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Las
luchas son crecientemente políticas
Lo
que está en juego es el “modelo” K
El
que crea que en esta coyuntura se trata de meros conflictos
“reivindicativos” está muy equivocado. El propio
gobierno ha reflejado en sus declaraciones el carácter político de la lucha en curso, lo mismo que el hecho de
que al calor de los duros conflictos del interior se haya
puesto sobre el tapete la renuncia de Sobisch y Sancho.
Por
esto mismo es que no se puede desconocer que, está
comenzando una experiencia con el gobierno entre sectores más
amplios que una mera vanguardia, sea porque los que
luchan se enfrentan directamente a la administración
Kirchner –el caso de Santa Cruz es palmario en ese
sentido; uno de los cantitos más escuchados en las marchas
ha sido “es para Lupo que lo mira por TV”– o porque la
inflación comienza a golpear el bolsillo de crecientes
sectores. En estos casos, y aunque por ahora no peligra la
reelección oficialista, lo que se evidencia son los límites
del “progresismo” K, es decir, el verdadero carácter patronal del gobierno.
En este marco, dos temas políticos de extrema importancia
se han puesto de relieve en la actual coyuntura.
Por un lado, todo el debate acerca de cómo “enfrentar el
conflicto social”. Una discusión con ribetes cínicos e
hipócritas de parte del gobierno en la medida en que en
casi nada se diferencian los métodos de Sobisch de los que
la propia administración K viene aplicando en Santa Cruz,
que sólo por casualidad no han terminado en hechos de
sangre. Este debate a nivel de la clase dominante refleja o
expresa a la vez otro conexo: la “morosidad” del
gobierno K en
derrotar la experiencia de lucha que viene de las jornadas
del 19 y 20 de diciembre.
Capitalismo
es explotación y represión
Hay otra cuestión de igual o mayor importancia aún, que
es la que le da un carácter eminentemente político a las
peleas en curso: en
medio de crecientes señales de alerta en el terreno de la
economía, lo que está en juego es el propio “modelo” K.
¿Por qué? Muy sencillo: la
“lógica” de la economía K se basa en la tendencia a
precios en dólares y salarios en pesos devaluados. Es
decir, una economía
armada en función de la exportación, una de cuyas mayores
ventajas competitivas son los salarios miserables en términos
internacionales. Claro está que para que esto no fuera
tan “brutal” y desatara nuevamente aires de rebelión en
todo el país, Kirchner instrumentó un cuasi control de
precios en algunos bienes de consumo más sensibles y
mantuvo congeladas, por un tiempo, las tarifas de servicios
públicos como el transporte, luz, gas, etc.
Pero ocurre que en este preciso momento este control de
precios está estallando por los aires, mal que le pese a la
manipulación K de los índices del INDEC: empieza a haber desabastecimiento
de productos sensibles como la carne y los lácteos, que los
empresarios prefieren exportar (para obtener mejores
precios) o vender en el mercado interno, pero a precios...
dolarizados. Mientras tanto, comienzan a aumentar servicios
muy sensibles en invierno, como el gas domiciliario para
amplias zonas del Gran Buenos Aires.
Los empresarios, a pesar de los inmensos subsidios del
estado que reciben, están en una cruzada por mantener sus cuotas de superganancias, incluso amenazando con
desabastecer el mercado (como es el caso de la carne ahora),
al tiempo que nuevamente –como en el pasado– la variable
de ajuste son los salarios, a
los que se pretende por detrás de los aumentos de precios y
de la productividad.
Mientras tanto, y justo cuando la economía empieza
a acumular elementos de crisis, en el mismo acto de la
firma del techo salarial con Moyano, Kirchner salió a
afirmar que su gobierno “quiere que los trabajadores
participen cada vez más en la renta, y también queremos la
rentabilidad empresaria (...) es
una idea errada mostrar como una contradicción la mejora de
los sueldos de los trabajadores con la rentabilidad
empresaria” (La
Nación, 21/4).
Pero a la vista de cualquier trabajador
(no necesita ser de izquierda) esto es completamente falso y
ridículo, una lisa y llana mentira. El capitalismo se basa en la explotación de trabajo de la clase obrera,
trabajo no pagado de donde obtienen sus ganancias y
superganancias los capitalistas: uno no puede caminar sin la
otra. Y, por lo tanto, sí
hay contradicción, y es una contradicción absoluta,
antagónica. Cuando se trata de algo más que migajas, sólo
tocando las superganancias empresariales se puede realmente
aumentar el nivel de vida de los trabajadores.
Toda
otra afirmación es una redonda mentira al servicio de
legitimar el techo salarial K, los miserables aumentos al básico,
la continuidad de las condiciones de explotación heredadas
de los 90 y el funcionamiento de un capitalismo de
“inclusión”. Un capitalismo donde lo que ha cambiado es
que ahora más trabajadores, respecto de años atrás, han
conquistado el “derecho” de ser superexplotados
cotidianamente por los capitalistas.
A esto se reducen
los logros del “capitalismo nacional y productivo” y las
“tensiones del crecimiento” del gobierno K.
“Tensiones” que naturalmente no excluyen ...
fusilamientos como el del compañero Carlos Fuentealba.
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