes del régimen reciten el evangelio de
fortalecer las instituciones, vaya y pase, pero que
dirigentes que se dicen marxistas y trotskistas busquen
votos apelando a darle “prestigio” al parlamentarismo
burgués es francamente el colmo.
Es la
perversión total de la tradición marxista, en la cual
las elecciones son siempre un instrumento
a utilizar para
dirigir la conciencia de los trabajadores contra la política
de los capitalistas y contra las instituciones del
régimen, y muy en particular las de la “democracia”
burguesa, en tanto son un engaño organizado a la
voluntad popular en beneficio de la clase dominante.
La
explicación de estos auténticos disparates la da el propio
Altamira: “nuestro
gran objetivo es la banca parlamentaria y tenemos grandes
posibilidades” (Veintitrés, 12-4-07). Y el PO pierde
de semejante manera la compostura política de izquierda por
unos pocos miles de
votos. Si Altamira llega a vislumbrar la perspectiva de millones,
uno tiembla de sólo pensar las cosas que podría llegar a
decir...
El
nuevo MAS no
tiene ningún compromiso con el gobierno (como la CTA,
que sigue mendigándole el reconocimiento como central
obrera); ni con
personajes semioficialistas, ni
va a votar mediante ningún subterfugio por ningún
candidato patronal ni en primera vuelta, ni en segunda,
ni en tercera si la hubiera (como adelantó Patricia Walsh);
ni va a bajar sus banderas de crítica implacable al régimen
capitalista y a sus engañosas instituciones “democráticas”,
rumbo en el que lamentablemente se ha embarcado el PO.
No hacemos ejercicio de autoproclamación:
hemos llamado siempre a frentes con otras fuerzas, que
concretamos siempre que pudimos (con el PO en 2001 y con el
PTS en 2005, partido que inexplicablemente se ha negado a
reeditarlo en 2007). No nos creemos “el” partido ni
“la” izquierda: por el contrario, llamamos a construir
un movimiento político o partido de los trabajadores,
claramente independiente y enemigo del gobierno, los
patrones y el estado.
Ése es el compromiso socialista,
revolucionario y de clase que defenderán los candidatos del
nuevo MAS. Lo invitamos a sumarse.
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